HMP: Teodora – Sin tetas no hay paraíso

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La irrupción en la historiografía del materialismo histórico, o en castellano comprensible, de la escuela marxista, supuso una revolución en el estudio de la Historia. El enfoque era completamente novedoso; suponía centrarse en los grandes procesos de cambio socioeconómico como motor de la historia. Es decir, daba la mayor importancia al peso de los “muchos” sobre el de las personalidades individuales, tan queridas por el historicismo. En el fondo esto no es más que una lucha bastante artificial y más vieja que el mundo entre el sujeto y la comunidad. Entre el individuo como ombligo muy gordo y la masa puesta en marcha. Realmente fue un avance importante, y hoy en día se le sigue debiendo el reajustar el campo de estudio: la historia no es la de los grandes hombres únicamente, sino también la de las masas humanas haciendo sus cositas.

 

Pero si se le pueden achacar críticas a la escuela marxista, están derivadas del conocido “efecto rebote”, por el cual se desecha una concepción de cualquier cosa para irse corriendo a abrazar la opuesta, por llevar la contraria. Llevado al extremo, hablo de la costumbre marxista de negar la influencia de individuos concretos en la marcha de los acontecimientos históricos a medio y largo plazo. Y esto también es falsear en cierto modo la Historia. Sobre todo en la Antigüedad, o más concretamente, allá donde el poder ha sido ejercido de forma exclusiva por uno o un número reducido de individuos: es impepinable que su personalidad, su forma de percibir el entorno, los problemas y sus posibles soluciones, determinen en qué dirección irán los hechos posteriores. Es verdad que cada personalidad está muy influida por su entorno, contexto y educación, y que por tanto cada uno tenemos una mentalidad producto de nuestra época, de una forma común de concebir el mundo, pero también lo es que no todos tenemos el mismo carácter, ni opinamos igual, ni respondemos de la misma manera ante idénticos retos. Si encima hablamos de gente cuyas decisiones movían montañas, pues ya me dirán ustedes. Luego ya entrará en juego el azar, las decisiones de otros, o los mismos procesos de cambio a largo plazo y la actuación de las masas, pero hay algunos hombres que estuvieron en su momento en disposición de cambiar el mundo.

 

Así que me gustaría reivindicar parcialmente la memoria de los personajes individuales, por lo que en este artículo daré inicio a una serie de biografías de los protagonistas de la historia que más importantes me parecen, porque para eso la bitácora es mía y…bueno, ya me entienden. Además, sepan que pienso dividirlas en tres tipologías básicas de individuos: los mitificados en exceso (alias nenazas), los injustamente olvidados o apestados y los que se merecen toda mi admiración. Comenzaré por estos últimos: esta será, pues, la primera entrega de la Saga “Hombres que Marcaron Paquete” de la Historia.

 

Y para congraciarme con la flamante nueva ministra de Igualdad, y de paso a ver si cae una subvención para mi humilde página, voy a empezarla paradójicamente con una mujer, o mejor dicho, La Mujer. Posiblemente uno de los personajes más fascinantes de la Historia Universal, por su grandeza, por las especiales circunstancias de su vida, y por lo anómalo de su trayectoria, que se sale de los parámetros corrientes para la época y para lo que nosotros concebimos como normal entonces: nuestro primer Hombre que Marcó Paquete (HMP) es ni más ni menos que la Emperatriz Teodora, la esposa de Justiniano I, Basileus Romeion y Augustus del Imperio Romano de Oriente, o peor dicho, el emperador de Bizancio.

 

Y ahora os váis a poner mirando pa Antioquia y me cerráis los ojitos...

Y ahora os váis a poner mirando pa Antioquía y me cerráis los ojitos...

Como mérito añadido, la figura de Teodora no sólo compite contra milenios de prejuicios machistas, sino contra el meapilismo moral cristiano, y por encima de todo, contra el hándicap de que la principal fuente histórica sobre su vida, el memo de Procopio de Cesarea, le es profunda y visceralmente hostil. Este personaje, narrador de las campañas del general Belisario por África e Italia, después de una vida de escribir crónicas elogiosas sobre sus jefes, hacia el final de su vida, cual Mila Ximenez suelta sin bozal por Salsa Rosa y seguramente por algún agravio desconocido por parte de la pareja imperial, se despachó a gusto en un desagradable texto llamado “La Historia Secreta” (en griego, Anécdota, qué bonito el griego, ¿eh?), donde ponía a caer de un burro a todo el mundo: Justiniano, Teodora, Belisario, su mujer…el tipo no dejó títere con cabeza. Sin embargo, esta misma carga de rencor que destila el texto acabará con el tiempo jugando en su contra: su credibilidad es dudosa precisamente por su parcialidad y su vulgar y deplorable estilo, y si bien se ha comprobado que la autoría es verídica, el contenido hay que ponerlo entre comillas. Además, mucho de lo que escribe sobre la pareja real es de oídas, puesto que ocurre mientras él estaba en Italia. Resumiendo, a cualquiera con dos dedos de frente que meta las narices en el libelo de marras sin duda le parecerá que Procopio se pasa veinte pueblos.

 

Este manuscrito apareció entre los papeles de los Archivos Vaticanos en 1623, y teniendo en cuenta el gusto del personal por el morbo, y que por algún curioso mecanismo mental parece que los humanos tendemos a dar crédito las rajadas sobre el vecino, cuanto más grandes mejor, la imagen de la emperatriz quedó marcada para siempre por un estigma de desprecio moralista, morbosas exageraciones o púdico silencio. Porque el blanco favorito del resentidillo en cuestión es nuestra Teodora, pues no todos los días se pasa de puta de cabaret a emperatriz del mayor Imperio de la época. Y no una emperatriz florero, no, sino con mando en plaza. La antigua meretriz no dudó en tomar junto a su marido las riendas del Estado, y marcar las directrices en política y sobre todo en la legislación de la época.

 

La vida de Teodora está definida por varios hechos principales, todos extraordinarios para su tiempo. El principal, el meteórico ascenso en la escala social, desde lo más sórdido a la cúspide del poder, en una época donde la movilidad social es prácticamente anatema. No hay otro caso análogo en la historia antigua, quizá el del dictador romano Lucio Cornelio Sila, aunque éste era hombre y de origen noble. Pero es que además, destaca por la indudable historia de amor con su marido y por su inesperada capacidad para manejarse con soltura en la alta política sin haber sido educada para ello, con los sorprendentes resultados que veremos. Pero empecemos por el principio…

 

Esta asombrosa Mujer nació en el 501 d. C., probablemente en Chipre, o en algún lugar de Siria, no se sabe muy bien, y era hija de uno de los encargados de los osos salvajes en el hipódromo de Constantinopla. Al igual que el Circus Maximus del antiguo Imperio Romano de Occidente, este lugar era la principal oferta de ocio de los habitantes de la capital del Imperio, cual si de una Liga de Fútbol moderna se tratase. Pero el pueblo no sólo se reunía para ver las carreras o los juegos, sino que también empleaba estos eventos como forma de expresión política. Las facciones que competían y por tanto, las tendencias políticoreligiosas (en Bizancio iba una cosa de la mano de otra) eran dos, identificadas por su color: los Verdes y los Azules. Imagínense a la grada del Camp Nou y Montjuic decidiendo la acción política municipal barcelonesa. Bueno, mejor no se lo imaginen. El caso es que la muerte del padre, de los Verdes, dejó a la viuda y sus tres hijas con el culo al aire, ya que sin hijo varón que heredase el cargo, el segundo marido perdió la vez en favor de algún chanchullo con dinero de por medio. De pronto, las cuatro mujeres se vieron sin el sustento asegurado.

 

La mamá de Teodora se las ingenió entonces para sobrevivir como fuese. Vistió a las niñas con guirnaldas de laurel y las presentó implorantes al público del recinto, una forma de exponer su caso. Los Verdes pasaron de todo, pero los Azules se apiadaron de la familia, cosa que Teodora jamás olvidó. Las prepúberes comenzaron a frecuentar la grada, y de paso, atender los requerimientos del personal masculino; hay que subsistir como sea, así que las tres niñas se convirtieron muy pronto en actrices.

 

La profesión de actor en el Imperio Romano del siglo VI d. C. no era exactamente igual a la actual. La Iglesia Ortodoxa Católica la persiguió con ahínco hasta conseguir su prohibición, ya que lo veía como un reducto de inmoralidad y vida licenciosa. Y tenía razón; los papeles de actriz de comedias populares se basaban en el típico pero efectivo caca-culo-pedo-pis, que incluían levantarse la túnica en el escenario para enseñar el coño al respetable o dejarse cachetear en las mejillas. Pero no terminaba ahí la cosa, puesto que entre bambalinas, estaban obligadas a cumplir cualquier caprichito sexual que se le ocurriese al público masculino. Para rematar el cuadro, una vez en el oficio los actores no podían renunciar a él, y las leyes impedían que se trasladasen de una ciudad a otra. Así que donde pone actriz, léase prostituta. Y no de lujo, precisamente.

 

Pero la joven Teodora, de tonta no tenía un pelo. Era ingeniosa, divertida y descarada, así que empleando sabiamente lo que ustedes imaginan, consiguió las influencias necesarias para salir de Constantinopla y así escapar de su “carrera profesional”. Cuando regresó de Alejandría, pudo conocer al emperador Justiniano, que se enamoró perdidamente de ella. Tanto, que no dudó en arreglárselas para forzar una reforma de la ley que le permitiese casarse con una cortesana, y en cuanto la anciana esposa de su tío el difunto emperador Justino palmó, dejando el cargo vacante, la pareja ascendió al trono imperial en una ceremonia conjunta en 527. La furcia se había convertido en Augusta: imagínense el escándalo que debió suponer entre la aristocracia, clasista, hipócrita y remilgada como todas. E imagínense la escena: los nobles, el clero, el ejército y el pueblo, que antes la despreciaba, usándola como alivio sexual, ahora se inclinaba ante ella. Seguramente no sólo pesó en Justiniano el amor que le profesaba, hay que tener en cuenta que su propio tío Justino escaló de campesino a emperador por una de las escasas vías de promoción social del momento, la militar, así que es probable que no tuviera demasiados prejuicios.

 

A partir de hoy se va a acabar la tonteria aqui...

A partir de hoy se va a acabar la tontería aquí...

Esta menuda y bella mujer pronto se reveló como una gobernante de gran carácter y determinación. Su marido compartió el poder con ella, y la pareja no tuvo mayor problema en mostrar disparidad de criterio, que nunca derivó en enfrentamiento. Por ejemplo, en materia religiosa, Justiniano era ortodoxo católico, y Teodora de confesión monofisita; para entendernos, enemigos teológicos. Traducido en términos políticos, los monofisitas eran mayoría en las provincias orientales del Imperio, las más cercanas a la frontera persa, los enemigos acérrimos de los romanos. El abierto apoyo que Teodora les brindó, en los morros de sus rivales ortodoxos y con la connivencia de su ortodoxo esposo, consiguió retrasar la previsible deserción de estos territorios, a pesar de lo que diga el Tonto de Cesarea sobre que fomentaran la división religiosa del Imperio, ya que no derivó en ella mientras reinaron.

 

En política exterior, Justiniano, bastante megalómano él, tenía un sueño; restaurar el Imperio Romano al completo. Así que se dijo “¡Yes, we can!” y se puso manos a la obra. Los ejércitos romanos, al mando de su general Belisario, invadieron las antiguas provincias de África e Italia, literalmente aniquilaron a los vándalos, se hostiaron con los ostrogodos, ocuparon Roma y hasta pusieron una patita en Spania, como la llamaban ellos, en la que permanecieron durante 75 años. Esto, con un ojo en los persas. En política interior, optó por engrandecer su imagen y la de su imperio a la romana, es decir, acometiendo impresionantes obras públicas, como la famosísima Hagia Sophia. Como se puede imaginar cualquiera, esto hay que pagarlo con dinero, y para ello la áurea pareja gravó al pueblo con asfixiantes impuestos. Con lo que estalló la consiguiente protesta; en 532, Verdes y Azules cogidos de la mano en armada armonía, organizaron una rebelión en el hipódromo contra la opresiva política fiscal imperial, que pronto se extendió por la ciudad. La intención era deponer a Justiniano y sustituirlo por un tipo más amable. El emperador y su gobierno se acobardaron, y cuando estaban a punto de salir huyendo, Teodora intervino. Ella no había salido de lo más bajo para largarse en ese momento; prefería morir como emperatriz que abandonar y vivir como una fugitiva. Esta enérgica actuación de Teodora provocó una reacción fulminante; las tropas salieron a la calle, a los rebeldes se les reunió en el hipódromo con el pretexto de negociar con ellos, y una vez allí se procedió a liquidarlos metódicamente. La propia Teodora ordenó la ejecución del improvisado aspirante al trono, al igual que la del Senado. Y de paso, se les expropió de sus bienes: así, en un baño de sangre, acabó la llamada revuelta Niká.

 

¿Ah, que les parece cruel? Quizá pensaban ustedes que aquí vendría un cuentecito de hadas sobre dos buenísimas personas, nobles y puras de corazón, con sus perdices y todo eso. Pues se equivocan de parte a parte; esta bitácora deplora profundamente las leyendas rosas. Sepan que en la antigüedad esto era moneda corriente. Ah, y sepan también que los Reyes son los padres, y que los gobernantes suelen tender a cometer tropelías en aras de sus intereses, o a veces incluso del bien común, hasta los que tienen más carita de bueno. Y no se me escandalicen, que habría que verles a ustedes jugando al Civilization. La realidad es que Justin & Teo gobernaban con mano muy firme, pudiéndose calificar de tiránica en algunos aspectos, y cuando alguno lo consideró necesario, urdieron sus intrigas como el que más. Sea como fuere, parece que tras el susto de la Niká, moderaron la impopularidad de sus medidas. Justiniano, accesible y de trato afable, era sin embargo un trabajador incansable e implacable tomando decisiones. La emperatriz es descrita como una mujer de inteligencia sobresaliente y hábil en las cuestiones políticas: el matrimonio se comprendía y complementaba a la perfección.

 

Por el contrario, en otras facetas este régimen es francamente revolucionario y muy sorprendente, por mediación, cómo no, de Teodora. Y es que en cuanto a la promulgación de medidas legales, la Basileia se convierte en una innovadora defensora de los derechos de la mujer y por lo tanto pionera feminista. Y de las más grandes. Muy consciente de las dificultades y penurias de las mujeres de las clases bajas del Imperio por haberlas sufrido en sus propias carnes, no se olvidó de ello cuando ascendió a la púrpura. Pero no se limitó a obras de caridad, o a cuidar de sus hermanas Comito y Anastasia, exactrices como ella.  En el Corpus Iuris Civilis, la batería de leyes para combatir esta situación es impresionante: castigó la violación de muchachas de clase baja, que hasta entonces era legal, con la muerte, cerró los prostíbulos donde se abusaba del rapto y explotación forzosa de preadolescentes, reglamentó los restantes para que estuvieran regentados por mujeres, obligó a permitir que las actrices abandonaran la profesión a voluntad, erigió un convento-refugio para quien quisiera dejar la prostitución, permitió las bodas con prostitutas y artistas, reguló que los hijos nacidos dentro y fuera del matrimonio tuvieran los mismos derechos (1.500 años se ha tardado en volver a legislar algo similar), regularizó el aborto, autorizó el divorcio y despenalizó el adulterio. Como era de esperar, todas estas medidas fueron criticadas por quienes se pueden imaginar, la efectividad de algunas fue limitada o tuvo efectos indeseados (alguna mujer sin escrúpulos las usó para vengarse o engañar maridos impunemente) y su intención deformada por el mamarracho de Procopio. Pero lo que está claro es que la consideración de la mujer en el Imperio Romano de Oriente se elevó muy por encima de las del resto del mundo. Así que hoy en día se ha convertido en un icono para consumo de ultrafeministas, por lo que el “efecto rebote” nos augura nuevas y jugosas distorsiones de su imagen.

 

En el año 548, Teodora murió a causa de un cáncer. En los funerales por la emperatriz, Justiniano lloró amargamente su pérdida. Más allá de intereses políticos, aquel hombre todopoderoso, el emperador romano, la amaba con locura. También ella le amó; ni siquiera el merluzo de Cesarea, de entre toda la bilis que escupe, se atreve a esgrimir una acusación de infidelidad de la excortesana hacia su esposo, cosa que no tiene problema en hacer con la mujer de Belisario. Justiniano sobrevivió a su esposa 17 años más, pero no volvió a casarse; murió en 565 sin dejar hijos varones. El trono lo heredó su sobrino Justino, que casó con la sobrina favorita de Teodora, Sofía.

 

Podríamos terminar diciendo que Justiniano tuvo que renunciar al proyecto restaurador, que el Imperio vació sus arcas en el empeño y corrió grave riesgo de inestabilidad. O podríamos terminar diciendo que, ironías de la historia, la Iglesia Ortodoxa santificó a la exprostituta monofisita, pero de esta alucinante historia nos vamos a quedar con la certeza de que aquella improbable y heterodoxa pareja, los dos “demonios con forma humana” según Procopio, se querían de verdad.

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