Fazañas Bélicas (III) Un hombre y su escudo

GD Star Rating
loading...

En nuestro recorrido por los campos de batalla de la historia mundial que a mí más me gustan, esta vez nos toca desplazarnos un poquillo hacia el Oeste, dejando a todos esos imperios orientales tan metrosexuales con sus arqueros en vaporosos y coloridos tules, y centrarnos en esos tipos tan peculiares, los belicosos, orgullosos, originales, equívocos e inclasificables griegos. No se sonría tanto, que usted ha heredado buena parte de su cultura, gracias a los romanos.

La historia de la Grecia Antigua está llena de sustos y sobresaltos, pasando por muchas fases donde la sociedad se organiza de formas bastante diferentes. Lo cual tiene por supuesto su reflejo en la cosa bélica; es lógico pensar que, aunque se avance despacio tecnológicamente hablando, más de 1.500 años dan para bastantes cambios. Así que si me sale más de un capítulo sobre la Hélade, luego no se sorprendan, y si no, prueben a condensar tanto tiempo en dos o tres mil palabras, listos.

Lo primero sería preguntarse de dónde viene esta gente, pues todos sabemos que los únicos europeos que ya estaban allí de siempre son los vascos. Se cree que los proto-griegos son, como casi todas las poblaciones antiguas del continente, una rama de los indoeuropeos, un conjunto de pueblos que migraron desde no se sabe bien dónde (hoy se apunta al sur de Rusia y Ucrania, tradicionalmente se hablaba de las regiones indoiranias) en varias oleadas desde el 4.000 al 1.000 a. C. más o menos. Estos chicos igual les suenan, porque en su día se les dio el nombre de “arios”, y ya conocen las risas que hubo después con las teorías raciales sobre ellos. El caso es que un grupo se asentó en los Balcanes, y de él derivó lo que su descubridor llamó civilización Micénica (1.500-1.100 a. C.) y que nosotros conocemos por la Iliada, la Odisea y en última instancia, por Brad Pitt en casco y taparrabos.

El principal problema para estudiar la Grecia micénica reside en que durante muchísimo tiempo la única información disponible fueron precisamente los mentados poemas homéricos. Que consistían en un montón de versos que hablaban de cosas que pasaron en el siglo XII a. C., recitados de memoria desde el IX a. C. y puestos finalmente por escrito en el VII a. C. aproximadamente, aunque los expertos aún se pelean sobre la cuestión. Además, hasta que el visionario y empecinado señor alemán Heinrich  Schliemann descubrió las ruinas de Troya y Micenas, no había ni un sólo dato arqueológico que apoyara el texto y por tanto se pensaba que era todo puritita ficción. No es tan extraño, porque ya se figurarán que con semejante historial, los poemas están llenos de anacronismos y los estudiosos se las ven y se las desean para separar cuáles son costumbres verdaderamente de época micénica (donde tuvo lugar el relatado asedio de Troya), cuáles son de la Edad Oscura (la que sigue a la brusca caída de esta civilización pregriega) y cuáles de la Edad Arcaica, donde los griegos ya se han desembrutecido algo, han redescubierto la escritura y comienzan a surgir las primeras polis. Yo no voy a ser una excepción, por lo que explicaré un poco de la confusa historia griega hasta la época de escritura de los poemas, y luego ya veremos qué va en cada sitio.

La Grecia micénica se dividía en estados agrupados alrededor de un impresionante palacio fortificado (Micenas, Tirinto, Pilos…), desde donde se dirigía toda la vida política, económica y social. Se trata de sociedades guerreras, dirigidas por un rey-juez-sacerdote supremo (wanax). Estas gentes representan la Edad del Bronce griega, y se expanden comercial y militarmente (estos dos términos son intercambiables) por el Egeo; ocuparán la isla de Creta, sede de otra floreciente civilización, la minoica, y tendrán algunos conflictillos de nada con algunas ciudades de la costa de la actual Turquía, como Ilión/Troya. Aunque la leyenda afirme que fue por una mujer, se cree que fue justo por la otra causa universal por la que empiezan todas las peleas, por dinero: la ruta comercial del metal del Mar Negro estaba en juego. Hoy se cree que Troya era una ciudad en la órbita del Imperio hitita y que la guerra debió transcurrir allá por el XIII o XII a. C. El caso es que en esta última época, algo gordo ocurre en el Mediterráneo Oriental, y aún no se sabe muy bien qué; ya mencionamos el hundimiento de los hititas de otros imperios de la zona, de las alusiones a los misteriosos Pueblos del Mar, de desplazamientos de pueblos de aquí para allá…hasta la caída de la propia Micenas. Mientras que se ha tratado de identificar a los micénicos como autores intelectuales y materiales de algunas de estas destrucciones, resulta que ellos mismos acaban siendo destruidos a su vez, y claro, no se tiene ni idea de la causa, del perpetrador ni de la matrícula del vehículo que huía de la escena del atropello (aunque los griegos se referirán después a “invasiones dorias”, pero como los dorios ya estaban allí antes…en fin, un lío). El colapso es además espectacular; los palacios son arrasados, las poblaciones degeneran en aldeas pequeñas de pobre cultura material (léase jarrones, cabañas y esas cosas de uso diario); esta época es conocida con el original nombre de Edad Oscura. A finales del siglo IX a. C. encontramos a los griegos organizándose alrededor de oikos, de los que ya hablamos un poco aquí, con estructuras más complejas, templos, escritura y todo lo demás. Estos predecesores de las ciudades-estado están también regidos por un patriarca, jefe de la casa y por tanto, caudillo militar en las operaciones bélicas de cualquier tipo.

Hot.tia, creo que he pisao algoooo…

Y después de este breve resumen, o larga introducción, según se mire, vamos a tratar de explicar cómo funcionaba el “arte de la guerra” en la Grecia más antigua. Los ejércitos de la Iliada se componen de los héroes de turno, líderes de los estados presuntamente micénicos, y de la tropa, que hace de bulto, atrezzo, hamburguesas o como quieran llamarlo. Lo curioso del caso es que estos tipos protagonistas, los reyes, príncipes y sus familias, aparte de ir forrados de bronce, usan carros de guerra, como en la tradición oriental. La diferencia es que los emplean sólo para trasladarse al combate; si han leído el poema, verán que Aquiles y compañía desmontan elegantemente del trasto para proceder a machacar cabezas y esparcir intestinos por el terreno. Los combates son individuales, siempre entre los líderes, ya que de la chusma no se nos dice mucho; no parece haber ningún despliegue, ni tácticas ni nada de nada. Aunque seguramente las hubiera, pero claro, hablamos de un poema épico de época remotísima; las que interesan son las heroicas elites. Una costumbre muy antigua que figura en el texto es el encarnizado combate alrededor de los caídos. Cuando un personaje muere, tanto enemigos como compañeros tratan de arrastrar el cadáver, como una especie de trofeo, hacia sus líneas, disputa que genera nuevos duelos, cabezas chafadas, vísceras excursionistas y cosas así. Se trata de apropiarse de las carísimas piezas de bronce que viste el muerto; un casco, unas grebas o una coraza valen un potosí. Otro detalle interesante consiste en la inexistencia de la caballería; todo el combate narrado es de infantería.

¿Qué hay pues de cada época en los poemas? Conforme nos acercamos a la Edad Arcaica, con la aparición de las primeras polis, y empezamos a manejar de nuevo testimonios escritos y arqueológicos, podemos ir separando algunas cosillas. De época micénica sería el uso del carro, elemento de prestigio prácticamente inútil en un terreno accidentado y pedregoso como es Grecia (antes de lanzarse a mi yugular como fierah, tengan en cuenta que aunque el escenario sea Troya, todo lo que se narra en la Iliada es 100% griego, incluso los troyanos), además de la ausencia absoluta de caballería. El soldado micénico es un infante, armado con lanzas y jabalinas, generalmente, y protegido por un enorme escudo de cuero y madera en forma de 8 que le cubre casi todo el cuerpo. Esto, además de por motivos de defensa personal, tiene una razón económica: al estar ya arropadito, sólo con un casco o unas grebas de bronce ya tenemos a nuestro hombre completamente acorazado, ahorrando un montón de metal. Por ello era bastante corriente que el aqueo en cuestión combatiera en pelota picada; sólo los grandes personajes llevaban corazas de bronce. ¿Lo del 8? Pues para sacar la lanza por el hueco, hombre.

Después del paréntesis de la Edad Oscura, en la que como su nombre indica, no se ve un carajo, a comienzos de la Arcaica encontramos un panorama un poco diferente, pero no demasiado. El combate sigue siendo de infantería en buena parte, no demasiado organizada, ni muy pesadamente armada (ya que hablamos de unidades políticas pequeñas y autárquicas, donde es difícil poseer la infraestructura necesaria para fabricar una cantidad apreciable de piezas metálicas grandes). Los individuos de cierto poder adquisitivo se pueden permitir alguna alegría armamentística, pero la infantería pobretona consiste en algo tan sofisticado como lanzadores de pedruscos y otros proyectiles. Sin embargo, hay una innovación sin duda traída de Oriente: las elites combaten ahora a caballo. Poseer una montura es muy caro, un símbolo de prestigio al alcance de unos pocos, por lo que son las clases más altas las que monopolizan el arma de caballería; este estado de cosas se perpetuará con sus correspondientes vaivenes hasta principios del siglo XX. Como cualquier avispadillo comprende, en un mundo donde la infantería es ligera y va poco armada, el caballo es el dueño del campo de batalla: durante algunos siglos el que tenga más y mejores jinetes, tendrá todas las de ganar, pues nadie está en condiciones de resistir una carga de caballería.

Muchachote espartano, con toda la impedimenta

Pero con el crecimiento y la complejidad creciente de las polis, esto va a cambiar. El aumento demográfico o económico y las nuevas formas políticas se traducen en nuevas formas de combatir. Para entenderlas primero hay que fijarse en cómo se organiza la sociedad griega clásica, pero no se preocupen que no voy a darles la chapa con las reformas de Solón en Atenas, y todo eso; liquidaremos el proceso en pocas líneas. Una ciudad-estado griega comprendía la propia ciudad y las zonas rurales colindantes, siendo su base económica agrícola (más) y comercial (bastante menos). La sociedad se divide en clases según sus ingresos económicos. Los aristócratas y los propietarios agrícolas más ricos forman las superiores, y acaparan por tanto los derechos políticos, que pueden ejercer porque no tienen que currar y disponen de tiempo libre, formando el cuerpo de ciudadanos. Pero también se reservan el privilegio de defender a la polis, ya que son los que se pueden pagar el armamento. Si recuerdan lo que hablé sobre las ciudades mesopotámicas, aquí también se puede aplicar: los miembros de la polis se identifican absolutamente con ella. Para un ateniense, corintio, argivo o espartano, la polis es su universo. Su prestigio, su virtud y su consideración como persona depende de lo que piensen de él sus convecinos. Así que cuando crean que la comunidad está en peligro, acudirán todos a defenderla, los más privilegiados primero, lógicamente, pues los intereses propios se identifican con los de la ciudad. Y por supuesto, los que viven juntos, también pelean juntos.

Así que hacia el 700 a. de C., empieza a aparecer en los campos de batalla la formación típica conocida por todos: la falange de hoplitas. Los primeros en emplear las nuevas tácticas son los argivos, en su guerra con Esparta. Los lacedemonios llevarán tal mano de guantazos que, profundamente impresionados, copiarán las mismas innovaciones, sentando las bases de su simpático sistema esquizo-militarista. El equipo completo (también llamado panoplia) y la forma de combatir de un hoplita es la propia de un soldado-ciudadano-agricultor: el componente básico y principal es el hoplón (de ahí el nombre del recluta), el pesado escudo de madera o bronce, que le cubre desde la barbilla hasta la espinilla. Este trasto infernal es mucho más que una pieza individual, es el símbolo de la colectividad griega en combate. Dado que los hoplitas se despliegan apretaditos en formación cerrada, estos escudos no son sólo la protección propia, sino la del compañero de al lado. Perderlo, o peor aún, tirarlo en plena retirada es un acto de cobardía y de traición a tus conciudadanos, algo indigno impropio de un griego, y de ahí lo de volver con tu escudo o sobre él.

Machaira griega, copiada por los griegos, reintrepretada por los romanos, etc etc

Machaira griega, copiada por los iberos, a su vez reinventada por los romanos, etc etc

El arma ofensiva era la lanza, de unos 3 metros de largo, que asomaba por entre la muralla compacta de escudos. El casco típico era el tracio o el corintio, y se completaba el asunto con grebas, para tapar lo que sobresale (de la proteccióoooon del escuuuuudo, malvados). Todo de bronce, y como ya hemos dicho, cuanto más pobre el soldado, menos vistoso y metálico el equipo. De hecho, muchos lo heredaban de padres o abuelos y lo cuidaban como oro en paño. Quitando las corazas de prestigio de las elites, o la protección de cuero de las clases “medias”, los menos pudientes vestían túnicas o directamente iban desnudos, cosa que en la época de la postguerra del Peloponeso se consideraba ya una extravagancia clasicista, más de tipo homérico. Piensen que la prosperidad económica de las polis más grandes conllevará un aumento de la disponibilidad de armaduras y diverso material blindado para hacer pupa.

Al alinearse todos en falange cerrada y compacta, aquello tenía un aspecto de erizo acorazado bastante impresionante, con las lanzas asomando en la dirección deseada y el muro de escudos protegiendo a los combatientes. Es lógico que la caballería perdiera su papel preponderante, porque a ver quién es el guapo que estrella los caballos contra cientos de puntas de lanza; antes de poder llegar a tocar al hoplita enemigo, montura y jinete suelen verse empalados tranquilamente. Por otra parte, la infantería ligera no era rival para una formación de este estilo; habitualmente unidades “lanza proyectiles”, estaban lejos de provocar graves efectos, como se demostró en las guerras contra los persas, ya que los arcos ligeros y las hondas carecían de la fuerza suficiente como para conseguir que el proyectil penetrase adecuadamente (en la masa de hopliiiiiitas, malpensados) y produjera  daños de consideración. Y por supuesto, los soldados persas con espadita y sin protección digna de tal nombre, aunque se movían más rápido, no podían resistir el impacto contra los griegos.

Así que el combate se reducía en líneas generales a un choque frontal de infantería pesada, o lo que viene siendo empujarse mutuamente: las lanzas crujían al romperse, buscaban los huecos y los escudos chocaban uno contra otro, mientras algunos de las primeras filas caían. Hasta que una de las falanges cedía ante la presión enemiga. Entonces, la línea se rompía y los hoplitas derrotados tomaban las de Villadiego, momento en que perdían su virtual invulnerabilidad.  En este instante, la caballería, los peltastas (infantería ligera armada con jabalinas cortas o piedras), e incluso los propios hoplitas dejando lanza y escudo a buen recaudo y tomando la espada (xiphos o machaira, que como ven en la imagen fueron anarroseadas por los iberos, en Iberia que invente otro), se lanzaban en persecución de los que huían. Este era el punto de la batalla en el que se producían mayor número de bajas.

Hay que recordar que el combate hoplítico es principalmente una guerra de campesinos pudientes, por lo que tenía lugar cuando el buen tiempo y las labores del campo lo permitían, es decir, una breve franja en verano antes de la siega. Por este motivo, ya que tanto amigos como enemigos tenían que atender sus tierras si es que no la diñaban patrióticamente, las guerras se decidían en unos pocos encuentros singulares, si bien podían durar muchos años debido al estrecho calendario disponible para pegarse. Cada año se procedía de igual modo; el ejército se ponía en marcha hacia el territorio de la polis enemiga, llevando sus esclavos portadores del pesado equipo y hacía algunas putadillas para obligar al enemigo a salir a combatir. Ya saben, arrasaba los campos sembrados, mataba el ganado y esas cosas. Cuando el contrincante salía, tenía lugar la batalla, que no solía durar más de una horita de empujones. Se consideraba una derrota cuando se abandonaba el campo, generalmente en desorden. Si se podía, al perdedor se le perseguía un poquito o se le saqueaba el campamento, pero no era costumbre aniquilar metódicamente; para certificar la victoria de forma válida y correcta, bastaba con erigir una columna dedicada a los dioses en el lugar del combate.  Después, se negociaba la recogida de los cuerpos, ya que los griegos procuraban enterrar a sus caídos en su patria. Cuando alguna de las polis contendientes andaba ya escasa de recursos, materiales o humanos, terminaba la guerra y se pactaba un tratado de paz. Como ven, todo muy campechano y sanote.

Esta forma tan curiosa de guerrear sufrirá sofisticadas transformaciones a medida que las ciudades importantes van abriéndose al comercio internacional a gran escala, acumulando masas de esclavos que hacen el trabajo duro y participando en conflictos internacionales. En la época de las guerras del Peloponeso vamos a ver nuevos escenarios bélicos, como el asalto de ciudades, con sus modernas máquinas y técnicas de asedio, o la creación de poderosas marinas de guerra que convulsionarán la escena política: en Atenas, las clases humildes (los thetes), que hasta entonces no combatían, se enrolan en masa en la flota que Temístocles pone en pie para salvar al Mundo Libre de los persas y que cosecha la decisiva victoria de Salamina. A partir de entonces, todos los ciudadanos libres de la polis participarán en política. La marina es la democracia, señores, los hoplitas la oligarquía rural. Como resultado de las coaliciones y alianzas los ejércitos se agrandan, aparecerán nuevas tácticas de importación y la falange hoplita pierde protagonismo.

Batalla de Leuctra, los azules de cabeza gorda son la falange tebana.

Tras la durísima guerra del Peloponeso, la igualdad de fuerzas (por lo bajo) de las polis supervivientes, dará lugar a un escenario geopolítico muy difícil, con multitud de conflictos y no demasiados recursos disponibles. Por tanto es necesario apretarse el cinturón y rascarse las meninges para optimizarlos. En la guerra entre Esparta y Tebas cristalizará el declive del sistema hoplítico tradicional y lo hará de forma dramática (a la griega, vaya). Batalla de Leuctra, 362 a. C. Epaminondas, strategós tebano, se enfrenta al marrón que suponen las terroríficas falanges de homoioi espartanos, y lo hace con menor número de tropas, encima. Así que al hombre no le queda otra que ser creativo para salir del paso, veámoslo.

Una falange típica es una formación toda cerrada y cuadradita ella, que se desplaza lentamente fiada en la gran dificultad para meterle mano. Además, tiene cierta tendencia a torcerse a la derecha cuando se mueve, ya que cada soldado está protegido por el escudo que sujeta en su mano izquierda el compi de su derecha, por lo que instintivamente uno se arrima hacia ese lado. Esto se compensaba poniendo a los veteranos en la derecha, porque como no iban acojonados, no se desviaban. Bueno, pues Epaminondas hizo una cosa rara; desequilibró la falange tebana y se ciscó en el cuadrado mágico, poniendo 50 filas en la izquierda y dejando el centro y la derecha en formación escalonada más retrasada. Al impactar con el enemigo, la fuerza de tantas filas hizo polvo la derecha espartana, donde como acabamos de ver se concentraban las tropas de elite. Para cuando el centroderecha tebano (no, no hablo de política) llegó a contactar con el contrario, éste estaba ya hundido en la miseria. Concentrando en un punto y aligerando en el resto, el listillo este consiguió infligir una derrota apoteósica a los madelman de la época, acelerando su hundimiento.

Pues bien, un tipo que por aquél entonces era un aristocrático rehén-huésped de Tebas, y aún más listillo que Epaminondas, tomó buena nota de todo este descubrimiento de aligerar la falange, desplegarla en oblicuo y reforzar puntos concretos. Cuando volvió a su hogar se dedicó con ahínco a reformar la “institución” y hacerla más ligera y maniobrable, para usarla en sus planes de dominación mundial, o lo que es lo mismo por aquellas fechas, griega. El resultado fue un ejército prácticamente invencible. Me refiero a Filipo de Macedonia, igual les suena, y a su grupo de malditos bastardos. Pero esto lo veremos en el próximo episodio, “Macedonios a vencer”.

Fazañas Bélicas (III) Un hombre y su escudo, 5.0 out of 5 based on 1 rating