Historia Bizarra: Lope de Aguirre y el Komando Marañón (II)

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Después del golpe de Aguirre, ya no hubo más dudas ni sobre quién ostentaba el liderazgo real de la expedición ni sobre los objetivos de ésta. De hecho, la idea de alzarse con el poder en el “Pirú” (como se le llamaba entonces…deduzcan lo que significa “pirulero”) era bastante vieja, como ya vimos, lo cual no es sorprendente; viniendo de un vascongado del siglo XVI tampoco se pueden esperar grandes innovaciones. Cuando la expedición se aproximaba ya a la desembocadura del interminable río, Fernando Guzmán empezó a recular, pensando que aquello de declararle guerra a su señor natural, de caer a sangre y fuego sobre el virreinato y todo lo demás, igual estaba un poco feo y en el fondo no le apetecía demasiado hacerlo. A su alrededor se fueron agrupando unos cuantos que pensaban de forma similar; por ejemplo el vizcaíno Zalduendo, que se había enemistado con el Loco a causa de estar más pendiente de doña Inés que de otra cosa. Entre todos confabulaban a ver cómo podían deshacerse del demonio cojo. Pero éste tomaba tantas precauciones que la cosa se fue aplazando, y como suele ocurrir cuando no se actúa rápido, alguien fue con el chisme al tirano, que preparó la nueva “purga” de disidentes.

 

Por una parte, Zalduendo estaba más que condenado por la dirección de la banda, pero además esta vez Aguirre se decidió a eliminar a doña Inés para evitar más tentaciones de ejercer de oposición crítica. El pretexto lo dio un resignado y sarcástico responso que la pobre señora dio en el funeral de una de sus dueñas: “Dios te perdone, hija mía, que en no tardar muchos días tendrás muchos compañeros”. Obviamente se refería a la sangría que Aguirre iba haciendo por el camino, pero oído de refilón y oportunamente sacado de contexto, valió como conspiranoica sentencia de muerte de la bella criolla. El asesinato fue encargado al portugués Llamoso, un especialista de la mayor confianza del Tirano. Al mismo tiempo se decidió la ejecución de Fernando de Guzmán y todos aquellos que mostrasen cierta tibieza en su adhesión al régimen de Aguirre. Pero como éste no sabía el grado de respeto que la posición de Guzmán infundía entre la tropa (en el Antiguo Régimen un noble sigue siendo un noble, aunque no sea muy despierto), les tranquilizó asegurando que no le matarían, mientras bajo manga preparó a tres de sus leales para que montaran una escena de gatillo fácil y así, “accidentalmente”, también el noble sevillano murió de dos disparos de arcabuz.

 

Ahora sí, Lope de Aguirre tuvo el campo libre para titularse “Fuerte caudillo de los invencibles marañones, Ira de Dios, Príncipe de la Libertad y del Reino de Tierra Firme y provincias de Chile” sin oposición de relevancia: era el amo absoluto de la situación. El Komando Marañón avistó así la isla Margarita tras dejar un reguero de cadáveres por todo el río Amazonas. Más de ochenta españoles, en la mitad de los cuales figuraba “Aguirre” como causa de la muerte; de indios quedaban apenas medio centenar, la mayoría fugados al ver el cariz que tomaba la aventura y de los negros ni se sabe.

 

Retrato de Aguirre, en uno de sus mejores días.

Los flamantes independizados desembarcaron en la isla, en un lugar que hoy se llama la Bahía del Traidor, prendiendo al gobernador y a los vecinos que salieron a recibirles pacíficamente. Después procedieron a robarles absolutamente todo, incluidas sus ropas, dejándolos desnudos. Por supuesto, se bebieron todo el vino que encontraron y para alegría de Aguirre, encontraron una decena de voluntarios dispuestos a unirse a la kausa kontra el centralismo opresor. Las cosas iban por tanto estupendamente bien, puesto que nadie en Tierra Firme (Spanish Main, para los sajones) sabía de su posición y sus intenciones; los marañones contaban con la sorpresa, pero les faltaba aún una embarcación de guerra digna de tal nombre para forzar el paso del istmo de Panamá. Supo Aguirre por los vecinos que en la cercana zona de Maracapa, fray Montesinos, un provincial de los dominicos, disponía de un barco bien artillado que usaba para convertir indios a la fe o buscar El Dorado, no está demasiado claro.

 

Justo lo que necesitaba la menguante banda armada; Aguirre despachó a uno de sus hombres más fieles, otro vasco llamado Pedro de Monguía, a dar un golpe de mano y capturar el navío. Monguía aprovechó la coyuntura para desertar de aquella locura y declarándose leal súbdito de Felipe II, el muy maketo se pasó al bando realista. Dominico y tránsfuga se plantaron a asediar la isla Margarita; al verlos, ya se pueden figurar la reacción de Aguirre y sus simpáticas consecuencias. Primero se cargó al gobernador prisionero en represalia, y después se lo reprochó a sus hombres (“Marañones, ¿qué habéis hecho?”), tildándoles de traidores y asesinos de nuevo, volviendo a explotar su culpabilidad y acentuando su desesperación. Su única salida era permanecer junto a él, eso sí, dejándoles muy claro que era prácticamente muerte o muerte.

 

Pero Fray Montesinos no disponía de fuerza suficiente para desalojar a los casi 200 soldados del Príncipe de la Libertad, así que después de cruzar unos tiros inofensivos con las tropas de Aguirre que salieron a impedirles desembarcar, abandonaron el campo sin hacerlo y se largaron a dar aviso por todas las posesiones españolas de la región. Mientras tanto, Lope de Aguirre emprendió una nueva reestructuración de la cúpula de la banda…estoooo, de la tropa. Se convenció de que su lugarteniente Martín Pérez, al que había dejado custodiando el pueblo, conspiraba contra él; nada más volver de la costa lo asesinó, arrojando su cuerpo desde lo alto de la muralla. Después acusó al portugués Llamoso de ponerse de su lado. El luso, viéndose perdido, trató de mostrar su lealtad al Fuerte Caudillo lanzándose a los pies del cadáver de Pérez y sorbiéndole los sesos desparramados. Huelga decir que consiguió impresionarlo, a él y a mí cuando lo leí.

 

Después del fiasco del fraile, la sorpresa se había perdido, por lo que Aguirre decidió en una demostración de flexibilidad táctica, seguir emperrado en lo suyo; optó por largarse igualmente de allí y emprender la ruta por tierra. A tal efecto, celebraron la correspondiente misa, en la que se consagraron unas banderas confeccionadas por él mismo (al parecer una afición tradicional de la tierra que le vio nacer); dos espadas cruzadas en rojo sobre fondo negro con la significativa leyenda “Sigo”. No, tampoco era muy original en esto. Al partir dejaban atrás una isla antiguamente próspera y ahora completamente saqueada, unos cincuenta vecinos asesinados, y casi sesenta bajas entre los que se pasaron a Montesinos, los sospechosos de conspiraciones (reales o imaginarias) o simplemente los que se cruzaron en el camino de Aguirre cuando tenía mal día.

 

Por entonces, el gobernador de Venezuela, Pablo Collado, ya estaba alerta de lo que se le venía encima. Aun así, ya dijimos que el plan de Aguirre era descabellado pero no tanto como parece: las posesiones españolas en América estaban tan mal pobladas (varios miles de españoles, más centenares de miles de indios cuya actitud era o bien evitar más problemas o bien ser hostiles a todo blanco que se les cruzara) y la estructura de gobierno era tan precaria, que el grupito de rebeldes suponía una amenaza mayor de la que usted y yo imaginamos. Así pues, por toda oposición a la expedición marañona (160 hombres con 130 arcabuces y 6 piezas pequeñas de artillería) el gobernador sólo pudo reunir unos 150 hombres a caballo, que para colmo carecían de arcabuces o de cualquier armamento defensivo, y también de aptitudes militares. Con estas “Fuerzas de Seguridad del Estado” a su disposición, Pablo Collado se jiñó encima, como era de prever, y cedió el mando militar a su antecesor en el cargo, Gutiérrez de la Peña. Eso sí, siendo hombre de leyes como era procedió a llenar la región de cédulas de perdón al paso de los marañones, lo que tendrá un efecto de desgaste devastador entre la tropa de Aguirre.

 

Mientras tanto, el Príncipe del Perú y bla bla bla desembarcó en la población de La Burburata, cuyos aterrados vecinos habían abandonado. Tras el espectáculo habitual (ya saben, ejecuciones, borracheras), procedió a enfadarse bastante porque nadie acudía a unírsele. Y es que hasta tenían la osadía de esconderle incluso a los esclavos negros, pues temían que siguieran el ejemplo de los marañones; al servicio de Aguirre había un grupo de ex-esclavos a los que éste había liberado y armado, bajo el mando de uno de ellos. Imagínense con qué satisfacción vengativa esta partida de negros daba cuenta de aquel a quien el Loco les indicara. Como decía, no sólo no se le unían, sino que con los papeles del gobernador en la mano, algunos se daban a la fuga. Entre otras tuvo lugar aquí la de un tal Pedrarias de Almesto, baja muy importante puesto que se trataba del único escribano que quedaba vivo. Capturado el alcalde y su parentela en su escondite de la jungla, se le encomendó la tarea de encontrar a Pedrarias y mandárselo por Seur a Aguirre, que procedió a llevarse a la familia en prenda para asegurar lealtades.

A la memoria de Elvira de Aguirre, por retrasar 4 siglos la aparición del nacionalismo vasco

Salieron pues de La Burburata y se encaminaron a Nueva Valencia, atravesando junglas y pedregales bajo fuertes lluvias, enfermando Aguirre en el trayecto. Tal era el terror que le tenían sus hombres que ni siquiera entonces se atrevieron a cargárselo. En Nueva Valencia se encontraron la misma táctica de tierra quemada que en la villa anterior. Sin embargo, hicieron alto el tiempo suficiente como para que les alcanzase una partida con el prisionero Pedrarias de Almesto una vez recapturado. Aguirre le perdonó la vida porque le necesitaba para poner por escrito la famosa carta a Felipe II donde le ponía a caer de un burro y le prometía la lucha armada hasta el fin como única salida al konflikto. A su compañero de fugas, sin embargo, lo decapitó y clavó la cabeza en una pica.

Desde Nueva Valencia llegaron a la abandonada Barquisimeto, que saquearon, incendiaron y trataron de dejar atrás. Trataron porque fue a la salida de esta ciudad donde le esperaba la pandilla del gobernador, que prudentemente se mantuvo a campo abierto, lejos por tanto del alcance de los arcabuces marañones y de las casas o tapiales donde pudieran ocultarse los tiradores. Que, por su parte, no tenían excesivas ganas de jarana ni espíritu combativo, apuntando muy alto para no acertar a nadie y así no complicarse la vida cuando tuvieran que rendirse. Rodeados por la lamentable pero montada tropa del gobernador, era cuestión de tiempo que ocurriese lo que ocurrió. Jerónimo de Espínola, un genovés nombrado capitán de arcabuceros por defunción aguirresca de todos sus antecesores, pide permiso a La Ira de Dios para salir contra la caballería enemiga y barrerla a tiros. En cuanto recibe el visto bueno, sale disparado hacia el campo contrario dando vivas al rey y se cambia de bando en los mismísimos morros de Aguirre con 40 arcabuceros.

Es la señal para la desbandada general y el momento dantesco final a la hispana, cargado de dramatismo, humor negro, sangre y pathos. Los negros de Aguirre salen a dar caza a los arcabuceros, pero para pedirles que intercedan por ellos en el otro lado, y se largan todos juntos. Almesto aprovecha para desembarazarse de sus guardianes, que emprenden la huida junto a él. Viéndose abandonado por todos, El Loco agarra un arcabuz y se planta en la casa donde se aloja su hija dispuesto a acabar a tiros con ella, porque “cosa que yo tanto quiero no venga a ser colchón de bellacos”. A pesar de la intromisión del aya, que le impedirá usar el arcabuz, de las súplicas de la pobre chica y de su ofrecimiento a entrar en un convento, su padre acabará finalmente cosiéndola a puñaladas.

Después de dejar arreglados los asuntillos domésticos, sale Aguirre de la casa todo ensangrentado para encontrarse a las tropas gubernamentales rodeándole. Y aquí el que se vanagloriaba de buscar la muerte reculó, pidiendo misericordia y los tres días preceptivos que la ley le daba para redactar un informe de lo ocurrido. Pero hete aquí que entre los hombres de De la Peña había un par de chaqueteros ex-marañones, que asustados ante la posibilidad de que se le diera tiempo al Loco para declarar, lo arcabucearon antes de que abriese más la boca. El primer disparo le dio en el brazo, ante lo que Aguirre exclamó “Mal tiro”. El segundo en el pecho; cayó el tirano diciendo “Este sí que es bueno”. Para poner un colofón adecuado a este carnaval sangriento, un soldado cortó la cabeza del Aguirre, y cogiéndola por la melena, la colgó del balcón de una casa ante el júbilo (y alivio) general.

De esta forma tan poco gloriosa fue como terminó la lucha libertaria contra el opresor centralista de nuestro entrañable psicópata, que se cobró con sus purgas unas 80 víctimas en total. Aparte los que después fueron condenados por haber participado en ella, porque esta historieta, más allá de las ingentes cantidades de anécdotas coloristas tipo Puerto Hurraco, enfadó muchísimo a Felipe II. Lógicamente, pues si bien era el producto del sueño de una mente sanguinaria y enferma, dejó bien a las claras el precario estado real del orgulloso y sobre el papel invencible Imperio de los Habsburgo españoles. El más extenso y rico de los reinos de Felipe estaba a merced de cualquier grupo de hombres armados lo suficientemente faltos de escrúpulos, como pronto iban a comprobar los abundantes enemigos de la Monarquía hispana. Estamos aún en la época anterior a las grandes fortificaciones defensivas, la explotación sistemática de la riqueza natural americana y la feroz guerra contra la piratería; la mayoría de fundaciones coloniales son modestos pueblos de varios cientos de vecinos casi completamente indefensos.

Por eso, todo aquél que firmó la famosa desnaturalización fue perseguido con saña por todo el continente y ejecutado por orden del rey (por ejemplo, nuestro gourmet Llamoso). Excepto quienes pudieron aportar pruebas en su favor, o mejor dicho tergiversar los hechos por falta de testigos incriminadores vivos, entre los que contamos al escribano Pedrarias de Almesto, que para fabricarse un alegato no tuvo mayor problema en plagiar la crónica de Francisco Vázquez, otro marañón, añadirle cuatro parrafitos y poner su nombre en el texto.

Se habrán dado cuenta de que se trata de una truculenta historia, y de que tenía yo razones sobradas para abrir la serie con este tremebundo personaje, pero seguro que tampoco se les ha escapado las posibles utilizaciones interesadas del relato. De hecho, yo mismo he tenido que ponerme un tope a los chistes sobre política vasca contemporánea, que no me digan que no se presta. Pero más allá de las chanzas, es una historia demasiado apetitosa para que pasara desapercibida a todo Padre de la Patria que se precie; nada menos que Simón Bolívar se hará eco del asunto, presentándola como la primera declaración de independencia de la historia de América. Qué más da que fuese la cobertura legal de una futura rapiña, que allí no hubiese ni “pueblo oprimido”, ni patrias ni nacionalismos. En política todo vale y el Libertador necesitaba seguramente un antecedente donde legitimarse. Como ven, la tontuna no tiene fronteras de espacio ni de tiempo. Ni tampoco los problemas mentales; no saben ustedes lo que me está costando decidirme por uno en concreto para escribir la siguiente entrega.

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