Breve historia de la esclavitud (V) La cabaña del tío Iván

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Si echamos la vista atrás a lo que llevamos leído hasta ahora (no, no se asusten, ya lo hago yo por ustedes), comprobamos que al pobre individuo reducido a la esclavitud se le han dado los más diversos nombres: douloi, laioi, servi, servuli, los mancipia o ancillae visigóticos… ¿de dónde carajo procede pues el que empleamos en la actualidad? La palabreja proviene del latín sclavus, adaptación del griego bizantino sklávos o sklavinós, que es la que usaban para designar a unas gentes que se autodenominaban sloveninu. Los eslavos.

 

Este pueblo, procedente de un lugar perdido y aún no bien hallado entre Polonia, Ucrania y Rusia (hay teorías para todos los gustos), emigró hacia Europa Central y los Balcanes, ocupando el hueco que dejaron a su vez los germanos al abalanzarse sobre Europa Occidental. Aparecen en las fronteras del Imperio Romano de Oriente – para los amigos el Imperio Bizantino – a principios del siglo VI d. C. y pronto cruzan el Danubio para desbordarse por las provincias europeas dominadas por éstos. Un pueblo pagano, ágrafo (pues aunque compartían una lengua común, desconocían la escritura), tribal y belicoso, de gran capacidad reproductiva y recién asentado ahí al ladito era un objetivo ideal para dominar, masacrar, evangelizar o esclavizar a gusto del consumidor. Así que durante más de cuatro siglos, los poderes europeos de la época que los tenían más a mano, se dedicaron precisamente a eso. Las peripecias de los eslavos ilustran perfectamente la realidad histórica del esclavismo medieval.

 

Los mercados bizantinos se llenaron enseguida de prisioneros eslavos en venta, con muchísimo éxito también entre los mercaderes musulmanes. El Islam era una civilización en la que el comercio tenía una importancia crucial, y una de las mercancías más rentables y con mejor salida eran los esclavos, que se capturaban o compraban en Oriente y a través de las rutas saharianas del Norte de África o las marítimas mediterráneas, se distribuían por Europa Occidental. También se realizaba el trayecto contrario: parte de los esclavos cristianos que capturaban los andalusíes o los norteafricanos se enviaban a los mercados del Próximo Oriente. Los mahometanos se pirraban por los esclavos exóticos, así que los negros o los rubios eslavos del Norte (a los que en Al Andalus llamaban Saqaliba) eran los favoritos de los compradores. No sólo como servicio doméstico o para llenar los harenes, sino también como soldados para sus ejércitos, una práctica típicamente islámica. El protagonismo de los eslavos en las luchas internas del califato de Córdoba es bien conocido, catapultados desde su fuerza militar, dominando las taifas de Valencia y Denia. Las esclavas del Norte eran también muy populares (ver imagen): los propios Omeyas andalusíes descendían de cautivas eslavas o vasconas, de ahí su distintivo cabello rubio.

 

En la Hispania cristiana también prosperó el tráfico de mujeres, convirtiéndose Barcelona en un importante mercado de distribución, más teniendo en cuenta que el vecino islámico de abajo pagaba muy bien por ellas. En el actual barrio de la Barceloneta, las esclavas que llegaban de las rutas internacionales eran desembarcadas en la playa y vendidas en animado mercado. Por cierto que uno de los grupos sociales más implicado en esta venta al por mayor fueron los judíos, hecho que, andando en el tiempo, contribuyó como una piedrecilla más en la montaña del antisemitismo. Que bien mirado, no es un fenómeno extraño si tenemos en cuenta que la prohibición de poseer tierras que pesaba sobre los hebreos poco margen les dejaba para encontrar oficios con los que ganarse el pan. Uno de ellos era el comercio, y el de esclavos era además bastante rentable.

 

No sólo los bizantinos o los musulmanes se dedicaron a someter eslavos. Allá por los siglos X y XI, los caballeros teutones encabezaron la muy germana “Drag nacth Osten” (marcha hacia el Este), que básicamente consistió en apoderarse por la fuerza de territorios de Europa Oriental y colonizarlos. Para facilitar la tarea de evangelización a espadazos, el Papa designó como Cruzada contra los paganos la ocupación de lo que hoy es el norte de Polonia y los países bálticos. Se calcula que en ella murieron unos 200.000 eslavos a ojo de buen cubero. Los piadosos y cristianos caballeros se convirtieron en los amos y señores de extensas propiedades que llenaron de castillos, esclavizaron a la población eslava superviviente e hicieron una fortuna inmensa monopolizando la extracción y comercio de un producto de lujo: el ámbar del Báltico. Este hecho histórico es la raíz de la hegemonía, varios siglos después, de los junkers prusianos en la zona y más tarde fuente de inspiración para los psicópatas de la cruz gamada en su conocida aventura de alucinación colectiva con su prejuicio contra los untermenschen eslavos a cuestas.

 

También se desató la competencia por su conversión religiosa, entre cristianos católicos y ortodoxos, de los que derivó el alfabeto y la escritura que conocemos como cirílica; los que catolizaron adoptaron el latino. Para el siglo XI, el pueblo eslavo que había emigrado al Oeste estaba casi totalmente esclavizado, sometido y cristianizado. Esta situación se prolongó en el tiempo de tal forma que todavía a principios del siglo XX, en el Imperio Austrohúngaro, los eslavos eran considerados inferiores por germanos o magiares, excluidos de la política y las instituciones y reducidos al papel de campesinos serviles sin cultura.

 

Así que tan masivo abuso sobre un pueblo al completo es la causa de que ambos términos, eslavo y esclavo, se convirtieran en sinónimos y por metonimia esta palabra vino a designar a cualquier persona bajo el dominio de otra. Un eslavo era prácticamente siempre un esclavo; la parte pasó a significar el todo, así que a todo esclavo se le llamó así independientemente de su origen. Un dudoso honor para nuestros amigos que surgieron del frío. El ejemplo de los eslavos es muy ilustrativo, aunque no el único, sobre la concepción del esclavismo en la Edad Media, aparte de demostrar de forma palmaria que ni mucho menos desapareció. La sociedad de la Alta Edad Media, en transición al feudalismo, no abandonó la práctica, de hecho su antecesora peninsular,  la Hispania visigótica, fue una sociedad esclavista, como lo demuestra la obsesión de sus códigos legales por castigar a los esclavos huidos. Se calcula en un 20% el porcentaje de esclavos en el Imperio Carolingio. Los protagonistas de las llamadas “segundas invasiones”, vikingos, húngaros y sarracenos, aparecidos durante los siglos VIII-IX en el escenario europeo, se dedicaron con el ahínco del último en llegar a la captura y trata de esclavos. Incluso los mongoles se apuntaron a la fiesta, durante el siglo XIII, en sus campañas por Europa Central y Oriental.

 

Retrato de eslava - Mosaico bizantino s. XII

Retrato de eslava - Mosaico bizantino s. XII

En la Baja Edad Media, la transformación se ha culminado: con la sólida implantación del feudalismo, la fuerza productora básica (el currante, vaya) es el siervo de la gleba, y como vimos, los esclavos campesinos, que eran la mayoría, desaparecen principalmente por motivos económicos. Por otra parte, la doctrina moral de la Iglesia evolucionó hacia la prohibición a los cristianos de poseer esclavos…cristianos. Pero no los demás, localizándose sobre todo en algunas zonas concretas, como los reinos cristianos mediterráneos, o los mencionados caballeros teutones, por su condición de territorios fronterizos con paganos o infieles a los que se les podía hacer guerra, capturarlos o comprarlos. El tráfico de esclavos del llamado “tipo mediterráneo” es intenso: Venecia y Génova se convirtieron en prósperos mercados de trata de esclavos durante los siglos XIII al XVI, capturados en el mediterráneo Occidental o comprados en los mercados de sus enclaves del Egeo y el Mar Negro. Uno de los más ilustres suministradores de esclavos sarracenos fue la archiconocida Orden de Malta, aristócratas reconvertidos en corsarios Caballeros de la Cristiandad, ya que como todo el mundo sabe los nuestros son almirantes y los suyos piratas. El mejor cliente de los genoveses era la Corona de Aragón; en los reinos peninsulares abundaron los esclavos sarracenos, eslavos, tártaros, balcánicos, negros o guanches, siendo el perfil predilecto la mujer joven de piel blanca, que a finales del periodo supone más del 80%. Lógico si tenemos en cuenta que el destino principal era el ámbito doméstico, para todo tipo de servicios. Sí, esos sobre todo.

 

Porque tanto para cristianos como para musulmanes, se consideraba lícito y no estaba en absoluto mal visto esclavizar a poblaciones o individuos siempre que no fuesen de tu propia religión, particularmente los que habiendo conocido la Fe Verdadera, se habían negado a abrazarla, los dichosos infieles. Bajo esta nueva formulación, la esclavitud estaba bien viva durante la Edad Media en los reinos cristianos, en contra de lo que aún sostienen bastantes autores (y si no lo creen, dense una vuelta por Google). Porque es precisamente al llegar a esta época donde se forja el origen de la gran mentira sobre el asunto. El silencio en la historiografía tradicional es ensordecedor; hasta hace muy poco tiempo la cuestión ni se trataba, simplemente no existía. La esclavitud había muerto en la Europa cristiana y punto pelota. Obviamente, al tratar la Baja Edad Media estamos hablando de una época donde el cristianismo ya está profundamente arraigado en la sociedad, se puede hablar perfectamente del surgimiento de naciones cristianas y si se pretende mantener que es la Iglesia la responsable de la  desaparición del fenómeno, aquí sobra algo, así que toca acallarlo.

 

Hasta el punto de que en lo que a España se refiere, aún hoy, por obra y gracia del nacionalcatolicismo escolar y del vacío de contenidos posterior, la reacción del gran público cuando se encuentra con la primera referencia de esclavos de los cristianos suele ser de sorpresa o incredulidad, puesto que en el imaginario colectivo pervive la idea de que la esclavitud se ciñe a los romanos o los negros llevados a América. Hasta el punto de que en lo que a España se refiere, para muchos la única referencia sobre el tema para esa época son los galeotes esclavos que remaban en las galeras turcas o sarracenas, porque al enemigo ni agua, y el musulmán, ese sí que es malo. Hasta el punto de que en lo que a España se refiere, la investigación sobre el fenómeno es un agujero negro intergaláctico, salvo excepciones como los estudios sobre la ciudad de Valencia.

 

Sin embargo, precisamente esta mentalidad bajomedieval con respecto a la esclavitud es crucial para entender lo que ocurrirá después durante la era de los Descubrimientos, con el correspondiente traslado de la institución al otro lado del charco, porque las marranadas si se hacen lejos de casa y no se ven, no existen. Hay por lo tanto una continuidad entre los siglos medievales y la Edad Moderna en este aspecto, que explica mucho mejor el desarrollo posterior de los acontecimientos que si admitiéramos los postulados de los autores cristianos. En este caso la víctima será otra desafortunada etnia, los negros africanos, como veremos en la próxima entrega, “Érase una vez, las Américas”.

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