PLH – Ricardo I Plantagenet, Corazón de melón

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Uno de los más conocidos mitos de la historia inglesa, exportada además hasta la saciedad como suelen hacer los británicos con gran maestría, es la figura del gran rey Ricardo, alias “LionHeart” en lengua bárbara, Corazón de León para los amigos. Quién más o quién menos sabe sobre su imagen de esforzado campeón de la Cristiandad, que marchó a la cabeza de sus tropas a la Cruzada en Tierra Santa, dejando atrás su reino, en una muestra de devoción religiosa y caballerosidad medieval. No sólo eso; la otra faceta universalmente conocida es la del rey bueno y justo, cuyo pueblo anhela su retorno para que restablezca la sabiduría y el buen gobierno. En contraposición a la tiranía de su hermano, Juan SinTierra (“LackLand”), que aprovecha su ausencia para usurpar el trono. Una abundante producción literaria y cinematográfica respalda esta visión: para el gran público la referencia habitual se reduce a la archisobada leyenda de Robin Hood. Para casi todos es inmediato asociar al rey Ricardo con un afable, maduro y atractivo Sean Connery, cuya sola presencia acobarda al desgraciado histérico de su hermano.

 

Pues bien, como se imaginarán, todo esto es una tremenda mentira. No sólo la leyenda de Robin Hood, que no es más que folklore popular – fenómeno cultural que como todos sabemos tiene la consistencia del blandiblub y la fiabilidad de un deportivo made in Bulgaria – sino la construcción de un halo de grandeza, invención de época victoriana, bendecida por el nacionalismo (como ven, el perejil de todas las salsas). En realidad, nos encontramos ante uno de los más lamentables personajes que hayan ceñido corona. Aunque la competencia es feroz, y no será la única testa coronada que circule por esta sección, su exagerada mitificación popular le concede el honor de inaugurarla. Nuestro primer “Personajillo Lamentable de la Historia” será, pues, el melón de Ricardito.

 

Para empezar, Ricardo no era inglés, sino francés, a pesar de haber nacido en Oxford. Vivió la mayor parte de su vida en sus enormes posesiones francesas, y ni siquiera sabía hablar inglés. De hecho, tampoco le gustaba demasiado Inglaterra (ni su clima), así que prácticamente sólo la visitó cuando necesitó sacarles dinero a sus súbditos. El reino lo administraban por delegación senescales y parientes. Como nos encontramos en el siglo XII, en pleno feudalismo, esto se traducía en mantener la fidelidad de los nobles, recordarles sus pactos de vasallaje y procurar que no conspiraran mucho ni se dieran de leches entre ellos. La autoridad real por aquellos tiempos era más moral que otra cosa: si bien era una dignidad superior y se legitimaba porque la corona te la daba la voluntad de Dios (y la legitimidad se transmitía hacia abajo, del rey a sus vasallos), después cada noble hacía lo que le salía del órgano, y el poder efectivo del rey para imponerse se medía en el tamaño de sus territorios personales y los hombres y recursos propios que podía movilizar.

 

Toda esta excursión por los cerros de Úbeda medievales nos servirá para entender esta aparente contradicción en el origen de Ricardito. Este animalico pertenecía a la familia de los Plantagenet, que por avatares de la política medieval, asimilables a una temporada completa de Falcon Crest, había acumulado una impresionante cantidad de territorios. El titular de la casa familiar era duque de Aquitania, de Gascuña, conde de Anjou y de Nantes, y lo más importante, duque de Normandía. Así que no sólo era señor de más de la mitad de la actual Francia, sino que ser dueño de Normandía incluía un par de bonus: uno, el reino de Inglaterra e Irlanda, y dos, el duque normando era vasallo del rey de Francia. En román paladino, ser el duque normando te elevaba a la máxima categoría pero paradójicamente te ponía a las órdenes de tu potencial mayor enemigo. ¿Entienden ahora porqué el niño era francés y se pasaba la vida en Francia?  No pongan esa cara, ya les avisé que la política medieval es un jaleo, sobre todo para nuestra mentalidad formada en la idea de estados territoriales, ciudadanía y todo lo demás.

 

¿Cómo se manejaba Ricardo en este corral? La leyenda le presenta como un experto y valeroso militar, y esta cualidad debe ser casi la única en la que la leyenda acierta. Ciertamente el chico tenía dotes guerreras; además encarnaba el espíritu del caballero medieval consagrado al oficio de la guerra aunque a la vez refinadamente educado, aventurero y con su faceta de trovador incluida. Pero en todo lo demás era un poema: cruel con sus enemigos, nada considerado con sus familiares y súbditos, en una época en la que bastaba muy poco para ser visto como tal, y en las cuestiones políticas, bastante torpe, por no decir que era un poco tonto. En conjunto, lo que se suele llamar un broncas sin cabeza. Como vamos a ver enseguida.

 

En 1170, su hermano mayor, Enrique, fue nombrado por su padre (Enrique II) rey de Inglaterra. En 1174, Enrique Jr se rebeló junto a sus hermanos contra su progenitor, tratando de destronarle (la familia, ese pilar básico de la sociedad). Ricardo tenía entonces 17 años. Pero papaíto se reveló duro de pelar y atizó una buena mano de hostias a sus hijos; Ricardo se rindió el último y se arrastró ante papi pidiéndole humildemente perdón. Después de esta tierna estampa casera, Enrique Sr. no se fiaba demasiado de sus hijos, y se cuidó muy mucho de proporcionarles cualquier recurso que pudiesen usar en su contra. Así que le levantó la prometida a Ricardo y la tomó como amante, pues la niña era nada menos que la hermana del rey de Francia Felipe II Augusto. Como esto no le debió hacer mucha gracia a nuestro protagonista, papi decidió prudentemente mandarlo a dar rienda suelta a la mala leche acumulada, y que sometiera a los revoltosos nobles de Aquitania. Y vaya si lo hizo; tan despiadado fue su gobierno que en 1179 se rebelaron todos contra él. Asistimos a unos años en que Ricardo se foguea repartiendo estopa a la nobleza por los dominios familiares, ganándose una reputación militar, así como la fama de cruel: el chico no tuvo mayor problema en violar personalmente a la parentela de los nobles rebeldes derrotados para entregársela después a sus soldados. O eso dicen las crónicas medievales, esas fuentes tan fiables.

 

Pero a pesar de entretenerse en este Chiquipark bélico, seguía sin llevarse muy bien con papá. Ricardo, hábil político él, se negó empecinadamente a prestar homenaje a su hermano Enrique Jr. (es decir, a reconocerle como su señor feudal) que como recordamos fue nombrado rey por su padre. Finalmente sus hermanos mayores le atacaron, pero Ricardo venció y en su estilo tan personal, ejecutó a todos los prisioneros. En 1183 Enrique Jr. murió, y fíjense cómo estaban las relaciones familiares de deterioradas que a pesar de ser ahora el heredero natural, Ricardo continuó luchando contra su padre, que nombró sucesor al peque, a Juanito, y le envió a invadir Aquitania. Nuestro protagonista da entonces un giro radical a la situación y se alía con Felipe II de Francia, que como ya explicamos es como si el PP decide ir en coalición con el PCE a las generales. La escenificación de la alianza incluyó compartir una misma mesa y una misma cama, de lo que algún espabilado de esos que trillan la historia para buscar homosexuales hasta debajo de las piedras dedujo brillantemente que Ricardo lo era, y seguramente por esta razón hoy en día sólo se hacen fotos como la de las Azores. Felipe y Ricardo derrotan finalmente a papá y al peque, que consiente en ceder el puesto de nuevo al desheredado Ricardo. Por una de estas casualidades casuales de la vida, fíjate qué coincidencia que dos días después, Enrique Sr. la diña y así en 1189 Ricardo se erige en rey de Inglaterra, Duque de Normandía y todo lo demás. Las celebraciones incluyeron unas cuantas cacerías y matanzas de judíos por todo el reino, siguiendo el ejemplo dado por el propio monarca.

 

Ricardo, negociando con los embajadores turcos

Ricardo, negociando con los embajadores turcos

Pero hete aquí que ambos reyes habían tomado la Cruz en cuanto llegó a Occidente la noticia de que Saladino había convertido en pinchos morunos a los cristianos en la aplastante victoria de Hattin de 1187. Y por tanto, como cruzados estaban obligados a ir a Tierra Santa a repartir leches cuanto antes si no querían verse excomulgados por el Papa. Lo cual, más allá de la cuestión religiosa, tenía efectos devastadores en un noble ya que liberaba a todos sus vasallos de sus obligaciones con la víctima. Todo un arma de destrucción masiva, ¿eh? Pero Felipe ansiaba los territorios continentales de los Plantagenet, y como hemos visto, Ricardo era también un bicho sin escrúpulos: como no se fiaban el uno del otro, acordaron irse juntos.

 

Los preparativos fueron intensos. El nuevo rey hizo penitencia para que todos viesen que se había vuelto muy bueno y por tanto digno de ser caballero de Cristo y acto seguido procedió a vaciar el Tesoro, freír a impuestos, extorsionar, vender tierras, cargos y privilegios y lo que fuera necesario para poder pagar la expedición. Es en esta época cuando hace su Gimme Da Money Tour por Inglaterra, deja unos cuantos senescales aquí y allí para que cuiden la casa mientras no está, partiendo con 8.000 hombres y 100 barcos a la conquista de Jerusalén. Pero el viaje a Tierra Santa es un poco largo, así que la pareja de ilustres cruzados hizo varias paradas por el camino.

 

Sicilia, 1190…El primer alto tiene lugar en esta isla, y aquí nuestro héroe va a verse implicado en las sutilezas de la política local, dando las primeras muestras de su capacidad para meter la pata. El rey de la isla, Guillermo II, acababa de morir, y su primo Tancredo (también llamado “Tancredito” por su gigantesca estatura) había ocupado el trono de una manera un pelín irregular, metiendo además en la cárcel a la reina viuda, previa incautación de sus ahorros. La mala suerte para Tancredito es que esta buena señora era la hermana de Ricardo, así que el rey de Inglaterra le exigió que la soltase y le restituyera hasta el último euro de su caja y su dote. A todo esto, además del ejército inglés, aterrizó en la isla Felipe Augusto con el suyo, cosa que comprensiblemente no gustó a la población local, que se amotinó pidiendo que los cruzados se fuesen. Era la ocasión que esperaba Ricardo para liarse a dar piños; destruyó y saqueó Messina y forzó al pitufillo a firmar un tratado, que se revelará más tarde como un cúmulo de despropósitos. Pues no sólo confirma a Tancredo en el trono siciliano, ganándose la enemistad de la familia que ostentaba los derechos a él (nada menos que los flamantes nuevos emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico) sino que ni corto ni perezoso, nombra heredero de los Plantagenet a su sobrino Arturo, cagándose sobre el derecho sucesorio de su hermano pequeño Juan, que permanecía en el reino. Ricardo, haciendo amigos.

 

Tras este arrollador estreno en política internacional, los dos tenores continuaron su marcha. La siguiente parada era Chipre, donde había naufragado la prometida de Ricardo, la princesa navarra Berenguela, y como el hombre sólo la había visto una vez, en Sicilia, allá que se fue a rescatarla, pillando otra tormenta, porque como veremos, este hombre tenía un imán para las marejadas de componente nornoroeste. Puso el pie en Limassol, la tomó y enseguida comenzó las hostias con los bizantinos, a quienes pertenecía la isla. Ya habrán percibido que esto de tener cruzados en tu tierra era una garantía de problemas sin necesidad de ser infiel, sobre todo para los griegos ortodoxos. Con la ayuda de cruzados como el peligroso psicópata Guy de Lusignac, Ricardo derrotó al gobernador imperial y masacró toda resistencia que encontró, cosechando la simpatía eterna del Imperio bizantino.

 

Por fin, después de casarse con la navarra y mandarla de vuelta a casa, en 1191 desembarcó y asedió Acre, en las garras del infiel Saladino. Empieza lo que se conoce como la Tercera Cruzada, una especie de Liga de las Estrellas con los principales gobernantes del momento a la cabeza de los ejércitos de la Fe para liberar Tierra Santa. Pero la realidad no es tan sugerente: nada más llegar los cristianos se enredaron en peleítas. Por un lado, el rey inglés apoyó a Guy en la disputa del trono de Jerusalén frente a Conrado de Montferrat, que lo reclamaba. Y por el otro, ocurrió un nuevo episodio de diplomacia “a la Ricarda”. Tras la rendición de Acre, las enseñas de Francia e Inglaterra se alzaron en la ciudad. Cuando Leopoldo V, duque de Austria, que había participado en el asedio, hizo lo mismo, los dos reyes lo consideraron una arrogancia, (pues Leopoldo era vasallo del Emperador alemán y de rango inferior), así que cogieron la bandera ducal, la rompieron y la tiraron por tierra. Leopoldo, que para acabar de arreglarlo era de madre bizantina, abandonó la cruzada inmediatamente. Felipe Augusto, muy zorro él, le pidió entonces a Ricardo la mitad de la isla de Chipre y la corona de Jerusalén, aprovechando que aún andaba en el aire. Como éste se negó, ambos discutieron y Felipe cogió oportunamente el camino de vuelta a Francia.

 

Ricardo se había quedado sin aliados y solito lejos de casa. Después de pasarse los términos de la rendición de Acre por el forro, ejecutando a los 2.700 prisioneros musulmanes, buscó primero una victoria decisiva y después una negociación con Saladino para poder salir corriendo de allí enseguida, porque la cola de conspiradores contra él daba la vuelta a la esquina ya, empezando por su hermano Juan y por Felipe Augusto.  Estaba claro que no podría tomar Jerusalén y mantenerla con lo que tenía, así que a toda prisa firmó un tratado modelo “ni-pa-ti-ni-pa-mí” con Saladino y se volvió pitando. ¿Que cómo terminó lo de Guy y Conrado? Pues como quiera que el puesto de rey de Jerusalén era electivo y salió elegido Conrado, Ricardo le vendió Chipre al chalado de Guy para que se entretuviese con algo y otra casualidad de la vida, a los pocos días Conrado murió accidentalmente al caer varias veces sobre el puñal de un par de Hashshashin (miembros de una secta musulmana de donde deriva el palabro “asesino”). ¿En quién recayó la corona? En un sobrino de Ricardo, casualmente. De todas formas, aunque se sospechó de nuestro cruzado mágico, nunca se ha podido demostrar su implicación.

 

La idea de Ricardo era llegar a casa lo antes posible, pero el mal tiempo y el montón de amigos que había ido haciendo por el camino de ida se lo impidieron. Tuvo que refugiarse del mal tiempo en Corfú, territorio bizantino y por tanto no muy recomendable. Una nueva tormenta le empujó a la costa adriática, desde donde intentó alcanzar por tierra su hogar yendo disfrazado de peregrino pobre. Lástima que se olvidara de quitarse el peluco caro, porque fue capturado en 1192 cerca de Viena por…sí, su viejo conocido Leopoldo V, que se puso muy contento de verle. Así que Leopoldo y su señor el emperador alemán Enrique VI, metieron al ilustre, desafortunado y no muy despierto rey en prisión, acusándole del asesinato de Conrado. Por aquel entonces, el enemigo acérrimo del Sacro Emperador Romano-Germánico era el Papa, que procedió a excomulgarle por encerrar a un soldado de Cristo, pero al alemán le dio igual; aparte de que durante el siglo XII los Papas excomulgaron unas 514.378 veces a los emperadores germanos, la inmunidad de estos frente a la kriptonita apostólica era mayor, puesto que sus vasallos tampoco eran muy amigos del Papa que digamos. El emperador necesitaba armar un ejército para imponer sus derechos en el sur de Italia y así tocarle la moral al Papa, así que cual banda albanokosovar moderna, pidió un rescate estratosférico por el regio prisionero.

 

El tete Juan y Felipe de Francia hicieron una oferta para que Ricardo se quedara un temporadita más en Alemania, pero mamá, Eleonor de Aquitania, rompió la hucha y exprimió el reino para llegar a lo que pedía Enrique VI. En 1194 por fin Ricardo puso un pie en sus dominios, 5 años después. Por necesidad política, perdonó a Juan y le nombró heredero, para poder alicatarse la cara a guantazos con el rey francés tranquilamente. Esta vez sí se las apañó para conseguir aliados contra Felipe y finalmente le derrotó. Tras esta victoria, Ricardo adoptó en 1198 como lema “Dieu et mon droit”, que contiene un simpático recadito para el emperador, en plan “entre dios y yo no hay nadie, y tú menos”, y que sigue siendo hoy día el de la corona inglesa. En francés, sí.

 

En 1199, tras haber batido su propio récord permaneciendo casi cinco años seguidos en su reino, este pendenciero y poco sutil monarca morirá de una forma bastante tonta. Se encontraba asediando un pequeño castillo de un conde rebelde cuando le dio por pasear sin armadura alrededor del perímetro. Un solitario defensor, armado con una ballesta y una sartén, llamó su atención. El hombre apuntó al rey, que divertido le aplaudía, y se las arregló para dispararle un virote que le alcanzó en el hombro izquierdo. Ricardo intentó quitárselo pero no lo consiguió. Un cirujano se lo extrajo tan mal que le produjo un destrozo en el brazo, y poco después se le gangrenó. El moribundo rey quiso que le trajesen al ballestero, que resultó ser un muchacho. El chico dijo que Ricardo había matado a su padre y hermanos y que en venganza le había matado a él. Como acto de piedad, en vez de ejecutarle, Ricardo le dio 100 chelines y le soltó. Hasta aquí el bonito cuento caballeresco típicamente medieval, pues en cuanto el rey la espichó, un capitán mercenario de su hueste cogió al chaval y en una no menos típica y medieval escena, le arrancó la piel a tiras y lo ahorcó. La macabra última voluntad de Ricardo fue disponer que su cerebro fuera enterrado en Poitou, su corazón en Rouen y el resto en Anjou. Como no tuvo hijos, le sucedió su hermano Juan, que se ganó el apelativo de “SinTierra” cuando el Papa le excomulgó y toda la nobleza del reino, libre de obligaciones con el rey,  aprovechó para imponerle sus condiciones.

 

Un poco diferente al mito, ¿verdad? Ricardito fue sobre todo un guerrero, violento y valeroso, pero irreflexivo. No le interesaba la conquista, sino la victoria; una vez alcanzada, la cosa perdía todo su interés. Como gobernante fue un desastre y una pesadilla para sus súbditos que seguramente respiraron cuando emprendió el camino de la Cruzada. Como administrador, nulo y como político…bueno, ya lo hemos visto; estaba muy habituado a las intrigas pero no era lo que se dice muy astuto. No me digan que el tipo no se ha ganado el derecho a estrenar la sección…Por cierto, antes de terminar, alguien se preguntará, ¿de dónde sale pues su aparición estelar en la leyenda de Robin Hood haciendo de todo lo que no fue en vida? Pues sencillamente se trata de un añadido posterior al antiguo cuento popular; hasta el siglo XVI no se le menciona por primera vez y tal apaño lo consagrará en el XIX el conocido escritor romántico Sir Walter Scott. Moraleja: no se fíen un pelo de los novelistas del Romanticismo.

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