Guía de Supervivencia Ideológica – Socialismo (II) Banderita, tú eres roja

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Si se acuerdan aún de la última entrega de esta didáctica serie, habíamos dejado al socialismo adolescente bastante vapuleado después del fracaso de 1848, que se cerró por toda Europa con los ejércitos de varios países persiguiendo rojillos, nacionalistas y otras gentes con ideas peligrosas. En París, centro del rojerío revolucionario mundial, el levantamiento se salda con un balance de muchos obreros muertos, pocos réditos políticos, la bandera roja como nueva enseña de la ideología de la clase trabajadora y eso sí, con la burguesía bastante acongojada por lo que acaban de contemplar.

 

En principio no parece demasiado espectacular, pero algo se está removiendo en lo profundo: en este capítulo asistiremos a la madurez del socialismo como ideología, que se la va a aportar la irrupción estelar del tito Marx, así que, por si la historia de Europa en este periodo no fuese bastante complicada ya, de rebote me van a ver meterme de lleno en el que será posiblemente el barrizal más grande que se lea en esta bitácora; explicar el marxismo en unos pocos párrafos de forma clara y comprensible, y que se entienda su relación con el socialismo. En fin, sean clementes y misericordiosos. Sí, sí, sí, nos vamos a París.

 

En 1848, en plena Primavera de los Pueblos, se camuflaban en esta ciudad una serie de oscuros y minoritarios grupos alemanes, pero no hablamos de metal gótico; se trataba de exiliados cuya ideología política era demasiado radical incluso para el gusto de los protestones que encabezaron la Asamblea de Francfort (donde se reclamaba la creación de Alemania y otras medidas liberales). Lo importante es que para uno de estos grupos, un par de burgueses adinerados e intelectuales, Karl Marx y Friedrich Engels, escribieron un panfleto (el famoso “Manifiesto Comunista”), donde se daban unos cuantos trazos de lo que sería posteriormente el marxismo. Con la derrota de los revolucionarios, la pareja se exilió a Inglaterra, dado que Engels tenía unas fábricas en Manchester, y desde allí se organizaron, esperaron pacientemente una nueva revolución, pensaron mucho, mucho, mucho y finalmente en 1867, Marx publicó “El Capital”, cuyo volumen nos habla de la elevada exigencia de su empleo en el Museo Británico.

 

¿En qué consiste? El marxismo es, por encima de todo, una teoría socioeconómica completa, detallada, extensa, compacta y maciza cual kilo de concentrado de fabada. Se basa en la premisa de que todas las sociedades humanas se construyen desde la economía. En la base se encuentran los medios de producción, que hablando en plata serían tanto los recursos (la madera, comida y oro que recogen los campesinos del Warcraft) como los lugares donde se transforman en bienes (fábricas, talleres, granjas…). La posesión de estos medios es la madre del cordero, porque da lugar a una clase dominante, la que los tiene, y una dominada, la que le toca currar. Las relaciones entre estas clases opuestas y los medios de producción, determinan las sociedades; todo lo demás, ya sean instituciones, cultura, religión y mentalidad de la gente está fuertemente condicionado por ello y forman lo que Marx&Engels llamaban la superestructura. Así, el mundo antiguo era esencialmente una sociedad esclavista, el medievo una sociedad feudal, etc. Esto que acabo de contarles se llama, poco sorprendentemente, materialismo histórico, y los profesionales del ramo lo siguen usando; les confieso que leerse decenas de páginas sobre fluctuaciones del precio del trigo o remesas de plata americana y cosas así es un coñazo, pero enseña mucho.

 

Vale, ¿y esto qué carajo tiene que ver con el socialismo y lo que estaba ocurriendo en Europa? ¿Cómo llega a ser el armazón ideológico de los obreros? Pues para eso vamos a seguir por la propuesta política marxista, que como todo lo demás estaba muy influida por tres patas de un mismo banco; la Revolución francesa, la Ídem Industrial inglesa y la filosofía alemana, concretamente la de un tal Hegel y su dialéctica. El meollo del concetu se encuentra en el mecanismo de cambio social que propone Marx, y que no es otro que a través de la lucha de clases. Para Hegel, las ideas transformaban la sociedad, y se discutían mediante la dialéctica: a una tesis se le opone una antítesis. El contraste (la “lucha”) entre ambas da lugar a una síntesis, y este ciclo se repite siempre, por eso el mundo está en constante cambio. M&E estaban de acuerdo con esta dinámica, pero pensaban que las ideas no modelaban sociedades, sino al revés; las ideas surgían de una sociedad organizada alrededor de su economía, por eso decían que habían encontrado a Hegel boca abajo y le habían dado la vuelta.

 

En la Europa industrial del XIX, la clase dominante era la burguesía, que tiene los medios productivos, y por tanto, controla el Estado y maneja los resortes religiosos y culturales, es decir, la superestructura. La clase dominada, la obrera, es  oprimida por los capitalistas, siendo estafada en lo que se conoce como la plusvalía: en la venta de los bienes fabricados por ellos mismos, los obreros no ven un duro del valor añadido del producto de su trabajo, beneficio que se queda para él el empresario. Así que no le queda otro remedio que luchar (tesis contra antítesis), una lucha revolucionaria contra los burgueses; las sociedades cambian cuando cambia la propiedad de los medios productivos, que arrastra todo lo demás, superestructura incluida. De hecho, el obrero debe luchar por quitarles el control del Estado, estableciendo una dictadura del proletariado. Esa es la única forma de conseguir una igualdad económica y social, lo que conllevará, en última instancia, la desaparición de las clases sociales (síntesis), y la llegada de un nuevo mundo feliz, donde nadie pasará penurias, no habrá miseria y nadie volverá a rechazar tus proposiciones amorosas.

 

Currelas italianos yendo a negociar amistosamente con la patronal

Una filosofía tal habría sido imposible en una época menos dada a las revoluciones, y de hecho una de las acusaciones contra Marx es esa, su “presunto” extremismo, pero si tenemos en cuenta que los burgueses no habían tenido inconveniente en liarla parda para conseguir sus objetivos, ¿por qué no iban a hacerlo también los obreros? Los atractivos de esta ideología eran evidentes: para empezar su cientifismo, que le daba solidez frente al socialismo utópico anterior y sus aspiraciones de igualdad social. Pero además es que se basaba en hechos reales, puesto que la descripción negativa de Engels sobre el capitalismo, que hoy nos parece algo exagerada, era entonces completamente cierta: el obrero británico vivía en el límite de la miseria, trabajando por un salario bajísimo, daba síntomas de alienación psicológica y desestructuración social, el Estado era una propiedad burguesa del que estaban excluidos, mientras los pastores anglicanos se limitaban a pregonar resignación y ajo y agua (el opio del pueblo, ya saben). También su internacionalismo tenía cierta gracia; los problemas de los proletarios eran iguales en todos los países industrializados, y sus dolores de cabeza venían de los estados respectivos. El enemigo era el burgués, no el vecino del país de al lado. Por tanto, y por iniciativa de Marx, se convocó una Internacional Socialista en 1864, que pretendía ser el medio donde discutir y debatir planes de acción para la emancipación de la clase obrera, aunque la primera, que se celebró en Londres, juntó a Karl con los sindicalistas ingleses, algunos socialistas del continente y hasta con Mazzini, que era revolucionario republicano, sí, pero nacionalista.

 

Así que en los años posteriores a 1848, las teorías marxistas apuntalaron el movimiento obrero y le dotaron de celo revolucionario, profundidad ideológica y contribuyeron a organizarlo de forma coherente. El ritmo acelerado de industrialización de zonas como Bélgica, Alemania y el Norte de Italia, ayudaron a llenarlas de obreros y por tanto a propagar el socialismo, con su flamante marxismo debajo del brazo. Pero esta industrialización rampante contribuyó lógicamente también a crear mucho trabajo, por lo que los salarios subieron, los nuevos estados como Alemania o Italia tuvieron que ceder ante las demandas de sus masas, que no en vano habían ayudado a crearlos y las ansias revolucionarias remitieron. Poco a poco los obreros fueron entrando en los parlamentos y pactando con los capitalistas.

 

Así que como ustedes se imaginarán, bien pronto aparecieron los debates, las interpretaciones y las disensiones, a la hora de trasladar el marxismo, una herramienta ideológica, a la arena política. Los ortodoxos del asunto abogaban por una lucha sin cuartel contra el capitalista, hasta conseguir su desaparición; el obrero tenía que ser implacable, puesto que estaba librando una guerra contra el Estado burgués para conseguir el objetivo último de una sociedad igualitaria sin clases. Transigir o renunciar a esto era traicionar a la clase obrera. Esta era una postura bastante teórica y pajillera mental, por lo que era la favorita de los intelectuales socialistas (incluido Marx, lógicamente), por lo general burgueses que gustaban de hablar de tiempos históricos y cosas así. Además era muy revolucionaria, por lo que tenía bastantes adeptos en Francia, donde los currelas tenían una larga tradición peleona. Para esta facción, cada estallido revolucionario parecía anunciar el anhelado advenimiento de la sociedad ideal, y en el caso concreto de Marx, poder chulear a amigos y conocidos con la orgásmica frase “¿Veis como tenía yo razón?”.

 

La otra era un marxismo más atenuado e implícito; se basaba en la fuerza de la organización obrera y la presión política para conseguir mejoras del Estado, tanto laborales como sociales. Esta era más popular entre los miembros de las clases bajas, para los que un chelín semanal de más, un día festivo o un cuarto de hora adicional para comer era una mejora espectacular en su vida diaria, y los ríos de leche y miel derivados de los destinos históricos ineludibles y las dictaduras del proletariado les quedaban muy lejos. No se trataba de eliminar al capitalista sino de llegar a acuerdos con él. Estamos hablando del sindicalismo, preferido por el mundo anglosajón, que recordemos era el que contaba con más proletarios que nadie. Estas corrientes eran definidas por Marx, que aborrecía de ellas, como “oportunistas”, casi tan malos como los anarquistas, quienes preferían destruir directamente el Estado. Estos últimos eran ideológica y personalmente lo peor de lo peor para nuestro gurú, que se llevaba tan mal con el líder anarquista, un ruso barbudo y enigmático llamado Bakunin, que lo echó de la Primera Internacional en 1872. Pero estos se merecen un capítulo propio, así que los dejaremos aquí tranquilitos de momento.

 

Lo interesante y crucial (porque yo lo digo, obviamente) es la paradoja por la cual en los años dorados del marxismo, su fuerza se va a ir diluyendo a la vez que sus postulados van calando en la sociedad europea occidental; a medida que el obrero va alcanzando cotas político-sociales, la “lucha revolucionaria” va perdiendo fuerza. Un exponente de esta curiosa y no tan extraña paradoja lo tenemos en el episodio de la Comuna de París, en 1871.

 

Bismarck se las había arreglado para engañar a toda Europa, y en tres guerritas de nada, se había fabricado un Imperio Alemán reluciente y nuevecito. Condición sine qua non era darle una galleta a la Francia del pomposo Segundo Imperio, porque cuando el matón nuevo entra en el bar tiene que impresionar a la clientela para hacerse un prestigio. El caso es que la guerra franco-prusiana supuso el hundimiento del Estado francés y una victoria fulgurante de los alemanes, que con el emperador Napoleón III hecho prisionero, se plantaron a las afueras de París, que asediaron, solicitando la rendición francesa. En ese instante, los habitantes de la capital decidieron ocupar el hueco institucional, erigiéndose en la representación de Francia, y no sólo se negaron a rendirse, sino que proclamaron una república socialista. A la cabeza, por descontado, los obreros parisinos, que seguían cabreados y con sus aspiraciones insatisfechas; en un país a medio industrializar, lleno de pequeño-burgueses y campesinos, eran los obreros peor representados y con peores condiciones de toda la Europa industrial.

 

No es Dios, es Karl en su trono, en Karl..ovy Vary, balneario no demasiado proletario.

Los alemanes, escandalizados, no quisieron saber nada ante aquella subversión de las masas, y se apartaron un poco mientras los gabachos arreglaban sus estropicios internos; lo que quedaba del gobierno francés envió un ejército a París (esta vez contra su propia gente) que entró a sangre y fuego, en una lucha aún más feroz que la de 1848, y que se saldó con decenas de miles de muertos, 300.000 detenidos, miles de deportados a presidios coloniales y la inevitable derrota proletaria. Pero eso sí, a cambio, un superviviente de la Comuna compuso la Internacional, hit parade de la musicología obrera desde entonces hasta hoy. Este violento estallido tuvo efectos colaterales inesperados; se cargó la Primera Internacional, de la que la mayoría “oportunista” se retiró horrorizada, entre otras cosas porque no querían que los relacionasen con el revolucionarismo francés (recordemos que se ubicaba en Londres, donde vivía Marx) y provocó un enfriamiento de los más radicales. Los anglosajones de los dos lados del charco se centraron aún más en las trade unions como movimiento de presión  político-social obrera para lograr concesiones de los patrones y leyes favorables del Estado y los alemanes hicieron lo propio con Bismark, tras la fundación del partido socialdemócrata. Aunque tampoco se crean que este camino fue un remanso de paz; los norteamericanos sobre todo hacían gala de una cohesión y una solidaridad de clase muy importante, y la historia del sindicalismo estadounidense cuenta con bastantes episodios represivos y buenas dosis de violencia.

 

Con todo, la Revolución proletaria y socialista parecía alejarse definitivamente a finales de siglo, en la misma medida que se producían avances en la consideración social y económica de los obreros. Nadie lo puede saber con certeza, pero es muy posible que el marxismo hubiera cumplido su ciclo y su “misión”, pasando a la historia de las ideologías después de dejar su legado político en las cabecitas de los europeos, de no ser por un par de acontecimientos cruciales que lo volvieron a poner en la primera línea política mundial; estamos hablando de la Primera Guerra Mundial, y sobre todo, de la archiconocida, trascendente y fundamental Revolución Rusa. Ya, ya sé que se lo imaginaban, pero me gusta mantener el suspense hasta el final.

 

Como ya expliqué en los capítulos del nacionalismo, éste había conseguido imponerse al socialismo, en pleno descenso. Su fuerza era evidente, y se hallaba en uno de los fallos de base del marxismo; despreciar la importancia de la superestructura. En muchos proletarios y campesinos existían otras lealtades tanto o más importantes que la de clase, y por tanto, parte de su identidad; además de obreros, eran ingleses o franceses, católicos o protestantes, del Madrid o del Barça…lo que les alejaba un tanto del ideal socialista internacionalista y les hacía por tanto algo impermeables a las proclamas revolucionarias. Pero también vimos que el nacionalismo era una fuerza con un peligroso fondo expansionista y agresivo, lo que quedó demostrado en el pifostio que se lió en 1914. Las organizaciones obreras ya avisaron de ello, apuntando a la burguesía con dedo acusador y los hechos les dieron la razón; los millones de personas convertidas en puré en los campos de batalla europeos eran en su inmensa mayoría proletarios y campesinos, y el movimiento obrero revivió a caballo del fracaso del modelo de sociedad burgués nacionalista, que había conducido a una matanza sin precedentes. Pero es que encima el mundo asistió a uno de esos eventos tipo “en el lugar más inesperado salta la liebre” que lo pone todo patas arriba. ¿Por qué Rusia, se dirán ustedes? ¿Qué ha pasado aquí para que de pronto parezca que la profecía de Marx fuese a cumplirse?

 

En la concepción marxista, Rusia en concreto, o Europa del Este en general (para entendernos, añádanle el Imperio Austrohúngaro) eran una especie de territorio marciano, un anacronismo. El Imperio ruso era un vastísimo país enormemente atrasado donde la clase obrera apenas existía. Se trataba de una autocracia, que es la forma fina de decir que la dirigía la punta del miembro de un señor de la aristocracia, en este caso de la familia de los Romanov, donde hasta 1861 las grandes masas de población eran legalmente siervos de la gleba, analfabetos sin ninguna educación ni iniciativa (los mujiks). Los burgueses tampoco abundaban; la industrialización era bastante precaria, y en cualquier caso coto cerrado de unos cuantos poderosos, con el zar como principal beneficiado. El clero era especialmente militante, al servicio de su señor, y contribuía a mantener a la población embrutecida, servil e ignorante. La violencia era ampliamente utilizada por el aparato represor zarista, con la policía a la cabeza (la temible Okhrana) y la política exterior era de un imperialismo atroz.

 

Nada parecía presagiar una revolución popular en un régimen más propio de tiempos antiguos, pero hete aquí que las clases ilustradas eran una minoría bastante politizada y reformista. Se trataba básicamente de aristócratas, militares de alta graduación, científicos, funcionarios y gentucilla similar. Formaban la llamada intelligentsia, filo-occidental, descontenta, crítica con el gobierno del zar y la lamentable marcha del país y con cierta tendencia al romanticismo revolucionario. Que además era de corte bastante violento, por cierto; abundaban las organizaciones secretas subversivas y minoritarias y el gusto por el uso del terror. Uno de estos grupos terroristas, Narodnaya Volia (Voluntad del Pueblo), había logrado cargarse al zar Alejandro II, después de nosécuántos intentos. Muchos se encontraban exiliados en Occidente huyendo de la represión, y se empaparon de ideología revolucionaria, que adaptaron a la forma rusa de hacer las cosas, es decir, no muy sutilmente que digamos. Así que aunque a simple vista y con el manual de marxismo ortodoxo en la mano, en Rusia no se daban ni de lejos las condiciones necesarias para una dictadura del (anecdótico) proletariado. Sin embargo, resulta que el milagro de ver una república socialista viva y coleando llegará de la manita de esta minoría de clase elevadilla, en concreto de la de un señor de amplia frente, cabellera en retirada y perillita que responde al nombre de Vladimir Illich Ulianov, Lenin para los amigos. Ni que decir tiene que la impresión de ver el sueño húmedo de Marx hecho carne va a impulsar al socialismo a una tercera y apasionante etapa histórica, donde se va a convertir en un poder político de esos que inspiran respeto. Pero esta historieta de la resurrección, segundo advenimiento y caída ¿definitiva? del rojerío mundial la veremos en la tercera y última entrega, “Por un puñado de dólares”.

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