Historia Bizarra: Lope de Aguirre y el Komando Marañón (I)

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Dentro de la sección de biografías de esta bitácora, estrenamos con este artículo una subsección nueva, a la que he bautizado como “Historia bizarra”. En ella daré cuenta de curiosos y extraños fechos protagonizados por personajes cuya salud mental tiende a catalogarse como dudosa. Lo sé, a estas alturas la página parece organizada por algún comité de sindicalistas, pero qué quieren que les diga, se trata de dar una apariencia de orden al caos. Y si no, envíenme una propuesta que prometo será analizada concienzudamente y desechada con el máximo de los respetos.

 

 

Por supuesto, como ya habrán deducido ustedes solitos, semejante material humano abunda ya en la historia de España, sin necesidad de irnos al extranjero a buscar (aunque no se crean, que hay bastantes también y pasarán implacablemente por aquí), por lo que he optado por abrir fuego con un auténtico peso pesado patrio, el sanguinario conquistador, aventurero, y más que probable psicópata, Lope de Aguirre, el Loco, el Cojo, el Traidor o el Peregrino, como prefieran, que de apodos andaba sobrado. Sí, empezamos con emociones fuertes, pero no me digan que esperaban menos.

 

 

Este especimen nació allá por 1510 en el seno de una familia hidalga del Señorío de Oñate, aunque algún cronista lo ubique en el valle de Aramayona, en Álava. Estas imprecisiones son bastante corrientes en historiografía, cuanto más antigua mejor; comprenderán que haya cantidad de profesionales y profanos entretenidos en probar de forma concluyente, generalmente con cierto exceso de pasión, el lugar exacto donde nació fulano o mengano. Esta moderna afición por tratar de señalar el dato con precisión de GPS es bastante corriente entre ustedes-ya-saben-quiénes y no suele guiarse sólo por espíritu científico precisamente. Para el personaje que nos ocupa tanto nos da, porque en cualquiera de las opciones estamos ante un basko-basko, así que sabemos que tiene de entrada un +10 en las tiradas de empecinamiento, exageración y rusticidad y un -15 en flexibilidad, diplomacia y sutileza (salvo que sea jesuita, que no es el caso). Al igual que ocurría cuando hablamos de Robespierre, este es casi el único dato rescatable de sus primeros años, puesto que por una parte tampoco es que ocurra nada muy interesante en ellos y por la otra resulta que las principales fuentes biográficas son las crónicas escritas por los escasos supervivientes de su expedición al Amazonas. Y por el conocido “efecto Adolf”, todos tienden a caracterizar a Aguirre como un demonio ya desde la cuna, por aquello de disimular responsabilidades propias, así que la credibilidad de estas referencias juveniles no pasa del estado de “rumor no confirmado”.

 

 

Por ello nos vamos a saltar esa parte y empezamos la narración directamente en Perú, año del Señor de 1560. El virrey don Andrés Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, acaba de ser destituido de su cargo. Mientras espera la llegada de su sustituto, el marqués decide patrocinar una expedición armada para encontrar y conquistar el legendario reino de Omagua, donde se dice que es tanta la riqueza que su cacique Dorado se baña en un lago cubierto de oro de pies a cabeza. Para ello puso dinero de la caja pública, reunió capital privado y encargó al gobernador don Pedro de Ursúa que se encargase de los preparativos.

 

 

Sí, amiguitos, parece que el virrey anda reclutando voluntarios para buscar el mítico El Dorado. Digo parece porque no muchos de los habitantes del virreinato se tragaron el cuento, al contrario de lo que opina la historiografía tradicional anglosajona, que atribuye a los papistas españoles unas grandes dosis de avariciosa y típicamente católica credulidad en este tipo de quimeras, olvidando que uno de los más fervorosos devotos e insigne buscador de la patraña esta fue el famoso pirata inglés Sir Walter Raleygh (quien creyéndose a pies juntillas las tonterías que le contara Antonio de Berrío, gobernador de Guayana, se dejó salud, fortuna, y la vida de su hijo en el empeño). Algunos de los residentes del Perú, veteranos de la conquista y sobre todo de las crueles guerras civiles, pensaron maliciosamente que el virrey lo que pretendía era dotarse de un ejército privado para alzarse contra su sucesor en cuanto desembarcase.

 

 

Sin embargo se equivocaban, puesto que las verdaderas intenciones del virrey eran diametralmente opuestas. El marqués estaba haciéndole un inmenso favor a su sucesor, y de rebote a la Corona; se trataba de pacificar el Perú, aligerando el excesivo número de veteranos soldados sin oficio ni beneficio y con tendencia a montar sublevaciones y algaradas. La posibilidad de que la expedición fuera otra revuelta en ciernes atrajo a unos cuantos elementos subversivos, El Dorado a unos pocos ávidos de riquezas, pero la respuesta no es que fuera masiva. En realidad a unos cuantos “voluntarios” los tuvo que alistar Ursúa a la fuerza, hasta completar unos 300 españoles, más medio millar de indios, no se sabe cuántos negros (entonces no se contaban) y una decena escasa de mujeres.

Aguirre Kinski empleando su cálida y persuasiva mirada Magnum

 

Con semejante material humano era sólo cuestión de tiempo que apareciesen incidentes sangrientos. Ya antes de partir Ursúa mandó degollar a cuatro implicados en el asesinato de un teniente y procedió a comunicarlo al virrey, para que viese el tipo de disciplina que pensaba imponer. El de Cañete le respondió que tuviera mucho cuidado y le recomendó dejar en tierra a una lista de doce del patíbulo, entre los que se encontraba Lope de Aguirre, alias “El Loco”.

 

 

Aguirre era por entonces perro muy viejo: con cincuenta años, llevaba unos treinta en Perú. Se encontraba en Sevilla al llegar la noticia del hallazgo de Pizarro, embarcando inmediatamente para allá y dándole tiempo a tomar parte en las luchas entre pizarristas y almagristas por el reparto de tierras e indios. No bien hubieron remitido éstas una miaja, aterrizó el primer virrey, Núñez Vela, con sus funcionarios y clérigos, dispuesto a instalar una administración real que hiciera cumplir las Leyes Nuevas, que entre otras cosillas prohibían las encomiendas y el maltrato al indio. Por ello todos los conquistadores se alzaron contra él, desatándose una feroz guerra entre el bando de Gonzalo Pizarro y Francisco Carvajal (el Demonio de los Andes) y el realista, donde se enroló Aguirre. El virrey fue derrotado y asesinado, y nuestro psicópata recibió un arcabuzazo en la rodilla, por lo que se le llamaba también, en un alarde de originalidad, “El Cojo”. Tenía fama de cruel, vengativo, sanguinario y peligroso, y también tenía una hija mestiza, doña Elvira, “la única persona por la que mostraba algún aprecio”.

 

 

A pesar de este currículum tan llamativo, Ursúa ignoró los consejos de Mendoza, ya que según dijo, dado que era vasconavarro, podía dar órdenes en vascuence a sus fieles para que cayeran sobre los potenciales conspiradores sin que se enterasen. En este brillante argumento olvidaba Ursúa que la mayoría de estos doce eran vasconavarros también, así como olvidó todo lo demás en cuanto se incorporó a la expedición su mujer, doña Inés de Atienza, una bellísima criolla a la que pasó a dedicar toda su atención. Así que a pesar de los funestos presagios, el gobernador zarpó a remontar el peligroso río Amazonas (que llamaban entonces Marañón) como si se tratara de un crucero de placer por el Nilo.

 

 

Obviamente, pronto comenzaron las conspiraciones. En cuanto vieron que aquello no iba de alzarse contra nadie ni volver al Perú, que el gobernador pasaba de todo y que a lo mejor el propósito era deshacerse de ellos, aparecieron los descontentos. Aguirre, con su labia campechana, consiguió atraerse a unos cuantos de entre los doce famosos, y algún “voluntario forzoso” que tenía en mente vengarse de Ursúa en cuanto tuviera ocasión. Además se ganó a don Fernando de Guzmán, un mozo sevillano de origen noble, es decir, un tonto útil con cierta autoridad, ideal para dar la cobertura necesaria. Añádanle un par de envidiosos (estamos hablando de españoles, recuerden), La Bandera y Zalduendo, que codiciaban a la criolla del gobernador y ya tenemos los ingredientes para un bonito motín.

 

 

Dicho y hecho, este remoto antecesor de la izquierda abertzale aprovechó un momento propicio, con la expedición acampada en un poblado de la orilla, para asesinar a traición a Pedro de Ursúa y a su teniente general de una estocada en el pecho. Después procedieron a beberse el vino, celebrar una misa y repartirse esclavos, bienes y cargos. Pero esto es España, señores, y aquí cualquier trapacería tiene que parecer legal, así que se celebró una junta y se levantó un acta por la cual se justificaba la acción en que Orsúa no buscaba El Dorado como hubiera debido. El señorito don Guzmán iría al mando de la expedición, contando con encontrar un reino como el de México o Perú, y así hacerse perdonar por la vía de los hechos consumados, estratagema que ya le salió bien a Cortés en su día (claro que Cortés no asesinó a sus superiores). Aguirre, como flamante maestre de campo, debía firmar el acta, por lo que escribió “Lope de Aguirre, Traidor”. Acto seguido se mofó de la asamblea; a ver si se creían que con esta pantomima se iban a librar de la culpa por matar a un gobernador del rey. Todos ellos eran unos traidores, y como tal les iban a tratar: la única solución era volverse al Perú, el verdadero El Dorado, y tomarlo por la fuerza.

 

 

De esta forma, Aguirre empleó la técnica “ahora ya no hay vuelta atrás, estamos todos en esto” para arrimar el ascua a su sardina, y a la vez se erigió en el auténtico poder en la sombra, tras la pantalla de protección que le ofrecía el lechuguino sevillano. Sin embargo, manejó los tiempos de una manera que para sí la hubiera querido el ex-lehendakari Ibarretxe. “El Loco” descubrió sólo una parte de su “plan soberanista”, pero no insistió demasiado, ya que aún no tenía la fuerza suficiente para imponerse. Como quedó demostrado con la aparición inmediata de la corriente crítica partidaria de una solución política negociada: La Bandera se le enfrentó, argumentó que eran fieles súbditos de Felipe II y que remontarían el río para encontrar reinos que conquistar. Este personaje tenía sus partidarios y cierta influencia sobre Guzmán, consiguiendo que destituyeran a Aguirre y le nombraran a él como maestre de campo. Además, La Bandera fue el elegido por Inés de Atienza, a la que después de llorar a Ursúa y soportar los insultos de los amotinados, no le quedó otra estrategia de supervivencia. A partir de aquí se desató una guerra fría entre ambos líderes de facción: Aguirre tenía miedo de La Bandera, que a su vez intentaba deshacerse de él, pero era difícil meterle mano, ya que el cojitranco vivía rodeado de una fiel guardia armada y llevaba permanentemente puesta la coraza.

 

El acogedor río Marañón, un placer en barca, visto desde arriba.

 

 

Así que nuestro psicópata vascuence decidió solucionar esta disidencia por la vía rápida. Una partida de naipes fue el momento escogido para que los fieles de Aguirre salieran de la maleza y ensartaran a La Bandera y su gente ante los ojos del sorprendido Guzmán. De nuevo se justificó deprisa y corriendo; La Bandera era un traidor que pretendía piratear por el Caribe y huir a Francia (pecado este último especialmente horrible, como toda gente civilizada sabe). Y doña Inés, que a estas alturas ya era una especie de bien de consumo, pasó resignadamente a ser del disfrute de Zalduendo.

 

 

Ante el espectáculo de las sucesivas “depuraciones”, los marañones, como los llamaba él, cerraron filas con su jefe esperando librarse del degüello, garrote, ahorcamiento, estocada o disparo de arcabuz. Fue entonces cuando Aguirre expuso detalladamente su hoja de ruta. Tras salir al mar Caribe se detendrían en la Isla Margarita, y después caerían sobre el Perú, pero desde la costa, atravesando el istmo de Panamá. Así evitarían la llegada de refuerzos realistas por mar, como había ocurrido en las guerras civiles. Por el camino contaba el Tirano con que se les uniesen los descontentos, los conquistadores desocupados y los esclavos negros con la promesa de su liberación. Quien más o quien menos ya había hecho sus cuentas y decidido a quién iba a matar para quedarse su encomienda, su mujer y sus esclavos en cuanto hubieran tomado el Perú. Pero, de nuevo, para todo esto hacía falta un trámite legal imprescindible, la declaración formal de independentzia. En el documento, los marañones se desnaturalizaban de su señor Felipe II y le declaraban la guerra, nombrando pomposamente a Fernando Guzmán “Príncipe de Tierra Firme y del Pirú y del reino de Chile” para que se quedara tranquilo con la piruleta.

 

 

Y en este punto seguro que se preguntarán ustedes si esto no tendrá que ver con algún sentimiento protonacionalista, si a ver si va a ser cierto lo que sostiene el PNV, que lo suyo viene del Neolítico o si es que Aguirre estaba totalmente sonado. Vamos, que a qué viene esto. Pues la explicación no hay que buscarla en la voluntad milenaria de un pueblo en marcha ni en los indudables trastornos mentales de El Loco Aguirre (¿a que dicho así parece un guardameta argentino?). Era un paranoico sanguinario, sí, pero no estúpido. Durante las guerras civiles del Perú, Gonzalo Pizarro tuvo muy cerca la victoria final después de acabar con el virrey. Pero dudó a la hora de dar el paso definitivo; proclamarse rey tal como le aconsejó Carvajal. Esta duda resultó a la postre fatal y permitió al Pacificador Lagasca reunir apoyos suficientes como para liquidar a Pizarro Jr (nada como un cura para imponer orden a base de collejas). Esta lección la aprendió muy bien Aguirre, que recordemos que militaba en el bando realista, así que no quiso cometer el mismo error.

 

Aunque cometió el contrario, hacerlo demasiado pronto, como comprobaremos en el siguiente episodio de la aventura soberana de los marañones y las marañonas. Sí, hasta aquí la primera parte, que si no le pongo al asunto un poco de suspense luego no me siguen la bitácora. ¿Conseguirá Aguirre fundar una república vasca democrática, socialista y soberana en medio del río más caudaloso del mundo? No se quejen tanto, si tengo el desenlace casi escrito ya.