Breve historia de la esclavitud (I) El infierno son los demás

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Seguramente habrá muy pocos aspectos más polémicos y peliagudos de la historia de la humanidad que el de la esclavitud. Estaría dispuesto a afirmar, bien es verdad que en voz baja, mirando al suelo y desde la puerta, que incluso un poco más que otros que lindan también con el “Lado Oscuro” o desagradable de la especie, como la guerra y otros métodos auxiliares de apiolar al prójimo.

 

Desde luego, por sus evidentes implicaciones éticas, ambas cuestiones son ciertamente delicadas de tratar y por tanto las que más se prestan a mentiras, deformaciones e hipocresías varias de estas que los seres humanos tendemos a fabricar para justificar nuestras acciones y criticar las ajenas. El abuso sistemático y jurídicamente reglamentado del débil ha sido un tema tabú hasta hace nada, una cuestión que ni siquiera ha podido disfrazarse con ropajes ideológicos de ocasión, que sin embargo sí han servido para justificar bien los conflictos bélicos, como por ejemplo el nacionalismo, bien la administración de la violencia, como por ejemplo cualquier doctrina política, marxismo incluido. A finales del siglo XIX (anteayer, para entendernos), con unas cuantas revoluciones liberales e industriales a las espaldas y los derechos del hombre proclamados, aún se veía en Occidente como algo natural el recurso a las armas, pero moralmente infame el esclavismo. Tanto es así que lo hemos erradicado legalmente, pero no así la guerra, que se concibe como un mal endémico casi imposible de extirpar. En última instancia, aún hoy en día si creemos que estamos ante un caso de necesidad, podemos llegar a ver legítimo declarar un conflicto armado, pero no decretar la esclavización de un grupo humano. Menos cuestionado aún está el derecho al ejercicio de la violencia, el cual aun en el más pacífico de los países está regulado y lo administran, en los casos contemplados como legales, funcionarios especializados que conocemos por “la pasma”.

 

Por supuesto, el asunto es tanto más controvertido cuanto más nos acercamos a la actualidad; lógicamente a casi todo el personal de a pie la esclavitud en la Edad Antigua les parece el eco de un mundo remoto, un exotismo extraño de sociedades muy lejanas, mientras se sobrecogen viendo “Raíces”. Evidentemente, las formas de esclavitud y la percepción moral del fenómeno que tiene la sociedad han ido cambiando también con el tiempo, y la distancia, temporal o geográfica, es el olvido. De ahí que a la hora de tratar el estudio de la condición servil, las formas de esclavismo a lo largo de la historia y sus transformaciones, la historiografía luzca orgullosa todo un amplio currículum de prejuicios, tabúes, desvergonzadas afirmaciones y mentiras del calibre 17. Hipocresía a granel, partiendo de varias líneas de pensamiento principales, que diseccionamos ahorita mismo.

 

La primera es la idea de que “traficar con esclavos es cosa del otro”. Este concepto de “el infierno son los demás” está íntimamente ligado a la concepción nacionalista de la existencia humana. Recordemos que el nacionalismo en sus orígenes está muy ligado al historicismo; me refiero a esos sesudos señores alemanes del XIX de largos bigotes que escribían ladrillos tremendos sobre griegos, romanos o los antiguos germanos, adornándolos con mucha épica patriótica, mitología, un punto de racismo y demás ingredientes entonces de moda. Partiendo de esta base, y tomando un ejemplo sin salir de casa, una de las temáticas favoritas de la historiografía franquista era el esclavismo anglosajón como prueba de su perfidia.

 

De esta directriz principal se deriva otra complementaria, la conocida como “¿Esclavos? ¿Nosotros? ¿De qué me habla?”. No exagero, aún circulan reimpresiones baratas de alguna Historia de España donde se puede leer al autor sostener alegremente que en España nunca hubo esclavitud porque “al noble espíritu cristiano del español le es ajeno” (una lástima que tan magna obra acabara extraviada en un traslado). El mecanismo que conduce a silenciar cualquier indicio de tráfico de esclavos practicado por nuestra tribu nación procede, como ya habrán adivinado, de la moral cristiana, la cual condena esta práctica. Claro que eso no significa que se tenga que prohibir necesariamente, o andando en el tiempo, hablar de ello con franqueza; basta con disponer de la suficiente dosis de hipocresía como para fingir que los hechos no existieron. Y ya saben, si no se ve ni se menciona…esta técnica no sólo aplica a naciones, o aspirantes a ello, sino también a particulares, familias, empresas o instituciones supranacionales como la Iglesia, a la que sin pudor alguno hay autores que atribuyen el supuesto final de la esclavitud en Europa occidental.

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Nuestros trabajadores son nuestro principal activo

 

Si creen que estoy dramatizando un poco, y que esto son concepciones anticuadas de la historiografía que hoy en día ya no se llevan, hagamos la prueba del algodón. Díganme por ejemplo cuántos barceloneses creen ustedes que saben que su ciudad fue el más importante centro de recepción, venta y redistribución de esclavas de la Península durante la Alta Edad Media, lo que ayudó decisivamente a su crecimiento durante esa época. O, sin salirnos del área metropolitana de Barcelona, les recuerdo la divertida polémica alrededor de la estatua de un ciudadano ilustre, a la par que importante empresario negrero; Antonio López, primer marqués de Comillas. Trascendió a la prensa durante un tiempo el debate sobre la conveniencia de su retirada, en el que algunos colectivos nacionalistas llegaron a remarcar con cierta insistencia que el individuo en cuestión no era catalán, ya que le dio por nacer en Santander. La estatua sigue en su lugar por el momento, aunque el personaje no se ha librado de verse incluido en una disparatada “ruta de la infamia” local. Sin embargo, seguramente no recuerden que hay otro prohombre de la Ciudad Condal que compartió sector empresarial con el marqués, puesto que este caso no tuvo apenas repercusión mediática. Y es que se trata de Joan Güell i Ferrer. Silencio administrativo, ya que no sólo sí nació en Barcelona, sino que además su hijo Eusebi fue nada menos que el mecenas de Gaudí. Como ven, las ideas caducas tienen su eco en la eternidad, como decía Russell Crowe en Gladiator. (Nota mental: preparar un día de estos un monográfico sobre la humorística fiebre barcelonesa por aplicar la corrección política a toda la geografía urbana).

 

Pero no divaguemos, y sigamos explorando conceptos tendenciosos que es lo que nos gusta. Una segunda falacia, también derivada del nacionalismo decimonónico, consiste en una vertiente racista-antropológica del asunto, que va de la manita de la expansión imperialista europea de aquella época. Más o menos consiste en admitir la esclavitud de pueblos en estado de “salvajismo” o “degeneración”, pertenecientes a razas “inferiores”, como una especie de mal necesario o pecadillo venial, porque el grande se come al chico, el fuerte al débil y todo ese bla-bla-bla nietszcheano. Esta línea de pensamiento perdió casi todo su crédito después de alcanzar su punto culminante durante el Adolf Hitler’s European World Tour, y afortunadamente está bastante pasada de moda (aunque a veces emane algún tufillo por ahí, que las manchas a veces cuestan de sacar y el darwinismo social te lo encuentras por todas partes), pero no olvidemos que en 1944 Alemania tenía más de 12 millones de esclavos en el corazón de Europa. Eso, y que este personaje proyectaba esclavizar tranquilamente a más de 100 millones de personas. Y que perdieron, por supuesto.

 

La tercera tendencia es la más moderna de todas. Es muy característica de perroflautas y alternativos de toda especie, sobre todo aquellos que adoran las palabras multikulturalidad o antiglobalización y están convencidos de la maldad intrínseca del hombre blanco. Se trata de una reacción contra la historia reciente de los países occidentales, un “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”, teñido de un espíritu cristiano que tira de espaldas, aunque lo nieguen por activa y por pasiva. Esta actitud deriva en obviar cualquier otra esclavitud que no sea la ejercida por los blancos europeos. Ya saben, los “pueblos oprimidos”, los explotados por el yugo imperialista del capitalismo nunca han hecho esas cosas. Con esto nos cargamos de un plumazo por ejemplo el hecho de que los musulmanes fueran los principales traficantes de esclavos hasta más o menos el siglo XVIII, que está ampliamente demostrado que los indios americanos de época precolombina e incluso las tribus negras africanas la practicaban. Por no hablar de Extremo Oriente. Pero aquí la única esclavitud que cuenta es la del europeo, y si hace falta la ligamos con la antigüedad clásica para demostrar que es inherente al indoeuropeo paliducho estándar y nos quedamos tan panchos.

 

Así las cosas, en esta bitácora no podíamos dejar de meter los pies en esta charca de barro deslizante erizada de pinchos, por lo que en esta nueva serie haremos un repaso sucinto (¡je!) por la historia para desmitificar un poquillo, que para eso la abrimos. El tema lo merece.