El mito de Esparta (I) Esparta begins

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Supongo que todos ustedes habrán visto ya la película “300”, ese video clip de dos horas en el que toda la población masculina de los gimnasios del Peloponeso se enfrenta a un ejército de orcos con máscaras dirigidos por la reina del carnaval de Tenerife. Ya saben, el heroico sacrificio de los durísimos espartanos, símbolo de la libertad, de Occidente, de nuestra cultura, de las cañas y las tapas del domingo y en general de todo lo bueno que en el mundo ha sido, en resumen, los “nuestros”, a manos de los corruptos, viciosos, traidores, sometidos y algo equívocos asiáticos, que todo el mundo sabe que de allí viene todo lo malo, como pueda ser el comunismo, los bazares orientales y Osama Bin Laden.

 

Esta bella metáfora salpicada de higadillos, cumbre del pensamiento moderno (sí, a esto hemos llegado, a mí no me mire, yo qué culpa tengo) no es sino el último capítulo de un fenómeno que particularmente me ha tenido siempre entre asombrado y perplejo, y que como se puede ver, permanece bien vivo en el imaginario popular: la admiración que desde la antigüedad ha despertado el mito espartano.

 

Todos conocemos las historias sobre los ciudadanos-soldado de Esparta, su exigente educación, la férrea disciplina militar, la vida comunitaria, su obsesión por la igualdad de los ciudadanos, el temor que despertaban en sus enemigos, y sobre todo, su valor combativo, su consagración a la defensa de la polis y su amor por la libertad, y por extensión, la de los griegos. Es fácil entender que tales valores, bien mitificados, sean muy útiles como ejemplo a resaltar para reflejar ciertas políticas en diversas épocas de la historia. Pensadores, ideólogos e intelectuales de todo pelaje y condición se han servido de ello; unos, más tradicionales, han glosado las virtudes militares de los lacedemonios (palabrita más culta y molona para designar a los espartanos) como espejo para la juventud de su tiempo, otros como por ejemplo los marxistas han ensalzado sus prácticas comunales, pretendidamente próximas al comunismo, y así un largo etcétera de ideologías variadas se han servido de Esparta como imagen justificativa precedente. La gente común ha cedido también a la fuerza de este mito, hasta llegar a nuestros días, en los que el Choni y la Yessi salen encantados del cine de camino al polígono, debatiendo animadamente sobre “lo ehpartanoh eso ke molan mazo, i reparten yoyah como paneh, ¿sabeh?”.

Leónidas

¡Quita la garra dái o te doy con tó lo gordo, cagonsós!

En realidad, y debajo de todo esa capa de leyendas y medias verdades, si uno se toma la molestia de escarbar bien en las profundidades de lo que se sabe sobre la historia espartana, se encontrará una sociedad profundamente rancia y conservadora, cruel, extremadamente militarista…y poco más. La gloria de Esparta se basó únicamente en repartir hostias y bien mirado, cuando se repasa el currículum militar de la polis, tampoco es para tanto. El espabilado lector, llegado a este punto, y si no se ha largado ya a buscar webs pornográficas, pensará “Muy bien, tío listo, y si esto es así, con tan poquita cosa, ¿cómo es que tal mito tiene tanta vigencia tantos siglos después? ¿Cómo se ha llegado a esto? ¿Qué tiene Esparta para despertar tantas simpatías?” Pues básicamente una de las razones principales es porque los primeros responsables de construir el mito eran tres tipos de mucho prestigio, y curiosamente, los tres eran atenienses. Estos indocumentados responden al nombre de Sócrates, Platón y Jenofonte; los tres tenores.

 

Sócrates era un filósofo bastante conservador y bastante palizas que estaba harto de los excesos y fallos de la democracia popular ateniense, así que al buen hombre no se le ocurrió otra cosa que dedicarse a ensalzar las virtudes de la constitución política del enemigo de al ladito, aplicando el teorema de que el prado del vecino siempre parece más verde. Además, ¿qué mejor contraste con Atenas que la aristocrática, sobria y rancia polis espartana? Sócrates responde muy bien al perfil del moralista que encuentra en las recias y austeras virtudes de otros tiempos u otros lugares el remedio a los males de su época. Platón…hombre, Platón era, aparte de un idealista un poco sonado, discípulo de Sócrates, como todos sabemos. ¿Y Jenofonte? Pues resulta que Jenofonte no sólo también lo fue (discípulo, que no idealista), sino que este buen señor era un “converso”, que se “pasó” con armas y bagajes a Esparta y dedicó parte de su vida a escribir alabanzas de su constitución y su sistema educativo, como mucho estómago agradecido moderno.

 

La mayor parte de la producción escrita filosófica y política griega, después de ser redescubierta por los europeos en la Edad Media, se tomó como modelo y era en la práctica poco menos que indiscutible fuente de sabiduría, así que el camino seguido por nuestro mito particular no es difícil de reconstruir. Ya se sabe que no hay nada como el respaldo de un pensador barbudo y muerto hace 2000 años para darle respetabilidad a nuestras tesis, o simplemente para copiárnoslas de él.

 

Así que como una de las ocupaciones más divertidas del aficionado a la historia o el opinador profesional es derribar mitos, vamos a ponernos manos a la obra para ver en la siguiente entrega en qué quedan realmente las glorias políticas y militares de nuestros viriles, musculados y aceitosos defensores de la libertad. Occidental, por supuesto.

Nota: Este artículo también fue publicado aquí

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