Vitae Sanctorum: San Hermenegildo, traidor y mártir

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Tras un año y medio de frenética actividad (bueno, vale, igual no tan frenética), por esta página han pasado reyes, emperadores, generales y políticos de todo pelaje. Pero aún existía un nicho de mercado que sólo habíamos explorado tangencialmente. Me refiero a esos personajes que un buen día la Iglesia decide que por sus acciones, reales o inventadas, son dignos de recibir superpoderes. De este modo pasan automáticamente a formar parte del concurrido panteón cristiano, que acumula más personal en nómina que la Marvel. Sí, queridos, vamos a ocuparnos también de las vidas de los santos. Por supuesto, de aquellas más disparatadas o distorsionadas, y cuanto más famosos sean, pues mejor. Total, ya saben de qué va esta página y también cómo las gasta la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

 

El primer santo que vamos a desmitificar es un peso pesado en estas tierras ibéricas. San Hermenegildo es un auténtico primera división, de gran raigambre hispánica, sobre todo por tierras sevillanas. Existe incluso una orden militar con su condecoración correspondiente, y no es para menos, puesto que este mártir de la fe tuvo la valentía de renegar de su religión herética para convertirse al catolicismo, siendo el primer príncipe visigodo que hacía tal cosa. Por ello fue reducido por las armas por su padre, el malvadísimo y arrianísimo rey Leovigildo, que terminó ordenando su decapitación al negarse a rebautizarse como arriano. El martirio de Hermenegildo por no renegar de la Fe Verdadera le valió ascender a las alturas en 1585, fecha a partir de la cual pasó a ser un pilar de la fe en España. Hacia el siglo XIX, con la explosión del Romanticismo, el Nacionalismo y el Positivismo histórico, ya ni les cuento. Visigodo, católico y mártir, se transformó en un verdadero bastión de las esencias y los naftalínicos valores de toda la vida de Dios, España y el Rey. Lo más divertido de todo esto es que llegados al día de hoy a primera hora de la mañana, dado que la insurgencia del príncipe católico tuvo lugar en la Bética, capital Sevilla, el muchacho bendito está empezando a contemplarse como un precursor de la autonomía andaluza, perseguida e incomprendida desde el Gobierno Central opresor, cómo no. El aldeanismo ridículo parece el signo de los tiempos, qué le vamos a hacer.

 

Que todo este montón de tonterías puestas una encima de la otra haya llegado así hasta nuestros días se debe originalmente a dos tipos, dos Padres de la Iglesia que relataron los avatares del ínclito a pesar de tocar de oído, puesto que ninguno estuvo presente, ni vivió de cerca los acontecimientos: San Gregorio de Tours y el Papa San Gregorio Magno, por más señas, un franco y un ortodoxo romano. Las deformaciones de ambos personajes tienen su razón de ser en la necesidad de predicar la religión cristiana como la única verdadera en un mundo, el del siglo VI d. C., bastante turbulento y aún rebosante de herejes, paganos y gentes cristianizadas a medias. Es decir, la fe fanática de estos dos patriarcas no tuvo grandes problemas en retorcer la historia al servicio de sus objetivos dogmáticos. El impulso definitivo lo aportó la reforma del catolicismo salida de Trento (me niego a llamarla Contrarreforma, como hacen los luteranos alemanes, dándose importancia ellos), que derivó en una fiebre santificadora de personajes de la época goda, ya que por entonces (hacia el reinado de Felipe II) se consideraba una herencia ilustre y aristocrática descender de ellos. El resto del camino creo que es ocioso que se lo relate; la leyenda fraguó sólidamente a través de siglos de catolicismo exacerbado, aristocracia clasista y nacionalismo castizo, cuyo último episodio hasta la fecha tuvo lugar durante la simpática y rancia resurrección nacionalcatólica.

 

Y el caso es que el fulano este en el fondo no era más que un vulgar usurpador que se rebeló contra su padre, disputándole el trono. Lo irónico del asunto es que tal conclusión se puede deducir acudiendo a las fuentes hispano-godas de la época, que son más bien poco elogiosas y no al par de Gregorios de guardia. Vamos a ello, viajemos al tiempo en que los visigodos pisaban la Hispania, porque esta historia rebosa de ironías.

 

Miembros de la Orden de San Hermenegildo. Alguno igual les suena.

Año del Señor de 575. Después de uno de los recurrentes conflictos sucesorios visigóticos, esta vez entre Atanagildo y Agila, que culminó con el desembarco en Hispania de los bizantinos y la muerte de ambos pájaros, la sucesión había recaído en el veterano Liuva I, comes de la importante provincia de la Septimania (actual sur de Francia). Éste, previendo otra pelea por el trono a su muerte, había tenido la feliz idea de asociar al trono a su sobrino, un tal Leovigildo. Así fue como este ambicioso varón ascendió a la púrpura goda. Leo era perfectamente consciente de la precaria situación en que se encontraba el dominio visigodo sobre la Península, así que su acción política se concentró en afirmar su autoridad sobre todo el territorio de la antigua provincia romana de Hispania, que concebía como un todo unificado (otra de tantas ideas que adoptaron de la administración imperial). ¿Qué cómo lo hizo? Pues vaya pregunta, a base de repartir castañas, claro.

 

Leovigildo lanzó sucesivas campañas militares contra todos los poderes que le discutían la autoridad: empezó por atacar a los bizantinos, arrebatándoles algunas ciudades y poblados fortificados, podría ser que tomara Asidonia (más conocida por Medina Sidonia), aunque no logró desalojarlos del todo. Después miró hacia Córdoba, ciudad cuya población hispanorromana mantenía independiente, bien lejos de manos visigodas. Una vez tomada, pacificó a leches la región, derrotando a los rebeldes de la Oróspeda y pasando unos cuantos miles de campesinos sublevados por las armas, como hace todo rey que se respete. También recibieron caricias por el norte; el belicoso Rex Gothorum sometió la Cantabria (no la actual, sino una zona entre Burgos y La Rioja saqueando su capital, Amaya, derrotó al pueblo de los Sapos, que se ubican por Zamora, y arrinconó al menguante poder suevo en su esquinita gallega. Hacia el 580, año en que empiece la rebelión familiar, a Leovigildo sólo le restaba por doblegar a los vascones, esos rústicos greñudos que bajaban de las montañas de cuando en cuando para arrasar ciudades y robar ganado.

 

La otra línea de actuación uniformizadora del rey estaba centrada en la cuestión religiosa, que en esa época está muy íntimamente relacionada con la política. Más que ahora incluso. El mapa religioso de Hispania era un jaleo: aunque muchos habían abrazado la fe muy superficialmente, la mayoría de la población hispanorromana era católica, así como los ocupantes bizantinos (los romanos, como se les llamaba). Los vascones y otros pueblos de irreductibles andrajosos olvidados de la mano de Dios y del Estado seguían en su paganismo. Sin embargo, los visigodos eran arrianos, y finalmente los suevos iban cambiando de religión según por dónde les caía la hostia en cada ocasión, pasando de paganos a arrianos, después a católicos, luego a arrianos otra vez…en fin, creo que captan la mecánica. Leovigildo comprendió que para montar un Estado medio estable que evitara los interminables asesinatos por el trono y la anarquía gubernamental era muy importante que la población bajo su mando abrazara una misma fe, que lógicamente para él debía ser el arrianismo. Pero antes de proseguir, seguro que alguno se pregunta en qué consiste esto de arrianismo, de dónde lo sacaron los visigodos y qué diferencia hay con el catolicismo. Pues ahora mismito se lo explico; toca otro flashback de un par de siglos. No sufran que ahora mismo volvemos.

 

De todos los pueblos germánicos que emigraron a Occidente huyendo de los hunos y chocaron con el limes del Imperio romano, los visigodos fueron los primeros. Aparecieron vagando por las fronteras de la Dacia hacia el 320 d. C., en busca de un hogar permanente. Su relación con los romanos oscilaba, ya que ambas partes se movían entre el pragmatismo y la xenofobia; a una ración de tortas le sucedía la firma de un foedus (pacto de hospitalidad y alianza) y así sucesivamente. Durante esta época, el obispo Arrio, uno de tantos predicadores cristianos que se estilaban por entonces, decidió convertir a los visigodos al cristianismo, en la creencia de que eran almas puras que no habían conocido a Cristo y no estaban por tanto tan corrompidos como los romanos. Pero también era la época en que la doctrina no estaba muy bien fijada que digamos, y abundaban las interpretaciones sobre los incomprensibles misterios de la Trinidad a gusto del consumidor. Así que los visigodos adoptaron la Fe creyendo que el Padre y el Hijo eran dos personajes distintos, en vez de la ortodoxia por la cual eran homologables, Uno y Trino junto con el Espíritu Santo.

 

Así las cosas, en 376 d. C., los visigodos hicieron un movimiento que pilló a los romanos a contrapié: solicitaron alojarse dentro de las fronteras del Imperio, a cambio de convertirse en campesinos y soldados. El emperador firmó el correspondiente pacto, los asentó en Tracia y los abandonó a su suerte, con el consiguiente cabreo germánico. Para colmo, una vez condenadas definitivamente las enseñanzas de Arrio (381) como heréticas y rodeados de romanos católicos, con los cuales tenían unas difíciles y oscilantes relaciones, nuestros melenudos protagonistas se aferraron a su fe arriana como esencia de “lo visigodo”; su religión se convirtió en un distintivo “nacional”. Por ello, cuando por encargo de Roma aterrizaron en la Península Ibérica y procedieron a aniquilar a los vándalos silingos y a los alanos, tarea que cumplieron minuciosamente, su arrianismo les distinguía de todos sus rivales; vándalos asdingos, suevos paganos e incluso de sus vecinos del norte, los francos, que eran germanos catolizados y fervientes enemigos.

 

Ingunda, parece que hace mal día, ¿y si me sublevo mañana?

Y ahora que saben de dónde vienen aquellos polvos, volvamos a estos lodos. Leovigildo comenzó a poner en práctica su plan para arrianizar a todos sus súbditos. A pesar de que la tradición católica lo tacha de feroz perseguidor de los pobrecitos víctimas de siempre, tal afirmación es muy discutible. Realmente no condenó a nadie a muerte por su fe religiosa, y no está en absoluto claro que detrás de los destierros de algún obispo estuviera la religión, sino más bien la política: Juan de Bíclaro, por ejemplo, era sospechoso de simpatizar con los bizantinos a los ojos del rey y de San Leandro hablaremos enseguida. En cualquier caso, andando en el tiempo el monarca vio que la arrianización total se complicaba en exceso, por lo que levantó la pena y los exiliados pudieron regresar. En realidad, Leovigildo fue lo suficientemente hábil como para proponer una transición suave e incruenta: para empezar, reunió en concilio a las elites eclesiásticas de ambas confesiones para aproximar posturas doctrinales y pensar en cómo se efectuaría la modélica Transición. Por una parte, el arrianismo admitió oficialmente que Padre e Hijo eran la misma sustancia, aunque distinta de la Palomita, solución de compromiso para satisfacer a los intelectuales orgánicos del Régimen. Por la otra, se decidió prescindir del bautismo para pasarse a la fe de Arrio. Esta medida estaba destinada a tranquilizar al populus, puesto que tener que rebautizarse implicaba que la parentela que hubiera fallecido dentro del bautismo católico no se había salvado. Y hablamos de una época donde estas cosas se tomaban muy en serio; vamos, que era todo un drama palmar en pecado.

 

Sin embargo, aunque se comenzaron a dar pasos en esta dirección, no todo el establishment del reino estaba interesado en la unificación. Poderosas familias aristocráticas tenían redes clientelares o facciones forjadas al calorcito de la religión. Quien dice redes clientelares dice propiedades y poder económico; sedes episcopales arrianas o católicas, con sus tierras, sus esclavos o sus recaudaciones de impuestos, control sobre villas y ciudades…en fin, lo que ustedes ya saben que mueve el mundo. Muchos miembros de las elites se preocuparon al no saber cómo quedaría la distribución de bienes y honores con la “fusión”, aparte de las lógicas tensiones entre algunos representantes de cada bando, incluida la familia real. Sobre todo si tenemos en cuenta la política real de recuperación de riqueza y patrimonio. Y así hemos explicado el contexto necesario para entender la insurrección de Hermenegildo, que ya iba tocando, más de medio artículo después.

 

La tercera vía hacia la estabilidad visigoda, aparte de la militar y la religiosa, era la política, que en el siglo VI se cocina en las alturas. Leo seguirá el sabio ejemplo de su tío y asociará al trono a sus dos hijos varones, Hermenegildo y Recaredo. Además, elegirá como segunda esposa a la viuda del fallecido Atanagildo, que respondía al romántico y musical nombre de Goswinda; otro movimiento político destinado a granjearse la simpatía y fidelidad de los antiguos partidarios de aquél. Ahora vamos con un pequeño jaleo doméstico que va a enturbiar los designios del rey en cuestiones de fe. Como el primogénito estaba en edad casadera, se le buscó una esposa entre la realeza franca, por aquello de estrechar lazos internacionales y fortalecer la paz entre ambos reinos. La elegida fue la princesa Ingunda (sin comentarios), que era nieta de Goswinda. Pero hete aquí que al llegar a la corte toledana, la niñata de 14 años se negó en redondo a convertirse en arriana (concesión que solían hacer todas las princesas y que funcionaba igualmente en la corte franca) provocando las iras de su abuela. Que debía tener muy mal pronto, dado que acabaron literalmente a hostias. Leovigildo decidió pues enviar en 580 a Hermenegildo y su recalcitrante mujer lejos de Toledo, y ya de paso darle al chico mando en plaza para que empezara a curtirse en eso del gobierno; así fue como Hermi fue nombrado comes y gobernador de la Bética. Demostración de la absoluta confianza de papá en su nene, ya que justo después de eso partió a darles una somanta de palos a los vascones.

 

Hermenegildo tenía amigos, clientes y conocidos en Sevilla, ciudad de donde era originaria la familia de su tío Leandro, obispo católico muy activo y proselitista él, tanto que acabaría siendo santo, como su hermano pequeño Isidoro de Sevilla. Ahí tienen, varios santos en la misma casa, el orgullo de una madre. Pero volvamos al meollo que me disperso. Tradicionalmente se asume que Hermenegildo se alzó contra su padre apoyado por todos los católicos en un conflicto religioso una vez fue bautizado por San Leandro, la Fe Verdadera en una esquina y el Mal Herético en la otra. Esta es la mentira crucial de esta película, puesto que además de tratarse de un conflicto político (y económico), es muy dudoso que Leandro pudiera obrar la conversión del príncipe en el momento anterior al estallido del Alzamiento, ya que estaba exiliado en Constantinopla y no regresó a Sevilla hasta 582. Hermi el traidor se proclamó rey en el 580 siendo aún arriano, acuñó moneda con su careto (privilegio reservado a los monarcas) y se apresuró a contactar con los enemigos de su padre: los bizantinos recibieron una oferta de colaboración y el rey Miro de los suevos suscribió una alianza con el sublevado.

Por ello es completamente falso que se tratara de una guerra religiosa de católicos contra arrianos; fuera de los límites de la Bética prácticamente nadie apoyó a Hermenegildo, cuyos partidarios eran los terratenientes godos de la mentada provincia, más los hispanorromanos que no veían con buenos ojos el reciente control visigodo. En definitiva, una de tantas usurpaciones dentro de la tradición visigoda de pelearse entre ellos por la corona.

 

A Leovigildo la traición le pilló peleando con los vascones, así que tardó un tiempo en reaccionar. Sin embargo, cuando terminó de dar guantazos a la ETA, bajó con su ejército a sitiar la capital de su hijo rebelde. Tomó Mérida e Itálica y se aseguró la neutralidad bizantina por el módico precio de 30.000 solidi de oro, y destrozó al ejército suevo que acudió a ayudar a Hermenegildo, capturando al rey de aquellos menosmola, al que no soltó hasta que le juró fidelidad. Como se pueden ustedes imaginar, este monarca guerrero no tuvo demasiados problemas para ocupar Sevilla tras un sitio de un añito de nada, sofocar la revuelta y capturar a su hijo, al que mandó a prisión.

 

Hermenegildo fue decapitado en Tarragona en 585 por su carcelero, un tal Sisberto, en un oscuro episodio. Gregorio Magno es el único que relata el presunto motivo del asesinato, como no podía ser de otro modo, el negarse a abandonar la fe católica como condición para recibir el perdón paterno. Ya saben, sin esto no hay mártir que valga. No está claro que Leovigildo tuviera algo que ver en el asesinato,  pudiendo haberlo ordenado, pero por un lado Sisberto no fue ejecutado (lo cual habría borrado la pista de las responsabilidades) y por el otro ni Juan de Bíclaro ni San Isidoro, dos cronistas fervientemente católicos comentan el asunto.

 

Regionalistas sin complejos, sin photoshop y sin sentido del ridículo

El caso es que un año más tarde murió Leovigildo y le sucedió su segundo hijo, Recaredo. Este chaval demostró ser bastante más espabilado que su difunto hermano mayor. En el III Concilio de Toledo, 586 d.C., el flamante Rex Gothorum anunció públicamente su conversión al catolicismo, y siguiendo la línea política de su padre, ofreció a las elites del reino un programa de unificación religiosa, pero esta vez a la inversa. Los arrianos se integrarían en el rebaño católico bajo las mismas premisas pensadas por Leovigildo; se respetaría a los obispos arrianos conversos en sus sedes, en muchos casos conviviendo con uno católico, y por lo que respecta al pueblo llano, una simple imposición de manos bastaría, no es necesario asustar al campesino más de lo imprescindible. De su hermano no hizo ni la más mínima mención, distanciándose de su memoria todo lo que pudo, a pesar de compartir fe y ordenando la ejecución, ahora sí, del famoso Sisberto. Los cronistas hispanogodos de la época hablan bastante mal de Hermenegildo, tachándolo de “tirano”, con todas las implicaciones de ilegalidad que tiene tal figura, y en general se le tuvo como un usurpador indigno de recuerdo. Y aquí se terminó la historia hasta que los Gregorios pusieron el aparato de propaganda en marcha.

 

Así que paradójicamente, el hombre que llevó a cabo con éxito la tarea de convertir a todos los habitantes de Hispania en católicos sin derramamiento de sangre, a día de hoy tiene el mismo estatus que cualquier otro mortal a ojos de la SMICAyR, mientras que su hermano fue santificado y se le tiene por mártir de la Fe, algo que hemos visto que no fue. No queda aquí la cosa. San Hermenegildo es uno de los favoritos del panteón español, porque en este país si no hay sangre parece que no luce lo mismo: la supuesta cabeza del pájaro éste fue “recuperada” por Fray Luis de León en la época de su canonización (s. XVI) y hoy se exhiben cachitos en varios lugares de la geografía nacional (la Seo de Zaragoza o la Iglesia de San Hermenegildo de Dos Hermanas). No me digan que la Iglesia no es una auténtica maestra en esto de fomentar mitología.