Historia del sexo (VII) – Nene, eso no se dice, caca.

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Como todo lo bueno en esta vida tiene fecha de caducidad, en este artículo terminamos nuestra incursión por el mundillo de las cochinadas, que empezó como no podía ser de otra manera por las húmedas y resbaladizas regiones mesopotámicas y terminará con la consagración del sexo en el altar del sacrificio contemporáneo: el todopoderoso Mercado. En este último paso a través de la Edad Contemporánea vamos a asistir a un espectacular cambio de mentalidad en las sociedades europeas, que va a modificar por completo la concepción del sexo. Lo cual no es nada sorprendente si tenemos en cuenta que esta época está marcada por revoluciones de todo tipo, que transformarán radicalmente la forma de vivir y de concebir el mundo de los humanos (occidentales, claro), como ya hemos dicho aquí miles de millones de veces, más o menos. En realidad, más que un cambio, la cosa tiene más de movimiento pendular o montaña rusa, ya les aviso, pero es que la Edad Contemporánea tiene estas cosas; que todo va muy deprisa. Un “aquí te pillo” continuo.

 

Por lo que toca a nuestro tema favorito, empezamos con malas noticias; el siglo XIX es el periodo del triunfo de la represión, la moral pacata y la desaparición del sexo de la vida pública, las conversaciones o las producciones artísticas y literarias (salvo en ambientes muy selectos o de forma excesivamente velada) durante una buena temporada. ¿Por qué ahora, después de haber visto a la Iglesia o los poderes públicos fracasar durante siglos en su empeño? En el fondo, el éxito definitivo a la hora de cargar de cadenas a un grupo humano sólo está garantizado en el momento en que este grupo las asume como propias. Y eso es lo que va a ocurrir cuando la burguesía se alce con el triunfo político y económico en las nuevas sociedades industriales.

 

Europa, finales del siglo XVIII. A primera vista, socialmente persiste el modelo tradicional de familia con su división de roles; la mujer como una especie de menor de edad histérica incapaz de controlar sus emociones, dedicada únicamente a procrear y criar hijos. Oficialmente, por tanto, el sexo se circunscribe al ámbito del matrimonio. Pero a pesar del machismo imperante incluso entre los ilustrados, las cosas empiezan a moverse en otra dirección. Ya hemos visto en otros artículos cómo la sociedad se transforma, y el modelo clásico estamental ya no sirve. La mentalidad cambia, los hombres modernos, los liberales, demandan libertad y derechos universales, racionalidad científica y fe en el progreso humano. En esta búsqueda de libertades arrastrarán también, aunque de un modo tangencial, a la mujer. Que por otro lado, comienza a salir discretamente del estrecho confinamiento al que la sometía el varón.

 

Es también la época del relajamiento religioso, como contestación a uno de los poderes tradicionales del Antiguo Régimen, la Iglesia. En las clases altas el hedonismo se impone, y como resultado de todo esto, la moral sexual aristocrática es altamente permisiva. Que son unos cochinos, vaya. Es el caldo de cultivo idóneo para ideas tan novedosas como la del matrimonio por amor; por toda Europa aumenta el número de matrimonios realizados fuera de la Iglesia. Favorecido también por el desarraigo que provoca la emigración a la ciudad para trabajar en las nuevas fábricas y telares: las personas ya no tienen la imperiosa necesidad de ligarse a una comunidad mediante la vía matrimonial, así que casarse toma otro sentido, más personal e íntimo. Aumenta asimismo el índice de hijos ilegítimos y de concepciones antes del matrimonio, signo inequívoco de que hay relaciones sexuales antes de la boda.

 

Aquí la sex-symbol del siglo XVIII

Aquí la sex-symbol del siglo XVIII, la Pompadour

Por otra parte, durante el Setecientos, las mujeres de las clases más elevadas comienzan a ocupar su lugar en la vida social e intelectual; todos tenemos presentes las famosas amantes de diversos Luises franceses, que no se limitan a actuar como tales, sino que se convierten en focos de poder político y actividad cultural. Las mujeres menos afortunadas socialmente se las apañan como pueden para sacar adelante el hogar familiar, pero precisamente el hacerse cargo de la gestión familiar, aunque sea por delegación, contribuirá a que tomen conciencia de grupo; en los barrios urbanos, lavaderos, hornos o molinos son los lugares de encuentro, intercambio y vida social femenina. Contactos que derivarán a su vez en una toma de conciencia. Así que no es nada extraño que al estallar la Revolución Francesa, las mujeres participen activamente formando asociaciones, rebelándose contra el orden tradicional y en medio de la corriente revolucionaria, emanciparse en pie de igualdad con el varón, con los Derechos Universales del hombre por bandera.

 

Peeeeeeero…todo esto se va a quedar en fuegos de artificio tras el triunfo burgués. Si nos vamos a mediados del XIX, con los liberales burgueses convertidos en rectores de la sociedad, enriquecidos por la revolución industrial y formando la clase media y parte de la clase alta, la cosa tiene otro aspecto. Se trata de conservar lo conseguido, perpetuarlo para generaciones posteriores. Impera pues la idea del orden, la racionalidad, la importancia de los bienes y la herencia. La sexualidad de esta clase social se rige por los mismos principios, así que se ejerce con moderación típicamente burguesa. Por ello se impone la recomendación de castidad, se valora la virginidad como algo a salvaguardar y el acto sexual pasa a la más estricta intimidad, en su ámbito “normal”: el matrimonio. Eso sí, ahora la cosa obedece a principios higienistas, que para eso los burgueses son muy suyos. Como muestra un botón; el bidé, invento que sale de los prostíbulos para instalarse en los hogares pudientes. A ver si se creen que ellos se refocilan en la sórdida porquería, como los obreros.

 

Bajo esta perspectiva, cuyo máximo exponente de todos conocido es la Inglaterra victoriana, parece que hemos vuelto de donde veníamos: es la propia sociedad la que se coloca los hierros de la represión sexual. Todo lo que se salga de ese guión que comentaba, es una aberración improcedente. Está mal visto socialmente hablar de sexo. En la literatura de la época, dominada por el Romanticismo, desaparece o se camufla tras complicadas metáforas (aunque siempre hay excepciones).

 

Cualquier “anomalía” que se salga de lo establecido como correcto, como ir al burdel (que, por supuesto, sigue existiendo), se disimula o se finge que no existe: la hipocresía social es un valor burgués. Por descontado, el clasismo social impera en lo que a relaciones sexuales se refiere. Las que llevan la peor parte son las muchachas de clases bajas. Ya sea en el campo o en la ciudad, las criadas, sirvientas, campesinas o proletarias, están proscritas socialmente, sufren abusos (oficialmente inexistentes, claro está) y ante la falta de medios de control reproductivo, se ven obligadas a abortar o tener un hijo ilegítimo.

 

Pero aquí no nos detenemos, el mundo contemporáneo nos arrastra cada vez a mayor velocidad. Ustedes igual no lo creerán, pero el mundo era aún bastante distinto al actual antes de 1914; las ideologías y corrientes culturales en boga son el nacionalismo, el romanticismo literario, el imperialismo, el darwinismo social…todas ellas confluyen en un ambiente internacional donde contra lo que podamos pensar hoy, mucha gente está deseando que llegue el momento en que las naciones europeas se midan la p…diriman quién ostenta la supremacía mundial, por las armas. La noción romántica de la guerra chocará frontalmente con las infames matanzas de la Gran Guerra. Vale, ¿y esto qué tiene que ver con el sexo? No me sean ansiosos que todo tiene su porqué; el shock traumático que supuso el conflicto para toda una generación favorecerá un movimiento pendular dominado por las ganas de vivir. Una cierta bonanza económica favorecerá lo que se conoce hoy todo el mundo por “La Belle Epoque”: los jóvenes de clases medias-altas europeas redescubren entre otros placeres de la vida, y muy marcadamente, los sexuales. No sólo se liberan de la rígida moral de preguerra y los practican por placer, sino que dejan constancia pública, escrita y gráfica de ello. Incluso en los círculos revolucionarios de un país tan atrasado como la naciente URSS se habla sin tapujos de sexo (pero una cosa muy cientifista y sesuda, que los marxistas son bastante teórico-plastas). Son los tiempos del arranque de la pornografía y del “descubrimiento” de la sexualidad femenina.

 

Pero estamos viviendo de prestado; el hundimiento de la economía mundial en 1929 traerá efectos indeseables. El auge de los totalitarismos va a sentar muy mal a los calores del bajo vientre: el Estado totalitario aspira a controlar a sus ciudadanos en todos los aspectos, incluido en el reproductivo-recreativo-marranete, por lo que la represión sexual vuelve a la primera plana. El contraste es muy acentuado en lugares exóticos como España, donde tras la victoria de los sublevados se impone una estricta y rancia moralidad de la mano de toda una veterana en estas lides: la Santa Madre Iglesia. Como seguro que alguno de ustedes creció en tan pedagógico ambiente, o tiene familiares directos que lo han padecido, obviaremos detalles (bueno, eso y que si no tengo que escribir cuatro entregas más sólo para la esquizofrenia inherente al nacionalcatolicismo).

 

Observen el absurdo de la simbología, quemando uno de repuesto...

Observen el absurdo de la simbología, quemando uno de repuesto...

La derrota de casi todos los estados totalitarios en la Segunda Guerra Mundial provoca, otra vez, un movimiento pendular. En esta segunda postguerra la reacción es algo más tardía, ya que emerge a finales de los 50, pero parece que permanente: en los años 60, con las típicas excepciones (España, la URSS y otras entrañables dictaduras), la moral sexual vuelve a relajarse. La generación posterior a la masacre trata de rebelarse contra el mundo legado por sus padres…pero flojito, que hay que disfrutar de la vida. Los movimientos de liberación de la mujer y su enfoque en la sexualidad femenina, el amor libre, los movimientos de protesta juveniles (podrían haber esperado un año, con lo bonito que habría quedado un Mayo del 69) y la difusión de la pornografía…en definitiva un ambiente de permisividad que da lugar a la popularización del sexo en todos los niveles. Se vuelve a hablar abiertamente de sexo, incluso en su faceta lúdica, en una “revolución” o mejor dicho, redescubrimiento exportado directamente desde la flamante primera potencia mundial, los EEUU.

 

Pero los norteamericanos también son el máximo exponente del enfoque capitalista de la vida. En cuanto se comprobó el fuerte tirón que la temática sexual tenía entre la población, aparecieron mil y una formas de explotación comercial del asunto. No hace falta que insista en las toneladas de material de todo tipo creadas con el fin de dar salida a los bajos instintos en los ratos de asueto. Hoy en día más que nunca parece que estemos inmersos en la era del Onanismo, sobre todo desde la implantación de Internet como lugar de intercambio de todo tipo de producciones relacionadas con el ser humano. El precio que se ha pagado por la liquidación de tabúes alrededor del sexo es su conversión en un producto de consumo compulsivo, y por tanto desprovisto de significado: es la consagración del acto por el acto. ¿Que les parece un poco triste quitarle significado para transformarlo en fast food? Bueno, siempre será mejor eso que asistir a otro movimiento pendular. ¿O no?

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