Guía de Supervivencia Ideológica – Totalitarismos. Señores uniformados que gritan.

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Seguimos con nuestra línea morbosa repasando los espantos ideológicos que jalonan el siglo XX y de paso dándole un poco de vidilla a la página, que la tengo mustia últimamente. A veces también tengo vida real, qué quieren que le haga. Había pensado escribir el capítulo del anarquismo, pero se me ocurrió que a lo mejor tendrían ustedes un empacho izquierdista después de tres entregas tres de socialismo, así que como no quiero que se dediquen a hacer huelgas generales revolucionarias todavía, vamos a ocuparnos del otro lado del espectro político. Soy perfectamente consciente de que el fenómeno de los aguiluchos, las divisiones panzer, los campos de exterminio y las amables caricias de la policía política ha sido diseccionado, medido y pesado hasta la náusea por toda clase de autores y autorcillos, normalmente con esa típica mezcla de horror y fascinación que rodea al auge y caída de los regímenes de tipo fascista.

Pero como esta es una bitácora seria, concienzuda y rigurosa (ejem…), no podemos dejar coja la sección de ideologías y otros subproductos mentales de la era industrial. Por otra parte, seguro que aunque conozcan al detalle los acontecimientos que voy a contarles, ¿se han parado a pensar si saben diferenciar una dictadura de un totalitarismo? ¿Sabrían determinar lo que es fascismo y lo que no? ¿A que ahí no está tan clara la cosa? ¿Lo ven? También entraremos en la discusión tópica sobre si los extremos se tocan, si el comunismo soviético es carne o pescado, en qué se parece y en qué se distingue de éstos. Y en último lugar, porque ya saben que no me puedo estar callado y tengo que decir la mía. Así que vamos a viajar a la época en que los tiranos rulaban Europa.

París, 1918. Sí, otra vez. Supongo que ya se habrán fijado en la cantidad de veces que pasamos por esta ciudad, pero no es para menos; de aquí salió el mundo contemporáneo y también la chapuza que originó todas las desgracias posteriores a la Gran Guerra. Ya hablamos en detalle de la metedura de pata patrocinada por el presidente Wilson, pero en este caso nos centraremos en un aspecto que nos interesa mucho, porque nosotros lo valemos; en cómo se fraguaron los cimientos del edificio del fascismo. Con su simpática cláusula en pro de la autodeterminación de los pueblos, Wilson había proporcionado involuntariamente una reivindicación nacionalista a prácticamente cada estado europeo salido de la remodelación que supuso Versalles. Aunque a él eso le importaba poco, pues los objetivos de los tratados eran otros; por un lado, por insistencia francesa, asegurarse de que Alemania no volvería a agredir a nadie  y por el otro, aislar al bicho soviético. Además, la palabreja sonaba a algo exótico e inofensivo a varios miles de kilómetros de distancia y a fin de cuentas a los europeos parecía importarles mucho. Nuevos estados brotaron por aquí y por allá, erigiéndose en democracias instantáneas, con su sistema representativo y su sufragio.

Parece obvio que las democracias surgidas de la nada tienen una base muy endeble, a menos que todo vaya a favor de obra, pero al parecer la capacidad de autoengaño, o las ganas de echar tierra al asunto rapidito, obran milagros. Como ven, la de Irak es una música bastante vieja. También parece muy claro que construir el futuro europeo ignorando la situación en que quedaban Alemania (arruinada) y la URSS (aislada y hostilizada) era cuanto menos arriesgadillo, tratándose de países con grandes recursos y muchos millones de habitantes. Pero hay que guardar las apariencias, y en 1919 había nada más y nada menos que 27 democracias en Europa.

Y a los comunistas les vamos a dar así con la mano abiertaaaa…

Todo esto no es más que el trasunto político del mondongo, porque el verdadero meollo del concetu está en la parte económica. EEUU había entrado en la guerra en el momento decisivo, no sólo con su ejército, sino suministrando recursos a cascoporro a los exhaustos aliados. Así que había pasado de ser objeto de inversiones europeas a convertirse en el acreedor del mundo industrializado; desde entonces la economía mundial ha dependido de si en los USA se resfrían los mercados o si sale el sol en Wall Street. En Versalles se decidió imprudentemente que Alemania era la responsable única del conflicto y se le impusieron unas reparaciones de guerra que no podría pagar jamás, en vez de optar por algo más razonable. Para tranquilizar a Francia de nuevo se fingió que todo se apañaba por la vía del crédito, y aquí empezó la loca carrera del endeudamiento mundial, en una época en la que mecanismos de protección como los fondos de garantía y todo lo demás no existían. Para colmo los vencedores, particularmente Francia, gastaron por adelantado el dinero que aún no habían cobrado al grito de “¡Alemania pagará!”.

Sin embargo no termina aquí la cosa; los estadounidenses, entusiasmados con su flamante industria de producción en masa (el 40% del total mundial, los muchachos) y en la absurda confianza de que recuperarían sin problemas el dinero de sus inversiones, siguieron fabricando cada vez más. ¿Qué qué problema hay en eso? Bueno, si sabemos que aquí todo el mundo debe pasta, ¿qué se puede comprar con un dinero que no se tiene? Así que mientras se manufacturaban cada vez más productos, la gente no los compraba, así que los precios cayeron y cayeron y volvieron a caer. De esta manera se urdió el escenario de la Gran Depresión, de la que hablaremos más tarde. Porque aún no les he contado nada sobre el tema que nos ocupa, pero no se preocupen que ya hemos puesto lo fundamental. En la burbuja de los felices años de la Belle Epoque, pues, todo parecía marchar bien, el liberalismo burgués marchaba viento en popa a toda vela y los europeos se recuperaban del trauma que acababan de vivir. ¿Seguro? Cojamos la lupa y examinemos detenidamente. En casi todos los estados la situación sociopolítica era como mínimo delicada; para describirla, muchos historiadores acuden a la teoría de las tres fuerzas en conflicto, las tres erres. Reacción, reforma y revolución.

La reacción definía a un conjunto de ideas más propias del Antiguo Régimen que del nuevo. Valores tradicionales, sociedades estamentales o al menos jerarquizadas, apelaban al “orden natural” y cosas por el estilo. El nacionalismo, una vez perdido su carácter transgresor y acomodado al poder, también encontró su lugar bajo el sol en esta parte del espectro sociopolítico. Su núcleo lo formaban, evidentemente, las clases sociales más favorecidas en los añorados tiempos antiguos: es decir, la aristocracia o los terratenientes. Pero como esto no son compartimentos estancos, ni mucho menos, también se incluían muchos grandes empresarios burgueses y clases medias de tipo conservador. La Iglesia también va incorporada en el pack de este sector derechista, puesto que era otro de los antiguos estamentos privilegiados y con ella una parte de los campesinos o trabajadores del pueblo llano que eran creyentes fervorosos.

Pero muchos burgueses procedían de la tradición ilustrada de la revolución francesa. Sus ideas eran opuestas a las reaccionarias; eran partidarios de las democracias burguesas, la igualdad política y jurídica, la libertad, la razón y el progreso tecnológico. Sus motores principales eran el liberalismo y el nacionalismo, en su primigenia vertiente reformadora. Y si recuerdan los capítulos rojillos ya publicados, también la corriente “pactista” del socialismo, cuya diferencia básica con los anteriores era simplemente que rechazaban el capitalismo tal como funcionaba en la práctica y aspiraban a la igualdad también en el plano económico. Este conjunto de ideas eran propias de las clases medias (intelectuales, funcionarios, pequeños propietarios, campesinos prósperos) e incorporaban a republicanos, socialdemócratas y liberales.

Sin embargo, ambas “erres”, sobre todo la segunda porque los tenía más cerca, tenían mucho miedo de la tercera, la revolución. Agrupaba a los socialistas “ortodoxos”  (incluidos los comunistas) y tenía una amplia base proletaria (las clases más bajas), aunque también se alimentaba de las filas de las clases medias, sobre todo intelectuales socialistas. Buscaban derribar o tomar las riendas del Estado para instaurar otro tipo de sociedad. Pero no eran exclusivamente de izquierdas; los revolucionarios también podían ser nacionalistas. Y aquí ya les tengo donde quiero, porque de estos últimos procederán los autores intelectuales de los movimientos más puramente totalitarios. De todas formas, como yo sé que son muy espabilados, se figurarán que debían ser una minoría y que por sí solos carecían de la fuerza necesaria para tomar el control de un Estado. Cierto, pero es que no van a actuar en solitario. Es fácil darse cuenta de que entre estas tres fuerzas en conflicto por imponer su modelo de sociedad hay varios puntos de contacto, y a partir de ahí se pueden forjar alianzas de ocasión y complejos movimientos políticos que vamos a resumir mucho, mucho.

¿Por qué se le llama “totalitarismo”? Hoy los englobamos con el genérico nombre de dictadura y así lo confundimos todo, pero en su momento eran conceptos distintos. La dictadura era una figura del pasado y se refería al establecimiento de un régimen autoritario por un periodo determinado y finito, con el fin de superar una situación crítica; esta era la concepción clásica procedente de los romanos y el modelo en el que se inspiraban los constantes pronunciamientos españoles, por ejemplo. Los propios nazis y fascistas acuñaron el término totalitarismo para distanciarse de esta antigualla: lo suyo era de mayor alcance y se basaba en las teorías orgánicas de la sociedad.

Según estas, la sociedad era una especie de organismo vivo y en movimiento, cuyas células o piececitas engranadas eran los individuos. Su papel quedaba reducido y restringido por el ambiente cultural en que vivían, por lo que cada persona era en definitiva lo que su sociedad moldeaba y requería de ella. El totalitarismo propugnaba ir más allá y moldear activamente a las personas, y para ello empleaban dos técnicas muy destacadas; la supresión de la libertad individual y el uso machacón y constante de la propaganda para meter a machamartillo en las cabecitas de la gente lo que el Estado consideraba como “verdades” o las “ideas correctas”. Que en el caso del fascismo emergente giraban alrededor del nacionalismo. Y por supuesto, eliminando a los discordantes mediante el empleo de la violencia. Es obvio que esto habría sido imposible sin el proceso de fortalecimiento del Estado que había comenzado allá por el siglo XV y que en plena era industrial había superado cualquier expectativa.

En cuanto a la economía, base de la sociedad según la teoría marxista, parece claro que en un Estado totalitario debería estar controlada por él y muchos de ustedes ya están pensando en los soviets con una media sonrisita. De hecho en sus primeras etapas, tanto el fascismo como el nazismo apelaron a conceptos marxistas. Pero en la práctica esto no fue así; debo advertirles de que las teorías totalitarias, como las demás, tienen más trampas que una peli de Fumanchú y no son del todo honestas. Y el uso de fraseología socialista, que pueden rastrear incluso en Falange, tenía como objetivo atraerse una importante base social desde abajo: los obreros parados y cabreados a los que la desaparición de la lucha de clases les sonaba muy bien. Pero una vez en el poder, ya no era necesario fingir más. Todo este rollo patatero lo vamos a ver mucho mejor con un ejemplo concreto, el que inició todo el follón y que legó el nombrecito al invento. Además, después veremos similitudes y diferencias entre regímenes facciosos, que van a proliferar bastante en tan sólo 20 años, hasta que estallen las inevitables peleas.

Sicilia Italia, 1920. Los italianos habían jugado muy bien sus cartas en la Gran Guerra y lograron colarse por la puerta grande en las negociaciones de París como si fueran una gran potencia, presentando el currículum de 600.000 tipos hechos picadillo contra las defensas habsburgo para aspirar así a arrancarle al cadáver del Imperio Austro-húngaro un cacho de territorio. Esta puesta en escena ocultaba las miserias de un país con innumerables tensiones internas; la enorme pobreza del sur, las malas condiciones de los obreros del norte, las huelgas, encierros y protestas… En resumen, una gran inquietud social, económica y política (generalmente va todo juntito) que los débiles gobiernos parlamentarios formados por diversas coaliciones se veían impotentes para solucionar desde 1880. Los nacionalistas habían forjado un Estado unificado, pero se les había olvidado la receta para estabilizarlo.

En este contexto hizo su aparición Benito Mussolini. Ex periodista, ex cabo del ejército italiano, ex socialista y un gran oportunista, simbolizaba en su persona muchas características que ya hemos comentado: había virado hacia un nacionalismo agresivo, conocía la retórica y los métodos revolucionarios y sentía una enorme frustración compartida por muchos excombatientes europeos. Suena extraño hoy en día, pero un buen número de veteranos de guerra había sido educado en un furioso nacionalismo imperialista para poder ser arrojado fusil en mano contra las demás potencias en defensa de la patria, y la I Guerra Mundial les había ofrecido la oportunidad de “realizarse” por medio de la violencia y el odio. Al finalizar el conflicto, volvieron a ser unos simples menosmola, ni temidos, ni respetados, ni sintiéndose parte de algo más grande. Y seguían cabreados. Y estaban en el paro.

Así que el arrogante Benito organizó a veteranos descontentos y otros elementos violentos (abundantes en tiempos revueltos) de ideología más bien reaccionaria en squadras de fascisti, aludiendo así al glorioso pasado del Imperio romano. Que en el fondo eran un grupo de bestias que se dedicaron con entusiasmo a patear obreros, reventar huelgas y encierros y propagar la violencia callejera, disputando a los marxistas su lugar bajo el sol. En 1922 se sentían lo bastante fuertes y protagonizaron la famosa “marcha sobre Roma” con sus camisitas negras y su canesú, y para entonces ya les dirigían una atenta mirada desde lo alto. En efecto, los poderes fácticos burgueses miraban con simpatía aquella forma de escabechinar al movimiento obrero y no se dejaron engañar por el discurso revolucionario marxistoide que enarbolaban los primeros fascistas, de modo que tras la entrada en Roma se les entregó el gobierno. Lo cierto es que los discursos de Mussolini cuadraban mucho mejor con sus deseos y aspiraciones, que no eran sino la derrota de los proletarios y su pernicioso ideario igualitarista.

Las fieras milicias fascistas italianas en acción

Por tanto, cuando finalmente tomaron el poder con el beneplácito y la financiación de los grandes capitalistas, el Estado corporativo resultó un fiasco. La industria siguió siendo propiedad privada, y la economía la controlaba una serie de consejos “corporativos” que se componían de miembros del partido fascista y los empresarios de cada sector. Los sindicatos desaparecieron, siendo sustituidos por uno fascista, que no era más que grupos de squadristi vigilando el buen comportamiento de los obreros, y con ellos se esfumaron las huelgas y las reivindicaciones socialistas. Algunos diputados molestos fueron asesinados, como Mateotti, o perseguidos, así como la mafia, la camorra y los que se creyeron de verdad el programa “socialista” del partido. Al carecer de escrúpulos en cuanto a la cuestión social, el nuevo Estado y los grandes empresarios hicieron un montón de negocietes juntos en condiciones ventajosas, sobre todo obras públicas, sin que nadie les molestara. El Gran Consejo fascista se ufanaba en que la denunciada lucha de clases había desaparecido al fin y una nueva era próspera comenzaba bajo un líder fuerte de saliente mandíbula. Italia parecía gobernada con mano firme, y tenía sus admiradores en las democracias de Europa Occidental.

Gran parte de esto era propaganda, puesto que las clases sociales existían, y después de 1925 la economía mundial entró en recesión hasta el estallido del Crack del 29; pronto se vio que el milagro italiano eran los padres y la industria bélica. Así que a Benito y su gente no le quedó otra que echar mano del ABC del manual nacionalista: la culpa era del empedrado extranjero y el marxismo internacional. Este curioso régimen, mezcla de innovación en los métodos (ya que partía desde abajo) y naftalina ideológica (pues eran las reaccionarias de toda la vida), habría quedado como un exotismo histórico si no fuera porque en el vecino de arriba, el pisoteado perdedor de la guerra, otro frustrado cabo se inspiró en Benito para llevar a ídem algo similar, y entonces ya se pudo hablar de “fascismo internacional” como un movimiento.

Alemania era Italia elevada a la enésima potencia. La República de Weimar era la primera democracia que tenía el país, un ex Imperio de corte conservador y militarista, y le tocó lidiar el peor periodo de su historia. Ya hemos visto la delicadísima situación económica, el sentimiento de desencanto y humillación que representaba Versalles (encarnada por la república). Para acabar de pintar el cuadro, Alemania disponía de una enorme población obrera y proletaria organizada en un activo partido comunista, que incluso estableció una efímera república soviética bávara. El resentido cabo austriaco fundó un pequeño partido extremista y copió el modus operandi italiano, añadiéndole una particularidad muy alemana: un fortísimo componente racista. Que en el fondo es la principal distinción entre fascismo y nazismo, aparte de la mayor amplitud y alcance del “experimento” alemán. Adolf combinó la violencia callejera contra los comunistas con el acceso al Parlamento, y fue financiado y protegido por la aristocracia junker y los grandes empresarios alemanes.

Y aún así, el acontecimiento que catapultó al nazismo a los mandos del cotarro fue ni más ni menos que la Gran Depresión, pues el ascenso de Hitler no fue tan meteórico como se suele creer; hacia 1924-25 el crédito estadounidense se multiplicó y el país disfrutó de cierta bonanza económica. El NSDAP empezó a verse como una banda de sonados peligrosos y en las elecciones de 1928 comenzó a perder terreno apreciablemente. Pero en 1929 el hundimiento financiero de Wall Street arrasó con todo; los inversores estadounidenses se apresuraron a salvar el poco dinero que quedaba, retirando sus capitales de Europa y todo esto en mitad de una crisis de sobreproducción.  El petardazo de la deflación se oyó hasta en Júpiter y el marco alemán no servía ni para limpiarse el culo, mientras los parados se amontonaban. Este fue el momento de Adolf.

En 1930 sobrepasó con mucho a la representación comunista y en 1933 fue propuesto por los gerifaltes tradicionales como Canciller y nombrado finalmente. Preparó el incendio del Reichstag, del que acusó a los comunistas. Todo el mundo le creyó sin pruebas y la policía, el ejército y las flamantes milicias nazis de las SS se lanzaron a la calle a liquidar rojillos, judíos y miembros de la vieja guardia; como en Italia, una vez en el poder se acabaron los revolucionarios. Ustedes se preguntarán cómo es posible que el Partido Comunista alemán, con toda su fuerza, se hundiera tan rápidamente bajo el peso de las hostias. Pues por tres razones principales. En primer lugar, Adolf contó en el momento necesario con todas las fuerzas de seguridad del Estado, puestas a su disposición por la reacción. En segundo lugar, las fuerzas de la reforma (pequeño-burgueses y socialdemócratas), asustadas por el fantasma de la URSS y su dictadura del proletariado, miraron para otro lado mientras votaban al NSDAP. Por supuesto los nazis se sabían el cuento y se presentaban como los paladines anti-Lenin. Aún hoy hay revisionistas que confunden churras y merinas y dan crédito a esta excusa barata, presentando a la Rusia soviética como la causa del totalitarismo fascista. Y por último, la actitud estúpida del Komintern, que se dedicó a azuzar a su gente contra los socialdemócratas, esos “traidores”, en vez de identificar a los nazis como el verdadero enemigo.

Alegre reunión de revolucionarios españoles

Así, el núcleo duro de los totalitarismos lo formaban en 1933 estas dos potencias, pero… ¿y los demás? Desde luego, el ritmo de establecimiento de regímenes autoritarios por toda Europa es espectacular en el periodo 1920-1939. De las 27 democracias salidas de la paz de Versalles, en ese último año quedaban tan sólo 10, precisamente aquellas de más larga tradición y arraigo (las nórdicas, Gran Bretaña, Francia, Suiza y poco más). Por toda Europa, especialmente la oriental, surgieron gobiernos reaccionarios: Döllfuss en Austria, el almirante Horthy en el reino de Hungría, que no tenía ni mar ni rey, Antonescu en Rumanía, el general Franco en España, Salazar en Portugal…las precarias democracias “sopinstant” pagaron muy caro el precio de no tener elementos, fuerza ni recursos para solventar una coyuntura muy difícil.

¿Eran fascistas estos Estados o son simples dictaduras? ¿Se trata de un proceso de imitación de lo que ocurría en Italia y Alemania o hay algo más profundo? Para analizar esto nos vamos a venir aquí a España, aunque les prometo que el nacionalcatolicismo tendrá su hueco particular en esta bitácora. Un factor esencial en esta distinción reside en que la derecha fascista es un movimiento de masas, que es la principal novedad el asunto, y la derecha tradicional no. Así que la capacidad de movilización de las masas humildes es un indicador. Muchos regímenes autoritarios se miraron en el espejo italogermano, y algunos, como los Flecha Cruces húngaros o la Guardia de Hierro rumana eran con propiedad fascistas, y en general todos los que surgieron después del ascenso del NSDAP alemán al poder. Así que el de España, eran semifascistas; si bien consiguieron una base popular, estaban en un principio guiados por las capas más altas de la sociedad. El golpe de 1936 fue forjado básicamente por la aristocracia, la oficialidad del ejército y financiado por las grandes fortunas del país, aunque contara con apoyo de parte del pueblo llano, no salió de éste. Realmente, dejando aparte a las milicias tradicionalistas navarras (de las de toda la vida) y al pequeño partido fascista de Falange, en el momento del Alzamiento el entusiasmo popular no es que fuera excesivo. Es imposible saber en qué grado contribuyó la aparición de columnas de soldados norteafricanos en el apoyo de las masas a los rebeldes y la multiplicación de falangistas posterior, aunque algunos sectores conservadores simpatizaran con el golpe. Y como no podía ser de otra manera, en el periodo de esplendor del Eje, de 1933 a 1943 más o menos, el nacionalcatolicismo imitó, adoptó “modas” y corrió a hacerse la foto con Benito y Adolf, como hicieron otros regímenes similares.

La situación iba a reventar por alguna parte desde 1933, aunque las democracias occidentales se negaran a aceptar la evidencia, por aquello de que si no miras, igual se desvanece y porque el recuerdo de la tragedia anterior estaba fresco. Pero tantos totalitarismos y regímenes autoritarios con reclamaciones territoriales y crisis económicas no podían durar mucho. No aburriré con el relato de lo que ocurrió en 1939, pero afortunadamente las democracias acabaron con el periodo totalitario y nos legaron el consumismo desaforado capitalista a cambio. Eso sí, con la colaboración estelar de un incómodo aliado; la Unión Soviética.

Que paradójicamente, era otro totalitarismo, y ejemplo viviente de cómo se podía llegar al mismo resultado desde el otro lado del espectro político. En principio, el comunismo presenta algunas diferencias con el totalitarismo de derechas tal como lo hemos descrito: la economía sí es planificada y la empresa privada no existe, y por otra parte al menos de inicio se plantea como una transición (dictadura clásica) hacia una sociedad más justa.  De hecho la constitución soviética rechazaba el recurso a la violencia explícitamente y toda expresión de racismo. Pero pronto se abandonó la revolución social; la URSS era un país enorme con unas masas movilizadas convencidas de lo pernicioso de la libertad individual, enseña del capitalismo. Tenía todos los elementos potenciales para desarrollar un régimen totalitario; si Lenin mostraba rasgos autoritarios, Stalin restauró elementos más bien reaccionarios. En su necesidad de apoyo ante la invasión nazi, empleó un enorme aparato de propaganda, apeló al nacionalismo ruso, recuperó el antisemitismo y autorizó con la boca chica a la iglesia ortodoxa, para escándalo de los pocos revolucionarios originales que quedaban.  La URSS entró en el mundo industrial lanzándose de lleno a los nuevos métodos de control social, puesto que disponía de todos los elementos necesarios. Por mucho que la ideología no sea en absoluto la misma y que haya grandes diferencias de fondo, tanto tirios como troyanos demostraron los riesgos de la hipertrofia estatal y provocaron una oscilación pendular hacia la hipertrofia que sufrimos hoy en día, la del mercado. Pero eso ya lo contaremos otro día.

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