Spanish Bourbon, the Dumb Saga (I): Un reino para mi nieto.

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Ante todo espero que me disculpen el abandono del reducto, pero mis obligaciones académicas me han tenido un poco ocupado últimamente. Ya ven, aquí tratando de divulgar tonterías y resulta que soy un alumno más; así aprenderán de no fiarse del primer listillo que les cuenta una batallita. Para congraciarme de nuevo con ustedes, estrenaremos una flamante nueva serie, en la que repasaremos las aventuras y desventuras de una familia bastante conocida, en concreto una rama muy famosa en este sufrido país ibérico (¡¡¡No, Portugal no, el otro!!! ¿Cómo que qué otro?), cuyo destino ha ido íntimamente ligado a la incapacidad de cada uno de sus más ilustres representantes. Hablo, cómo no, de los Borbones españoles. Sepan además que esta elección no es en absoluto casual, puesto que servirá de adelanto y de sustrato para la que vendrá después, que es la que todos ustedes, cainitas hispanos, valga la redundancia, están esperando; la que hablará de la Historia Contemporánea de España, sentada en el diván del psicoanalista.

Haremos pues un recorrido por todo el siglo XVIII de la mano de la “personalidad” incomparable de los monarcas españoles de estirpe borbónica. Este periodo es quizá uno de los más desconocidos de la historia de España, y no por casualidad, por supuesto. En los tiempos en los que el historicismo pisaba la tierra y los nacionalismos forjaban historiografías, se consideraba que era la época de la “decadencia de España” y se despachaba así, rapidito. No creo que sea necesario insistir en que en los manuales franquistas se copiaba punto por punto este concepto, y uno se encontraba saltando desde el glorioso e imperial inicio del XVII directamente a la no menos gloriosa Guerra de la Independencia, despachando un siglo y medio de nada con una breve mención a la citada decadencia y de ahí a la eliminación de la horda marxista. De hecho, esta percepción sigue estando bastante extendida, y el boom de los nacionalismos periféricos la ha reforzado, con su halo de agravios, pérdidas de “libertades” y mucha penita pena. Y el caso es que el siglo XVIII español, como veremos, no es exactamente un siglo de caída en barrena, sino más bien de oportunidades perdidas. Pero empecemos por el principio.

La historia de Europa durante casi un siglo entero – el XVI – había sido la historia de las eternas disputas por el poder entre dos aristocráticas familias, que gracias a las peculiaridades de la política medieval (matrimonios endogámicos, herencias y todas esas cosas que relatamos en esta serie) acumulaban una enorme cantidad de títulos, territorios, prestigio, dinero y vasallos. En una esquina, los Habsburgo de Austria con sus barbillas prognáticas, cuyos múltiples dominios, rematados por la herencia de los Trastámara españoles (Isabel y Fernando, para entendernos), se extendían por media Europa y precisamente rodeaban a los del otro contrincante; los Valois de Francia, el país más grande, más populoso y más rico del continente. Pero hete aquí que en mitad de un jaleo de proporciones bíblicas entre protestantes y católicos, el último Valois, Enrique III tuvo la ocurrencia de morir en un atentado a manos de un dominico un poco ido de la pelota en 1589. De la guerra por la sucesión resultante, surgió un rey cuya habilidad para cambiar de religión según lo requerían los acontecimientos era incomparable (renegó dos veces del catolicismo para convertirse de nuevo al final con tal de pillar la corona), Enrique de Navarra, de la casa de Borbón, alias “París bien vale una misa”. No me negarán que no es todo un indicativo del carácter familiar este lanzamiento al estrellato. Y sí, era franconavarro, así que ya saben de quién es la culpa y de dónde salió esta gente.

El caso es que desde entonces los Borbones tomaron el relevo de los Valois en su lucha contra los Habsburgo españoles, y mientras la continua endogamia hacía mella en la capacidad de los sucesivos reyes hispanos y el poder Habsburgo declinaba, los franceses se encontraron con un auténtico bicharraco a partir de 1643, o para ser más realistas, 1658, que es el año en que el hombre dirigió personalmente la nación. Hablamos del archiconocido Luis XIV, el Rey Sol, que desde luego si de algo andaba sobrado es de fuerza y carácter. Seguramente se pregunten si de verdad tanto influyen las habilidades individuales en esto, sobre todo dado el pedigree marxistilla de esta bitácora, que tanta importancia da a los grandes procesos socioeconómicos y todas esas cosas tan aburridas. Pues en el contexto en el que nos estamos moviendo, sí. ¿Qué cuál es? Un momentito, que se lo cuento.

Los reyes postmedievales, o como se les llama en muchos sitios, los reyes de los primeros estados europeos modernos se encontraban inmersos en una curiosa paradoja: su figura era indiscutible e indiscutida, con su poder emanado directamente de Diosito, y reconocida por todos los estamentos sociales que cuentan para algo, no había quien les tosiera. Todo un símbolo viviente, la cúspide del poder terrenal…pero en teoría. En la práctica, el ejercicio efectivo del poder estaba severamente restringido por toda una red de privilegios nobiliares, eclesiásticos o regionales, que impedían una y otra vez a los monarcas dotarse de instrumentos de gobierno (a saber, Hacienda, Justicia, Administración y Milicia) completamente a su servicio. La mayoría no poseía siquiera el control de los territorios que nominalmente gobernaban, siendo señoríos de la nobleza o la Iglesia (en España, los dos tercios de la tierra), que hacían y deshacían a su gusto. En otras palabras, si bien nadie ponía en duda que el rey dirigiese la política exterior o decidiera sobre asuntos políticos, el poder de la Corona en sus dominios se ejercía por vía interpuesta, a través de la nobleza, que no siempre dejaba al rey libre albedrío, cuando no intentaba controlarlo. Por si fuera poco, estos reyes estaban a los mandos de un mundo que iba cambiando al ritmo acelerado de expansión demográfica, revolución científica, reformas protestantes, exploraciones y conquistas fuera de Europa, aparición de nuevas clases sociales, activación del comercio y todas esas cosas modernas que encajaban bastante mal con una sociedad estamental de tipo medieval. Como cualquier modificación o reforma del status quo debía ser negociada y peleada duramente por el rey frente a todos los estamentos privilegiados del país, entenderán ahora que la inteligencia, habilidad y personalidad de un monarca podía marcar la diferencia entre un reinado con cara y ojos y un sindios.

Aunque no lo parezca, este travestido tenía bastante mala leche…

Una vez aclarado este punto, entenderemos lo que ocurrirá con la llegada de Luis XIV al trono y la política española de la época. Luis creció entre luchas políticas del tipo que acabamos de comentar, mientras su madre era regente y los cardenales Richelieu y Mazarino trataban de recuperar poder real frente a los parlamentos locales y la nobleza francesa. ¿Para qué? ¿Qué idea les impulsaba a ello? Pues quizá el progreso de Francia, dirán ustedes…no exactamente, diría yo. Se trataba de darle al rey la capacidad de hacer lo que quisiera sin consultar a la nobleza; en otras palabras, de recaudar más dinero, para reclutar más hombres, con el fin de derrotar a los Austrias hispanos. Esto provocó unas cuantas guerras y revueltas como la de La Fronda, que al jovencito Luis le produjo un profundo impacto. Así, cuando se coronó al alcanzar la mayoría de edad, nuestro enorme y megalómano personaje estaba completamente decidido a no permitir que a él le pasaran estas cosas.

Por el contrario, en el campo enemigo, la debilidad de los sucesivos Felipes iba en aumento; tras la muerte de Felipe II, el Rey Prudente, la endogamia empezó a jugar sus bazas. Su hijo y su nieto eran un par de indolentes sin interés por asumir las tareas de gobierno, que fueron delegando en los validos y los grandes de España, otros indolentes rentistas preocupados sólo por su cuenta corriente y el prestigio. Tras la caída del valido más famoso de la Historia de España, el Conde-Duque de Olivares (que tendrá artículo propio, por supuesto), meneado el asiento por facciones de aristócratas rivales y por los costosos compromisos internacionales de la familia Habsburgo, la última esperanza de una reforma con cabeza se diluyó; Olivares era autoritario, inteligente y de mucho carácter, pero no era el rey. Así que el 1659, Luis XIV estaba en una posición muy favorable tras la firma de la Paz de los Pirineos que ponía fin a la guerra con España, prolongación de la famosa guerra de los Treinta Años: Francia se convertía en la primera potencia europea, con todo lo que eso conllevaba, y España asumía su derrota. El Rey Sol se dedicó por tanto con ahínco a reforzar el “frente interior”, asegurada la victoria en el exterior, y desarrolló las bases principales de su novedosa política, que hoy en día conocemos como absolutismo, y que tuvo tanto éxito que fue copiada con mayor o menor fortuna por las distintas coronas europeas. Como quiera que los Borbones españoles la trajeron con ellos a España, vamos a explicar un poquitillo en qué consiste la cosa, aunque ya les haya dado pistas.

En el fondo, no se trataba más que de un enorme plan para concentrar Hacienda, Justicia, Administración y Milicia en manos del rey y sus ministros. ¿Quiénes eran estos? Dado que el mayor impedimento para Luis lo constituía la nobleza y los privilegios medievales, para enfrentarse a ellos se apoyó en las nuevas clases emergentes; los incipientes burgueses, los comerciantes y mercaderes, que tenían una visión muy diferente de la política, la economía, los recursos y las relaciones de poder. Los ministros de Luis XIV fueron precisamente comerciantes, banqueros o abogados, a los que aupó y entrenó para que le fueran fieles a él (a quien le debían su ascenso social), los ennobleció para que pudieran ejercer el gobierno (requisito indispensable que dio lugar a una nueva nobleza de mérito) y les dio instrucciones y poderes para que pasaran por encima de Parlamentos locales, funcionarios de tipo medieval, sobre todo de Justicia y gremios artesanos. Gente como Colbert abanderaban nuevas políticas como el mercantilismo; se consideraba que el poder del Estado residía en sus recursos económicos, por lo que para aumentar éste había que fomentar el comercio nacional al tiempo que se jode el extranjero, tomando medidas proteccionistas y creando industrias manufactureras que llenaran los mercados de productos patrios. Seguramente les parecerá que esto de acumular recursos no es algo nuevo, y tienen razón, pero la novedad reside en la estrategia adoptada y sobre todo en la representación del Estado: estos recursos los gestionaba y administraba directamente la Corona y no los estamentos del reino. En definitiva, el absolutismo, que suponía la modernidad, se basaba en el mercantilismo, la centralización administrativa (más eficiente que el mosaico medieval de poderes fragmentados) y el incipiente racionalismo científico, todo sujeto y llevado adelante gracias al apoyo decidido y la fuerte personalidad del rey, sin la cual sus ministros habrían sido pinchitos morunos en manos de la nobleza.

Me he dejado adrede para el final una última pata del banco absolutista: un ejército permanente, uniformado, equipado y entrenado y una flota de guerra espectacular. Juguetes carísimos y letales que Luis pudo poner en pie gracias al éxito de la política colbertiana de comercio y explotación colonial. ¿Qué suele hacer uno con el ejército más temible de Europa? Pues evidentemente usarlo, y con él Luis dará rienda suelta a sus planes de poner el continente bajo su dominio. Por un lado, el dominio marítimo de los británicos y su expansión por los territorios norteamericanos le daban grandes dolores de cabeza. Pero sobre todo, ya lo habrán adivinado, en la mente de Luis se hallaba un extensísisisisimo Imperio más allá del mar donde sus derrotados enemigos defendían con uñas y dientes su monopolio comercial y por tanto su mayor fuente de ingresos. Si Francia lograba entrar completamente (sus mercaderes estaban ya integrados en el comercio sevillano) en ese circuito del comercio y la plata americana, nadie podría detenerlos. ¿Pero cómo iba a hacerlo? Desde la perspectiva actual, dominada por la mentalidad Command & Conquer, el problema es sencillo; se invade España, se anexiona y game over. Pero en la realidad las cosas no son tan fáciles. A pesar de la hegemonía económica, militar y cultural francesa (París se convierte en estas fechas en el centro cultural de Europa y en casi todas las cortes europeas el francés pasa a ser la lengua diplomática), Francia no estaba en posesión de los recursos necesarios para anexionarse directamente a una gran potencia europea (recuerden que hablamos de tiempos preindustriales). Además, el hecho de ocupar una nación y derrocar a su rey para reemplazarlo sin haber heredado los derechos suponía atacar las mismísimas bases del sistema, y por tanto, a nadie se le pasaba por la cabeza. Eso, y que habría supuesto la declaración de guerra del resto de Europa, decidida a que ninguna potencia destacara por encima del resto. Y sin embargo, la política exterior de Luis fue sumamente agresiva: fue el rival habitual de Austria o de Inglaterra, y aunque cualquier vecino de Francia corría el riesgo de ser agredido con algún pretexto, la víctima favorita del Rey Sol era el militar y financieramente débil Imperio español. La política exterior de Luis XIV se basaba en la premisa de que el crecimiento de Francia sólo podía tener lugar a costa de España, y por ello desde 1667 empezó a declarar una guerra tras otra percutiendo sobre Holanda o los territorios europeos de los Austrias; los Países Bajos españoles, Luxemburgo, el Franco Condado o el Milanesado.

El elegido para la gloria, con su tradicional expresión inteligente y sagaz

España estaba entonces gobernada (es un decir) por una patética acumulación de enfermedades congénitas llamada Carlos II el Hechizado. Este era el resultado de la política matrimonial de los Austrias españoles, que solían optar por casarse con princesas Habsburgo austríacas (es decir, parientes cercanas), o con borbonas francesas; cada paz entre España y Francia suponía un tratado que incluía un bodorrio entre Austrias y Borbones. Su incapacidad era palmaria, y el desgobierno de los Austrias no podía oponer resistencia seria a la poderosa maquinaria bélica francesa conducida por el Conde de Turena; España perdió territorios, casó princesas y lo que es más importante, entregó a Francia beneficios comerciales como “nación más favorecida” en el comercio con América desde Europa, el Asiento de negros y otras cosas de ganar dinero por el estilo. Pero además, pronto fue notorio que Carlos por no poder no podía ni engendrar hijos, así que toda Europa se preparó para la Sucesión española.

El amigo de los niños era, como no podía ser de otra forma, Francia. Ni Austria, ni Holanda ni Inglaterra querían una Francia hiperhormonada marcando la agenda del continente, así que debían contener su ambición de alguna forma. Francia aspiraba a hacerse con cuantos territorios españoles fronterizos como pudiera, y por último, estaba la importantísima cuestión del Imperio colonial, donde también querían meter el cazo los angloholandeses. Así que se fueron sucediendo algunos conflictos previos, mientras se firmaban los correspondientes pactos de reparto del Imperio español entre los aliados y Francia. Esto no es que gustara demasiado en España, lógicamente, donde las facciones de la corte (filo-austriacos, filo-franceses, aristócratas de toda la vida, etc) se afanaban en encontrar algún candidato de su gusto al trono, pero siempre teniendo en mente la indivisibilidad de la Monarquía. La primera solución a un futuro despiece y venta por partes de la Corona se encontró en José Fernando de Baviera, un mocoso de 12 años que no sólo poseía derechos al trono, sino que tenía la ventaja de que Baviera era “algo chiquitito” y por tanto, que accediera a la corona de España no implicaría el nacimiento de una superpotencia. Carlos II hizo testamento en su favor en 1696 y la cuestión parecía zanjada. Pero menos de tres años después, a José Fernando le dio por morirse, (imagínese palmarla de un infarto después de ganar el Euromillón), y otra vez se reabrió la polémica.

Finalmente, y sometido a grandes presiones, Carlos II tuvo un gesto final de grandeza y dejó un testamento en 1700 que pilló a contrapié a toda Europa. Como ustedes son muy listos, se habrán imaginado que el matrimoniar Habsburgo con Borbones emparenta familias en ambos sentidos, por lo que para evitar que un individuo fruto de estas uniones heredase ambas coronas, la princesa contrayente firmaba una renuncia a transmitir los derechos dinásticos a cambio de una fuerte dote. Este era el caso de la infanta María Teresa, hija de Felipe IV, que se casó con Luis XIV por la dichosa Paz de los Pirineos. Sin embargo, existía un agujero legal; España no había pagado la preceptiva dote, por lo que los derechos estaban en vigor. Así que el nieto de María Teresa, un jovencito paliducho y apocado de 17 años, llamado Felipe de Anjou, fue agraciado en el testamento del último Austria español con la totalidad del Imperio. Desde luego, era la única vía para evitar la temida disgregación, gracias a la protección francesa.

Por supuesto, esto dejó a Luis XIV con el culo al aire, pues la perspectiva era muchísimo más jugosa que los repartos firmados anteriormente. Por otro lado, aceptar el testamento tal cual le iba a suponer un problemón; “tutelar” el Imperio español era una tarea para la que no estaba muy seguro de disponer de suficientes recursos, además de que sus socios de reparto no es que estuvieran demasiado contentos con el legado de Carlos. Efectivamente, Austria, de la mano de Inglaterra y Holanda, enarboló los derechos del archiduque Carlos, derivados de esas bodas entre primos españoles y austriacos, y le recordó al rey francés los papelotes que había firmado; sumar Francia y España era una amenaza inaceptable para el resto. Pero la tentación era demasiado grande: tras mucho pensarlo, Luis aceptó la corona para su nieto,  aprestó su ejército para la previsible lucha por defenderlo, dejó de aporrear a España y envió al poco fiable muchacho a Madrid con un nutrido séquito y un equipo de gobierno compuesto sobre todo por eficientes burócratas mercantilistas: observadores, consejeros y asesores (también espías) destinados a poner un poco de orden en la casa (puesto que se necesitarían los recursos españoles en la futura guerra) y a asegurarse de que el nuevo rey, proclamado en 1701, obedeciera los designios de su legendario abuelo.

¿Cómo acogerán sus nuevos súbditos a este rey extranjero, y sobre todo, a sus colaboradores franceses con todas estas nuevas ideas? ¿Qué ocurrirá cuando se encuentren ante el estado real de la Monarquía española? ¿Saldrá triunfante la reforma modernizadora? ¿Qué papel va a jugar la personalidad del propio rey en todo este follón? Se lo pueden ir imaginando, dado que a estas alturas del artículo estoy seguro de que habrán reparado ya en que las taras endogámicas funcionan también en la otra dirección y no sólo afectan a los Austrias españoles. Y están en lo cierto; el rey Felipe era ni más ni menos que otro deficiente mental con graves problemas psicológicos. Pero esto lo veremos en el siguiente episodio de la saga, “Del reclinatorio al lecho”.

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