Guía de Supervivencia Ideológica – Socialismo (III) Por un puñado de dólares

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Emulando a Tolkien, cerramos esta magna obra en tres plomizos capítulos, tres, y por supuesto dejando la emoción, el suspense y las apoteósicas batallas finales para el último, porque aunque no lo parezca, aún nos queda por contar lo mejor de “El Señor de los Martillos” (perdón, perdón…no he podido evitarlo). Con el permiso de los lectores, vamos a desplazar el epicentro del socialismo bastante hacia el Este, en concreto hasta la misteriosa y extensísima Rusia.

 

Si rebobinamos un poquito la cinta, y me hacen un poquito de memoria, que siempre me toca ocuparme a mí de todo, el socialismo marxista se había dividido hacia finales del XIX en dos corrientes principales; la blandita, partidaria de pactar (o pelear) mejoras sociales con el patrono y el Estado burgués, y la revolucionaria dura, que prefería eliminar clases dominantes y tomar los mandos del Estado. Pues los exóticos socialistas rusos, que se hallaban desperdigados por toda Europa Occidental huyendo de la policía zarista y sus campos de reeducación en lugares muy, muy, pero que muy fríos, no eran una excepción. En un congreso clandestino celebrado en 1903 en Londres, se dividieron correspondientemente en mencheviques (“los de la minoría”) y bolcheviques (“los de la mayoría”). Como a la luz de los motes no creo que haga falta decirles qué postura se impuso, mandando al otro a las tinieblas de los menosmola, vamos a examinar de cerca su ideario, y a su líder, un tal Lenin. Y además, a ver cómo les explico la Revolución Rusa de forma coherente pero resumida.

 

Lenin era un marxista revolucionario y ortodoxo, pero como también era ruso y conocía su país, le dio a la teoría un tinte un poco más acorde con el gusto local. Para él no era posible una revolución obrera en la que las masas en bloque tomaran el control del Estado así por las buenas; esto debía hacerlo una minoría obrera preparada, lo que llamó la “Vanguardia del Proletariado”. En otras palabras, teniendo en cuenta la nula formación y motivación de la inmensa mayoría de las clases populares rusas, no se podía esperar dejarles los mandos del cacharro. Este es el matiz esencial del leninismo, en el fondo una puesta al día de la esencia del marxismo clásico. Por lo demás, Lenin compartía la idea de quitarle el control de los medios a los burgueses y todas estas cosas que les expliqué en su momento. El resto se lo voy a ir contando a medida que vayan ocurriendo sobresaltos en Rusia, porque la aplicación práctica del marxismo corre paralela a las complicadas desventuras de esta nación.

 

Resulta que en 1905, y obviando completamente el estado de miseria, corrupción, inoperancia y atraso de su Imperio, al zar no tiene otra ocurrencia que enzarzarse en una pelea de gallitos con la única potencia oriental pujante; el Japón. Este conflicto bélico no sólo se saldó con un ridículo estrepitoso del ejército zarista, sino que los gastos del festejo fueron demasiado para lo que podía soportar la infortunada población rusa. Una manifestación pacífica en San Petersburgo pidiendo ayuda al zar fue sangrientamente escabechinada por los jinetes cosacos y el pueblo ruso se dio cuenta de que a lo mejor el zar no es que no supiera de sus sufrimientos a manos de los ricos, sino que le importaban un carajo. Estallaron motines por todo el país, y Nikolai III Romanov, viéndole las orejas al lobo, autorizó un parlamento (la Duma) y prometió que sería bueno y reformista. Pero en cuanto los revolucionarios se fueron a sus casas y las aguas se calmaron, volvió por sus fueros autocráticos, con cierto disimulo, eso sí, y disolvió la Duma cada vez que no le gustaba su composición al tiempo que perseguía rojillos con saña.

 

Esta actitud irresponsable le saldría cara menos de diez años después, cuando se metió  imprudentemente en una nueva guerra, en este caso la I Guerra Mundial. Esta vez no le salió tan bien la cosa; las espectaculares derrotas frente a los alemanes, la miseria, la pobreza, el hambre y el descontento estallaron de nuevo y el Imperio colapsó. En Febrero de 1917, tras perpetrar dos millones de deserciones del frente y galvanizados alrededor de los soviets (asambleas de obreros, campesinos y soldados, creados en 1905 como plataformas políticas), los rusos se rebelan de nuevo contra su amo. Y esta vez, para sorpresa del propio Lenin, se salieron con la suya. El gobierno alemán vio la ocasión de añadir gasolina al fuego de su enemigo y mandó por vía certificada a Vladimir Ilich desde Suiza a Rusia directamente en tren blindado. Esta decisión, si bien parece correcta desde la lógica de meter cizaña y ganar la guerra, a largo plazo le salió por la culata a los germanos, como veremos.

 

Esta primera revolución de Febrero forzará la abdicación del zar y colocará en el gobierno provisional a una coalición de moderados, entre ellos socialistas mencheviques. Pero el gobierno fue incapaz de reformar nada de forma efectiva y encima optó por seguir la guerra con Alemania, cosa que los marxistas había rechazado de plano. Como resultado, los bolcheviques, menores en número pero bien organizados,  con un liderazgo fuerte (no hace falta que les diga de quién, ¿no?…cortesía de Alemania) y dominando las ciudades importantes se alzaron de nuevo con las masas detrás y dieron el golpe mortal al gobierno provisional ruso. Esta es la de Octubre, la más conocida. Los soviets se alzaron finalmente con el poder, y se dedicaron a neutralizar a la oposición por las buenas o por las malas, incluida la familia Romanov al completo, hecho lamentable que ha dado lugar a montones de novelas y películas con el drama de la princesa-niña Anastasia a cuestas. Por el contrario, el drama de los muchos miles de campesinos-niños muertos por las decisiones de papá Nikolai no han dado ni para un triste musical, cosas del clasismo. Pero volvamos al meollo que me disperso. ¿Qué dice la teoría en este punto? ¿Qué toca ahora según el manual del buen socialista?

 

Bonita alegoría del estado de la URSS en 1920, en la frente de Lenin

Bien, una vez triunfante la clase obrera y tomado el control del Estado, el proletariado debe desmantelar el sistema capitalista burgués, para reemplazarlo por un Estado socialista, y en última instancia, una sociedad comunista. Y ahora viene la pregunta crucial que todo el mundo se hace. ¿Qué diferencia hay entre socialismo y comunismo, eh? Bien, aquí vamos a entrar en materia teórica, no me digan que no les aviso. En realidad, el socialismo sería un paso intermedio entre el capitalismo y el comunismo; una transición imprescindible para transformar una sociedad (lean también economía) capitalista en el ideal marxista de la sociedad sin clases y sin Estado donde todo el mundo cría pancilla, liga y es feliz. Es decir, la dictadura del proletariado es sólo un recurso temporal mientras estamos en obras, al igual que las dictaduras de los antiguos romanos. Seguro que los más avispadillos se preguntarán cómo se consigue eso de la igualdad y la desaparición de la propiedad privada de los medios de producción. Pues muy fácil, como el Estado somos todos, automáticamente todos los medios productivos pasan a ser del Estado (proletario), que será en adelante quien planifique la economía.

 

Este concepto, la economía planificada, es el comunismo hecho carne, y seguro que a todos ustedes les es familiar, pero sobre todo a los asalariados. Ya saben, el Comité se reúne y planifica sus objetivos para los próximos cinco años. Después, una vez que se han puesto de acuerdo, salen sonrientes de la sala de juntas para disponer y dirigir todos los recursos a su alcance para conseguirlos. La herramienta que se emplea para ejercer el control de las operaciones es básicamente la burocracia, mayor cuanto más grande sea la escala que estamos empleando. Sí, si les ha recordado a su lugar de trabajo, es exactamente como suena; su empresa es un microcosmos comunista. No es casualidad, pues la idea de la planificación económica es de Engels (que les recuerdo que era empresario). Este hombre pensó que si una empresa privada funcionaba así y le iba bien, ¿por qué no un Estado entero? Obviamente, el objetivo cambia, pues en teoría un Estado, sobre todo uno proletario, debería tener como máxima aspiración la igualdad y la felicidad de sus ciudadanos, y no el cochino afán de lucro. Esto es suponerle mucha bondad al ser humano, pues hasta esa fecha, ningún Estado había tenido otro objetivo que acumular recursos, cuantos más mejor, pero estamos aún en la teoría y además se trata de mejorar, ¿no?

 

Pero no nos adelantemos. El primer movimiento de los revolucionarios rojetes en 1917 fue pedir la paz con los Imperios Centrales (Alemania & friends), pues tenían aún una guerra pendiente, al mismo tiempo que los contrarrevolucionarios (los rusos “blancos”) se resistían al poder socialista. Como el Ejército Rojo andaba en pañales, Trotski no tuvo más remedio que bajarse los pantalones hasta el tobillo en Brest-Litovsk y ceder enormes territorios, que se fragmentaron inmediatamente y pasaron a engordar los estados salidos del hundimiento de Austria-Hungría, o formar nuevos, como la República Popular de Ucrania, que se podría haber llamado tranquilamente Protectorado Para el Expolio Alemán, puesto que los teutones se llevaron hasta el último grano de trigo para su esfuerzo de guerra, dejando a los lugareños sin nada que comer. La Guerra Civil rusa añadió una importante cuota de dramatismo; los bolcheviques se convirtieron en impopulares al implantar el “comunismo de guerra”, que significa en la práctica quitarle los restos del pan de la boca a los campesinos para dárselo al Ejército rojo. También se dedicaron a liquidar a cualquier propietario agrícola que se resistiera a la expropiación. Los rusos blancos no fueron a la zaga y financiados y apoyados por todo Occidente, desde EEUU a Grecia, pasando por la Legión Checoslovaca o los polacos dedicados a rapiñar trozos de Bielorrusia, dejaron el país como un solar…otra vez. Pero el ejército creado por Trotski resistió y se impuso a sus enemigos definitivamente en 1921.

 

Por supuesto todas las clases dirigentes de Europa occidental miraron a la Unión Soviética con horror. No sólo tenían un estado proletario ahí, al ladito de casa, sino que aun tratándose de un país subdesarrollado, disponía de inmensos recursos humanos y naturales, y para colmo tenía reclamaciones territoriales. ¿Y si les salía bien la cosa? Nadie sabía si una economía planificada podía funcionar. El peligro potencial era enorme para la burguesía de los países industrializados, porque además, si se acuerdan, el movimiento obrero era internacionalista, y la aspiración nada velada de los soviéticos era extender la revolución por el mundo. Por otro lado, el milagro de ver triunfar a los proletarios en alguna parte del mundo hizo que a los socialistas ortodoxos de Occidente se les pusieran los ojitos como el gato de Shrek, lógicamente. El propio hecho de haber surgido de las cenizas de la Primera Guerra Mundial (hecatombe burguesa, nacionalista y capitalista, no lo olvidemos) y sobrevivir al desastre añadido de las guerras civiles, dio un enorme prestigio añadido a la URSS.

 

Así que las cancillerías europeas, fracasado el intento de hundir a los bolcheviques por la vía militar y aterradas por un hipotético contagio revolucionario, se aprestaron a aislar a la nueva república como si se tratara de una colonia de leprosos e hicieron todo lo posible para desbaratar el experimento, tal como había ocurrido en 1789 con Francia. Por la Paz de París, de la que ya hablamos, rodearon a la URSS de un colchón de nuevos países, convirtiéndola además en un paria en el concierto internacional. Eppur si muove; a pesar de todas las dificultades, y con un coste social dramático, la URSS consiguió pasar de ser una autocracia subdesarrollada a dar bastante miedo por el mundo civilizado. Sobre todo desde que en 1929 el capitalismo estuviera a punto de morir definitivamente y arrastrar a todo el mundo industrial burgués en el famoso crack de la bolsa neoyorquina; la virulencia de los proletarios subió tantos enteros como su hambre y pobreza, y convenció a la oligarquía “de-toda-la-vida” de que el populismo nacionalista de Adolf y Benito era una alternativa agradable frente a la revolución comunista.

 

Embajador soviético de los años 50 en misión diplomática

En cuanto a la política exterior roja, aun estándole vetada la entrada a todos los clubes de naciones, los comunistas bolcheviques contaban con un arma muy estimable a la que los burgueses temían mucho, puesto que la tenían en el cuarto de estar de su propia casa. En 1919 se separaron de la Internacional Socialista, creando la Tercera Internacional, más conocida por Internacional Comunista, o Komintern para los amigos, a la que se adhirieron los adeptos a la facción más revolucionaria del socialismo y que estuvo controlada por Moscú desde entonces. La política de entreguerras rusa estuvo muy condicionada por la lucha entre corrientes teóricas. Concretamente dos, que acentuaron sus disputas a la muerte de Lenin; una era aún internacionalista y por tanto partidaria de extender la revolución por el mundo, y estaba encarnada por Trotski, y la otra prefería el “socialismo en un solo país”, de la que emergió la figura de José Martillo (Stalin para la Historia). El triunfo de este último y sus paranoicos y sanguinarios métodos de hacer política supuso la condena de los trotskistas como “fascistas”. El colofón a esta política fue la intervención en la Guerra Civil española para asegurar que no estallaba una revolución marxista fuera de la ortodoxia en ningún otro país del mundo y el asesinato de León Trotski a manos del famoso espía de El Vendrell (¿a que suena la leche de exótico?), Ramón Mercader.

 

Pero bueno, se dirán ustedes…¿qué ocurrió con la economía comunista y la puesta en práctica de las ideas marxistas? El comunismo de guerra, los asesinatos y las expropiaciones no hicieron demasiada gracia, como se podrán imaginar, y si le añaden un par de añitos de malas cosechas, sin ir más lejos, en Ucrania hubo un par de millones de muertes por hambre. Lenin, una vez ganadas todas las guerras y visto el panorama lamentable, suavizó las condiciones económicas, y juzgando que aún no estaba la cosa madura para un socialismo total, introdujo a pequeña escala la propiedad privada en el campo. La Novaya Ekonomicheskaya Politika (NEP) fue un éxito y proporcionó capital y excedentes para poder transformar al gigante agrícola. Todo esto aislados del mercado mundial, por supuesto.

 

Así que una vez pasado lo peor de las guerras y hambrunas de los primeros años 20, a la muerte de Lenin aún había que industrializar el Estado comunista. Stalin fue el impulsor de los primeros planes quinquenales, se cargó la NEP, colectivizó el suelo volviendo a cargarse campesinos propietarios y dedicó esfuerzos a producir trigo y acero. Contra lo que se suele creer, la población soviética (superviviente, claro) se aplicó a la tarea incluso con entusiasmo, soportando toda clase de privaciones con tal de alcanzar el ansiado grial del paraíso de los trabajadores; para mediados de los años 30, la Unión Soviética daba signos de mejoría evidente (aunque bien es cierto que partían de la miseria extrema). Esta esperanza de un futuro mejor movió muchos más apoyos de los que los occidentales estamos dispuestos a reconocer, atribuyéndolo todo al terror desatado por el Padrecito Stalin, cosa mucho más cómoda de asimilar (y si no se lo creen, léanse a Grossman, que es una delicia de escritor, por otro lado). Este espíritu de compromiso con la causa lo pudieron comprobar en sus carnes los alemanes cuando invadieron la URSS a sangre y fuego en la campaña bélica más brutal de la Historia. También comprobaron que como paraíso del trabajador la Unión Soviética dejaba bastante que desear; mucho exsocialista enrolado en las filas de la Wehrmacht pudo asombrarse con sus propios ojos del paupérrimo nivel de vida de la mayoría de aldeas proletarias rusas en contraste con las burguesas de su patria, dado que la economía planificada se había centrado en el gasto militar.

 

Irónicamente, gracias a ello la industria de guerra soviética acabó largándole una soberana patada en los morros a la alemana y su cacareada eficiencia; a pesar de ver toda la parte europea caer en manos de los nazis, con pérdidas que habrían hecho pedir un armisticio a muchas naciones, los rusos resistieron la agresión con uñas y dientes, practicando la tierra quemada y la resistencia partisana por toda su inhóspita geografía. Las fábricas trasladadas al otro lado de los Urales facturaban para la línea del frente un numero tremendo de tanques, aviones y artillería, aparte de la estratégica ayuda angloamericana, que prefirió ayudar a mantener a casi 4 millones de soldados de Adolf bien lejos de Europa Occidental. El sistema comunista en armas se había impuesto al nacionalsocialismo en ese lugar tan aburrido donde sin embargo se deciden las guerras; la movilización de recursos, la industria y la logística. Todo esto sobre los lomos de su ortodoxo proletariado, y dejando al país como un solar. Sí, otra vez, es cansino, lo sé, pero no les voy a contar una mentira.

 

Esta aplastante victoria final del Ejército Rojo, y el admirable sacrificio de la población le dieron de nuevo prestigio a la Unión Soviética, prestigio que dilapidó al vérsele ya del todo el cartoncillo de estado totalitario cuando ocupó los países del Este de Europa, colocó gobiernos títeres, reprimió disidentes y todo eso que ustedes saben que ocurrió en Polonia, Checoslovaquia, Hungría, etc. El Telón de Acero cayó y comenzó la Guerra Fría, que como se sabe terminó con el hundimiento del comunismo, la victoria de los norteamericanos como valladares del capitalismo y que aún no sabemos muy bien si no se habrá cargado por el camino cualquier asomo de sostenibilidad económica de este planeta. Vamos a ver cómo.

 

Cuando terminó la II Guerra Mundial, los estadounidenses lideraron la posguerra de nuevo, pero esta vez de forma mucho más inteligente y eficiente que la chapuza de Wilson. En vez de enterrar a los vencidos bajo el peso de imposibles indemnizaciones de guerra, se hicieron cargo de restaurar sus economías y hacer de ellos potencias competitivas. Un país derrotado, devastado por la guerra y empobrecido (es decir, lleno de muertos de hambre) ubicado al lado del gigante soviético, podría ceder fácilmente a la tentación de pasarse al Lado Comunista de la fuerza. Y eso no podía ser; Alemania, Italia y Japón, y en menor medida Europa Occidental (salvo la simpática y tradicional excepción ibérica, claro), recobraron la salud gracias a la medicina norteamericana, que se encargó de asegurar dos cositas: por un lado, establecer unos sólidos regímenes políticos bipartidistas parecidos al estadounidense, y por el otro, de que las clases populares recibieran algo más del reparto de la tarta capitalista.

 

Ejemplar luchador por la libertad y la democracia. Es menos divertido subido a un tanque

Así, los currantes europeo-occidentales vieron su nivel de vida elevado, dispusieron de Volkswagens, pisitos, lavadoras y frigoríficos, además de sufragios universales, vacaciones pagadas, días de descanso, topes laborales, asistencia social, etc. Es decir, se les proporcionó lo que en el fondo la mayoría reclamaba, y se colmaron muchas de sus aspiraciones, por lo que con este expediente tan “socialista”, los norteamericanos desactivaron la lucha revolucionaria, bañando a los incipientes Estados del bienestar en un aroma con regusto socialdemócrata, que no es otra cosa que la integración del  programa socialista –  algo pasado por agua – en el sistema.

 

Pero además, se encargaron de torpedear a la URSS y su “perniciosa” ideología. Ya han visto que no es casual que asistieran a los derrotados y los convirtieran en potencias mundiales económicas, “curiosamente” en las mismas fronteras oriental y occidental de los soviets, sino que también emprendieron una dura pugna con la superpotencia comunista, a ver quién la tenía más larga (la economía ¿o qué se creían?) La escalada armamentística, la carrera nuclear, la espacial, la intervención en los conflictos de África o del Medio y el Extremo Oriente…todo iba sumando en el supremo esfuerzo industrial y económico que los dirigentes comunistas iban exigiendo a su sufrido y maltratado pueblo para igualar al otro gallito del corral. Por el camino, casi nos vamos todos a la porra en una guerra nuclear mundial, pero esa es otra historia.

 

A la muerte de Stalin, y tras la denuncia de su brutal régimen totalitario por parte de Jruschev, que no era precisamente un blando, se pudo intuir que la URSS no podía estar a todo; la economía planificada no podía atender las exigencias de ser una superpotencia mundial y a la vez elevar el nivel de vida de la población (como comprobó el calvito en sus carnes al intentar llenar la URSS de rascacielos, relojes germano-orientales, cochecitos yugoeslavos y pelis musicales). De hecho, el Kremlin optó por lo primero, y la producción rusa se centró aún más en el acero, el ejército y los cacharritos de mandar al espacio en lugar de producir bienes de consumo, mientras los ciudadanos soviéticos hacían colas para conseguir alimentos. Ciudadanos que al final, viendo que en alguna parte de la autovía hacia el soñado Edén del trabajador se les había tangado, empezaron a flaquear, y su productividad a decaer, y decaer, y decaer. Y por tanto, el Partido se dedicó a reprimir, reprimir y reprimir. Además, la URSS tenía algunos problemas estructurales nada desdeñables, como partir de un deficiente panorama agrario, una extensión de terreno desmesurada, un clima bastante hostil y unas comunicaciones lamentables. En los años setenta la economía soviética ya pintaba muy fea, pero en los ochenta, con el acelerón que les dio Ronald Reagan, se vino irremediablemente abajo, arrastrando a la superestructura, como decía Marx; el edificio político se hundió y el bloque comunista fue despedazado en un rosario de estados mafiosos caracterizados por la corrupción, el desorden, tendencias autoritarias y nacionalismo irredento (pero eso sí, muy capitalistas, “libres” y sobre todo dóciles), lo cual ha dado lugar a un sinfín de desgracias, que algunos siguen achacando del todo al anterior régimen, de lo que yo tengo algunas dudas, porque ya va para 20 añitos que cayó el Muro de Berlín.

 

¿Fin de la historia? ¿Ha palmado del todo el socialismo o el comunismo? No, no hablo de exotismos como el cubano, ni me he olvidado de China, otro gigante subdesarrollado que pasa del Medievo a superpotencia en cincuenta añitos de nada. Pues la verdad es que el balance es complejo tirando a negativo, y la aplicación de una economía comunista arroja luces y sombras; en los dos casos más llamativos, es cierto que lograron ubicar sus respectivas naciones en el siglo XX, en unos mínimos (los comunistas fueron el primer gobierno chino de la historia que aseguró sustento para toda su población), pero a un coste social exorbitante. En otras palabras, imponiendo una férrea dictadura. El siguiente paso, que habría conllevado el florecimiento económico y la mejora del nivel de vida, pues aún no se ha visto, al menos dentro de una economía rígidamente planificada; suele ocurrir que para ver excedentes y bienes de consumo por encima de la necesidad más básica se adoptan otros sistemas y se abandona la planificación centralizada (por ejemplo, véase el norte de la India tras la independencia). El comunismo quizá sería de esta manera un tránsito hacia prados más verdes,  pero esto ya son especulaciones. En Europa Occidental el socialismo ha actuado como mecanismo compensador de los abusos más flagrantes del capitalismo “liberal” estilo laissez faire, aunque siempre queda la duda de si ha pesado más el hecho de haberse llevado los abusos estos bien lejos para que no se vean. En el Extremo Oriente, el comunismo fue sobre todo una vía política para la descolonización, un ejemplo de emancipación nacional sin dependencia extranjera, más que un sistema social, y por eso hoy en día hace falta un microscopio de muchos aumentos para encontrar conciencia real de clase obrera entre los regímenes comunistas de la zona o los miles de trabajadores de las “sweat shops”, “chino farms” y todos esos inventos neocoloniales, aunque tampoco se crean mucho a las multinacionales cuando tratan de hacer creer a todo el mundo bienpensante que esos chinillos que se suicidan en su lugar de trabajo, en realidad están contentísimos de tener un curro. Hay que vender el iPad, recuerden.

 

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