Revisionismo Políticamente Correcto – Mujeres Violentas

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Liebres cobardes nacisteis;
bárbaros sois, no españoles.
Gallinas, ¡vuestras mujeres
sufrís que otros hombres gocen!
Poneos ruecas en la cinta.
¿Para qué os ceñís estoques?
¡Vive Dios, que he de trazar
que solas mujeres cobren
la honra de estos tiranos,
la sangre de estos traidores,
y que os han de tirar piedras,
hilanderas, maricones,
amujerados, cobardes,
y que mañana os adornen
nuestras tocas y basquiñas,
solimanes y colores!
Lope de Vega, FuenteOvejuna, Laurencia al Concejo.

Aprovechando que no hace tanto de la celebración del día de la Mujer Trabajadora, fecha que parece haberse convertido en cajón de sastre reivindicativo de cualquier cosa que esté directa o indirectamente relacionada con el feminismo y la tan traída y llevada “emancipación de la mujer”, vamos a estrenar una serie de artículos cuyo objetivo premeditado y confeso será contestar la moda revisionista de pasarlo todo por el tamiz de la aborrecible corrección política, visto que tal práctica censora va adquiriendo proporciones descomunales a golpe de buenrrollismo, multikulturalidad y una buena dosis de ignorancia. En esta ocasión vamos a desmentir alguno de los mitos nacidos en el siglo XX de la mano del movimiento feminista, cuyos objetivos no entramos a discutir, aunque sí algunos de sus métodos, ya que uno de ellos consiste en deformar y reinventar la historia, y por ahí… ¡por ahí sí que no pasamos!

 

En este mundo posmoderno que llamamos occidental, tan hiperrespetuoso con todo tipo de minorías y minoríos, no es muy difícil detectar en el imaginario popular el éxito de algunas patrañas que, repetidas hasta la saciedad y convenientemente interiorizadas, se convierten en una especie de dogma indiscutible. Pobre del que ose matizar ciertas creencias, pues se le echará encima la ira militante que no dudará en colgarle algún sambenito a escoger, desde intolerante hasta fascista – elijan ustedes mismos – aunque en el caso que nos ocupa lo más habitual es ser tachado de machista. O pobre de la que ose renunciar voluntariamente y en voz alta a las esclavitudes de la “emancipación”, pues se le mirará como una apestada salida directamente del siglo XVII.

 

Por el conocido “efecto rebote”, del que hemos hablado muchas veces en esta bitácora, parece ser que el celo ideológico de ciertas mentes pensantes del feminismo ha determinado que una manera de combatir el machismo y acabar con el patriarcado es forjar una imagen idílica de la mujer en contraposición al otro sexo. Así, la mujer sería un ser sensible, moderado y pacífico, más constante e intelectualmente superior a su compañero y a la vez milenario opresor, el varón. Visión tan favorable que no es extraño que muchas hayan hecho de ella verdad incuestionable, y es que resistirse al halago es muy difícil (ver nacionalismo). La prueba es fácil: si no desea que le salten al cuello un puñado de contertulias, bastará con meterse en ese océano de sobre y desinformación que es internet para encontrar comentarios o escritos sorprendentes, como aquellos de mujeres (concienciadas de serlo, al parecer) que cuestionan, por poner un ejemplo llamativo, la sola idea de que la advocación de un dios de la guerra pueda ser femenino, pues parece que tal asociación es aberrante y sin duda, una invención masculina e impuesta. Esto a pesar de la existencia de diosas tan populares como Innana/Astarté o Atenea Niké. Este comentario aparentemente anecdótico, tiene un calado bastante grande, que esconde una premisa falsa. Por lo visto, las mujeres, por su propia naturaleza apacible, rechazan de plano todo lo que tenga que ver con las actividades castrenses, brutalidad reservada al hombre, el violento de turno. Lo peligroso de esta línea de pensamiento es que resulta sencillo desde este punto de partida hilar una justificación biológica que haga al varón sospechoso de ser un maltratador potencial en virtud de su sexo, haciendo parecer que el uso de la violencia está en la esencia de lo masculino, en contraposición a las inocentes y pacíficas féminas.

 

Y esto, queridos lectores, es una falacia del tamaño de la catedral de Astorga, que un simple recorrido a vista de pájaro por la Historia desbarata en un abrir y cerrar de ojos. Que es precisamente lo que vamos a hacer ahora, por supuesto. Pero antes de empezar, es necesario hacer algunas consideraciones para ubicar los hechos en su contexto. Es cierto que la mujer, por su condición biológica, ha sufrido una segregación social y jurídica, quedando relegada a determinados papeles que una sociedad patriarcal le impone oficialmente, al igual que muchos otros seres humanos por las más diversas circunstancias, ya sean por cuestiones tanto religiosas (los judíos son el caso más obvio) como sociales (los campesinos no es que hayan tenido una historia muy placentera que digamos) o raciales (véase un ejemplo). Pero muchas feministas, en su reivindicación parten de la misma base moral que el propio patriarcado, considerando a la mujer como una especie de agente social pasivo, mera receptora de los valores que el hombre – su opresor – le inculca. Lo cual es completamente erróneo: es precisamente la mujer la transmisora de valores a las generaciones posteriores, en tanto que uno de sus escasos roles oficiales es el de madre y educadora. Y por tanto es ella la sostenedora del corpus moral de la sociedad y una de las principales responsables de la transformación o permanencia de determinadas mentalidades. Este hecho tan obvio como incontestable es subsanado pintando a la mujer de otras épocas como una especie de analfabeta engañada que no es consciente de su propia valía, una ignorante que sigue supeditada porque no sabe, que es precisamente la imagen oficial que en el Antiguo Régimen se tenía de ellas (otras veces son meritorias luchadoras en la sombra, a conveniencia y dependiendo de cómo evolucione el debate, pero esa es otra historia) Por no hablar del grado de ignorancia y alfabetización de la mayoría de los contemporáneos masculinos, claro. Además, por motivos evidentes, la mujer no es susceptible de ser físicamente apartada en una sociedad humana, por lo que su exclusión completa es imposible. Imposible y no buscada en ningún momento; la mujer está supeditada al hombre, pero no apartada de la vida social. En cristiano y para resumir con el ejemplo, las mentadas diosas guerreras eran adoradas tanto por hombres como por mujeres, y eran precisamente las madres las que enseñaban a sus hijos a adorarlas, pues ellas mismas creían en ello. Y con las cuestiones militares ocurre exactamente lo mismo; las mujeres no quedan al margen de la guerra, ni la rechazan de plano, sino que lo asumen, al igual que los varones, como una actividad cuya responsabilidad es principalmente masculina.

 

A pesar de este reparto de roles, desde la Antigüedad se pueden encontrar casos de mujeres guerreras, o conductoras de hombres al combate, aunque es complejo rastrearlas. Esto se debe por un lado a que, como insistimos siempre, la historia la escriben las elites, que, ¡oh, casualidad! son las que imponen su sistema de valores, por lo que no se suele dejar constancia de la intervención de mujeres en ámbitos que no son los que oficialmente tienen reservados. Por el otro, los historiadores siempre añaden su aporte personal de prejuicios de época, voluntaria o involuntariamente. Y para acabar de rematarlo, las condiciones en que una mujer entra en combate o asume la dirección de un grupo armado, teniendo en cuenta que hasta ayer prácticamente todos tenían claro que era una actividad de hombres, no son la norma. Pero el caso es que las hay, y muchas.

 

Una de las primeras menciones, y por tanto, nuestra “mujer violenta” más antigua es Artemisia de Caria, tirana de Halicarnaso, que combatió en la batalla de Salamina a la cabeza de cinco naves del lado de Jerjes, y que se las apañó para escapar del desastre tras pelear valientemente y engañar a sus perseguidores griegos. Siguiendo esta línea, la famosísima Cleopatra se presentará junto a Marco Antonio en la batalla naval de Accio al frente de la flota egipcia, abandonando a su amante para huir cobardemente. Bueno, qué quieren, que participen no quiere decir que todas sean valerosas… Otra conocida guerrera de la Antigüedad es la reina britana Buodica, que lideró la revuelta de las tribus de la acogedora isla atlántica contra los romanos en el siglo I d. C. Y que por supuesto, fue derrotada, que los romanos gastaban muy mala leche. Todas estas referencias hablan de personalidades de las clases más altas, lógico si tenemos en cuenta que una elevada posición social podía facilitar el ascenso de una mujer a la arena político-militar. Porque si añadimos a la lista las mujeres que instigaron enfrentamientos bélicos o participaron en intrigas políticas y luchas de facciones, la cosa se amplía; Hatshepsut, Aspasia, Livia, Agripina, etc. En un rol más indirecto, pero que demuestra claramente que las mujeres compartían este reparto funcional, encontramos infinidad de ejemplos de mujeres arengando a los hombres a la guerra y ridiculizándoles o espoleándoles cuando flaquean: una de las más famosas es la acción de nuestra querida Teodora en la Niká, pero las que se llevan la palma son las mujeres espartanas, entrenadas para la guerra y verdadero sostén de la ideología militar de la polis-cuartel. Para terminar, el mito de las amazonas que aparece reflejado en la Eneida es recurrente, y aparecerá en los lugares más remotos mucho tiempo después, así que es probable que esté basado en alguna realidad histórica.

 

¿Y qué pasa con las mujeres de clases más bajas? En principio podría pensarse que estando en una posición más débil que las aristócratas, tendrían más complicado eludir las restricciones de su sexo, lo cual es una suposición cierta, pero en algunas circunstancias especiales en las que el control de las clases dirigentes se diluye, las damas se las apañan bien para meterse en las cuestiones marciales. Como comprobaremos con un caso concreto de marcada belicosidad a lo largo de los siglos: la mujer española.

 

Inés de Suárez, haciendo perder la cabeza a unos cuantos caciques

Inés Suárez, haciendo perder la cabeza a unos cuantos caciques

No se trata de una cuestión genética o como se decía antiguamente, de “raza” que predisponga a la española a coger un arma, sino más bien de un cúmulo de circunstancias históricas. Durante la época medieval (en la que podríamos hablar del  sobado caso de Jeanne d’Arc, pero es un ejemplo muy obvio, y además… ¡francés!), los reinos hispánicos, tanto cristianos como musulmanes, son zonas fronterizas en guerra casi permanente unos con otros. Las repoblaciones cristianas a medida que avanzaba la reconquista consistían en establecer familias de campesinos en territorios continuamente expuestos a las expediciones enemigas. Vivir en tan peligrosos lugares se incentivaba con el otorgamiento de mayores libertades a los pobladores. De esta manera, las mujeres de estos grupos se vieron por un lado, más libres de la presión de las autoridades, y por otro, metidas de lleno en la dinámica guerrera. Así, no era extraño que compartiesen las penalidades y sacrificios de la vida militar con sus hombres y se habituaran a seguirlos allá donde fueran, incluso empuñando las armas en caso de necesidad. En Castilla, reino fronterizo por excelencia, no son raros los casos no sólo ya de reinas belicosas (como Urraca, que se enfrentó a su marido Alfonso el Batallador y al poderoso obispo Gelmírez en una agria guerra civil), sino de lo que se conoce como soldaderas, mujeres que acompañaban a los ejércitos en sus campañas. En los reinos de la Corona de Aragón, encontramos la misma costumbre en las feroces compañías almogávares: la Crónica de Ramón Muntaner nos cuenta el fracaso de la expedición genovesa contra los muros de Gallipoli, defendida por apenas 200 caballeros y las 2000 mujeres de los catalano-aragoneses.

 

Pero esta larga tradición tendrá su máxima expresión épica en uno de los momentos más épicos de la épica historia de la humanidad: la conquista de América. Unos cuantos miles de españoles, por cuenta propia, conquistarán el Imperio más grande del mundo hasta la época industrial. Y por descontado, irán acompañados por sus mujeres, pues en palabras de María de Estrada, conquistadora, “No es bien, señor Capitán, que mugeres españolas dexen a sus maridos yendo a la guerra; donde ellos murieren moriremos nosotras, y es razón que los yndios entiendan que somos tan valientes los españoles que hasta sus mugeres saben pelear“[1]. Esta brava señora, que formaba parte de la hueste de Cortés, destacará especialmente en la Noche Triste “haciendo maravillosos y hazañeros hechos con una espada y una rodela en las manos, peleando valerosamente con tanta furia y ánimo, que excedía al esfuerzo de cualquier varón, por esforzado y animoso que fuera, que a los propios nuestros ponía espanto, y ansimismo lo hizo la propia el día de la memorable Batalla de Otumba a caballo con una lanza en las manos, que era cosa increíble en ánimo varonil, digno por cierto de eterna fama e inmortal memoria“.[2]

 

Memoria inmortal que no se le ha otorgado ni siquiera en su propio país, puesto que si es lamentable el olvido en que yace la epopeya americana en las escuelas españolas, quizá por algún tipo de complejo absurdo, mucho más lo es el absoluto y abrumador silencio sobre las innumerables hazañas de mujeres tanto españolas como indígenas en este apasionante episodio histórico. Es paradójico que hoy se conciba la conquista como una empresa masculina, ya que sin la aportación decisiva de las mujeres castellanas como pioneras, conquistadoras, pobladoras, enfermeras, esposas y madres, seguramente no habría sido posible. Que los frailes cronistas de aquella época traten de minimizar un tanto su papel es lógico, pero que a día de hoy prácticamente ni exista una mención es un escándalo.

 

Muy poca gente conoce a la virreina María de Toledo, esposa de Diego Colón, de la que todas las crónicas hablan maravillas, y que pidió autorización para invadir Tierra Firme con una armada, petición que le fue denegada. Igual influye en este olvido el hecho de que, aparte de su bondad, valor e inteligencia, para cortocircuito de almas políticamente correctas, esta señora traficaba con esclavos. Ni tampoco a las gobernadoras Beatriz de la Cueva, Isabel de Bobadilla o Catalina de Montejo, o Isabel Barreto, gobernadora y capitana de la expedición a las Islas Salomón. Ni a Inés Suárez, que salvó la jornada para los españoles en Santiago de Chile decapitando por su propia mano a siete caciques prisioneros, haciendo huir a los atacantes mapuches. La lista es larga; Beatriz de Palacios, Beatriz Bermúdez, Mencía de los Nidos, Ana de Ayala…Mejor suerte ha corrido Catalina de Erauso, la monja alférez, en parte por la absoluta excepcionalidad de su caso, y en parte porque curiosamente su condición de lesbiana rescata y eleva su imagen histórica en este contradictorio y revisionista siglo XXI. No quisiera terminar el repaso sin hablar de la expedición de Orellana por el río Amazonas, bautizado así tras los continuos enfrentamientos con mujeres guerreras que, según los testigos presenciales, combatían al frente de los indios y los apaleaban si retrocedían.

 

También es frecuente encontrar aquí las ya comentadas escenas en que las mujeres afean la conducta a un grupo de varones, tachándolos de cobardes por no cumplir con su deber militar. El verso que encabeza este artículo puede estar inspirado en los tremendos insultos recibidos por los soldados de Narváez por parte de las Ordaz, tras su captura casi sin lucha por las tropas de Cortés. Beatriz Bermúdez se arma de rodela y casco y evita la desbandada de soldados españoles y tlaxcaltecas en el asedio de Tenochtitlán, acusándoles de cobardía para herir su orgullo.

 

Durante la Edad Moderna encontramos todavía más ejemplos en la historia de España, como el de las mujeres de Felipe V; la primera, Maria Luisa de Saboya, fue una eficaz regente en plena Guerra de Sucesión mientras su marido estaba peleando en Nápoles. Cuando se enteró de que los ingleses desembarcaban en Gibraltar, trató de salir a combatirlos personalmente siendo disuadida por sus ministros con el imbatible argumento de que no había tropas disponibles que mandar contra ellos. La segunda, Isabel de Farnesio, fue la promotora de las guerras que España sostuvo en Italia contra prácticamente todos los países europeos para recuperar los territorios de Nápoles, Milán o Sicilia y que los pudieran heredar sus hijos. Los incontables ataques durante estos siglos a las costas españolas por parte de las más diversas potencias (sarracenos, ingleses, austriacos, franceses…) dejarán testimonio del valor combativo de mujeres como María Pita. La continuación de esta larga tradición de mujeres guerreras la sufrirán en sus carnes los franceses durante la Guerra de la Independencia, de la que Agustina de Aragón no es más que un símbolo de la abundante participación de las españolas de clases populares al pie del cañón o empuñando el cuchillo, el sable o incluso las tijeras.

 

Podríamos extender esta relación tranquilamente hasta las milicianas anarquistas de la Guerra Civil, o incluso mirar al extranjero y hablar de las revolucionarias francesas o las mujeres soldado del Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial, pero como ven, no me ha hecho falta ni llegar a la Edad Contemporánea (y por tanto a la emancipación de la mujer), ni salirme de la historia de un país concreto para encontrar ejemplos a patadas de marciales féminas que desmienten una falacia absurda creada al servicio de una militancia o ideología concreta. A lo largo de la historia, cuando han tenido la oportunidad o se han visto en la necesidad de apoyar o suplir al hombre en las artes de la guerra, las mujeres no han vacilado en hacer honor a las diosas guerreras de la Antigüedad remota. Lo que, por cierto, las iguala a sus compañeros varones.

[1] Crónica de la Nueva España, Cervantes de Salazar
[2] Historia de Tlaxcala, Diego Muñoz Camargo
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