La Reconquista (IX) Un castellano en la corte del rey Humano

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De nuevo con todos ustedes un apasionante episodio del no menos apasionante medievo hispano. Como ya habrán podido leer con sus propios ojitos, hace ya como dos capítulos que hemos menospreciado la Reconquista en sí, entendida como “echar a Mohamed de su casa y arrojarlo por el Estrecho”. Pero piensen que por un lado, simplemente estoy reflejando una realidad de la época, que dejó al pobre mahometano el papel de actor secundario, y por el otro, hablo de mitos indisolublemente unidos por los historiadores tradicionales como son la Reconquista y la unidad de ¡¡¡Es-paña!!!.

Cuando nuestros padres llevaban pantalón corto e iban al colegio, o antes, cuando incluso aún no existía el nacionalismo vasco (es decir, en la Prehistoria), se tenía como Verdad Universal Indiscutible que toda la Edad Media hispana estaba inevitablemente encaminada hacia su Destino, que era la Unificación de la Patria. Esto otorgaba la cualidad de adivinos a sus promotores, salvo, claro está, que se parta de la base de que eso de España ha existido siempre. En historiografía, ya algo más moderna y menos ideológica, eso se llama teleología; se tiende a explicar el pasado sabiendo lo que ha ocurrido después, por lo que es frecuente que se interprete mal. Suele olvidarse muchas veces, intencionadamente o no, que los protagonistas de determinadas épocas (todas, vaya) no saben lo que va a pasar en el futuro. No es grave, pasa en las mejores familias. Pero ahora junten esta tendencia con el nacionalismo típicamente español (catalán, vasco o castellano, es indiferente), el de calarse la boina bien fuerte que vienen curvas, y ya están preparados para lo que vamos a contar.

Estamos a principios del siglo XV. En 1409 morirá Martín el Joven, heredero de la Casa de la Corona de Aragón (nombre oficial del invento), dejando a su padre, Ídem el Humano, sumido en la zozobra, ya que Martín Jr. era su último hijo vivo. Se encontraba el hombre ante un problema sucesorio de órdago, porque para complicar más el asunto, gobierna sobre tres territorios con sus propias Cortes, y lo que es peor, sus leyes sucesorias diferentes según tuviera validez la transmisión de derechos por vía femenina (Aragón) o sólo masculina (Cataluña). Lo primero que intentó el Humano fue, a sus más de cincuenta años, casarse con un pimpollito de 21 a ver si podía engendrar. Pero en esas estaba cuando enfermó y murió, no sabemos si del esfuerzo. El caso es que viendo complicada la tarea de preñar a la muchacha, había consultado por adelantado a los mejores juristas del reino, que obviamente no se habían puesto de acuerdo, por lo que los aspirantes menudeaban. Quiso entonces asegurar la candidatura de un nieto bastardo, Fadrique de Luna, pero a tanta nobleza y parentela regia como había no le pareció bien la solución. Así que en el momento de espicharla ya había un par de candidatos firmes maniobrando en la sombra, Jaume de Urgell y Luis de Calabria. Para que se hagan una idea, las últimas palabras de Martín Sr. en su lecho de muerte fueron algo así como que “el reino debía ser para quien en justicia lo mereciera”, traducido al castellano moderno como “haced lo que os salga del pijo, que yo me muero”. No se necesita un máster en Física para deducir que a partir de ahí, maricón el último; las grandes familias y los poderes políticos existentes en toda la Corona se agruparon bajo la bandera de uno u otro.

Por si no fuera lo bastante delicada la situación, dos pretendientes más, que en un principio no parecían tener demasiadas posibilidades, ni habían hecho grandes movimientos en ese sentido, entraron en escena. Uno es Alfonso de Gandía, y el otro,  el poderoso noble don Fernando de Trastámara, más conocido por Fernando de Antequera y por si no bastara con eso, en aquel momento nada más y nada menos que Regente de Castilla.

Fernando era hermano del difunto rey Enrique III, que había tenido el mal gusto de ser padre en 1405 justo un año antes de palmarla, dejando como legado un mocoso de nombre Juan II y a Fernando con un palmo de narices. Así que este tuvo que conformarse con compartir la regencia con la madre, Catalina de Lancaster, con la que previsiblemente se peleó. En el momento de montarse la zapatiesta en el reino vecino, se encontraba haciendo lo que todo noble castellano ambicioso debía hacer para afirmar su autoridad y procurarse prestigio, clientela y propaganda: una campañita por Granada. Llegar, repartir cuatro bofetones con la mano abierta y volverse para Burgos como campeón de la Cristiandad y Pío que te cagas. Concretamente asediaba Antequera (a partir de cuya conquista tomó el apodo de marras), cuando le llegaron las noticias de lo que ocurría en Aragón. En un principio no parecía muy estimulante la aventura, pero hete aquí que los acontecimientos jugarán a favor del castellano: los urgelistas asesinaron al Arzobispo de Zaragoza, partidario de Luis de Calabria, y el riesgo de guerra civil había pasado a Defcon 1. Luis se encontraba fuera de la Península, por lo que mal podía defender a sus partidarios, que automáticamente pusieron sus esperanzas en las mesnadas del ricohombre castellano.

E si vos quisiéredes salvar a don Fernando, llamáredes al 906…

Este es el comienzo de la piedra angular de las discusiones nacionalistas sobre el medievo hispano, el gran mojón en el presunto camino hacia la unificación, el ojo del huracán de la polémica, el Compromiso de Caspe. La más conocida fue la que sostuvo el profesor Sánchez-Albornoz con los historiadores catalanistas, la cual contribuyó a difundir un montón de mentiras sobre el citado Compromiso. Mientras que para Albornoz y los de su cuerda, la decisión de las elites aragonesas demuestra su sabiduría, patriotismo e inteligencia, previendo una futura unión de reinos, y por ello anticipando lo que inevitablemente iba a ocurrir (punto de vista del nacionalismo español centralizador “de toda la vida de Dios”), para los catalanes es poco menos que una humillación y una desgracia: la rendición de Catalunya, la puerta de entrada de la “ocupación” castellana, la raíz de la pérdida del carácter nacional y la muerte de 10.000 gatitos. Como ven, dos interpretaciones interesadas, sesgadas políticamente, partiendo del resultado final, y profundamente histéricas. Vamos a desmontar esos mitos urgentemente, que no se diga.

En primer lugar, es cierto que el de Antequera era un príncipe castellano, y por lo tanto, extranjero. Sin embargo, esto no se veía entonces como un problema ni se interpretaba desde una perspectiva cultural o nacionalista; si tenía derecho legal a ocupar el trono (y esto se lo otorgaba únicamente el grado de parentesco), daba exactamente igual de dónde fuera a la hora de decidir. Por esto no es raro encontrar casos de entronizaciones de gente nacida fuera (los navarros coronaron a Teobaldo de Champaña, un francés), por no detenernos en la ingente cantidad de reinas consortes francesas, inglesas, alemanas o incluso húngaras que pueblan la historia medieval hispana. Por otra parte, el hándicap principal de Fernando y origen de la debilidad inicial de su candidatura era la línea femenina de transmisión del derecho al trono, pero esto mismo demuestra lo que yo ya les vengo diciendo desde ni sé; las altas esferas de los reinos hispanos llevan tiempo entremezclándose entre ellas, y por eso Fernando de Antequera resulta ser familia de la casa real aragonesa. Esta debilidad se convirtió paradójicamente en una baza inesperada, puesto que a ojos de la nobleza aragonesa, catalana o valenciana le hacía parecer más manejable. Acceder a la corona en posición de inferioridad y por la gracia de la nobleza ponía al futurible en manos de ésta, o al menos así lo pensaron. Por otra parte, se trataba del noble más poderoso y rico de Castilla, toda una garantía de protección. En resumen, tal como se desarrollaron los acontecimientos, era el candidato más conveniente.

Por su parte, los historiadores catalanes insisten en la “rendición” de Catalunya, pero como suele ser habitual, están recurriendo al antropomorfismo, otorgando a un ente intangible y abstracto cualidades humanas. No hay una cosa animada que se llame Catalunya y que decida unitariamente por sí sola: la realidad es que el candidato favorito de los nacionalistas modernos, Jaume de Urgell, no gustaba a muchos catalanes, ni respondía a las aspiraciones de los mercaderes (véase si no el éxito de su postrera rebelión). No había un “frente común”, ni una “unidad”, ni nacional ni nada. Por no mencionar que tienden a olvidar que había otros dos reinos en la decisión y que el Papa andaba de por medio. El argumento del camino a la unidad es igualmente absurdo; nadie preveía una unión futura de reinos, ni un “surgimiento” nacional, ni siquiera el Trastámara triunfante. Para él era una oportunidad de disponer de aliados y  recursos del reino vecino y destinarlos a su proyecto vital, que era controlar el reino de Castilla, como veremos.

Los Trastámara, retrato familiar. De derecha a izquierda, Alfonso, Juan, Sancho y María

Y una vez desbaratados los argumentos anacrónicos, seguiremos con el relato desde la perspectiva medieval. Los ex-calabristas pidieron socorro a Fernando, así que las tropas castellanas entraron en Aragón en 1411 para “garantizar la seguridad” del proceso. Para entonces la división era tal que se habían formado dos parlamentos diferentes en Aragón y dos en Cataluña, mientras en Valencia no se habían puesto de acuerdo ni en la composición de uno. Este es el momento que escogió Fernando para movilizar todos sus recursos; se atrajo a su bando a Benedicto XIII (el Papa Luna), que tenía un pequeño cisma con Roma y Avignon entre manos, prometiéndole el necesario apoyo de los dos reinos, y gracias a la demostración de fuerza consiguió que los aragoneses se decidieran en Alcañiz a designar tres representantes. Además, enviaron emisarios a los reinos restantes para comentarles que, o designaban cada uno los tres suyos, o decidían los aragoneses en calidad de cabeza del reino. Así que deprisa y corriendo cada reino envió sus tres jurados a Caspe a decir la suya.

La votación de los nueve elegidos para la gloria reunidos en Caspe no deja lugar a dudas. Los tres aragoneses votaron por Fernando. De los valencianos, los dos hermanos Ferrer (el santo y el normal), ambos hombres del Papa, también; el otro era un jurista al que dieron la baja por locura, y que yo me juego algo a que lo que tenía eran cagarrinas. Fue sustituido por uno que prudentemente, ante la magnitud del last time brown, se abstuvo. De los catalanes, uno votó por el castellano, el otro por Jaume de Urgell y el tercero hizo una cosa rara, votar por Urgell y Alfonso de Gandía a la vez. Por cierto, que estos dos últimos emisarios hicieron constar que su voto quizá no era por el candidato más conveniente, señal de que primó la utilidad política por encima del complicado derecho dinástico. Por 6 votos sobre 9, y al menos uno de cada reino, Fernando de Antequera fue proclamado Rey de Aragón.

El nuevo monarca procedió a catar el grosor y la textura del barrizal aragonés bien pronto. El reino atravesaba una grave crisis económica y social (como Castilla, ya saben) con varios conflictos pendientes, sobre todo en Cataluña. En primer lugar, el Trastámara quería seguir una línea de fortalecimiento regio, y los estamentos del reino, continuar con el pactismo y bájate los pantalones que para eso nos debes el trono. Lo primero que le puso la Diputació de lo General (precursora de la actual Generalitat) ante los morros fue un pliego de concesiones y una petición para que suspendiera la política de recuperación de patrimonio regio del anterior monarca. Después de unos años de desacuerdos, va Fernando y se muere sin dejar nada resuelto, salvo dos cosas. La primera, al aterrizar con toda su gente y por el efecto peloteo, las elites del reino adoptaron el castellano como lengua habitual de la corte. Este y no otro relacionado con las armas (como suelen aducir los catalanistas) es el verdadero motivo de la expansión del castellano, que para colmo, al aumentar las relaciones comerciales con Castilla se extenderá aún más, no siendo infrecuente en las ciudades y los caminos reales. La segunda, colocar bien a la familia: su hijo primogénito Alfonso V será rey de Aragón, y sus otros hijos (Enrique, Sancho y Juan), nombrados “infantes de Aragón”, acapararán el poder nobiliar en Castilla. Por último, casará a su hija María con el rey castellano, menor de edad, esperando completar algún día el monopolio del poder con un mocosete de la familia.

Alfonso va a lidiar con una situación complicadísima. Por una parte, debe atender los asuntos mediterráneos, léase guerra con Génova, a la que se añade pronto una interesante opción de hacerse con el cromo de Nápoles; el rey se larga a dar piñazos  en ultramar en 1423 y gobernará por delegación su mujer, María. Pero para estas campañas necesita un dineral, así que se vuelve vulnerable al poder de la nobleza catalano-aragonesa. Por ello, y porque sigue empeñado en recuperar poder quitándoselo a los nobles, buscará otros apoyos que encontrará en la cuestión de los pageses de remensa. Estos pobres, sujetos a los “usatges” nobiliares, no podían moverse de las tierras de su señor a menos que pagasen una remensa o rescate en dinero que no tenían. La atracción de la ciudad de Barcelona era grande, y la “inmigración ilegal” era fuente de infinitos conflictos; organizados en Sindicatos y ayudados por agentes del rey, los campesinos ofrecerán dinero a Alfonso para comprar su libertad. Cosa que los nobles tratarán de impedir, ofreciendo más, mientras el rey se vende al mejor postor; como resultado, la nobleza se divide en dos facciones, pro y contra el monarca. Barcelona se encuentra dividida también en dos bandos, la Busca y la Biga, patriciado urbano contra artesanos y comerciantes, en lucha por el poder urbano. En resumen, en las Cortes de 1454-58, presididas por un escocido Juan en nombre de su hermano, el reino se encamina hacia la guerra civil a pasos agigantados.

Pero ahora haremos una pausa dramática, rebobinaremos la cinta y veremos lo que pasa mientras en Castilla, porque ahora que hay Trastámaras gobernando por todas partes, la política peninsular se relaciona (y embrolla) más que nunca. He dejado aparte adrede un último frente que tuvo que lidiar Alfonso V; la situación en Castilla. Allí dijimos que el poder lo acaparaban sus hermanos, los infantes de Aragón: Enrique es maestre de Santiago, y Juan se convertirá además en rey consorte de Navarra. Contra la influencia de estos dos pájaros sobre el preadolescente Juan II, se alzará la figura de don Álvaro de Luna (aragonés, de la familia de los Luna…¿ahora pillan lo del Papa Luna? ¿Y lo de los veintipico Luna que he mencionado ya?), su privado, condestable de Castilla y aglutinador de descontentos. Este autoritario arribista consiguió derrotar en primera instancia a los infantes y mantener a Alfonso V alejado de la política castellana. No sólo eso, sino que se permitió el lujo de alicatar la cara a leches a los granadinos, por aquello del prestigio. Con él en el poder, todo es guerra y tranquilidad en Castilla.

Pero en la segunda parte, “El Trastámara contraataca”, Enrique y Juan (que por si fuera poco lo de Navarra, es nombrado en 1436 por Alfonso lugarteniente de Aragón y Valencia), aliados con su hermana María, la mujer del rey, regresan para enfrentarse a Álvaro y Juan II y fuerzan el destierro del valido en 1441. Juan Vader de Navarra y Etc quedó en poder del reino y del monigote regio. Sin embargo, en “El retorno del Luna”, Álvaro vuelve y conspira para enfrentar a los hermanos entre sí, consiguiendo que Juan Vader y Tal se vuelva paranoico y finalmente secuestre al rey, excusa perfecta para echarle los perros encima; el bando realista gana en Olmedo (1445), Enrique muere y Juan sale definitivamente de Castilla para irse a Navarra a liarla parda (por donde pasa este tipo crecen las guerras civiles), y de rebote, derechito a Aragón a presidir las Cortes esas que dejamos en suspenso, volviendo elegantemente al punto de partida del flashback como si fuera esto una serie de la HBO.

Álvaro Jedi de Luna es el vencedor final de esta larga saga. Tras el triunfo absoluto, su excesivo poder le atrajo la enemistad del príncipe heredero Enrique (el futuro Impotente), su mujer Isabel de Portugal y su favorito, Juan Pacheco. Estos tres y su gente presionaron a Juan II para que condenase y ejecutase a su privado en 1453. Al año siguiente moría el simpático monarca de tan firmes convicciones, arrepentido de su “hazaña”. Como ya les dije, una continua guerra civil, durante la que curiosamente la economía del reino se recupera (no así la aragonesa, ya se lo habrán imaginado estando Juan Vader, alias Mr. Civil War, por allá), para cuando Isabel de Castilla ponga el punto y final a las peleítas. Pero eso será en la próxima entrega, donde haremos lo propio con la serie, en apoteosis de Españolía y Olé.

La Reconquista (IX) Un castellano en la corte del rey Humano, 5.0 out of 5 based on 1 rating