Butifarras Imperiales – L’Onze de Setembre, res a celebrar?

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Estaba reflexionando desde mi convalecencia, una vez terminada la serie de la Reconquista, que alguno de ustedes podría pensar que en la tarea esta de poner mitos en solfa no dedico el suficiente esfuerzo ni atención a las sensibilidades autonómicas de Iberia, que suelo centrarme en mitos centralistas y mesetarios y dejo de lado las mentiras historiográficas vernáculas. Y esto no puede quedar así, por lo que en homenaje a los veinte años que llevo viviendo en Cataluña, voy a dedicar un artículo entero a la que probablemente lleve camino de ser la leyenda más ubicuamente coñazo de la historiografía local, sobada y repetida hasta el hastío, la favorita del nacionalismo indígena y por descontado la que cuenta en su haber con el más sonrojante cúmulo de falsedades y despropósitos a cuestas. Es la hora de irnos a los tiempos del maligno monarca Felipe V de Borbón, perseguidor sañudo (y francés, no hay que olvidarlo) de cualquier cosa con barretina que se mueva en el horizonte. Concretamente nos iremos al 11 de Setiembre de 1714.

En este mito comprobamos un fenómeno curiosísimo, equiparable tan solo a nuestra cansinísima guerra civil; cuanta más información hay disponible y más trabajos se publican sobre el asunto, más mentiras se le añaden al relato histórico y más se oscurece el panorama. A cualquier observador casual y a ser posible foráneo que se dé una vuelta por el Principat y pregunte sobre el asunto, se le informará en los mismos términos histéricos: 1714 fue una guerra en la que España, con su malvado rey Felip V a la cabeza, invadió Cataluña para destruir sus libertades y someterla a las opresivas leyes de Castilla, reprimiendo todo lo que oliese a catalán con el Decret de Nova Planta en la mano. Tal disparate, salido de donde todos nosotros sabemos, tiene su corolario en la actualidad; 300 años después, los auténticos patriotas continúan la lucha para recuperar las libertades perdidas y defender Cataluña, una lucha ininterrumpida desde entonces. El sesgo político es evidente, como patente es en la fábula esta el modus operandi nacionalista, que se remonta a tiempos anteriores a su propia existencia para legitimar un objetivo político moderno por la vía de mezclar churras con merinas. Y no se detiene ante nada, ni siquiera ante la lógica, pues el hecho de que un ciudadano europeo moderno, con todo lo que ha caído en la Edad Contemporánea en forma de revoluciones, ande suspirando por unas instituciones del Antiguo Régimen, representantes de una sociedad estamental e injusta, debería suponer la suspensión automática de voto o algo por el estilo, aunque más bien pone de manifiesto el fracaso del modelo educativo por estas tierras. Por otro lado, parece ser que disfrutar de instituciones democráticas y libertades personales y colectivas a años luz de lo que un señor de 1714 podría haber siquiera soñado tampoco les hace desistir de “la lucha”.

Sin embargo esta es la versión que se vende desde círculos nacionalistas, incluidos institucionales, y se ha convertido en un auténtico hit parade del que la gente de la calle no se hace ni la más mínima pregunta. Para acabar de arreglarlo, si le dan un poquito al Google, verán que en la mayoría de los casos las pocas voces discordantes proceden de organizaciones tan “independientes” como pueda ser HazteOír y se dedican a rebatir algunas de estas creencias sin dar una visión de conjunto ni por tanto explicar gran cosa. Y aquí por este hueco voy a tratar de colarme yo. Vámonos a 1700, que en Europa se están cociendo asuntos importantes.

Por estas fechas, el trono de España lo ocupa Carlos II de Habsburgo (Austria para los amigos), al que médicos y curanderos torturan con toda clase de mejunjes espantosos para lograr la imposible tarea de que esta pobre piltrafa humana, producto final de siglos de endogamia, sea capaz de concebir un hijo. Como viene siendo habitual, el dejar el destino de naciones enteras al capricho de los avatares familiares tiene sus riesgos cuando no se dispone de un heredero claro; aún en vida de Carlos II, era tan evidente su incapacidad para preñar a nadie que las cancillerías europeas hervían de actividad. Las mayores potencias europeas (Francia, Inglaterra y Austria) pactaban en público secreto el reparto de los territorios españoles, o lo que viene siendo lo mismo, perfilaban el nuevo equilibrio geopolítico a la espera de ubicar sus candidatos al trono. Por otra parte, el gobierno español trataba de asegurar un nuevo monarca que mantuviera todo el Imperio unido, viéndose venir lo peor. Se barruntan algunas disputas en el horizonte…son los prolegómenos de la Guerra de Sucesión española. No crean que se trata de un caso aislado, porque la seguirán otras como la polaca o la austríaca, pero en esta ocasión el revuelo mundial está más que justificado. España es ya una potencia de segunda fila, en crisis económica, incapaz de hacer frente a sus exigencias políticas y poseedora de algunos territorios en Europa (en Italia y los Países Bajos) modelo “cuñado gorrón”, que cuestan mucho de mantener, no aportan nada, pero que se conservan por cuestiones de prestigio familiar. Sin embargo, defiende con uñas y dientes algo que es el cuerno de la abundancia mundial, la joyita de la Corona y el motivo principal y casi único por el que todos pelearán ardorosamente; el monopolio sobre el inmenso e inabarcable comercio americano.

El mejor colocado para echarle el guante y conseguir que España abriera la mano es Luis XIV, rey de Francia, sobre todo desde que lograra la aceptación de su nieto, Felipe V el Retarded como sucesor. El caso es que contra lo que la mayoría cree, Felipe fue proclamado rey sin violencia, se plantó en su nuevo reino con su corte de ministros y espías franceses y procedió a hacer lo que hicieron previamente los Austrias; jurar los fueros y constituciones de los reinos orientales.

Esta coronación no le hizo demasiada gracia a la coalición anglo-holandesa, puesto que sus flotas ya comerciaban de contrabando con las colonias españolas, jugándose el tipo, y aspiraban desde su dominio marítimo a abrir la lata monopolística de Sevilla. Por eso se aliaron con Austria, enemiga tradicional de Francia y ocupante no menos tradicional del trono español, para comenzar las hostilidades contra el rey Sol y su nieto el solecito. Esta fase de la guerra fue naval principalmente; el territorio peninsular estaba en paz…hasta la entrada en la coalición de Portugal en 1705. Aquí ya empieza a ponerse la cosa un poco fea para los Borbones, porque desde el otro lado, los anglo-holandeses, cuya flota controlaba el Mediterráneo, trataron de poner el pie en el Oriente peninsular y captar adeptos para su causa, pillando al títere francés entre dos fuegos.

Y recordad, amiguitos, nada de casarse con los primitos. Luego pasa esto.

Y aquí empezamos con los mitos y leyendas y las confusiones interesadas. Es un hecho conocido que los reinos orientales (Valencia, Aragón y Cataluña) se inclinaron por el candidato austriaco, el Archiduque Carlos, mientras que Castilla optó por el Borbón; este reparto territorial de lealtades tan conveniente ha sido manipulado para presentarlo como un conflicto separatista, simplificándolo groseramente en última instancia como una guerra España (Castilla) vs Cataluña (o eso llamado Països Catalans), un inexistente conflicto de “nacionalidades”. Pero, si no es eso, ¿a qué se debe realmente esta distribución de los apoyos, presuntamente coincidente? Pues muy sencillo, tiene que ver con la política imperial de los Austrias. Mientras que para los reinos de la antigua Corona de Aragón, este periodo fue bastante boyante, escudados en sus fueros medievales para mantener al rey a raya, evitando reclutamientos y contribuciones monetarias al tiempo que se protegían sus intereses, para Castilla fue el timo de la estampita. El hecho de soportar en solitario todo el carísimo peso de la política familiar Habsburgo por Europa había hundido este reino en la miseria, a pesar de contar con los ingresos americanos. Arruinada y en galopante crisis, optó por el cambio de dinastía. Otra razón de peso fue el origen del nuevo monarca: los reinos orientales eran muy antifranceses (su enemigo secular), en especial Cataluña, que había probado las delicias de la ocupación gabacha tras la guerra dels Segadors.

Pero esto sólo es una visión bastante aproximada y chapucerilla, porque si nos acercamos con las gafas de ver a cada territorio, vemos que como buena guerra civil, dentro de cada casa había división de opiniones. Por ejemplo, el apoyo castellano era el de las bases populares; la nobleza de Castilla había ocupado tradicionalmente el gobierno con los Austrias, por lo que acogió al Borbón y sus ministros franceses de clase media con indiferencia y frialdad, cuando no hostilidad. En Valencia, un auténtico paraíso de opresión señorial, bastó con que los nobles se adhirieran al partido borbónico para que las masas, a las que los fueros se les daba una higa, se hicieran austracistas y desataran una serie de revueltas antiseñoriales que los ingleses utilizaron para, añadiendo su poder militar a la algarada, tener una base sólida en la Península. Mientras tanto, en Cataluña…

Casi todo el mundo cree que los catalanes entraron en las filas anglo-austríacas para defender los fueros contra el Borbón centralista, pero eso es una mentira como una casa de pagès. Las clases pudientes catalanas, que eran las que decidían, se metieron en harina por lo mismo que todos los demás; para meter el cazo en la rica sopa americana. Sí, queridos, desde más o menos 1680 las elites urbanas locales acariciaban la idea de abandonar el comercio mediterráneo y hacerse un huequito en el comercio de Indias. La guerra les dio una baza que jugar, pudiendo vender su alianza al mejor postor. Felipe había jurado ya las constituciones autóctonas, y además había llegado a España aleccionado por su abuelo en el cuidado especial de las relaciones con los catalanes, así que en 1701 les ofreció nada menos que un puerto libre con América, una compañía marítima y dos barcos anuales (les parecerá poca cosa, pero tengan en cuenta que el comercio Filipinas-México dejaba unos dividendos astronómicos y era un solo barco anual). Tan generosa oferta hizo dudar a éstos, que no veían claro que Felipe se saltara el monopolio sin problemas, además no dejaba de ser un francés, oiga. Por el otro bando, la voluntad anglo-holandesa de romperlo por la fuerza, el ofrecimiento de comercio libre con América y la protección del ejército austríaco y la flota inglesa, acabaron por convencer a las elites catalanas, que se pasaron a los Habsburgo supongo que asumiendo el hecho de que se jugaban su fuero por un puñado de dólares. Eso sí, un puñado muy grande; de nuevo el ánimo de lucro se alza triunfante, pero recuerden que hablamos de elites urbanas y comerciantes y artesanos enriquecidos.

En otras palabras, cada cual eligió para España el rey que mejor pensaba que le convenía. Típico de estas tierras, dirán ustedes. Pues sí, para qué negarlo. Les ahorraré los detalles de la primera parte de la guerra, que se desarrolló a la vez en España y en el continente, y pasaremos directamente a 1709. En este año, Luis XIV, al borde de la derrota total después de ser apalizado varias veces por los aliados, se planteó pedir la paz y dejar tirado a su nieto. Felipe optó entonces desmarcarse del abuelo (en apariencia, porque el ejército, las armas, los consejeros, ministros y todo lo demás que empleaba seguía siendo francés) y lanzar una lacrimógena proclama a sus súbditos, que poco acostumbrados a que un rey se pusiera de su parte, se le sumaron alegremente con los curas a la cabeza (y no es un recurso literario, el obispo de Murcia proclamó una guerra santa y reunió a 4.000 voluntarios para la toma de Orihuela). En 1710 una ofensiva austracista llevó al Archiduque a ocupar Madrid, que era patrullada por escuadrones de Miquelets catalanes. Pero la resistencia popular les obligó a recular y retirarse a Cataluña (Valencia y Aragón se habían perdido en 1707), sufriendo varias derrotas por el camino.

En esta fase del conflicto, Felipe ya había dejado claro que como ganase había alguien que se iba a quedar sin fueros, porque la elección de los catalanes le había dejado el camino libre para hacer lo que se suponía que un monarca absolutista tenía que hacer; abolir privilegios y constituciones feudales para sustituirlas por la maquinaria del Estado. Así que éstos estaban irremediablemente fiados a la suerte de su facción. Lo malo es que desde que saliera de Madrid por patas en septiembre de 1710, el aspirante don Carlos, tan absolutista como Felipe, empezaba a estar también bastante hartito de los fueros catalanes; necesitado de hombres y dinero, volvió a encontrarse lo que todos los anteriores monarcas habsburgo, el no por respuesta. Los catalanes se resistían a que el candidato gestionara directamente sus recursos. Viendo el panorama y tal como iban las cosas de bien en Europa, Carlos se largó de la Península; por su parte los ingleses se retiraron para firmar la paz en condiciones favorables. Por supuesto, en las negociaciones de Utrecht los aliados pasaron de los derechos tradicionales de Cataluña, y aceptaron tranquilamente el reinado de Felipe V y la constitución de Castilla para todo el reino.

– Ai, quin mal de cor !! – Osti, Rafel, no fotis, ara?

Y es aquí en 1714, una vez firmados los acuerdos de Utrecht, donde las autoridades catalanas, encarnadas en la Junta de Braços (por cada uno de los tres brazos o estamentos de toda la vida, clerical, nobiliario-militar y civil) tomó la absurda y suicida decisión de continuar la guerra hasta el final, declarándola formalmente, a pesar del aislamiento internacional y la derrota casi totalmente consumada. Esto condujo al famosísimo asedio, al mando del duque de Berwick, por el cual se tomó al asalto la ciudad, defendida por Antonio de Villarroel, militar que empezó la guerra en el bando borbónico, y el conseller Rafael Casanova, que se plantó en las murallas enarbolando la bandera de Santa Eulàlia, patrona de la ciudad (y no la senyera como se suele creer). Pero no había nada que hacer ante la superioridad militar borbónica, a pesar de la feroz resistencia; 40.000 soldados frente a una milicia de unos 3.600 hombres más los vecinos voluntarios. Villarroel juzgó más sensato capitular, pero el Consell dijo que nones, por lo que se resignó a resistir el último asalto. El texto del bando del 11 de Septiembre es muy curioso, aunque no tanto teniendo en cuenta lo que ya hemos explicado:

Se hace saber a todos generalmente, de parte de los tres Excelentísimos Comunes, considerando el parecer de los Señores de la Junta de Gobierno, personas asociadas, nobles, ciudadanos y oficiales de guerra, que separadamente están impidiendo que los enemigos se internen en la ciudad; atendiendo que la deplorable infelicidad de esta ciudad, en la que hoy reside la libertad de todo el Principado y de toda España, está expuesta al último extremo de someterse a una entera esclavitud. Notifican, amonestan y exhortan, representando así a los padres de la Patria que se afligen de la desgracia irreparable que amenaza el favor e injusto encono de las armas franco-españolas, haciendo seria reflexión del estado en que los enemigos del Rey N.S., de nuestra libertad y Patria, están apostados ocupando todas las brechas, cortaduras, baluartes del Portal Nou, Sta. Clara, Llevant y Sta. Eulalia. Se hace saber, que si luego, inmediatamente de oído el presente pregón, todos los naturales, habitantes y demás gentes hábiles para el ejercicio de las armas no se presentan en las plazas de Junqueras, Born y Plaza de Palacio, a fin de que unidos con todos los Señores que representan los Comunes, se pueda rechazar los enemigos, haciendo el último esfuerzo, esperando que Dios misericordioso, mejorará la suerte. Se hace también saber, que siendo la esclavitud cierta y forzosa, en obligación de sus cargos, explican, declaran y protestan los presentes, y dan testimonio a las generaciones venideras, de que han ejecutado las últimas exhortaciones y esfuerzos, quejándose de todos los males, ruinas y desolaciones que sobrevengan a nuestra común y afligida Patria, y extermine todos los honores y privilegios, quedando esclavos con los demás españoles engañados y todos en esclavitud del dominio francés; pero así y todo se confía, que todos como verdaderos hijos de la Patria, amantes de la libertad, acudirán a los lugares señalados, a fin de derramar gloriosamente su sangre y su vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España Y finalmente dicen y hacen saber, que si después de una hora de publicado el pregón, no comparezca gente suficiente para ejecutar la ideada empresa, es forzoso, preciso y necesario llamar y pedir capitulación a los enemigos, antes de llegar la noche, para no exponer a la más lamentable ruina de la Ciudad, para no exponerla a un saqueo general que profane los Santos Templos, y al sacrificio de niños, mujeres y a los religiosos. Y para que a todos sea generalmente notorio, que con voz alta, clara e inteligible sea publicado por todas las calles de la presente ciudad. Dado en la casa de la Excelentísima Ciudad, residiendo en el Portal de S. Antonio, presentes los mencionados Excelentísimos Señores y personas asociadas, a 11 de Septiembre, a las 3 de la tarde, de 1714»

Como ven, una proclama muy antifrancesa y bastante patriotera…española. He llegado a leer a algún simpatizante nacionalista afirmar que seguramente lo redactaron “obligados”, y para “evitar males mayores”, pero teniendo en cuenta que eran la máxima autoridad austracista y que realmente ahí se está llamando a las armas, es un argumento bastante ridículo, que remite a conspiranoias, manos negras y cosas turbias, con la conocida ventaja de su indeterminación, pudiendo ser el responsable tanto Mister X como Aznar o Darth Vader.

Ahí terminó el epílogo de la dichosa guerra europea (y civil para España), donde Inglaterra salió ganando bastante, arrancando un espacio comercial en América, España menos malparada de lo que se podría prever, ya que la pérdida de Italia y los Países Bajos era casi un favor, y los demás pincharon en hueso. Así que vamos con la posguerra en Cataluña que es el otro debate candente local.

El manual del buen nacionalista dice que se desató una represión tremenda, Felipe se cargó las “democráticas” instituciones de toda la vida de Dios, fusiló a mucho patriota y construyó una opresora fortaleza militar en la Barceloneta. Y por supuesto, que se impuso un modelo centralista borbónico con el castellano como azote de lugareños, tratando de borrar la cultura catalana a golpe de Decreto de Nueva Planta, y así se quedaron los locales de tristes y oprimidos hasta esta misma tarde en que escribo estas líneas. Como esto es un cuento chino, vayamos a desmentirlo por partes.

¿Qué supuso realmente la derrota para los catalanes? Una mirada al dichoso Decreto (venga, va, que son sólo 17 páginas y la mayoría es paja, hombre…) nos da unas cuantas pistas. Es evidente que la supresión de algunas de las instituciones tradicionales (Generalitat, Cortes, Consell de Cent y el sistema fiscal, las menores sobrevivieron) y su sustitución por Audiencias y otras organizaciones de un Estado más centralizado lo que hizo fue quitarle el poder político a la elite local, que seguramente rabió, claro. Sin embargo, esto se compensó a medio plazo con una manga ancha en el tema económico; para mediados de siglo, los catalanes ya comerciaban con América más o menos directamente, exportando productos agrícolas, textiles y sobre todo aguardiente.

En cuanto a la imposición del castellano y el opresivo gobierno, si se leen el Decreto, verán que la única prohibición lingüística consiste en la obligatoriedad de presentar las causas penales en castellano. Las clases populares (es decir la mayoría de la población) siguieron usando el catalán, al margen de los poderes públicos, que por aquel entonces, sobre todo la alta nobleza, se habían castellanizado bastante. Ya saben que en el Antguo Régimen los pobres en un lado y los ricos en otro…no, como ahora no, peor.

Donde lean Felipe V, imaginen a esta señora, la Princesa de los Ursinos, la verdadera gobernante.

Por lo que respecta al tiránico gobierno borbónico, pues no debió serlo tanto, porque no se registra ninguna insurgencia ni protesta posterior, aunque más allá de eso, la verdad es que fue más o menos igual que para el resto. El reformismo absolutista se quedó a medias, algunas entidades locales útiles sobrevivieron, y se hizo lo que se pudo y la elite dejó para cambiar la administración por un tipo más centralizado. Por ejemplo, para que el Principado contribuyera a las arcas reales, el sistema fiscal se sustituyó por un impuesto único, el catastro, que cosa rara en la historia de este país, era perfectamente pagable. No deja de ser irónico que las tintas nacionalistas se carguen contra José Patiño como máxima expresión de tiranía, dado que este ministro, nombrado Presidente de la Junta de Gobierno de Cataluña, era un superfuncionario, un auténtico “Paper Hero” de la administración, especialista en lograr un compromiso entre lo que le pedía su jefe y las necesidades de sus administrados.

En resumen, Cataluña siguió funcionando en todos los ámbitos, porque unas instituciones no son la única expresión de la identidad de un pueblo, y si bien a corto plazo su casta comercial urbana sufrió un parón en sus aspiraciones (no se pierde una guerra en vano) a medio plazo estaba en plena recuperación económica y disfrutaba de cierta prosperidad bajo el régimen borbónico. Como ven, se parece poquillo a la versión de moda, confeccionada por la burguesía decimonónica nacionalista, que pretendía legitimar sus aspiraciones políticas de entonces en un supuesto pasado hecho a medida.

¿Que qué fue de los patriotas del 11 de Septiembre? El que no tenía conexiones en el otro bando o se había distinguido demasiado sin ser de buena posición lo pasó bastante mal, algunos fueron fusilados tras la rendición. Pero en general, los principales actores no se puede decir que sufrieran demasiado; Villarroel huyó a Viena, fue deportado y salió de la cárcel en 1725, viviendo tranquilo hasta 1742. Rafael de Casanovas se las arregló para salir de la ciudad, fue perdonado cuatro días más tarde por Felipe V (que eso sí, le embargó los bienes) y ejerció la abogacía, muriendo en 1747 a los nada menos que 83 años de edad. ¿Qué por qué le hacen ofrendas cada año como si fuera un mártir? A mí qué me pregunta, oiga.

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