Robespierre y Revolución – Como pollos sin cabeza.

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Hace un tiempo que vengo dándole vueltas a una cuestión moral, y por tanto espinosa, que no sabía muy bien cómo plantear en un artículo. No por escrúpulos, que ya me van conociendo, sino porque quería encontrar el contexto histórico adecuado para emborronar unos cuantos párrafos con ello. Y creo que he dado con el momento y el personaje perfecto…nos vamos a una época crucial para el mundo contemporáneo tal como lo conocemos hoy en día, a los tiempos de la Revolución Francesa. Que más allá de la imagen popular de pelucas blancas, populacho por las calles y cabezas aristocráticas rodando por lo suelos, es la Madre del Cordero de lo que hoy entendemos como el mundo moderno chupiguay en que vivimos.

 

Sin embargo, para llegar a esta sociedad occidental posmoderna donde se practica el culto a los derechos y derechas de los más variopintos seres, animados o no, ese vergel de ONG’s en el que tan justamente orgullosos estamos de hallazgos como los derechos del hombre, la democracia popular o la protección del débil y el necesitado, se vertió mucha sangre por el camino. En esta sociedad occidental posmoderna, a la que tanto repugna el uso de la violencia (al menos en la puerta de casa), se ha olvidado que el triunfo de estos valores morales, cuyas virtudes son poco cuestionables, se erige sobre un montón de cabezas cortadas. En esta sociedad occidental posmoderna, en definitiva, se ha impuesto la hipocresía y la amnesia interesada sobre un asunto un pelín sucio: ¿es legítimo el recurso a la violencia para conseguir unos fines determinados, por deseables que sean estos? ¿Hasta qué punto y bajo qué condiciones es tolerable o está justificada? ¿Cuántos huevos hay que romper para hacer una tortilla?

 

El máximo exponente de este dilema es una figura crucial de la historia contemporánea: Maximilien Robespierre. No sólo porque se encontrase en el lugar decisivo en un momento crítico para la historia posterior, sino por el particular juicio histórico al que ha sido sometido y condenado. Porque Robespierre es, tras los indiscutibles divos del siglo XX, Adolf & Josif, el habitual tercer clasificado en la lista de “Malos malosos de todos los Tiempos”, por instaurar el régimen del Terror en la Francia revolucionaria, ese que tantos telefilms, series y novelas ha llenado con guillotinas y abundante salsa de tomate. Sin embargo, lo que tiende a olvidar el común de los mortales es que bajo el festival de ejecuciones se esconde un objetivo, que a diferencia de los otros dos, no consiste en imponer un régimen totalitario, ni invadir el mundo, ni de la supremacía de una raza: se trata sencillamente de desmontar las injusticias del Antiguo Régimen e instaurar una sociedad basada en el derecho de todas las personas, en la justicia igual para todos y en la participación de todos los ciudadanos en los asuntos del Estado. Valores liberales que exportarán por toda Europa las tropas de otro ilustre impopular; Napoleón Bonaparte, pero esa es una historia que contaremos en otro momento.

 

Así que vamos a tratar de poner al vapuleado Maximilien en su sitio, siguiendo las andanzas de este joven abogado de provincias en el follón revolucionario. Porque advierto que nos vamos a saltar la infancia y la adolescencia de Robespierre, que son un coñazo sin nada destacable, para irnos derechitos al asunto. Y tampoco se va a tratar de una biografía al uso, sino que me centraré más en los trascendentales sucesos en que se verá implicado este hombre.

 

En 1788, el rey Luis XVI de Francia convoca, por primera vez en 175 años, unos Estados Generales para tratar de evitar problemas mayores en un reino que está sumido en una profunda crisis. ¿Y eso qué eh lo que eh? Pues básicamente, el rey llama a los tres estamentos sociales clásicos – nobleza, clero y el conocido como Tercer Estado, cajón de sastre donde se mete a todo el que no cuadra con la visión medieval de la sociedad, como puedan ser comerciantes, artesanos o funcionarios – para que presenten quejas y soluciones a los males del país, y luego él decide. Cada Estado tiene un voto, así que se pueden imaginar el panorama: los nobles y los curas, que no llegan ni al 10% de la población, tienen el mismo poder político que todo el resto del reino. Todo el resto excepto el Cuarto Estado, el campesinado, que no cuenta para nada.

 

Con esta cara de lechuguino y mira qué peligro tengo...

Con esta cara de lechuguino y mira qué peligro tengo...

Sin embargo, y en contra de lo esperado, los Estados Generales le explotan a su majestad en las narices. El Tercer Estado, dirigido por la burguesía y dominado por las ideas ilustradas y por el ejemplo de los revolucionarios americanos, viendo que tiene el mismo poder decisorio que ZP en las reuniones del G-20 y deseoso de un cambio de régimen, llega a la conclusión de que ya está bien de pagar el pato siempre los mismos y se declara en rebeldía. Se reúne aparte en lo que se llamó Asamblea Nacional y en ella proclama la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Además, los asamblearios se juramentan para no separarse hasta dar a Francia una nueva constitución. Poco tiempo después, el clero se une al movimiento, así como algunos nobles. Ha comenzado la Revolución francesa, y el mundo jamás será igual. Uno de los participantes en los Estados generales, ardoroso defensor de la Declaración de derechos, fue nuestro joven abogado Maximilien Robespierre.

 

Evidentemente el horrorizado rey no se estuvo quieto mirando, y trató de disolver la Asamblea, cuyos miembros y simpatizantes se reunían como y dónde podían. Uno de los lugares de reuniones clandestinas era un antiguo convento de San Jacobo, y por ello al grupo que se refugiaba allí se le llamó “Club de los jacobinos”, que se caracterizaban por defender ideas tan radicales por aquel entonces como la democracia plena, la asistencia social o la educación gratuita. De este grupo de activistas políticos formó parte Robespierre, que pronto destacó porque el muchacho tenía grandes dotes para la oratoria y la persuasión, y por lo visto era bastante convincente. Además, y quizá lo más importante, tenía verdadera pasión por las ideas ilustradas que proclamaba.

 

Los intentos de la monarquía por abortar el incipiente brote revolucionario se fueron a la porra cuando un nuevo actor entra en escena: el pueblo llano. Los ciudadanos de París y los campesinos se sublevan contra la política del rey, salvando así a los burgueses de la Asamblea. Que rápidamente abolirán el feudalismo, los derechos señoriales y eclesiásticos y se disolverán para elegir una Asamblea Constituyente, que en cristiano comprensible consiste en reunir un grupo de notables y juristas para que redacten una Constitución. El pueblo se concede a sí mismo la soberanía. Robespierre fue elegido diputado para esta asamblea, erigiéndose finalmente en líder de los jacobinos. Que por cierto, ocupaban el ala izquierda de la sala de reuniones, y por ello se les identificó como los “de la izquierda”, mientras que la parte derecha la ocupaban diputados más conservadores. Etiquetas que han permanecido hasta nuestros días para designar a grandes rasgos ambas tendencias ideológicas. ¿No lo sabían? Bueno, ahora ya pueden contarlo en comidas y reuniones familiares.

 

En principio la Asamblea Constituyente pensó en una monarquía constitucional, aunque Luis XVI no estaba por la labor. Al contrario, junto a su joven y superficial mujer, la incomprensiblemente legendaria María Antonieta, en 1791 trató de huir de París, siendo detenido en Varennes. Era evidente que no estaba dispuesto a aceptar dirigir el país en condiciones impuestas por el pueblo. Aun así, y a pesar de las peticiones del ala “radical” de la “izquierda”, dirigida por Danton y Marat, el rey encabezó el primer gobierno salido de la revolución. Por supuesto, el monarca utilizó sus poderes constitucionales de veto para torpedear todo lo que saliera de la asamblea, lo que arrojó a muchos en los brazos del republicanismo, del que era destacado paladín nuestro amigo Max y sus jacobinos, que pasarán a ser conocidos ahora como “montagnards” (montañeses), por sentarse arriba del todo de la cámara. No, este apodo no tuvo tanto éxito como el otro. Afortunadamente.

 

La aristocracia del resto de Europa miraba con temor lo que ocurría en Francia. Testas coronadas, privilegios feudales y prebendas clericales corrían peligro si la peste francesa se extendía fuera de sus fronteras. Así que los dos tradicionales enemigos de Francia, Prusia y Austria, se prepararon para la guerra y se dispusieron a invadir el país si no se restablecía el antiguo orden. Todo con la complicidad de Luis XVI y los nobles conseervadores, que soñaban con una derrota de los revolucionarios y la reinstauración del absolutismo de toda la vida de Dios. La actitud saboteadora y conspiradora del rey acabó con su detención y juicio. Robespierre, que siempre se había mostrado contrario a la pena de muerte, fue un acalorado partidario de la ejecución del rey, considerando que era más importante la salvación de la Revolución que la vida de un hombre. Por estrecho margen, el nuevo parlamento republicano, la Convención Nacional, votó la condena a muerte de Luis XVI.

 

A principios de 1793, pues, pintaban bastos para la Revolución. En guerra contra Prusia, Austria, España, Nápoles y Holanda, con graves problemas económicos que las medidas liberales no habían logrado atajar, con insurrecciones de descontentos a los que la Revolución no había traído ninguna mejora tangible y con agentes contrarrevolucionarios agitando sublevaciones por todo el país (como la de la Vendeé), todo hacía presagiar que el final de la aventura estaba cercano. En estos momentos, Robespierre, el teórico influido por las ideas de Rousseau, el idealista partidario de la democracia republicana y de todos esos valores que tanto nos gustan hoy en día, disfrutaba de un enorme poder y prestigio político. Y basándose en ambos, tomará una decisión extrema: apoyado por los revolucionarios parisinos, y asumiendo todos los poderes de la Convención Nacional, da un golpe de Estado, detiene a la oposición moderada, y se pone al frente del recién creado Comité de Salvación Pública.

 

Este Comité estaba dotado de poderes excepcionales: en la práctica, una dictadura en defensa de la amenazada Revolución, que actuó de forma contundente y rápida contra sus enemigos, en lo que se llamó el ejercicio “del Terror”. Los sospechosos de contrarrevolucionarios, antipatriotas o incluso los especuladores fueron ejecutados en masa, acusados de conspirar para destruir la República. La guillotina empezó a echar humo, y por ella pasaron hombres y mujeres de toda condición social, desde aristócratas hasta miembros del pueblo llano. Evidentemente también pagaron justos por pecadores y conocidos revolucionarios, como el propio Danton o el químico Lavoisier, hicieron su visita al cadalso. La oposición política, por tanto, no se libró del celo revolucionario de Max, tanto por excesivamente moderada, como por demasiado exaltada (Hebertianos).

 

En este punto, cualquiera podría pensar en Robespierre como una especie de monstruo fanático sediento de sangre, pero una aproximación al personaje desmiente esa visión. Por aquel entonces, Max tenía fama de virtuoso, era apodado “el Incorruptible”, y como vimos, incluso era partidario de la abolición de la pena de muerte. Pero todo esto se supeditaba a su ideal político: en aquellos momentos creía firmemente en la necesidad del Terror para alcanzar una república democrática y virtuosa, y para ello era imprescindible conseguir la estabilidad interna por el medio que fuese. Para Robespierre, era una oportunidad única en la Historia; había que salvar logros como la libertad individual, la igualdad política, el sufragio y la abolición de los privilegios, y eso estaba por encima de cualquier compromiso político. La Revolución pasaba una fase crítica, y esto requería grandes y sangrientos remedios. Unas cincuenta mil personas cayeron ante la implacable justicia revolucionaria.

 

Sin embargo, estas durísimas medidas surtieron efecto, puesto que para 1794, después de un montón de ejecuciones, un control estricto de la economía y la victoria militar de Fleurus contra Austria, lo peor había pasado: la República estaba salvada. Por tanto, una vez disipada la amenaza contra la que se empleaba a fondo, el Comité de Robespierre el inflexible ya no tenía demasiado sentido. Resultaba peligroso para los supervivientes de la Convención, e incómodo para quienes habían colaborado con él. Así que, cuando en Julio de 1794 se anunciaba una nueva purga, los asustados diputados se lo impidieron. Detenido por el ejército, fue ejecutado en la guillotina por orden de la Convención, que exhaló un suspiro de alivio.

 

Este final explica suficientemente porqué este hombre se ganó las iras de unos y otros: tanto los conservadores como sus compañeros revolucionarios, tenían motivos para abominar de él. Unos por enemistad ideológica y otros por disimular su propia responsabilidad en hacer el “trabajo sucio”. Una vez caído, se puede atizar al muñeco sin ningún pudor. Si a esto le unen el hecho de que, por algún mecanismo incomprensible, parece que la violencia está mucho peor vista si es “revolucionaria” que si parte de las elites aristocráticas de toda la vida, aunque tengan un currículum espeluznante en estos menesteres, obtendrán la clave de la impopularidad del personaje.

 

Y sin embargo, aunque él no estuviera para verlo, la Revolución sobrevivió. Muy probablemente, sin la adopción de estas medidas extremas, la primera República francesa, la Declaración de los Derechos del Hombre, actual orgullo de Occidente, y todo lo demás, se hubiera ido al garete y el absolutismo habría ganado su batalla más dura. En los libros de historia se trataría como una revuelta más del siempre levantisco populacho, y a saber dónde estaríamos usted y yo a estas alturas. Así que en el fondo, la acción de Robespierre no era tan descabellada. Seguramente fuese consciente de las implicaciones que tenía tomar este camino, del ingrato papel que estaba cumpliendo en el proceso, y posiblemente del final que le esperaba. Pero por otro lado, siendo como era un fanático de la virtud y un teórico dispuesto a llevar las ideas republicanas de democracia, igualdad y justicia a sus últimas consecuencias, probablemente pensara que no era más que un peón en una partida mucho más importante.

 

Bien es verdad que su idealismo y su inflexibilidad le llevaron a cometer abusos durante la época del Terror, que su exceso de celo depuró a más gente de la “necesaria”, y que a la hora de su caída no parece que tuviera previsto parar la maquinaria represora, pero también lo es que la mayoría de nosotros firmaría hoy una ideología similar a la de Robespierre. Y por ello se hace bastante improbable achacar a un carácter sanguinario o un desprecio por la vida humana su actuación política. También es cierto que el riesgo que corría la República era muy real, estamos hablando de un régimen, el absolutista, que venderá carísima su derrota derramando a su vez toneladas de sangre durante el siguiente medio siglo por lo menos.  Así que  pregúntese, querido lector, ¿usted qué hubiera hecho? ¿Se le ocurre cómo se podrían haber salvado de otra forma lo que hoy llamamos “los valores políticos de la cultura occidental”? Quizá le debamos más a este presunto ogro de lo que estamos dispuestos a reconocer.

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