Fazañas Bélicas (I) Ardor guerrero

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No sé si he comentado con anterioridad que vivo en una de las ciudades posiblemente más agradables de España. Barcelona tiene la particularidad de, siendo una de las dos grandes urbes del país, conservar un aire de ciudad burguesa y provinciana que le da un especial encanto y evita esa sensación de vivir en megalópolis que desprenden muchas capitales modernas. Además es un lugar cargado de historia y con muchos rincones para perderse. Pero, lamentablemente, también es el epicentro nacional del buenismo y el pensamiento políticamente correcto, en su definición bobalicona, y por descontado, nacionalista. Aquí la “solidaridad” y el “multiculturalismo” irradian como un faro que ilumina a la nación (perdón, al Estado español, en la jerga al uso) y sirven de ejemplo y ejempla a hombres y mujeres, de la mano de los más conspicuos talibanes que deciden lo que está bien y es democrático y lo que es “fascista”.

 

El último bochornoso episodio del movimiento bienpensante pivota alrededor del castillo de Montjuïc y su museo militar. Después de muchos años de brega administrativa, la Diputación barcelonesa ha logrado que el Ejército le ceda la ciudadela, así que ya tienen las manos libres para cerrar la instalación y sustituirla por un “museo de la paz” o algún engendro por el estilo. La escenificación del cambio de poderes ha sido lamentable por ambas partes; los militares saliendo de la fortaleza (tampoco se crean que vivían allí precisamente) entre acordes del himno nacional y dándose abrazos, como si rindiesen la plaza a los Tercios de Mauricio de Orange, y los civiles organizando, bajo el ala vigilante y benefactora del Ajuntament, festivales-manifa por la paz, la concordia y la democracia que te mueres de buena. Los artículos de prensa también son particularmente risibles, sobre todo los de la prensa local, por el tono de subjetivismo ñoño de la información. Básicamente se hacen eco de la postura del consistorio y las asociaciones cívicas, que se basan en los siguientes motivos:

 

Primero, que el museo es militar, y las cosas de la milicia y la guerra son feas, malas y antidemocráticas. Es necesario, pues, cerrarlo para abrir en su lugar un museo de la concordia, el amor y el buen rollito, organizando “talleres” (este palabro tiene gran predicamento entre la pedagogía moderna) de cooperantes internacionales por la paz, y “educar en valores cívicos”, expresión que en boca de algunos me pone los pelos de punta, por su evidente cercanía a lo que de toda la vida viene llamándose adoctrinar. Pues sí, matarse está muy feo, la violencia es rechazable, pero se da la puñetera casualidad de que ha sido y es una constante a lo largo de la historia de la especie, y por tanto, yo diría que es un grave error tratar de fingir que no existe. La tendencia a sepultar bajo toneladas de doctrina ideológica de saldo los aspectos más oscuros del género sapiens no me parece la forma más adecuada de acercarse a la comprensión de lo que es este animalito, cómo piensa y cómo se comporta, dado que no sólo somos uno de ellos, sino que vivimos entre montones de homínidos más. Tampoco entiendo qué místico proceso podría empujar a alguien que visita un museo militar a salir de allí deseando destripar a sus vecinos o declararle la guerra a Polonia. Porque si tal cosa fuera posible, los húngaros tendrían una auténtica fábrica de déspotas totalitarios en pleno centro de Budapest. A ver si se meten en la cabeza de una vez que al populus hay que darle los medios para que conozcan la verdad, hasta la más fea, y asumir, o al menos partir de la perspectiva de que la mayoría son adultos que están preparados para asimilar esta realidad sin excesivos traumatismos cerebrales. Pensar por la gente es una manía antiquísima de las elites, sobre todo por parte del clero, de lo que tenemos abundante experiencia en España.

 

El segundo “razonamiento” es que dicho museo lo abrió Franco, y eso es feo y malo. Aquí ya nos vamos metiendo en el trauma particular de todo el país. Seguramente se debe a que pocas veces se ha analizado desde una perspectiva carente de intención política el que probablemente es el período más oscuro de España durante el siglo XX, pero también resulta que son 40 años que han marcado profundamente el “pensamiento” político posterior, tanto de amigos como de enemigos del régimen. Se ha hablado mucho, sí, muchísimo, pero generalmente desde el sectarismo, el revisionismo y el intento de reconstrucción de lo que a todo el mundo le gustaría que hubiera sido. Este argumento es pueril y no resiste un análisis serio: no veo a las organizaciones cívicas barcelonesas manifestarse delante de los Centros de Atención Primaria pidiendo su cierre porque la Seguridad Social la creara el tirano.

 

El tercero tiene que ver con los asuntos de la boina. Las crónicas periodísticas hablan de los ominosos cañones que apuntan a la ciudad, como símbolo del dominio del ejército (español, por supuesto) planteado en los poco disimulados términos de una pretendida oposición entre los pacíficos y sufridos catalanes y sus opresores mesetarios con uniforme, ya saben, esos castellanos que enseguida cogen el palo. Así que este cambio de dueño se glosa en términos de victoria de la inteligencia y la diplomacia (catalanas) sobre la fuerza bruta, española por más señas.

 

- Y cuando los orcos ataquen por aquí, las ametralladoras MG-42 los pillarán en fuego cruzado... - Eres un genio, Lúculo

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Analicemos la tontería en detalle. Montjuïc es una construcción militar que en arquitectura se conoce como ciudadela. Durante la Edad Moderna, por todos los dominios de los Habsburgo florece la construcción de novedosas murallas y carísimos dispositivos de defensa destinados a defenderse del nuevo armamento de asedio; la artillería. Pagadas con ríos de plata americana (nadie sabe en realidad cuánto costaron) y planificadas por los mejores ingenieros imperiales (italianos sobre todo, siempre a la vanguardia del disegno), la mayoría de ciudades españolas costeras y algunas del interior dispusieron de potentes fortificaciones. Más lógico aún si tenemos en cuenta que el ejército de la Monarquía se encontraba generalmente siempre fuera de España, y los reinos peninsulares estaban expuestos a ataques y desembarcos de piratas, corsarios o expediciones militares enemigas de todo género.

 

La pieza clave de este entramado es la ciudadela. Equipada con abundante artillería y dotada de su propia guarnición, en los lugares donde se erigía dominaba la ciudad y cumplía un doble papel: por un lado el puramente defensivo, y por el otro era un recordatorio del poder del rey, por lo que solía construirse en ciudades propensas a cuestionar, arma en mano, las decisiones del monarca. Y Barcelona es una de ellas. Sí, amiguitos, el halo de pacifismo con que los catalanes actuales se han dotado, como si se tratase de una cualidad inherente a nacer en estas tierras, es completamente falso. La historia de Barcelona es bastante sangrienta, cuenta con un buen montón de revueltas, sublevaciones y algaradas y bastantes muertos en su haber. Desde bastante antes de que Montjuïc luciese su ciudadela, por cierto. Los catalanes, como todo el mundo, han ido a la guerra y han usado la violencia cuando les ha parecido oportuno, y no en menor medida que el resto. La salvedad en la que se basa este mito se sostiene en que, por avatares históricos, han estado en disposición durante muchos siglos de que otros combatiesen por ellos. Así, la salvaguarda bélica de los intereses catalanes, ha corrido a cargo de los recursos de los demás reinos del Imperio, estando exentos de poner hombres y dinero encima de la mesa gracias a sus privilegios medievales, respetados de mejor o peor grado por los Austrias. Y en los momentos en que han considerado que no se respetaban o que se perjudicaban estos intereses, los catalanes han corrido a sublevarse o a coger las armas también ellos solitos. Francamente, nada nuevo bajo el sol; por más que lo miro no veo la “diferencia especial” por ninguna parte. Por otro lado, la mitología nacionalista tiende a plantear los choques armados en términos Castilla/España contra Cataluña, porque “nos oprimen”, “nos odian” o sencillamente “porque somos catalanes, ergo diferentes”. Es especialmente doloroso cuando se trata por ejemplo, el asalto de Espartero, ignorándose cualquier perspectiva política que tenga que ver con la lucha de clases o la confrontación entre liberales monárquicos y republicanos, o el hecho de que Espartero interviniera en defensa de los intereses de los burgueses adinerados de Barcelona.

 

El caso es que si hay un motivo procedente para cerrar este museo, y que no he visto mencionado en ningún artículo de prensa, es el lamentable estado del mismo; más que un museo se trataba de un amontonamiento de material diverso mejor o peor etiquetado en unas instalaciones absolutamente cutres, que daba más pena que otra cosa. La gestión del ejército español no es que haya sido mala, es que no ha existido. Desde luego la ciudadela se merecía un cambio de manos, al menos que estuvieran dispuestas a gastar algún dinero en montar algo en condiciones que sirviese para culturizar a los ciudadanos. Sin embargo, no entiendo por qué Barcelona no puede tener un museo militar, teniendo en cuenta además su propia historia. Multitud de ciudades europeas poseen algún museo militar (se me ocurre el Imperial War Museum de Londres, así a bote pronto) y sus habitantes no son más agresivos que los barceloneses. Se me escapa la razón por la cual las alabardas, sables, fusiles o cascos que se veían en Montjuïc son más indignos de exhibición que las armaduras medievales del museo de Historia de Catalunya ubicado en la Barceloneta. No comprendo esta obsesión políticamente correcta por hacer damnatio memoriae de lo que no gusta. Bordea la censura, volvemos al tabú y a las cosas de las que está feo hablar.

 

Y aquí por fin llegamos al meollo del artículo y la serie que presenta (ya sé, me ha costado, pero mira, la bitácora es mía y…): por mucho que queramos disfrazarlo, y nos guste más bien poco, la guerra es un fenómeno que ha acompañado al ser humano durante toda su historia. El uso de la violencia para disputarse recursos de toda clase es una constante en la trayectoria del sapiens y esconderlo es una forma de mutilar la realidad. Así que me gustaría ocuparme de este asunto en una serie de artículos. En esta ocasión la abundancia de bibliografía sobre hechos de armas podría indicar que no se trata de un tema tabú de los que nos gustan a nosotros, pero sin embargo no deja de sorprender que la mayoría de los textos para gran consumo se centren en cuestiones operacionales, estratégicas y tácticas, o relatos de las hazañas de héroes de acción para el disfrute de los admiradores de la cosa de pegar tiros, predominando sobre los ensayos de tipo social. Porque la guerra es un hecho principalmente social; un grupo humano no va al combate de cualquier manera, su forma de concebir, organizar y llevar a cabo acciones bélicas no es más que una manifestación de su concepción y organización social. Los hombres guerrean tal como viven. En el fondo, se trata de un enorme esfuerzo colectivo, de gestionar coherentemente una masa de recursos y población con un objetivo claro: derrotar al enemigo. Por eso la “coreografía” de la guerra impresiona; el espectáculo de una sociedad puesta en pie de guerra impone y sobrecoge. ¿No me creen? Hagan la prueba y vayan un día a un partido de fútbol, en el fondo un “falso combate”. Escuchen a más de 50.000 tipos cantar un himno guerrero a la vez, o jalear a su equipo, y sabrán de qué hablo. El espectáculo no les dejará indiferentes.

 

¿Qué, neng, fem una gracieta?

¿Qué, neng, fem una gracieta?

Otro de los motivos que me llevan a empezar esta serie es uno bastante habitual. La deformación del fenómeno que transmiten los medios de entretenimiento de masas. Cuando vean en películas como “Troya” o la infame “El reino de los cielos” una masa informe de guerreros generados por ordenador chocando en absoluto desorden, piensen que esos monigotes jamás podrían ser seres humanos, o al menos, no seres humanos en cierto estadio de organización. Los hombres no combaten así.

 

Ni siquiera las armaduras que gladiadores o los soldados griegos exhiben en estas recreaciones existen más allá de las fantasías estéticas de algún responsable de vestuario hollywoodiense. En el ámbito castrense no se deja nada al azar, todo tiene un motivo, una causa y una utilidad. Las estrategias, las tácticas o el armamento, en el fondo siempre responden a mentalidades y estructuras sociales. Por esa vía, el estudio de la guerra puede ayudar a comprender mejor las sociedades del pasado, para poder comprendernos a nosotros mismos, que en el fondo es a lo que un historiador debería aspirar. Aunque sea sucia, desagradable y horrenda, y no tenga nada de gloriosa o patriótica. Y por aquí, por esa puerta, la de la dimensión social de la guerra, nos vamos a colar nosotros. En el próximo episodio, “Cuero, sudor y bronce”.

Fazañas Bélicas (I) Ardor guerrero, 5.0 out of 5 based on 1 rating