Fazañas Bélicas (IV): Macedonios a vencer

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Visto desde el resto de la Grecia Clásica, la verdad es que Macedonia es un país bastante raro. Aparte de encontrarse ubicado muy al Norte, peligrosamente cerca del límite de lo bárbaro, sus habitantes son desde luego peculiares; más altos y rubicundos que sus primos del Sur, hablan griego con un curioso acento y hacen gala de una forma de vida y unas costumbres un tanto rústicas. Por decirlo de otra forma, para los refinados y cultos ciudadanos de las polis, los macedonios eran una banda de brutos a medio desbastar, de los que incluso se debatía si eran propiamente griegos u otra cosa.

 

El caso es que eran gentes bastante asilvestradas; el paisaje de Macedonia presentaba un fuerte contraste entre el norte montañoso, donde crecían estos muchachotes (los seguidores fieles de esta bitácora ya saben que donde hay montañeses hay pelea asegurada), y que hacía de barrera natural contra las hordas de ilirios y demás gentucilla bárbara, y las llanuras boscosas del Sur, donde se criaban excelentes caballos. Sí, rubios del norte que hablan raro, tierras altas y bajas…una Escocia de la época. Teniendo esta dualidad geográfica en cuenta, y por lo que respecta a la organización política de estos palurdos los macedonios, para asombro de observadores modernos, no se produjo la aparición de dos identidades nacionales con derechos históricos milenarios que se tradujera en dos reinos separados, sino que formaban un reino que allá por el 350 a. de C. estaba en plena fase de cohesión.

 

Supongo que ya se habrán dado cuenta de que la combinación entre rudos montañeses, caballos, madera y presión de los bárbaros del Norte augura grandes dosis de diversión; el potencial militar es enorme. Potencial que no pasará inadvertido para el rey Filipo  II (“Bilipo”, según la pronunciación local), el muñidor de la cohesión nacional macedonia. Ya vimos que pasó su juventud principesca como rehén de Tebas, y esta temporadita por el Sur fue bastante provechosa para él; fue claramente consciente de las carencias macedonias, de todo lo que podían aprender del esplendor cultural y político de las ciudades-estado griegas, de su organización económica, social y militar. Pero también se dio cuenta de sus debilidades y miserias, de que la época gloriosa de las ciudades-estado tocaba a su fin, de los problemas que traía la eterna división griega, y en última instancia, de la siempre difusa (y sin embargo presente) amenaza persa. Así que cuando retornó a Macedonia se puso manos a la obra, con el nada despreciable objetivo de hacer a su reino una potencia mundial. Para ello no sólo construyó palacios, o fichó a Aristóteles como maestro de su nene Alejandro, a ver si se le pegaba algo de cultura, sino que utilizando los recursos que hemos visto antes (madera, muchachotes y caballitos), diseñó una maquinaria bélica que no tuvo rival durante por lo menos 200 años, hasta la llegada de los romanos.

 

El ejército macedonio presentaba muchas diferencias estratégicas y tácticas con respecto a las conocidas falanges de las polis sureñas, muchas derivadas del hecho de que sociopolíticamente Macedonia y el resto de la Hélade se parecían como un huevo a una castaña. Macedonia era un reino, no una ciudad-estado, no disponía de cientos de miles de esclavos que trabajaran para que un grupo de ciudadanos ociosos se dedicara a la política, la filosofía o la guerra cuando tocaba; los campesinos macedonios eran hombres libres locales que siguieron a sus cosas, porque allí la política la dictaba la casa real. Así que la primera y crucial diferencia militar la encontramos aquí: el ejército macedonio era permanente, no de ciudadanos reunidos para la ocasión, y sus soldados, profesionales y puntualmente pagados (sobre todo desde que las minas de oro del Pangeo cayeron en poder de Filipo), dedicaban todo el año a entrenar, entrenar y volver a entrenar. Nada de aprovechar el veranito para coger la armadura que heredaste de papá para darle una castaña a los corintios y volver para la siega; los macedonios peleaban en invierno y en verano, y el armamento era todo igual, fabricado y suministrado por el Estado. Añádanle a todo esto otros beneficios de un ejército profesional: férrea disciplina y una organización superior a la de cualquier potencia helena.

 

Pero además de esto, Filipo vino con la lección de Leuctra bien aprendida, y procedió a reformar la falange a la macedonia (adelante, hagan el chiste de las frutitas). Al eliminar el hoplón y sustituirlo por un escudito de mimbre embrazado, la nueva falange de los rústicos norteños estaba más ligeramente acorazada, por lo que era mucho más maniobrable que la clásica, y su arma principal la constituía una lanza de nada menos que 5 metros, la sarissa, bicharraco que se manejaba a dos manos. En otras palabras, no sólo era más rápida a la hora de desplegarse y moverse, sino que quedaba fuera del alcance de la caballería y las falanges enemigas de tipo tradicional, al tenerla más larga. La lanza, se entiende.

 

Como nada en este mundo sale gratis, esta falange era más vulnerable a las flechitas y otras cosas de lanzar a distancia, así que para compensar, Filipo la dotó de protección adicional, pero independiente y autónoma; creó una nueva unidad a la que llamó “los compañeros del escudo”, también conocidos como hipaspistas. Se trataba de infantería ligera, armada con lanzas cortas, cuya misión principal era formar en paralelo a la falange, llevando los escudos imprescindibles para darles cobertura, pero además resulta que estos tipos eran los cabrones más duros de toda Grecia, unas auténticas fuerzas especiales, entrenadas para combatir cuerpo a cuerpo (cosa que los falangitas no podían hacer). Estas fieras estuvieron en primera línea de todos los saraos importantes.

 

Para calibrar la magnitud de las innovaciones filípicas, tengan en cuenta que hasta entonces el arma tradicional de los macedonios era lógicamente la caballería, que cómo no, también reformó, convirtiéndolo en el complemento ideal de la falange: mientras éstos fijaban al enemigo moviéndose hacia ellos con sus enormes sarissas, aquellos cargaban contra el inmovilizado oponente por los flancos, enviándolos contra las lanzas. Esto se llamó la táctica del yunque y martillo. Aunque Filipo empleaba caballería tesalia, ligera e incluso lanceros portadores de sarissas a caballo, el cuerpo principal lo formaba la aristocracia del reino, que militaba en la caballería pesada, los famosos hetairoi. Estos jóvenes, robustos y principescos efebos, que recibían una esmerada educación para parecer presentables, adoraban el ideal homérico de héroe, y se dedicaban casi por completo a entrenarse en la caza a caballo, hacer ejercicio, beber y comer y… bueno, ¿es que se lo tengo que contar todo o qué? La cuestión es que aportaban el liderazgo del ejército y soporte a esta “ideología” panhelénica y heroica que guiará al rey Filipo en sus aspiraciones “imperialistas”.

 

A ver quién es el guapo que les mete mano a estos...

Con estas credenciales, después de arreglar unos asuntillos internos con unas cuantas raciones de leches, y foguearse un poco con los ilirios, Filipo se lanzó a la dominación de toda Grecia. Su primer objetivo y principal rival fue Atenas. Por aquella época, esta ciudad era una especie de Real Madrid del segundo florentinato: acumulaba mucho prestigio de glorias pasadas, referencia de prácticamente todas las demás polis, pero a la hora de la verdad, le faltaba músculo competitivo. Filipo lo sabía, así que se dedicó a provocar al líder ateniense Demóstenes, creando innumerables incidentes diplomáticos (como apoyar a enemigos de los atenienses, o cortarles el acceso a metales preciosos) que iban acompañados de las consiguientes guerras; someter a Atenas era la clave para la caída de las demás, así que nuestro rey reformista percutió duro contra los habitantes del Ática. Pisó cada charco que las frecuentes disputas entre ciudades creaban (Tercera Guerra Sagrada, Cuarta Guerra Sagrada, etc, etc, etc.) y se convirtió en el matón del barrio cuando se hizo con el control del  Oráculo de Delfos; a cambio de perder un ojo de nada había puesto a Atenas de rodillas.

 

Otra polis importante, tradicionalmente de segunda fila, pero que gracias al jogo bonito de la disposición oblicua de su falange, se había aupado a la cabeza militar de Grecia, al mando de su míster Epaminondas, era Tebas. Así que Atenas se alió con ésta y cogidas de la mano, dieron batalla en Queronea, 338 a. de C. Aquí el rodillo bélico macedonio se crujió alegremente a la crême de la crême del ejército tebano, liquidando enteramente a su unidad de elite homosexual, el Batallón Sagrado, que aguantó firme en su sitio hasta la caída del último sarasa. ¿El autor material? Alejandrito, que comandaba los 1.800 hombres de la caballería macedonia con sólo 18 añitos de edad.

 

Tebas fue arrasada y “Bilipo” se erigió en Hegemón de toda Grecia (salvo Esparta). Pero hete aquí que después ocurrió aquello tan oscuro del asesinato del rey tuerto, con una buena lista de sospechosos detrás: su exmujer Olimpia, mami de Alejandro, Demóstenes, el rey persa… ¿quién lo mató? Misterios de la historia, nunca se sabrá. El caso es que después de un montón de purgas, asesinatos políticos e intrigas se impuso la figura de Alejandro como nuevo rey de Macedonia. Que enseguida, con su inseparable Iliada bajo el brazo, se puso a la cabeza de Grecia entera (salvo Esparta), para acometer el sueño más morboso, el mito más húmedo, la cuenta más vieja por saldar de todo heleno que se precie: la conquista del Imperio persa.

 

Con 30.000 malditos bastardos, más 7.000 que le prestaron el resto de griegos (salvo…ya, ya lo dejo), Alex puso el pie al otro lado del Bósforo. Los primeros avances fueron complicados, puesto que Darío, el rey persa, disponía de eficientes mercenarios griegos, al mando del no menos eficiente Memnón de Rodas. Este concibió una táctica que atacaba directamente al estómago del ejército invasor; la tierra quemada. Con suministros para un mes, seguramente habría dado resultado conforme los macedonios se dedicaban a dar vueltas por el interior de la actual Turquía, pero hete aquí que el ejército persa estaba dirigido por un grupo de sátrapas, que además de generales eran gobernadores del Imperio, y no les hizo demasiada gracia ver sus regiones arrasadas, así que pasaron de la sugerencia de Memnón, que ni siquiera era de allí, y presentaron batalla en la orilla del río Gránico (334 a. de C.), siendo pulverizados por el fulgurante asalto de la máquina macedonia de picar carne, que cruzó el río pillando al enemigo por sorpresa. Eso sí, el Hombre estuvo a punto de palmar aquí; era un general que tomaba muchos riesgos y fue herido muchas veces, seguramente llevado por el deseo de emular a sus héroes de acción y también quizá para compensar su reducida estatura, comparada con el canon macedonio.

 

A partir de ahí, la historia que ya conocen de sobra todos ustedes, así que me la ahorraré y comentaré los aspectos más castrenses del asunto. Liquidados los mercenarios griegos, sus unidades más poderosas y mejor “blindadas”, Darío tuvo que compensar reuniendo un ejército cada vez más y más grande, que si bien era muy vistoso, su capacidad operativa era bastante limitada: un amontonamiento de unidades procedentes de cada satrapía, algunas muy exóticas y muy distintas entre sí, como corresponde a un imperio tan extenso y multinacional, con su propio armamento, tácticas, oficiales y lengua. Ya supondrán que así la flexibilidad táctica y actuar de forma coordinada y eficiente son imposibles. Además, estaban ligeramente armados y protegidos, por lo que no tenían muchas opciones frente a la falange macedonia, hecha para combatir en terreno llano e insuperable en cargas frontales.

 

No es de extrañar por tanto que a pesar de su aspecto impresionante, como diez veces mayor que el de los griegos, en la conocidísima batalla de Gaugamela (331 a. de C.), la formación persa hiciera el ridículo y acabara poniendo pies en polvorosa. A las primeras señales de flojera, y después de la espantá del Rey de Reyes al ver a la caballería de los hetairoi precipitarse directamente contra su careto, ya me dirán ustedes qué podría llevar a un fulano de la Bactria, la Sogdiana o algún otro remoto y pedregoso rincón del Cáucaso, cubierto de tules y armado con una espadita, a permanecer firme en su puesto y ofrecer encarnizada resistencia a aquellos tipos tan brutos. En la pesadísima película de Oliver Stone sobre el muchacho encontrarán una fantástica recreación de este combate, no en vano estuvo asesorado por el profesor Lane Fox, un auténtico crack.

 

Ya sé que tenían otra idea de una unidad especial de elite, peeero...

Como son ustedes muy sagaces, se habrán dado cuenta de que todas estas batallas tan famosas tuvieron lugar en el vado de algún río. De hecho, si son lo suficientemente valientes como para darse una vuelta por la historia de la Antigua Grecia, verán que los nombres de las batallas se repiten. No es un fenómeno casual; cuando oímos hablar de guerritas, nosotros, hombrecillos posmodernos, evocamos carros de combate, helicópteros, vehículos de toda clase y pequeños grupos de infantería saltando de aquí para allá en cualquier punto de la geografía mundial. Desde la Antigüedad, y al menos hasta el final de la Edad Moderna esto no era así. Poner un ejército grande en movimiento era carísimo para los medios productivos preindustriales, así que una vez hecho esto, había que guerrear sí o sí. Y como la infraestructura logística era limitada (caminos, puertos, barcos y mulas, para entendernos), se solía mantener agrupado, por lo que las batallas eran una especie de encuentro medio (o totalmente) pactado. Además, había que escoger el terreno adecuado para desplegar a tanta gente, por lo que normalmente se trataba de lugares estratégicos como pasos entre cadenas montañosas o vados de ríos, y de terreno más o menos llano o con pequeñas elevaciones, para poder maniobrar: el que llegaba antes al lugar, elegía el sitio bueno. Como tampoco abundaban los escenarios que reunieran todo esto, se sucedían varias batallas de las Termópilas, Mantinea o Cinoscéfalos, para desesperación de los escolares del futuro.

 

Pero volvamos al lío; concretamente entre la campaña del Gránico y el decisivo choque de Gaugamela, Alejandro tomó una importante decisión estratégica. Igual que la Vivian Leigh, juró que nunca más volvería a pasar hambre y fue derechito a deshacerse de la flota persa, que le cortaba las vías de suministros…y que en realidad era fenicia. Así que realizó una campañita por lo que hoy llamamos Oriente Medio, donde la modalidad estrella de enfrentamiento bélico fue el asedio. Tiro, que se creía invulnerable a un asalto, y que se resistió durante meses, y Gaza, fueron tomadas por la tenacidad macedonia y la habilidad de sus ingenieros a la hora de construir terraplenes, torres de asedio flotantes, arietes, catapultas y demás cacharrería.

 

Como ya habrán leído catorce libros y visto seis películas sobre el tema, ya conocen el resto del invencible periplo de los macedonios por Egipto y toda Asia Menor hasta alcanzar la India, momento en que se le declararon a Alejandro en huelga, porque la mayoría llevaba años sin pasar por casa y arrastrar la cornamenta por desiertos y junglas se les hacía un poco pesado. Y que además, ellos habían ido allí a cargarse al persa, y eso ya estaba terminado, así que cual funcionarios hispánicos, estaban deseando vivir de rentas de una santa vez.

 

A la muerte de Alejandro, uno de los pocos comandantes de la Historia que jamás fue derrotado, su imperio se fracturó, presa de las continuas luchas internas de sus generales y sucesores, conocidos como los Diadocos y que les aseguro que es un jaleo monumental, porque además los muy graciosetes se llaman todos igual. Una colección de Antígonos, Ptolomeos o Seleucos en orgías apuñaladoras o envenenadoras que les ahorro porque les aprecio sinceramente. La cuestión es que debido a esto, mucha gente tiene la curiosa idea, fomentada además en los colegios, de que la “aventura” de Alejandro, aparte del rastro de gloria inmortal, fue efímera y se diluyó tan pronto murió el héroe. Que queda muy romántico, pero es mentira cochina. El legado de Alejandro fue inmenso, y duradero en el tiempo; hablamos del llamado periodo helenístico. Los griegos emigraron en masa desde su cochambrosa península y se dispersaron por toda Asia Menor, formando la clase dirigente de la región, convirtiéndola en la más rica de todo el mundo antiguo y dejando su inconfundible sello cultural incluso en sitios tan improbables como la India. ¿Por qué se creen ustedes si no que en el Imperio romano de Oriente todo el mundo hablaba griego? ¿De dónde piensan que sale después Bizancio así de helenikí y pizpireto? El idioma del primer cristianismo no hace falta que les diga cuál es, ¿verdad?

 

Pero volvamos a la cosa bélica, que me disperso. De las luchas surgieron tres poderosos estados; el Imperio Seléucida, el Egipto Ptolemaico y la propia Macedonia, que tenía más o menos sujeta a Grecia entera. Todas estas entidades políticas se sostenían en la inconfundible herencia de la gloria de Alejandro: su rey-guerrero era también el jefe del ejército y su valía se medía según las victorias en combate, por lo que estaban continuamente en guerra. Un rey derrotado era un mal rey, independientemente de su gestión de gobierno, mientras que uno vencedor se podía proclamar pomposamente “Soter” (Salvador) o cualquier adjetivo por el estilo y se le adoraba como un dios benefactor, aunque fuese un manirroto. Así que en todos estos reinos, el ejército era la base del gobierno y del Estado, y tenía un carácter dual, pues por un lado el núcleo principal (y elite) lo formaba la falange griega de tipo macedonio, alrededor de la cual se añadían unidades autóctonas con sus propias técnicas de combate. Todo bajo el mando de oficiales griegos, por supuesto; un perfecto reflejo de la sociedad que representaba. Durante un par de siglos casi, la forma de guerrear no varió de lo que hemos comentado más arriba, destacando por ejemplo auténticos especialistas en técnicas de asedio, como Demetrio Poliorcetes (Asaltaciudades); de hecho en algunos textos castrenses verán referirse a este “arte” como poliorcética.

 

Hasta que uno de los Ptolomeos tuvo la osadía de entrenar una unidad egipcia como si fuera una falange, pero esta “innovación” no duró demasiado tiempo, porque por entonces ya habían hecho su aparición en Grecia esos tipos que una vez que los invitas por obligaciones estratégicas, no se van y encima te persiguen a todas partes, sin que haya forma humana de quitárselos de encima. No, los primos del pueblo no, hablo de los romanos. Una vez puesta la patita en Iliria, en cuanto el avaricioso Senado comprobó que podía sacar tajada, empezó a meterse en los asuntos griegos de ambos lados del Egeo. Después de la alianza con Pérgamo, ya no hubo vuelta atrás. Perseo, sucesor del Filipo V (acérrimo enemigo de Roma) en el trono Macedonia, intentó frenarlos y les presentó batalla decisiva en Pidna (168 a. de C). El cónsul Lucio Emilio Paulo acabó para siempre con la hegemonía militar griega y mandó la falange a dormir el sueño de la historia gracias a una formación mucho más flexible, la legión romana: en cuanto vio a la falange desmontarse subiendo por el terreno accidentado, mandó a sus enjutos soldados armados con los pequeños gladius a que la flanquearan, se colaran por los huecos y rajaran a aquellos rubiales grandotes e indefensos, cuyas sarissas resultaron absolutamente inútiles en el cuerpo a cuerpo. Desde entonces, Roma dominó toda Grecia, europea y asiática, durante siglos. Pero del más eficiente ejército de toda la historia y sus temibles legiones hablaremos en las próximas entregas, empezando por “Legionarios de la Antigua República”.

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