Spanish Bourbon, the Dumb Saga (II): Felipe V, de la cama al altar

GD Star Rating
loading...

Arrancamos por fin con el primer ejemplar de la saga borbónica, el injustamente difamado Felipe de Anjou, para los amigos el rey Felipe V de España. Digo injustamente por una sencilla razón; dejando de lado que prácticamente lo único que se le achaca y por tanto lo único por lo que se conoce su reinado es por la archisobada abolición de los fueros tradicionales (ya saben que aquí lo de eliminar tradiciones se lleva muy mal), me parece de muy mal estilo atribuirle decisiones que es bastante probable que esta pobre alma atormentada no tomara personalmente.

Porque cuando este muchacho de 17 años llegó a España para ungirse como testa coronada, no es que la tuviera muy bien colocada el pobre. Educado en la corte de su abuelo, se le reprimió deliberadamente con el objetivo de que no pintara nunca nada en la vida y se limitara a vivir entre el lujo sin molestar, como corresponde a un miembro de la casa real alejado de la sucesión al trono. A la vez, creció rodeado de todo un elenco familiar de pervertidos y obsesos sexuales, incluidos su padre y su abuelo. Y como en esta bitácora no nos posicionamos en la polémica psicológica entre innato y aprendido, o genética vs. ambiente, para mantener la neutralidad haremos un pequeña mención a la endogámica costumbre de las casas reales de casarse entre ellas, siendo Felipe un producto de varios cruces entre Borbones y Habsburgo que auguraban algún que otro cromosoma un pelín defectuoso. En definitiva, que el chiquillo era un desastre; aquejado de tristeza crónica, tenía ataques de melancolía y se debatía entre su insaciable deseo sexual y el correspondiente sentimiento de culpabilidad subsiguiente, que trataba de compensar con una férrea devoción religiosa.

¿A qué viene esta introducción a la perjudicada psicología de nuestro protagonista en una bitácora sesuda como la nuestra, donde tifamos por los procesos socioeconómicos y otra cháchara marxista? Pues muy sencillo, aparte de porque me da la gana, que yo soy muy mío, porque tiene mucho que ver con la mecánica del invento que va a traer a España el nuevo rey y su séquito de consultores estratégicos franceses: el Absolutismo 2.0. No se preocupen, que no entraré en detalles (porque ya la tocamos pormenorizadamente aquí, y soy demasiado vago como para volver a escribir lo mismo dos veces); únicamente recordar que toda esa teoría de gobierno tan moderna de centralización, racionalización y optimización de recursos para ponerlos en manos del Estado tenía un punto flaco arriba del todo de la pirámide, ya que en última instancia todo dependía de la voluntad y la capacidad del rey, y los presagios en este caso no es que fueran muy buenos.

Luis XIV lo sabía perfectamente, así que preparó un equipo de expertos para que se hicieran cargo de la nueva filial recién adquirida y la convirtieran en una nación eficiente en vez de un pobre aliado de costoso mantenimiento. Y aquí les tengo donde quería, porque seguro que se venían preguntando quién gobernaba realmente si Felipe estaba tan mal de la pelota. En primer lugar, y para evitar lo que había ocurrido con los Austrias españoles, el abuelito Luis dispuso la boda de Felipe y escogió cuidadosamente a Maria Luisa de Saboya, que además de tener trece tiernos añitos, era princesa de una nación completamente inocua y por tanto no despertaba suspicacias en Europa. Pero aunque adolescente, la nueva reina no era tonta y enseguida se dio cuenta de que su marido era fácilmente controlable regulándole el acceso a eso que ustedes y yo sabemos; en menos de dos años Felipe era esclavo de su esposa hasta el punto de volverse corriendo del frente de Nápoles en 1702 porque no podía aguantarse más con el antiguo remedio del “cinco contra uno”. Que por otro lado le mortificaba, puesto que era un pecado horrendo, así que se pasaba el día pidiéndole a su confesor que le absolviera.

La parmesana terrible mirando con su cara más alegre…

Los demás componentes del equipo de gobierno eran el embajador francés, Amelot, que en la práctica ejercía de cabeza dirigente y tomaba las decisiones de política interior, y Orry, el “administrador eficiente” encargado de poner un ejército con cara y ojos en pie y sobre todo asegurar que España pagaba la ayuda francesa. Estos dos cerebros grises iniciaron el proceso centralizador del absolutismo a la gabacha, aplicaron los principios mercantilistas y crearon una burocracia de servicio reclutando hombres capaces de entre las escasas filas de juristas preparados y gentecilla de esta con estudios; de aquí salieron funcionarios entregados a la causa de la racionalidad y la eficiencia (y a la de los Borbones), como Macanaz o Patiño. O para ser más exactos, podríamos decir que intentaron hacer todo eso…pero no nos adelantemos aún. La última pata de este banco la constituía una persona cuyo cometido en apariencia era testimonial pero que en realidad cortaba el bacalao en la corte borbónica: la camarera mayor de la reina, la princesa de Orsini, o como la llamaban los españoles, de los Ursinos. Esta sesentona señora jugaba un papel esencial como agente de Luis XIV, al que informaba de todos los movimientos de su nieto, puesto que debía hacer de “eminencia en la sombra” al tiempo que controlaba que el chalado de Felipe no hiciera alguna tontería. Ninguno de estos personajes tenía el menor empacho en reñir al desequilibrado monarca como si fuera un niño o humillarle ante su abuelo, que tampoco se cortaba un pelo a la hora de reconvenirle.

Se figurarán ustedes que el choque entre esta facción gobernante completamente importada de Francia y el panorama que se encontrarían al aterrizar debió ser espectacular. Y no se equivocan, no. El imperio multinacional con sede social en España estaba en la ruina, especialmente Castilla, que había sido impunemente sacrificada en el altar de la política exterior Habsburgo. Los reyes de esta casa no es que fuesen menos absolutistas que los Borbones, simplemente se quedaron en el concepto y desde la subida al trono de Felipe III renunciaron a llevar un control efectivo de los instrumentos de gobierno; milicia, fiscalidad, justicia…todo fue delegándose en manos privadas. Lo que es lo mismo que decir que entregaron el poder a la nobleza, que vivió su época dorada con Carlos II. Por otro lado, era muy complicado gobernar de cerca territorios tan extensos, y tratar de imponer una administración centralizada habría sido muy costoso y conflictivo, así que los Austrias habían preferido mantener antiguas instituciones regionales por muy lesivas que fueran para la corona. En resumen, un país que disponía de una intrincada maraña de anacrónicos privilegios estamentales y territoriales, defendidos con uñas y dientes por la aristocracia y el clero local.

Así que se formaron dos facciones; por un lado el “partido francés” que incluía a todos aquellos al servicio de la nueva administración, que apostaba por la modernidad, reforma de las instituciones y todo lo demás (con el noble objetivo de recaudar más para la Corona), y que tenía el defecto de despreciar completamente la capacidad y la idiosincrasia autóctona, y por el otro el “partido español”, que era un grupo de poderosos nobles y clérigos a los que básicamente les parecía mal todo lo que hacían los otros, se consideraban marginados del poder que creían que les correspondía por derecho y gruñían todo el tiempo pero no ofrecían una alternativa de gobierno real. Vamos, la típica oposición a la española.

Mientras duró la guerra de Sucesión (que tampoco les explicaré porque ya hay un artículo por ahí) no tuvieron más remedio que llegar a acuerdos de mínimos, pero para todo lo demás, los reformistas vieron frustradas sus acciones, estrelladas contra la tozuda y desesperante realidad española; tras la conquista de Valencia y Aragón y una vez abolidos por Amelot sus correspondientes fueros, Macanaz fracasó estrepitosamente en su misión de reforma impositiva, encontró dura oposición de los tradicionalistas, fue excomulgado por el arzobispo valenciano y por supuesto fue incapaz de alterar el régimen señorial. En Cataluña, por ejemplo, Patiño pudo imponer un impuesto único pero tuvo que recular a la hora de introducir el servicio militar obligatorio. Así que en primera instancia la cosa quedó en un empate, aunque la reforma hizo algunos progresos administrativos instaurando las Secretarías en lugar de los Consejos, capitanías generales, intendentes y otros puestos de funcionario del Estado por el estilo, que quedaron lejos de las garras nobiliarias.

En esta primera parte del reinado, pues, el país estaba gobernado por el tándem Amelot-Ursinos, cuya cara amable era precisamente la joven reina. Animada por su ambiciosa e intrigante camarera, la chiquilla se convirtió en un referente para el pueblo llano, que la adoraba. Al enterarse del desembarco angloholandés en Andalucía, que la pilló de regente, quiso salir a la cabeza de las tropas a repeler la invasión y sólo desistió cuando le advirtieron de que no había tropas que comandar. Leía los partes de guerra desde el balcón de palacio, y solía desbloquear las pesadísimas reuniones del Consejo de Estado abriendo las puertas del balcón y saliendo a provocar los vítores del populacho. Pero en 1714 la reina murió dejando un par de infantes, ante la indiferencia del rey, que se encontraba de caza el día del funeral.

Mientras se le buscaba otra esposa, la Ursinos dio un paso al frente y se hizo cargo del gobierno. Aisló al rey de todo el mundo, monopolizándolo, y adoptó un gobierno “francés”, sin consejos ni personal local. Y fue en este momento cuando la oscura figura de Alberoni saltó a primera plana; este embajador parmesano era muy consciente de que el monarca sólo estaba interesado en el sexo y el misal, y procedió a vender bien la moto tanto al rey como a la Ursinos. La candidata ideal era sin duda Isabel de Farnesio, modesta, hacendosa, no demasiado espabilada y “hermosa” al estilo de nuestras abuelas, por no decir “recia”. En otras palabras, sana para las cosas de la cama y políticamente insignificante. Aquí patinó la vieja princesa, puesto que se tragó completamente el anzuelo e Isabel, para pesadilla de los españoles, se convirtió en la nueva reina. A su llegada a España, se encontró con la Ursinos a la altura de Jadraque; allí ésta se dio cuenta de que había calibrado muy mal a la muchacha, que la empaquetó fulminantemente para Francia en un incidente aún no muy claro. El rey no dijo ni pío, por supuesto, él ya tenía lo que quería, que no era otra cosa que folgar. Isabel de Farnesio fue por tanto en la práctica el gobernante efectivo de España hasta la muerte del rey en 1746. Lo cual supuso un desastre a la postre, como veremos.

“La parmesana” resultó ser una mujer ambiciosa y autoritaria, y la política española se convirtió a todos los efectos en la política personal de la reina. Dominó completamente al rey con el truco de siempre (ahora te lo doy, ahora te lo quito), apartándolo del resto del mundo. Todo el equipo de gobierno de la Ursinos fue destituido y reemplazado por italianos; en recompensa Alberoni se convirtió en cardenal y valido de la reina, un primer ministro sin el título oficial. En un primer momento todo esto dio mucha risa al partido “español”, pero pronto comprobaron que la reina también pasaba olímpicamente de los españoles, siendo perfectamente consciente de que no la amaban, “pero yo también los odio a ellos”.

Luisito I Rex. ¿A que no le habían visto nunca la cara?

En el fondo lo más perjudicial para la nación fue la dirección de la política exterior: sabedora de que no tenía nada que rascar habiendo ya dos infantes vivitos y coleando (Luis y Fernando), la Farnesio se centró en asegurar el futuro dorado de los hijos que fue teniendo con el rey. El lugar elegido fue Italia, cómo no, a cuyos dominios España había tenido que renunciar por la paz de Utrecht. La reina estaba obsesionada con recuperarlos para entronizar a sus vástagos y dilapidó en ello una cantidad ingente de recursos muy necesarios en otros lugares. Su interés en el programa reformador era, pues, únicamente como medio de obtener más dinero para las campañas italianas y el hecho de que España tuviera un enorme imperio americano que defender de la avidez británica le tenía sin cuidado.

Alberoni fue el encargado de sacar adelante este despropósito y aunque gozaba de gran poder, su posición era bastante paradójica. El hombre se daba perfecta cuenta de que España debía convertirse en una gran potencia naval y sabía dónde radicaban las prioridades nacionales. Pero debía su estatus completamente al apoyo de la reina, y por tanto le tocaba pasar por ese aro. El cardenal llevó (al fin) una política independiente de Francia, tomó muchas medidas para mejorar los ingresos, reactivar el comercio con América, poner astilleros en pie, promocionar funcionarios excelentes como los dos Patiño…pero todo ello para armar una expedición a la conquista de Sicilia y Cerdeña, fiando su suerte política al éxito de los sueños dinásticos de la Farnesio. En 1717 el impresionante esfuerzo organizador dio su fruto y las tropas españolas tomaron ambas islas. Lo cual, lógicamente no gustó nada a las grandes potencias europeas, pues era una violación flagrante de estatus de Utrecht; España se vio atacada por la Cuádruple Alianza (nada menos que Francia, Inglaterra, Austria y Holanda). Los angloholandeses destrozaron la flota española en el cabo Passaro, Francia invadió las provincias vascongadas, los ingleses rendían Vigo y Pontevedra y el ejército español en Sicilia fue destruido. Una derrota predecible y abrumadora ante la cual los monarcas reaccionaron largando sin contemplaciones al pobre Alberoni y se dieron con un canto en los dientes al recibir algunos territorios en la Toscana y Parma para satisfacción de la reina.

La reina, la reina, la reina… ¿y el rey qué hacía mientras tanto, se preguntarán ustedes? Pues por estos años, estaba muy ocupado presentando los primeros síntomas de histeria; se encerraba en su cuarto y sólo dejaba entrar a la reina (obviamente) y a su confesor, tenía episodios de sospecha paranoica y se hizo imposible conseguir sacarle alguna decisión racional. Su única actividad era el fornicio compulsivo, que desgastaba visiblemente su salud, mientras todo el aparato absolutista (no, el del rey no, el de gobierno) se encontraba paralizado esperando directrices que Felipe no estaba en condiciones de dar.

Finalmente, en 1724 y con tan sólo 40 años de edad nadie pudo impedir que al perturbado monarca le diera por abdicar en su hijo Luis y apartarse de la vida mundana a su “modesto” retiro de La Granja de San Ildefonso, un mini-Versalles nostálgico, para preparar su tránsito al otro mundo. Como unas maracas, el hombre. España exhaló un suspiro de alivio, viéndose libre de la Farnesio y de los consejeros franceses e italianos. Por fin un rey indígena que a lo mejor hasta estaba cuerdo y todo. Pero Luis, de 16 años, y su esposa Luisa Isabel de Orleans (de 14) parecían salidos de un episodio de “Física y Química”. No tenían educación ni experiencia para gobernar, la nueva reina era vulgar y maleducada, tenía rabietas de niña malcriada y corría desnuda por los pasillos, mientras el rey dedicaba todos sus esfuerzos a controlarla. Tan sólo ocho meses después de la subida al trono, Luis I de España murió de viruela.

Aquí debería haber subido al trono el príncipe Fernando, pero la Farnesio estaba ansiosa por retomar el poder; sin embargo una vez que hubo convencido al rey se encontró una fuerte oposición del clero y del “partido español”. Estos sostenían que el que se fue a la Granja, perdió…bueno, ya me entienden. Pero por muy enfermo mental que sea un rey, en pleno absolutismo no dejaba de ostentar el máximo poder, y se solía hacer caso de cualquier tontería que se le ocurriese, como ya hemos dicho. Así que Isabel azuzó a Felipe para que diera un paso adelante, aprovechando que Fernando tenía sólo 11 años y era complicadillo que gobernase solo, y en septiembre de 1724 se produjo el Retorno del Rey (ya, ya sé, como homenaje a Tolkien es un poco cutre, pero tenía que hacerlo). La aristocracia quedó en la oposición de nuevo, pivotando alrededor del príncipe, por lo que pasaron a llamarse el “partido fernandino”.

Si lo sé me quedo en casa, carallo…

Como se imaginarán, la Farnesio, en su estilo habitual, echó del gobierno a todos los que se habían opuesto al regreso de Felipe V, por lo que se produjo un vacío intergaláctico en el poder. Y es en estas ocasiones cuando algunos pescadores sospechosos sacan ganancia del río revuelto. Un aventurero aristocrático holandés, dotado de una jeta inversamente proporcional a sus mínimos escrúpulos, el barón de Ripperdà, se ganó la confianza de la reina, que a pesar de su autoritarismo era bastante poco inteligente. Ripperdá consiguió camelarla ofreciéndole un plan totalmente ridículo, pero que apelaba directamente a sus ambiciones; le propuso firmar un tratado con Austria para que ayudara a España a recuperar Gibraltar y Menorca y postular a su hijo Carlos (futuro III) como Emperador. Dado que Austria era en ese momento acérrima enemiga de España, las probabilidades de que tal cosa ocurriera eran ínfimas, pero Isabel colmó al barón de cargos y honores y lo facturó para Viena.

En 1725 Ripperdá firmaba el tratado de Viena, un verdadero escándalo diplomático, ya que invertía completamente las alianzas en Europa, con el consiguiente cabreo de Francia e Inglaterra. Y encima era muy perjudicial para España; a cambio de un montón de pasta en subsidios que costó dios y ayuda pagar y que arruinó al país un poco más, se obtenían de Austria nada más que vagas promesas. El destino de Ripperdá quedó sellado en cuanto se vio claramente el fiasco, pues los objetivos españoles no iban a cumplirse jamás y el holandés tomó el mismo camino que Alberoni.

Mientras tanto, y después del incidente de la abdicación, Isabel no le quitaba ojo de encima a su marido por si hacía alguna otra barbaridad, ya que a partir de 1728 tuvo tremendas recaídas; le limitó las misas diarias y logró interceptar al menos otra carta de renuncia al trono. El rey aullaba y cantaba por las noches, se mordía y pegaba a sus sirvientes, a los ministros e incluso a la reina si no se dejaba hacer. Así que para tenerlo tranquilito la reina trasladó la corte al Alcázar de Sevilla, donde el infante Fernando tuvo que convencer a su padre de que al menos accediera a levantarse de la cama, cambiarse la ropa que llevaba desde hacía 19 meses y lavarse. Por supuesto, los asuntos del reino seguían tan parados como de costumbre y la credibilidad de la monarquía iba ya por el quinto piso del parking y cayendo. Parece que finalmente Felipe se estabilizó un tanto, pero en un horario un poco extraño: cenaba a las cinco de la mañana y se iba a dormir a las ocho, levantándose a la una del mediodía para ir a misa, etc. La hora de despachar asuntos de Estado con sus ministros era las dos de la madrugada.

Este fue el momento de Patiño. Desde la caída de Ripperdá, acumuló secretarías y se convirtió en el virtual primer ministro del gobierno, aunque el desastre con el que debía lidiar no era como para envidiarle. Este gallego tenía un talento natural para la administración, mucha experiencia y las ideas claras. España necesitaba una marina fuerte para proteger y estimular su comercio americano, desarrollar una industria nacional y una fiscalidad que promoviera la exportación. Pero en la práctica se vio atrapado por el mismo dilema que Alberoni. El partido fernandino y la nobleza temían las reformas, sobre todo fiscales y las innovaciones que pudieran quitarles privilegios. Además, Patiño no era noble. Con lo que se le echaron todos encima, por lo que sólo lo sostenía la voluntad real. Y la voluntad real era la Farnesio. Y la Farnesio era Italia. Y para colmo, el rey le pegaba.

Así que por un lado el Príncipe y sus secuaces conspiraban contra el ministro y la reina (que consiguió de Felipe una orden de “arresto domiciliario” para su hijo Fernando), y por el otro éste se afanaba en optimizar la administración y los recursos para una nueva campañita. Que si bien consiguió tomar Nápoles en 1734 a los austriacos, costó un riñón y dejó a Carlos como monarca de un reino satélite, y poco más. Evidentemente toda esta fiesta y su factura no gustó nada en España, que sufragó de nuevo las ambiciones personales de Isabel. El ministro estaba en apuros, ya que tenía que lidiar en el exterior con las enfadadas potencias mundiales, buscar desesperadamente recursos, y encima cuando las cosas no salían bien a la primera, los reyes le daban capones. Patiño no cayó, porque se murió antes, seguramente de estrés. Le sucedió José del Campillo, otro prometedor producto de la cantera local, todo un talento más reformista y más radical que los anteriores, pero le dio por morirse en 1742, dos años después de acceder a las secretarías, y se perdió otra gran oportunidad.

En 1746 entre el alivio general, sobre todo el propio, el desequilibrado Felipe V pasó a mejor vida. El balance de su reinado era malo tirando a desolador; no se había mostrado mucho mejor monarca que Carlos II el Piltrafilla, salvo por lo que respecta a engendrar hijos, y desde luego el pueblo no es que le llorase mucho. Casi medio siglo después de la instauración del nuevo régimen, la modernización de España seguía en mantillas, y la transformación profunda del tejido socioeconómico no se había ni empezado. Los esfuerzos por poner en pie algo parecido a una industria habían sido testimoniales; la reforma había fracasado. Como hemos visto, las causas están bastante claras. Por una parte, la corona no se interesó por ella más allá de poner los medios para recaudar cada vez más y mejor y malgastarlo en una política exterior bastante estúpida: el presupuesto se iba en guerras, ejército, la casa real y la marina, por este orden. Los ministros, por muy buenos administradores que fueran, en el fondo estaban supeditados a lo que la reina el rey les ordenase, puesto que era su único valedor frente a la poderosa nobleza. Así que los españoles a estas alturas aún andaban esperando un rey que les guiase sabiamente. Todo estaba aún por hacer y todas las esperanzas estaban puestas en Fernando VI, que parecía cuerdo. Parecía.

Spanish Bourbon, the Dumb Saga (II): Felipe V, de la cama al altar, 5.0 out of 5 based on 1 rating