Guía de Supervivencia Ideológica – Nacionalismo (I): Génesis de la boina

GD Star Rating
loading...

Retomamos esta útil y didáctica serie, que estaba criando polvo en la carpeta del disco duro, y lo vamos a hacer por la puerta grande, toreando un auténtico morlaco que sigue levantando las más encendidas pasiones, amores y odios por igual. Un bicho que ya ha asomado los cuernos varias veces por esta página. Por fin ha llegado el momento de diseccionar uno de los grandes éxitos ideológicos de todos los tiempos: el nacionalismo. Cálense la boina bien fuerte que vienen curvas, himnos, banderas y destinos universales.

 

¿En qué consiste este invento, de dónde sale y cuál es el secreto de su popularidad, queridas amigas?  Vamos a empezar por el final, por explicar qué es lo que le hace tan atractivo, porque creo que es la mejor manera de que se entienda en qué consiste y después nos daremos un paseíto por su accidentada historia. Los psicólogos, esos tipos que se limitan a poner cara seria mientras tú les cuentas tus traumas infantiles, no sólo se dedican a eso sino que también se interesan por el comportamiento del ser humano en sociedad. Se llama psicología social, va armada y es muy peligrosa, pero tiene su interés para nosotros, destripadores de ideologías.

 

Básicamente, toda personita Homo sapiens, desde pequeña, necesita forjarse una identidad, un yo, ser consciente de que “es”. Este proceso de adquirir una identidad está muy fuertemente marcado por el entorno social en el que crece y se desarrolla; los seres humanos nos definimos por contraste con los otros. Esta teoría es de un señor muy listo con nombre de comida pakistaní, Tajfel, que en resumen viene a decir que nos proveemos de identidad mediante un triple proceso de comparación, categorización e identificación. Los humanos definimos categorías comparándonos en función de criterios que creemos importantes, como por ejemplo, raza, sexo, religión o equipo de fútbol y clasificamos al prójimo en grupos según esto. A la vez, nos vamos identificando con el grupo que creemos que mejor nos define. Evidentemente tendemos a “limar asperezas”, acentuando los parecidos con los que forman parte de nuestro grupo y exagerando las diferencias con “los otros”, y también a considerarnos pertenecientes “al más mehó” (no siempre, como veremos). No es difícil deducir de aquí que las categorías a las que pertenecemos son mejores que las de “ellos”; es decir, en estos procesos estamos estableciendo prejuicios (al hacer comparaciones) y generando estereotipos, que serían las características más o menos deformadas que percibimos en el otro.

 

Esto en sí no es necesariamente malo, es inherente a la especie, y nos sirve para simplificar un tanto una vida social muy compleja (valor instrumental), pero no hay que ser Einstein para ver el peligro: las categorías sociales que se convierten en dominantes pueden estructurar la sociedad a su gusto y discriminan a las otras si les apetece. Vamos, que implica un componente ideológico. Y aquí les tengo ya donde quería llevarles; toda ideología es susceptible de establecer grupitos, pero la ventaja del nacionalismo es su inmediatez, lo claramente que se percibe esa diferencia. Porque si bien es algo más complejo saber si hablas con un socialista o un católico, es muy sencillo catalogar a un tipo como extranjero o extraño a tu cultura; por lo general sólo tiene que abrir la boca para proferir frases en otra lengua. El color también entra en este etiquetado del “otro”, e incluso la forma de vestir. Sólo la categoría de sexo es más fácil de ubicar (y no siempre, como cualquier ave nocturna sabe bien).

 

Ustedes mismos pueden hacer la prueba de lo fácil que es culpar a esos tíos estrafalarios de todo lo malo. ¿Tiene un primo catalán que es medio gilipollas? ¿Tiene la costumbre de hablar raro por el móvil? ¿Es el único catalán que conoce en persona? Pues el siguiente paso es inmediato: los catalanes son medio gilipollas, y siempre hablan raro para fastidiar Sin duda, él tiene la culpa de que a usted le miren mal en las comidas familiares, y no las cogorzas que se agarra. ¿Ven qué fácil? Ahora imagine, está parado en el peaje de Martorell, con una cola de más de media hora, y encima a pagar cada día…esto no puede ser cosa de sus convecinos, simpáticas gentes que hablan como usted, ven la misma tele que usted y hasta se le parecen. Esto ha de ser cosa de unos señores malvados que moran en Madrid, ese Mordor de funcionarios conservadores de gomina capilar y hablar chulesco que adoran a Raúl y que sólo viven para joder a los catalanes. ¿Se dan cuenta? Se puede usted poner en la rampa de lanzamiento hacia el nacionalismo en una mañana si lo desea.

 

¡¡ Citoyens!! ¡¡ Je la lié ben parda !!

De todo este carajal psicológico que les he metido se desprende pues que el nacionalismo, en esencia, es una doctrina que defiende la supremacía política de una comunidad más o menos homogénea que comparta unos determinados rasgos culturales, por el simple hecho de poseerlos (aunque a veces no). A todo este mejunje se le suele llamar “nación”. Pero, ¿qué es en realidad una nación y para qué sirve? Pues eso es un misterio; resulta que nadie lo sabe a ciencia cierta. Porque no sólo es que no haya acuerdo en la definición, sino que los distintos conceptos e ideas sobre el asunto han ido cambiando según las épocas, de forma que el término se aplica a los más variopintos inventos (por no hablar de la cosa esa de las “nacionalidades históricas”, curiosa realización ibérica, que quita y pone historia a la gente) y se asocia a todo tipo de definiciones no menos ambiguas, como pueda ser “pueblo”. Nada extraño, porque corresponde a un producto cultural, como hemos visto, de delicada aplicación a efectos prácticos. En otras palabras, se define “nación” a gusto del consumidor, que generalmente es la aspiración política de un grupo humano, en este caso y como siempre en la historia de las ideologías, de alguna clase social situada justo en el medio de la pirámide, mirando hacia arriba. Una vez perfilada la nación de forma imprecisa (ya que tiene que caber quien nos parezca, incluidos los heterodoxos que se deseen incorporar), se trata de asociarla a otro concepto muy diferente, el de Estado, bien sea para construir uno que no existe o deconstruir uno previo. Que, en definitiva, es el objetivo político del nacionalismo desde siempre, o dicho de otro modo, desde mediados del siglo XIX. Además, también es la base de la formación de los nuevos estados o de la legitimidad de los que se han conservado desde entonces; por esta estrecha relación se les llama Estados-nación a los actuales.

 

Como ya habrá adivinado el lector espabiladete, esto de unificar un concepto político real y definible (estado) con una cosa bastante etérea y de difícil precisión (nación) presenta más agujeros que el casco del Prestige. Hilillos de plastilina que es preciso tapar, así que para apuntalar el concepto de nación que a cada uno le rote, los nacionalistas gustan de bucear en la historia, cuanto más profundo mejor, y manipularla a modo para obtener los resultados deseados. Aquí encontramos la paradoja básica del nacionalismo; es una ideología nueva que trata de legitimarse en tiempos en que aún no existía ni se le esperaba. ¿Que cómo hemos llegado a este absurdo político? Como casi todo lo que ha ocurrido en la Edad Contemporánea, nos tendremos que remontar a la época de la Revolución francesa, aunque la responsabilidad involuntaria del fermento nacionalista se la debemos en “bonaparte” al emperador Napoleón (¿han visto que juego de palabras más majete me ha quedado?).

 

Seguramente habrán visto alguna película sobre 1789, donde hordas de parisinos de dientes negros, tocados con curiosas barretinas y escarapelas, se llaman continuamente unos a otros “ciudadano”. Esto va bastante más allá de la anécdota colorista; la Revolución pone patas arriba el Estado, quitándoselo al rey, que lo tenía en exclusiva porque lo quería Dios, y depositando la soberanía en todos y cada uno de los franceses; lo que viene a llamarse “la nación” francesa o el “pueblo” francés. ¿Y quiénes son esos? Para los revolucionarios, cualquiera que quisiera sumarse a la causa, independientemente de su lengua o su cultura. En la práctica, serían todos los habitantes sometidos la antigua jurisdicción del Borbón francés que aceptaran la revolución, más los voluntarios de aquí y allá (incluido por ejemplo Thomas Jefferson, nombrado ciudadano francés honorífico). Todos dejan de ser súbditos de un señor, para ostentar la soberanía nacional, por eso se llaman orgullosamente “ciudadanos”. El patriotismo del nuevo orden social no distinguía por clase social, ni procedencia, puesto que se basaba, como habían hecho los norteamericanos poco antes, en los principios de la Ilustración y el incipiente liberalismo: universalidad, racionalismo, libertades y progreso para toda la humanidad. Paradójicamente, el primer estado contemporáneo se erige sobre una “nación” sin ser “nacionalista”.

 

Ya vimos que la Revolución de la burguesía francesa sobrevivió el acoso del trono y el altar, pero no los derrotó ni mucho menos. De hecho, aún pasarán muchos años de revueltas liberales por toda Europa hasta que retroceda la marea tradicionalista. Por otra parte, Francia quedó en un estado de fragilidad política muy preocupante que vino a subsanar un tipo inclasificable, Napoleón Bonaparte, ese pequeño general corso que puso Europa patas arriba. Este hombre era una curiosa mezcla de espíritu revolucionario ilustrado y conservadurismo de tipo clásico, tanto es así que por un lado se hizo nombrar cónsul y más tarde emperador mientras por el otro conservaba los principios políticos de la Revolución, aunque algo pasados por agua.

 

Pero es que además decidirá dar una gira por el extranjero a cañonazos, momento en que empezará todo este lío y se pondrán las bases de lo que será conocido como nacionalismo. Napoleón exportará a toda Europa las ideas revolucionarias (la “peste francesa”), que calarán hondo en muchos intelectuales, funcionarios y burgueses, pero el hecho de hacerlo de la mano de sus tropas y a cambio de robar el dinero, las obras de arte y los pollos y el trigo de las gentes, le granjearán pocas simpatías. Por muchos países ocupados surgirán movimientos de resistencia, que afirmarán el “carácter nacional” de sus habitantes frente a los orgullosos monsieurs ciudadanos y su canijo líder: el primer nacionalismo es antifrancés, bien fuera “liberal-demócratico” en tanto que Napoleón era un autócrata o “conservador” en tanto que anti-ilustrado (como en España, erigido a golpe de cura). Para completar el cuadro, el propio emperador animará la aparición de otros, creando entidades políticas como el Ducado de Varsovia, primer estado moderno para polacos. Muchos europeos admirarán y odiarán por igual la obra política gala; suspirarán por un Estado como el francés al tiempo que abominarán de la propia ocupación francesa. La semilla estaba sembrada, sólo hacia falta que germinara, y lo hará espectacularmente tras la derrota del recalcitrante y aguerrido pequeñín.

 

Alemania, 1815. O mejor dicho “amplia zona de Centroeuropa llena de los más variopintos grupos cuyas elites son generalmente de cultura germánica”, ya que se trataba de una constelación de estados y estadillos de lo más diverso, cuya única ligazón, el Sacro Imperio Romano-Germánico, era una reliquia simbólica que Napoleón se había cargado tranquilamente de una patada. Los alemanes se habían ufanado tradicionalmente de su cosmopolitismo, no en vano eran la clase dirigente de buena parte de Centroeuropa, y habían adoptado la Ilustración, hasta el punto de que la corte prusiana se educaba y hablaba en francés. Sin embargo, el papelón de los estados alemanes en la guerra en contraste con el poderoso Estado francés, había inspirado a algunos intelectuales que lo tomaron como modelo de lo que los alemanes unidos podían hacer. Pero también por aquellas fechas, estos mismos intelectuales pasaron a dominar la producción cultural europea, encabezando una reacción contra los ideales ilustrados. Frente a la universalidad y la racionalidad, destacaban cosas tan abstractas e indefinibles como el genio y el espíritu, personal o colectivo. Hablamos del Romanticismo; una mezcla explosiva de irracionalidad, emotividad, folklore popular, misterio…todo aquello oculto y desconocido que remueve el ánimo de las personas. Y todo muy alemán, por supuesto.

 

Así las cosas, un señor llamado Herder había empezado a hablar y no parar de lo que llamó el Volkgeist, el espíritu de los pueblos; un genio particular que hacía a cada uno original y diferente. Era una distinción puramente cultural que se basaba en lengua, costumbres populares, y todas esas cosas tan queridas por los románticos. Obviamente él pensaba en los alemanes, pero de momento ahí quedó la cosa. Hasta que tomó el relevo un tal Fichner, que llevó el asunto un poco más allá; en plena era napoleónica afirmó que el Volkgeist alemán era superior al resto, y que esta superioridad bien se merecía un Estado propio, tan chulo como el de los ocupantes franceses o más. Aquí se empezó a ligar el concepto de Estado con una distinción por lengua y cultura, ya que por aquellas fechas, incluso los estados más consolidados como Francia e Inglaterra no eran que digamos muy homogéneos culturalmente hablando, pero el objetivo era otro. Nada menos que fabricarse Alemania Una, Grande y Libre.

 

Repita mit mir: Volkgeist ist gut, Volkgeist ist gut...

Todo este movimiento nace, como no puede ser de otra forma, de la burguesía, clase social agitadora y revolucionaria por excelencia en aquel momento. En esta zona de Europa, además, es generalmente de lengua y cultura alemana: desde la Edad Media los germanos se han expandido por amplios territorios desde el Rin hasta  Polonia. Se encuentran mezclados con multitud de pueblos de diferente cultura, como checos, rutenos, polacos y otros eslavos, generalmente en calidad de dominadores socioeconómicos. Ahora tomarán distancia y se dedicarán a dar el coñazo con lo listos que son, a abandonar el francés como lengua culta, a reescribir una historia “alemana” y todo lo demás. Para eso son la elite, a ver qué se han creído.

 

Pero en otras partes del Viejo Continente las aguas se agitan también. En lo que hoy es Italia, el prestigio de Napoleón, que logró imponer la paz en las rencillas de los Estaditos de la región causó una profunda impresión. La destilación de las ideas románticas pronto fermentó, al igual que entre sus homólogos alemanes, un nacionalismo italiano, encabezado también por los burgueses. Estos eran de lengua y cultura italianizante, a diferencia del populacho, que hablaba montones de dialectos distintos y tenía diversas tradiciones culturales. Por otro lado, las minorías y grupos sometidos a los alemanes en Europa oriental, especialmente en los dominios de los Habsburgo austriacos, tomaron buena nota del ejemplo de sus señores y se aplicaron el cuento, sobre todo los intelectuales checos y eslavos. También los magiares, que eran casta señorial en buena parte de aquellas tierras.

 

Todos estos sectores sociales burgueses, altos o bajos, estaban profundamente descontentos con el balance político de la derrota de Napoleón: los aliados triunfantes en el Congreso de Viena, como auténticos monarcas a la vieja usanza que eran (salvo Inglaterra, a la que le importaba un pijo lo que ocurriese en el Continente mientras no le disputaran el mar), trataron de imponer a contrapelo el antiguo orden social. Así que las revueltas burguesas surgían continuamente por todas partes, y eran sofocadas en puntuales baños de sangre. Avances y retrocesos liberales se sucedían; estaba claro que los funcionarios, comerciantes, estudiantes e intelectuales no tenían suficiente fuerza para imponerse.

 

Estas tensiones estallarán en la gran revuelta de 1848, desde París a Moscú pasando por Viena, que pese a fracasar en primera instancia, supondrá una especie de bomba de efecto retardado. Con la industrialización acelerada muchos burgueses se enriquecerán estratosféricamente y el liberalismo clásico entrará en crisis: su relevo revolucionario lo tomarán dos herederos de inspiración burguesa destinados a enfrentarse tarde o temprano. En una esquina, el nacionalismo, un run-run de boinas en marcha, y en la otra, el pujante socialismo, ese fantasma que recorrerá Europa dentro de nada.

 

La clave del fracaso del 48 estuvo de nuevo en el escaso apoyo del resto de clases sociales a la burguesía. Los ejércitos de los reyes, ya fuera el Zar, el rey de Prusia o el Emperador de Austria, estaban todos formados por campesinos (tropa) y aristócratas (oficiales), que eran inmunes a las ideas reformistas y se pusieron las botas de escabechinar estudiantes, obreros, chupatintas o empollones gafotas. Sin embargo, algo está cambiando. Los burgueses aprenderán la lección y cambiarán de táctica, lo que unido a que la industrialización juega a su favor, les llevará al triunfo final, y a la conversión del nacionalismo en algo mucho más conservador y algo siniestro, como veremos en la próxima parte, “Banderas de nuestros padres”.

Guía de Supervivencia Ideológica - Nacionalismo (I): Génesis de la boina, 5.0 out of 5 based on 3 ratings