Fazañas Bélicas (V): Legionarios de la Antigua República

GD Star Rating
loading...

Cuando uno piensa en los antiguos romanos, lo primero que se le viene a la cabeza, el símbolo por excelencia de aquellas gentes, es un grupo de soldados vestidos de rojo (el color del dios Marte) y ataviados con los inevitables cascos gálicos, formando un testudo (tortuga) con sus no menos famosos escudos cuadrados. Nos imaginamos ni más ni menos que a una legión romana en movimiento, lo cual dice mucho sobre la importancia crucial que los asuntos bélicos tuvieron en la formación y desarrollo del imperio más longevo de la historia, tatarabuelo nuestro, además. Sin embargo, aunque se trate de una asociación fuertemente arraigada en el mito popular, es lógico pensar que es imposible que tal estampa se mantuviera inmutable a lo largo de más de mil años cual bailaora/torero encima de la tele. Y aun así, si algún director de cine se atreviera hoy en día a recrear con absoluta fidelidad histórica el aspecto de una legión romana republicana o de la época del Bajo Imperio, un rumor de desencanto se extendería por las butacas de los espectadores: “¡Esto qué van a ser romanos, hombre! ¡Si no se parecen!”. Dado que urge desfacer este entuerto, y teniendo en cuenta que acabamos de despachar las artes castrenses de sus primos helénicos, vamos a dedicar los capitulillos venideros a unos de los repartidores de collejas más importantes de la Historia, unas auténticas máquinas de soltar guantazos, el Estado más imperialista, expansionista, militarista y alguna otra cosa acabada en “ista” de la Antigüedad: el SPQR.

 

Roma, allá por el siglo VII a. de C. A primera vista, la verdad es que no parece algo demasiado espectacular. Como tantas otras aglomeraciones de gente del Latium, la ciudad se encuentra a medio urbanizar: una zona de colinas con cabañas más o menos dispersas y rodeadas por una rudimentaria muralla, agrupa algunos templos primitivos a su alrededor, un precario Foro erigido sobre un pantano recién desecado y pare usted de contar. Como las polis arcaicas griegas, se erige en incipiente ciudad-estado y domina sobre el campo circundante. Lo cual no es nada sorprendente, puesto que la región es zona de influencia (también pueden leer aquí “mangoneo”) de sus poderosos vecinos del norte, los etruscos, y de las ciudades del sur de Italia, que entonces se llamaba la Magna Grecia. Sí, otra vez los griegos.

 

De estas dos potencias adaptarán buena parte de la organización social y política, que como somos ya muy listos y sabemos de qué va esta serie, se reflejará en su forma de hacer la guerra. Y es que los habitantes de Roma, al igual que etruscos y helenos, descienden de pueblos indoeuropeos, y por tanto se dividen en tres tribus (valga la redundancia) por aburridas cuestiones de linaje, parentesco de sangre del que nadie se acuerda ya, tradición y todas esas chorradas. Para la defensa de la polis, cada una de ellas está obligada a aportar mil hombres de infantería y cien de caballería, por lo que el ejército romano en sus inicios se componía de 3.000 infantes y 300 jinetes (¡Pitágoras, aprende!). Esto era la Legión, nombre que designaba a todo el conjunto. Tampoco cabía esperar mayor originalidad en su composición: los soldados se escogían entre las clases pudientes, quedando fuera de la milicia los más humildes. La razón principal residía en que armamento y equipo se costeaba del propio bolsillo, por lo que los ciudadanos más ricos copaban la caballería, los del escalón inmediatamente inferior, la infantería pesada y así sucesivamente hasta la infantería ligera, formada por los propietarios más pobretones o por gentes de poblaciones aliadas y/o sometidas. Por último, los aristócratas ostentaban el mando del ejército, igual que todos los demás cargos públicos, como corresponde a un Estado oligárquico y extremadamente clasista.

 

Al tratarse de una economía fundamentalmente agrícola, las actividades bélicas se adecuaban al calendario del campo y se limitaban al verano, antes de la siega. Además estaban muy relacionadas con el pensamiento religioso-mágico y con una particularidad política romana: la duración anual de la legislatura de sus más altos magistrados. Todo esto redundaba en una forma muy estable y repetitiva de hacer la guerra que les voy a explicar en román paladino y quedará bastante más claro. Cuando el SPQR declaraba iniciadas las hostilidades, se abría el templo de Belona (antigua diosa de la guerra) y se sacaba de allí la lanza sagrada para arrojarla en el Campo de Marte, ubicado fuera de la ciudad. El cónsul de ese año organizaba el reclutamiento de las tropas para combatir en la época prevista: los legionarios salían por alguna de las puertas de la ciudad y formaban en el Campus Martius mientras los sacerdotes efectuaban sus reglamentadas y complejas ceremonias para bendecirles otorgándoles de los dioses la fuerza y el valor necesario. Acabada la campaña justo para recoger los frutos de la tierra, los supervivientes volvían a entrar en la ciudad, procurando dejar bajo el arco de la puerta sus armas impuras, dado que estaban manchadas con la sangre enemiga; era imprescindible pues un ritual de purificación. Este es el remoto origen de los famosos arcos de triunfo y los desfiles de la victoria, tan romanos ellos, y de la prohibición de entrar armado en el recinto de la ciudad, llamado pomerium. Este procedimiento se repetía anualmente hasta que finalizaba la guerra y era común a muchas polis de la zona.

 

También era común el armamento y las tácticas de combate: es más, los antiguos romanos, al igual que los japoneses de los años setenta, no eran gentes especialmente imaginativas pero sí muy tenaces y sobre todo no le hacían ascos a copiar innovaciones enemigas si consideraban que les podían ser útiles. De esta época toman el escudo redondo samnita, los cascos cónicos con penacho y las jabalinas que lanzaban los velites, infantería ligera homologable a los peltastas griegos. La legión se disponía en tres escalones según experiencia: los hastati, más jóvenes, se colocaban delante del todo para recibir sus primeras castañas. La segunda línea la formaban los princeps y la última y más veterana, y por tanto reservada para casos de extrema necesidad, era la de los triarii. La caballería se ubicaba a los lados para envolver al enemigo cuando se presentara la ocasión favorable, y los velites pululaban dando saltitos alrededor mientras disparaban su repertorio de proyectiles. Como ven, los latinos no eran nada del otro jueves que no hayamos visto ya. ¿O por qué se creen que tuvieron que inventar toda una mitología mágico-fantástica sobre la fundación de Roma?

 

Buey lucano con tres púnicos "en tó lo arto". Anda que no debía dar miedo ni nada...

El caso es que bien pronto empezarán las peleas, y no habiendo mujeres de por medio, podemos deducir hábilmente que se trata de asuntos de cochino dinero. La ciudad etrusca de Veyes, al otro lado del río Tíber, controlaba el monopolio de la extracción y exportación de un material importantísimo en una época donde no existía la nevera de cien mil frigorías: la sal. Así que los romanos trataron periódicamente de destruirla, cosa que consiguieron tras casi 300 años de nada, allá por el 396 a. de C. Ya les avisé de que eran particularmente tenaces. Además de andar a la greña con el de arriba, también se pelearán con los de al lado: la joven república se untará los morros con los demás pueblos latinos, y aún tendrá tiempo para sufrir en 390 a.C. la conocida incursión gala, única invasión extranjera de la ciudad hasta más de ocho siglos después. Roma pasó a controlar la Liga Latina, sometiendo sus ciudades al mismo tiempo que el poder etrusco declinaba, estrujado entre romanos y galos.

 

Con tanta victoria, el Senado le cogerá el gustillo a esto del belicismo y pondrá sus ojitos en el sur, en la fértil zona de la Campania. El problema es que chocarán con los samnitas, unos rudos montañeses (valoren esta expresión en el contexto del siglo IV a.C.) que, desde el Este, tendrán la misma feliz idea. Esta coincidencia dará lugar a tres guerras sucesivas, tres, con la humillación de las Horcas Caudinas incluida y la consabida victoria final romana por pesados. Supongo que se habrán figurado ya que, con tanta campaña y tanta anexión, los recursos a disposición de nuestros cuadriculados amigos va a crecer considerablemente. Y tendrán razón. Cuanto más lejos se combatía, más largas eran las campañas, y el aumento de población derivó en un ejército mayor, de tres o cuatro unidades del tamaño de la primitiva Legión, que fue además duplicada. Los ingresos del Estado le permitieron compensar económicamente a sus ciudadanos por la ausencia durante las labores agrícolas, y también equiparlo: a los más ilustres y destacados héroes de acción se les otorgaba un caballo público, es decir, pagado por el Senado, y por tanto pasaban a formar parte de la orden ecuestre, los caballeros, la clase social más alta.

 

Para resumir groseramente, puesto que aún me queda mucha guerra por explicar en esta entrega, toda la actividad bélica fue haciéndose más grande. El hecho de que el ejército librase guerras más largas y lejanas requirió cierta “profesionalización”, una planificación y logística más complejas. También se necesitaba mayor disciplina, reflejada en durísimos castigos como el diezmado, que consistía en matar a palos a uno de cada diez soldados de legiones amotinadas. Y por supuesto, el despliegue táctico cambió; la Legión fue ganando en movilidad, subdividiéndose en manípulos, formados a su vez por dos centurias, al mando del popular centurión y que no creo que haga falta que diga de cuántos hombres estaba compuesta. Una victoria romana aplastante podía hacer que el Senado votase un Triunfo: se trataba de un honor extraordinario que comportaba el desfile por las calles de Roma del botín, los prisioneros, los senadores y sacerdotes y por último, del ejército y su victorioso general, que los presidía subido en un carro y con la cara pintada del preceptivo color rojo. Ni qué decir tiene que en esta sociedad tan jerárquica y pendiente del prestigio personal y familiar, un triunfo podía suponer el lanzamiento definitivo al estrellato político.

 

Así las cosas, hacia el siglo III a. de C. la única zona de Italia que queda libre de manos romanas es el sur, llenito hasta los topes de griegos. Y hacia allá lanzará sus garras el Senado, desatando un conflicto con la polis de Tarento por un incumplimiento menor de un pactito de nada (esto será una constante en la diplomacia romana, lo de buscarse un pretexto para comenzar el reparto de leches). Los griegos de Italia llamarán en su socorro al Príncipe Encantador de la época: Pirro, rey de Epiro, desembarcará en la península con sus frondosos rizos rubios, su porte aristocrático y un impresionante ejército de 25.000 soldados. Pirro pensaba lanzarse desde ahí a la conquista de toda Europa Occidental, tal como había hecho en oriente su ídolo y espejo Alejandro el Grande, pero el pobre se llevó una mano de hostias como panes. El caso es que nada parecía presagiar tal desenlace, puesto que el ejército de Pirro era de lo más avanzado y moderno en el arte de suministrar estopa; no sólo contaba con el último grito en unidades de combate, la falange griega, sino también con una novedad típicamente oriental que sembrará el terror entre los romanos. Hablamos de los elefantes de guerra, a los que los legionarios, que jamás habían visto un bicho semejante, llamaron ingenuamente “bueyes lucanos”.

 

La importancia de las Guerras Pírricas radica pues en que, aparte de dejar a Roma como dueña y señora de Italia, supondrá toda una prueba de fuego para la máquina bélica latina. En su estreno en Heraclea, al ver a los elefantes lanzarse sobre ellos, los legionarios salieron por patas y sufrieron una dura derrota. Pero no lo suficientemente amplia, puesto que causaron casi el mismo número de bajas a los griegos, dada la superior movilidad y flexibilidad de la legión frente a la falange (como ya vimos en la anterior entrega). A base de aguantar derrotas por la mínima y sangrías de hombres, y sin embargo permanecer encabezonados y firmes en lo suyo, los romanos aprenderán a lidiar con este tipo de unidades y se alzarán con el triunfo final. Cosa que también quedará como marca de la casa.

 

Porque tan sólo 12 años después de dominar Italia y elevarse al rango de gran potencia mediterránea, el Senado llegará a las manos por el control de Sicilia y sus campos de trigo con toda una superpotencia marítima y comercial en pleno proceso de expansión, Cartago.  Los púnicos (nombrecito que significa también fenicio) constituyeron otro reto para el poderío militar romano, puesto que poseían una experta marina de guerra y como corresponde a una polis adinerada, un ejército de aguerridos mercenarios. Nuestros protagonistas superaron estas dificultades en su doble estilo habitual; por un lado innovando para que nada cambie, y por el otro empecinándose una y otra vez hasta la victoria definitiva. Dado que carecían de experiencia naval y de una flota digna de tal nombre, para la Primera Guerra Púnica construyeron de golpe unos 200 barcos y los llenaron hasta arriba de infantería pesada, su arma favorita y casi única. Las trirremes romanas estaban equipadas con un puente con ganchos llamado corvus que se utilizaba para abordar los barcos cartagineses y echarles así encima las cohortes embarcadas. Con este expediente lograron neutralizar la superioridad púnica en el mar, acomplejándolos del todo e infligiéndoles severas derrotas. En cuanto a los combates en tierra, apelaron a su disciplina y flexibilidad táctica y su inmensa capacidad de sufrimiento para superar los graves problemas que planteaba la caballería y los elefantes del enemigo. Por otro lado, un ejército de ciudadanos presentaba algunas ventajas a la postre decisivas frente a uno de mercenarios: el indudable fervor patriótico con que se hacían matar los legionarios romanos compensaba la veteranía de los púnicos, pero es que además a los honderos baleáricos, jinetes númidas o infantes iberos y galos hay que pagarles puntualmente para evitar que deserten, o peor, que se lo cobren por su propia espada.

 

Legionarios de la época de Mario. Ya, no se parecen a los habituales...

El fin de la primera guerra dejó Sicilia en manos de Roma y todo abierto para la segunda parte. El más grande general cartaginés, Aníbal, de la familia de los Barca, estaba deseoso de tomarse un desquite y recogió el desafío romano asaltando Sagunto, amigo y aliado de Roma, a sabiendas de que provocaba una nueva “guerra mundial”. Todos conocemos la historia de esta Segunda Guerra Púnica y el periplo de Aníbal por los Alpes primero y en Italia después durante unos nueve años en los que Roma sufrió tremendas derrotas con enorme cantidad de bajas: Tesino, Trebia, el lago Trasimeno y sobre todo Cannae, una auténtica catástrofe para las armas romanas. A punto de colapsar, a la desesperada, Roma resistió y volvió a vencer de nuevo. ¿Cómo lo hizo? Pues si se examina de cerca el desarrollo del conflicto, se puede uno dar cuenta de que explotó magistralmente las debilidades del enemigo, aparte del ya legendario empecinamiento propio. Aníbal prefirió sufrir fuertes bajas en el paso a Italia por tierra antes que arriesgarse en el mar, donde su enemigo era superior. Mientras tanto, otra familia aristocrática, los Escipiones, dieron un paso al frente y convencieron al Senado para que les dejara a los mandos de la guerra. La estrategia que adoptaron fue la del chiste del dentista, por lo que procedieron a agarrar a Cartago por el escroto: dos hermanos Escipiones desembarcaron un pequeño contingente en la principal fuente de ingresos púnica, Iberia. Así que a fuerza de perseverar, sufrir y ganar tiempo, consiguieron “enjaular” al temido cartaginés tuerto, atrapado en Italia sin los medios suficientes para rendirla, y desviar los refuerzos púnicos a la península ibérica, donde fueron puntualmente destrozados por la agresiva estrategia romana.

 

La guerra terminó en suelo africano con la batalla de Zama (202 a.C.), donde el ejército romano al mando de Publio Cornelio, el más joven de los Escipiones, derrotó completamente a Aníbal. Este epílogo es bastante significativo porque apunta algunas tendencias que se manifestarán en todo su esplendor en el siglo siguiente. Primero porque certifica la superioridad táctica romana, cuyos legionarios son capaces de enfrentarse ya a cualquier tipo de unidad enemiga con éxito, y segundo porque es el resultado de un liderazgo más duradero, ya que Publio recurrió a todo tipo de trucos legales para conducir la guerra más allá del estrecho margen anual. Pero no nos adelantemos aún; de momento, la neutralización del poder cartaginés dejó a la rapaz república las manos libres para hacer y deshacer a su gusto por todo el Mediterráneo. De hecho, en los siguientes 50 años completaron su impresionante expansión conquistando o dominando casi toda Iberia, Macedonia, la Provenza, Grecia y parte de Asia. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce.

 

Año 134 a.C. Escipión Emiliano, otro ejemplar de esa familia de vedettes, en un hecho sin precedentes es reelegido cónsul y enviado a Iberia con el mandato de terminar de una vez por todas con la sublevación de las tribus celtíberas. Al llegar a su provincia, el panorama es penoso: durante nada menos que veinte años, ese grupo de desharrapados melenudos cuya sede social se encuentra en el oppida de Numantia, ha ridiculizado una y otra vez a las armas romanas. Armas que por cierto se encuentran en un estado de indisciplina, desorganización y moral de derrota lamentables. Aquí en España solemos atribuir esta situación al desmesurado tamaño de los genitales locales y el exceso de producción de hormonas asociado, pero yendo un poco más allá en el análisis nos damos cuenta de que en otros lugares de Oriente el estado de los ejércitos romanos es similar. ¿Entonces qué está ocurriendo? ¿No habíamos quedado en que estos chicos eran la repera en esto de darse palos?Simplemente que el fulgurante éxito de la política militar romana ha dado al traste con la sociedad de la antaño modesta república. La conquista de tan extensos territorios ha provocado que las instituciones del SPQR no sirvan para gobernar de forma efectiva todo lo obtenido.

 

Pero vamos a contarlo por clases sociales y lo entenderemos mejor. La aristocracia de los patricios ha sido la principal beneficiada del inmenso botín de guerra, enriqueciéndose enormemente y pasando a ser orgullosa propietaria de cientos de miles de esclavos, entre otros tesoros. Así que guardan celosamente el sistema político que les ha llevado a esta posición, lo cual es un error tremendo; la elección anual de cargos, incluidos los gobernadores provinciales, agrava la avaricia de las clases más altas, puesto que sólo tienen un año para triunfar y enriquecerse lo suficiente para pagarse su carrera política y su estatus. Así que los cónsules que mandan las legiones romanas en las provincias (es decir, en las guerras) desatienden cualquier labor administrativa o castrense que no tenga que ver con rapiñar. En el aspecto militar, tener un general distinto cada año tiene evidentes y gravísimos efectos en cuanto a estrategia y organización.

 

Las clases medias propietarias, que formaban el núcleo del ejército republicano, son las que pagan el pato. En primer lugar, el altísimo número de bajas sufridas en el no menos altísimo número de guerras libradas los ha dejado muy tocados, pero es que además el tener que estar varios años fuera de casa sirviendo en provincias les ha llevado a la ruina: sin poder atender sus tierras, acabarán por vendérselas a los ricos, cuyos esclavos serán los encargados de las labores del campo. La sociedad romana se ha empobrecido en masa, salvo en la cúspide. No voy a explicar los tremendos conflictos sociales y políticos derivados de esto, pero sólo así se puede comprender lo de Numancia, lo de los celtas, lo de la guerra de Yugurta y sobre todo, el absoluto desastre de las Guerras Cimbrias.

 

En este estado de dejadez, con una aristocracia inoperante y corrupta, y una tropa desmoralizada y arruinada, tribus bárbaras de cimbrios y teutones, o lo que es lo mismo, cientos de miles de clones del technovikingo irrumpen en el norte de Italia. Para conjurar la amenaza, Roma enviará uno de los ejércitos más grandes de su historia que por todo lo que acabo de explicarles será hecho trizas chiquititas, sufriendo más de 80.000 bajas (que se dice pronto) en la batalla de Arausio (105 a.C.). Esta hecatombe puso a la República al borde del hundimiento total; para salir de la grave crisis se nombró cónsul a un eminente soldado, destacado por su capacidad, su experiencia y, aunque el Senado no tenía ni idea de ello, perfectamente consciente de las carencias romanas y dispuesto a aportar soluciones. Con ustedes, Cayo Mario, siete veces cónsul y más grande héroe de Roma.

 

Mario reorganizó las legiones romanas de arriba a abajo en todos sus aspectos. Dada la falta de material humano, tomó una decisión trascendental: profesionalizó el ejército del todo, abriendo sus puertas a la clase social más baja, los capite censi (censo por cabezas), los que no tenían nada. De pronto, los desheredados de la sociedad romana tenían una perspectiva de prosperar, con la ventaja para el Estado de que se podían alistar por un periodo largo sin dejar tierras sin cultivar. Se alistaban por 16 años, recibiendo una paga fija y a cuyo término su general se comprometía a otorgarles tierras en las provincias, con lo que ayudaban a la colonización y romanización del territorio, inexistente hasta el momento.

 

El paleto de Arpinum que no hablaba bien el griego. Unos linces, los senadores

En cuanto a los aspectos tácticos, también introdujo numerosos cambios. Los nuevos legionarios se entrenaban en una estricta disciplina, y cuando no estaban en campaña se dedicaban a todo tipo de trabajos: construcción de campamentos (castrum), puentes y otras obras públicas, pero nunca estaban ociosos. Llevaban ellos mismos a cuestas su pesado equipo en larguísimas marchas, por lo cual se les dio el sobrenombre de “las mulas marianas”, con el correspondiente ahorro logístico. El armamento y la organización variaron también: el hecho de que los nuevos soldados no tuvieran dinero forzó al SPQR a tener que fabricar el equipo, lo que redundó en una muy necesaria estandarización. Liquidó la división en hastati, princeps y triarii y eliminó a los velites, quedando la legión como un cuerpo de infantería pesada, ahora dividido en diez cohortes y los auxilia, aliados no romanos como infantería ligera o caballería. El pilum se modificó para que fuera de un sólo uso (ya que el enemigo provocaba a los velites para que disparasen muy pronto y reutilizaban las jabalinas), y se introdujo todo el sistema de estandartes y señales visuales y auditivas (ya saben, esas águilas y esas trompetas retorcidas que se ven en los peplum…no, no son de adorno) que ayudaban a los legionarios a ubicarse y entender órdenes en pleno fragor del combate. El equipo del soldado se completaba con casco redondo gálico, espada corta (gladius hispanicus), escudo y distintos tipos de cotas (loriga).

 

El resultado de todas estas reformas fue disponer de un cuerpo de ejército permanente de soldados perfectamente adiestrados, muy disciplinados y con una moral muy alta, dada la oportunidad de labrarse un futuro. Mario obró el milagro, y en Aquae Sextiae y Vercellae (102 y 101 a.C.), obtuvo dos resonantes victorias sobre las hordas germánicas, unos tipos que sacaban más de una cabeza al legionario romano medio. Roma se había salvado y las legiones romanas nunca volvieron a ser las mismas, y esta organización, con los lógicos retoques, permanecerá estable durante todo el resto del periodo republicano y alto imperial. Sin embargo, hay una reforma muy necesaria y mucho más complicada de efectuar que nos hemos dejado para el final. Sí, han acertado, lo de los cargos anuales. Se trataba de una barrera que Mario por sí solo no podía franquear, pues suponía cambiar el sistema político y la elite romana se resistía con uñas y dientes. Aún así, su popularidad bastó para saltarse la ley y presentarse a cónsul varias veces, siendo elegido durante siete años. Por una parte se hacía imprescindible contar con buenos generales al frente de las tropas durante un tiempo prolongado, pero el Senado temía el poder de un individuo así, dirigiendo ejércitos y repartiendo tierras a sus veteranos, y haciendo vaya usted a saber qué en provincias lejanas. La República está malita y se barruntan nubes en el horizonte. Pero las reformas en la “planta noble” del Estado las dejaremos para la siguiente entrega, “Fundación e Imperio”, donde hablaremos de la vida en las legiones, los cacharritos de asedio, las guerras civiles y por supuesto, de Él.

Fazañas Bélicas (V): Legionarios de la Antigua República, 5.0 out of 5 based on 1 rating