Fazañas Bélicas (II) Cuero, sudor y bronce

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Como ya es habitual en la casa, esta saga es del tipo “desde que el mundo es mundo”, así que nuestra primera parada será el Paleolítico, esa bucólica época donde el hombre era hippy sin saberlo y vivía en completo contacto con la naturaleza, y por ello, expuesto a sus caprichos. Eso sí, no sabemos si con flores en el pelo, pero desde luego sí que cazaba animales y se los zampaban, así que vegetarianos no eran. Estas sociedades de cazadores-recolectores no tienen mucho misterio en cuanto a la cosa bélica: no hace falta tener un máster para imaginar que su forma de combatir debía ser análoga a su actividad principal. El armamento y las tácticas son las mismas que se emplean para cazar; no hay diferencia entre una partida de caza y otra guerrera. Emboscadas, golpes de mano por sorpresa y a correr. Ni grandes despliegues, ni formaciones, ni nada por el estilo. Y, por supuesto, con el mismo contenido mágico-religioso en ambas; cazar un animal o abatir a un oponente tienen sus implicaciones espirituales. Todo esto se supone, como es natural, aunque se pueden establecer paralelismos con sociedades actuales pre-agrícolas, que todavía las hay.

 

Las complicaciones empiezan, como no podía ser de otra forma, con el Neolítico. Ya no es necesario que todo el grupo se dedique a buscar comida, ni andar emigrando con las estaciones. De hecho, gracias al cultivo de plantas y a la ganadería, hay más de la que un pequeño grupo paleolítico puede consumir. Con el resultado de que por una parte no es necesario que todos se dediquen a lo mismo, y por la otra se acumulan alimentos sobrantes. Ahora habrá individuos que realicen otras labores, y su sustento dependerá de otros, por lo que necesitarán intercambiar comida por algún otro producto.  Estos malignos inventos, los excedentes y la división del trabajo, son las características principales de lo que llamamos “sociedades complejas”. ¿Que por qué? Bueno, porque ya se habrán dado cuenta de que con esto de los excedentes y el primitivo comercio que conlleva la división de tareas, hay que encargarse de la distribución, almacenamiento y la gestión de los recursos.  ¿Quién es el responsable de organizar esto? Pues por supuesto los más poderosos del grupo, ya sea desde el punto de vista espiritual o de la fuerza bruta.

 

Tampoco hay que ser un lince para darse cuenta de que la abundancia de alimento y la organización más eficiente de los recursos dará lugar a un espectacular crecimiento demográfico: las sociedades neolíticas son mucho más numerosas que las que desconocen la agricultura. Así que no sólo hemos complicado infinitamente las relaciones dentro del grupo, sino que lo hemos hecho crecer mucho. No es de extrañar que aparezcan las jerarquías sociales, y también que este tipo de sociedades sean capaces de acometer obras inimaginables para los antiguos cazadores-recolectores. No hace falta irse a las impresionantes pirámides egipcias, el fenómeno del urbanismo habla por sí solo. Todos esos edificios, palacios, templos y fortificaciones, en suma, esa ciudad, por modesta que sea, requiere un alto grado de organización y coordinación y un buen montón de brazos, dirigidos por una elite; el antiguo chamán o el jefe de la tribu han sido reemplazados por el sacerdote o el rey guerrero, cuyas funciones, aunque pueda parecer lo contrario, son mucho más complejas. Aparte, también es necesario un cierto desarrollo técnico. Que se traduce en logros tan importantes como la metalurgia del bronce.

 

Y cuando hablamos de jerarquías, elites, pirámides, ciudades y bronce, estamos hablando de…sí, de Mesopotamia. Vámonos allá otra vez, que la tenemos muy abandonada. La verdad es que los historiadores, ahí donde los ven, esos inofensivos tipos con pajarita y gafas redondas, aún se lanzan los ladrillos a la cabeza buscando las causas del espectacular fenómeno del urbanismo mesopotámico. Porque no se limitan a juntar cuatro cabañas alrededor de un templo modesto, no. Erigen unas magníficas ciudades-estado, con templos enormes y zigurats impresionantes cuyas ruinas florecen hoy como champiñones entre el desierto iraquí y los check-points de los marines USA. La teoría más convincente lo achaca a la enorme experiencia de estas gentes en construir diques para enfrentarse al continuo desbordamiento del Tigris y el Eufrates, que en una zona tan llana hacían estragos. Sea como fuere, se trata de expertos paletas, que entre los regadíos, los canales y diques, fundarán civilizaciones sin comparación posible en la época. Hacia el 3.000 antes de Jesusito, las ciudades sumerias aparecen aquí y allá por todo el curso de los ríos.

 

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Falange de calvitos en marcha, tal como sale en la Estela de los Buitres

Pero resulta que además de todo lo que hemos explicado, por el listillo de Malthus sabemos que con el boom demográfico llegará un momento en que el modelo económico agrícola no pueda atender a tanta boca y se haga necesario disponer de más recursos. Y aquí es donde empiezan las tortas, y donde quería yo llevarles. Pronto las pujantes urbes sumerias se disputarán los terrenos más fértiles, encomendadas al liderazgo de su rey, mero instrumento de su dios principal (cada ciudad con el suyo, claro). ¿Y cómo pelean estos simpáticos cruces entre los lemmings y Elmer Gruñón con falditas hawaianas? Como se imaginan ya, que son ustedes unos listos (no me negarán que no les hago bien la pelota), no como aquellas humildes partidas de caza paleolíticas. Una sociedad de ciudadanos, jerárquica y organizada, adopta tácticas complejas y se despliega como un grupo compacto. Tanto, tanto, que vean en la imagen el antecedente de la falange griega. La infantería sumeria, que podemos denominar “pesada”, se compone de soldados armados con un aparatoso escudo, de madera y cuero, que debía pesar lo suyo, una lanza grande para asomar por entre la nube de escudos…y poco más. Porque la vestimenta se componía de una falda de lana, un gorro de cuero o de bronce, estirando el presupuesto y pare usted de contar. Tampoco es tan raro, ya que su principal protección es el muro de escudos. Pero lo más llamativo es el disciplinado orden con el que los habitantes de Ur (o la que más les guste) forman para combatir.

 

Este dispositivo táctico lo veremos repetido en otras sociedades organizadas en ciudades-estado, y no es casual, puesto que está muy relacionado con esa forma de vida colectiva y ese sentimiento de pertenencia a la comunidad. Este sentido grupal se ve muy reforzado por el fervor religioso. La ciudad y su terreno circundante son del dios nominal, el rey (que dirige las tropas en la batalla) es la herramienta del dios para castigar a los enemigos, y la victoria es la victoria del dios. Este principio aplica a todas; los vencidos en combate asumen que su dios es menos poderoso que el del vencedor, y no es raro que lo adopten como propio, ya que el anterior ha demostrado que es de pastel. En definitiva, los que viven juntos, apiñados en el espacio reducido de la urbe, pelean juntos.

 

Vale, y ahora que hemos visto cómo se despliegan en el campo de batalla…¿cómo combate esta gente? Pues como no puede ser de otra manera, chocando. Choques continuos de infantería, y de un arma que será la que marca esta era bélica, estoy hablando del ubicuo carro de guerra. Sí, amigos, no en vano estos calvitos travestidos son famosos por haber inventado la rueda; pero sobre ella colocaron una plataforma de madera y cuatro asnos salvajes (onagros) delante para que tirasen del cacharro. Como el terreno es muy plano, el carro enseguida se volvió muy popular por su maniobrabilidad, que le permitía moverse rápidamente…para estrellarse contra la infantería agrupada. Contra lo que pudiera parecer, los primeros carros no se empleaban para disparar flechas desde ellos, sino para lanzarse a todo trapo contra las masas de infantes, a las que la perspectiva de ver acercarse a un grupo de burros salvajes desbocados a toda mecha arrastrando a dos majaras con jabalina en un armatoste de madera derechitos a sus morros, les debía parecer altamente ilushionante. Sencillamente, se trataba de deshacer la formación enemiga a burrazos; como ven,  la sutileza no la inventaron los aragoneses. Estas dos, infantería pesada y carros, fueron las armas casi únicas de los ejércitos sumerios.

 

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Mi caaarro, me lo estrellaaaaron...

Pero oiga, ¿dónde está la infantería ligera, los arqueros y todo eso? Pues básicamente, en ninguna parte. Los historiadores del History Channel y también los expertos, creen que el factor clave para el rotundo éxito de los acadios en llevarse por delante Sumer residió en el empleo masivo de arqueros, que se movían mucho más ágilmente, contra los ejércitos que he descrito. Piensen que el bronce era un material escaso reservado casi para las puntas de flechas y lanzas, y algunas armaduras de oficiales y poco más; el efecto de una nube de flechas en una de estas primitivas falanges debió ser brutal. A partir del periodo acadio, y el babilónico posterior (tranquilos, que no les haré un lío con tanta fase), se generaliza una mezcla de todas estas tácticas, imponiéndose una combinación de infantería ligera y pesada, y carros, que incorporarán arqueros para lanzar unas cuantas flechitas antes de estrellarse, claro.

 

No les aburriré con los vaivenes de unos y otros imperios, pero sí quiero pararme en algunos que me parecen importantes. Vamos, en los que a mí me da la gana. Allá por el siglo 18 a. de C., que se dice pronto, aparecerá un núcleo de gentes indoeuropeas en lo que hoy es Anatolia (bellísima palabra griega que significa Oriente); los hititas. Estos muchachos se lanzaron a someter a sus vecinos, procdiendo a alicatarse la cara a leches con los metrosexuales de los egipcios en Siria y acabarán muy mal allá por el siglo XII a. C: cuando arrasen con ellos unas misteriosas gentes que los estudiosos llamaron durante mucho tiempo “los pueblos del mar” (que es como decir “cajón de sastre” o “ninguna de las anteriores”). Hoy en día se barrunta si no fue cosa de los griegos micénicos, no en vano Troya está ubicada donde está, y probablemente se tratara de una ciudad si no hitita, en su esfera de dominio.

 

¿Qué tienen de interesante estos personajes y su correspondiente imperio? Pues aparte del misterio y fascinación inherente a haber sido “descubiertos” como civilización bastante tarde, a finales del XIX, se cree que estos tipos fueron los primeros en emplear la metalurgia del hierro a escala apreciable. Antes de que digan “pues vaya cosa”, sepan que además de ser mucho más duro que el bronce y por tanto suponer una ventaja-táctica-que-te-mueres-tía, el proceso de obtención es mucho más complejo y requiere un nivel de desarrollo técnico bastante alto. Las malas noticias para los habitantes del país de Hatti es que no dispusieron de suficiente material como para resultar decisivo; el armamento de hierro se generaliza hacia el XII…demasiado tarde para los hititas.

 

Sin embargo, por las mismas fechas en las que se constituye este imperio, unos personajes aparentemente más modestos se afianzan un poquito más al sureste de Hatti; los asirios. Estos barbudillos vivían en una zona agrícola plana en el curso alto del Tigris, rodeada de montañas. Ello suponía que regularmente todos los pastores y cabreros de la zona acudían a saquear, arrasar y esas cosas, por lo que los asirios, en ausencia de accidentes del terreno en los que protegerse, tuvieron que aprender el arte de la guerra como si fueran un becario en una empresa española; expertos en la materia para ayer, por el método de prueba y error. El caso es que las primeras victorias y especialmente su producto económico, despertaron pronto el gusanillo de la cosa bélica entre los reyes asirios. Así que se expandieron enseguida, creando un cinturón de seguridad, pero después cayeron en una época de vasallaje a un pueblo llamado Mitanni, del que salieron a mediados del XIII a. C. dirigidos por tipos con nombres tan tremendos como Tiglat-Pileser, Assurnasirpal, Assurbanipal (el dios principal de estas gentes se llamaba Assur, ¿se nota?) su tremenda disciplina, su flexibilidad táctica y su implacabilidad los convertirá en los machotes del barrio del antiguo Oriente. Sus invencibles ejércitos repartirán yoyas indiscriminadamente por toda la geografía de las actuales Iraq, Siria, Jordania, Turquía, Palestina, Israel, parte de Irán y Egipto, sometiendo a montones de pueblos a la voluntad de Assur.

 

¿Qué tienen de especial los feroces asirios? En realidad lo que hemos dicho ya, que se traduce por un sabio empleo de todas las posibilidades bélicas y alguna más que descubrirán ellos solitos. La unidad favorita de los asirios era la infantería ligera, compuesta por una combinación de arqueros y portadores de escudo, estos ya con ropas de cuero (no, esas no, marranos…) y casco de hierro o bronce. Como se ve en el dibujito, el soldado con el enorme escudo de madera se ponía delante del arquero para ofrecerle protección (de ahí la curvatura de la punta, para que no le cayeran las flechas lanzadas desde lo alto). También emplearon, por supuesto, los manidos carros llenos de arqueros (¿quién no ha visto los relieves de Nínive, esos que andan por el museo Británico, como medio Oriente antiguo?), y a partir del siglo IX o así, infantería pesada con armadura de placas de bronce y una cosa bastante novedosa inspirada en los iranios…¡¡la caballería sin carro!!. Ya saben, esto implica que no se usan los caballitos para estampárselos a la pobre infantería enemiga, sino como unidades de mil jinetes lanzando flechas a tutiplén, cosa que a campo abierto debía ser bastante terrorífica.

 

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Asirios parapetados detrás del portador del escudo, bastante rígidos ellos...

Los asirios además eran especialistas en asaltar ciudades, no se les resistía ninguna; desarrollaron un montón de máquinas de asedio, torres con ruedas (de arqueros, cómo no), y si lo hacían, las rendían por hambre y después se dedicaban a degollar, descabezar, empalar o destripar, lo que les dio una simpática fama. Tanta que al final una coalición de persas y babilonios se juntó para destruirlos y arrasar Nínive, la capital, allá por el 612 antes de Cristo.

El ejército asirio es el máximo exponente de la diferencia entre la sociedad de las ciudades-estado y la de los imperios del Oriente antiguo; como hemos visto no se parece en mucho al de los antiguos sumerios. Formada por pastores y ganaderos de todo el Imperio, una combinación de ciudades y zonas rurales, la milicia se reunía en un punto de la geografía asiria justo para realizar las campañas en verano, ya que eran las únicas fechas que dejaban libres los trabajos agrícolas. Como las continuas guerras en las que se veían envueltos se alargaban, y además tenía la costumbre de morir gente (más de las que las crónicas citan) de la que luego tenía que arar el campo, hubo que enrolar tropas extranjeras. Así que en la última época (del IX hasta la caída) el ejército se profesionalizó, se diversificó y se dotó de mejor armamento defensivo…pero el imperio era muy grande, y si te tapas la cabeza con la sábana,, los pies te asoman, así que a la postre sucumbieron como ya hemos visto. Además, solía estar dirigido por el propio rey, que era el impulsor de las campañas, por lo que su personalidad o falta de ella estaban muy relacionadas con épocas de esplendor u ostracismo asirio. El rey tenía que demostrar inequívocamente su rango de principal “action hero” del país, y de ahí que se pasara la vida cazando leones, como podemos admirar en los mentados relieves. Un rey flojete lleva a los asirios, que basan su poder en la maquinaria bélica, al desastre. por cierto, me gustaría que se fijaran en un detalle importante; persiste por todas estas civilizaciones la relación entre la guerra y la caza, como ejercicio preparatorio y de demostración de valor. Y el componente mágico-religioso, que no se pierde tampoco, y que pervivirá en las civilizaciones occidentales, aunque eso ya lo veremos más adelante.

 

La dinámica guerrera de casi todos los aprendices de asirio era la misma; babilonios, urartios y gentecillas diversas variaban poco en sus tácticas y armamentos, a remolque de los principales repartidores de estopa de la zona, que configuraron lo que los engreidillos del Oeste llamarán la forma oriental de combatir, que ya veremos que es un mito más de nuestros queridos narcisistas los griegos, con los que nos meteremos en las siguientes entregas. ¿Qué me he olvidado de los egipcios? Ah…bueno, es que quitando la época de Ramsés II, militarmente nunca han sido la repera, y mira que la mayor “victoria” de éste fue salir con el escroto intacto en Qadesh. Y que tampoco difiere mucho de lo que hemos visto hasta ahora; carros con arqueros, infantería ligera, etc. Pero no solían salir del país, y recibieron una mano de guantazos de casi todo el mundo que paseó por el Nilo. Unos flojuchos, estos egipcios.

Fazañas Bélicas (II) Cuero, sudor y bronce, 5.0 out of 5 based on 1 rating