España, Marruecos y el Sáhara – De aquellas dunas vinieron estos lodos

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Imagino que estarán todos ustedes entre perplejos y confundidos con todo lo que está ocurriendo estos días en la “presunta excolonia” española del Sahara Occidental. Y como para acabar de complicarlo, medios y organizaciones se han dedicado con ahínco a la inveterada costumbre hispánica de politizarlo todo convirtiéndolo en un cansino debate más sobre si tirios o troyanos, buenos y malos, fachas y progres, creo que urge una pequeña explicación antes de pedir cita con el psicólogo tras ver a prohombres de Partido Popular manifestarse en pro de la causa saharaui mientras los del Partido Socialista, habitualmente afectos a la misma, desaparecen del mapa. Es lo que tienen los intereses partidistas y el clientelismo político, otra característica ibérica. Como en esta bitácora tenemos una clara vocación didáctica, no les haremos tragarse un tocho sólo para sufrir, sino también para tratar de desfacer tal entuerto y comprenderlo mejor. ¿Cómo? Pues qué pregunta, acudiendo como siempre a la pobrecita y maltratada historia.

Me permitirán que me salte los siglos transcurridos desde las campañas del cardenal Cisneros paseando tiara y garrote por el norte de África y vaya directamente a la segunda mitad del XIX, en plena época del imperialismo industrializado europeo. Por aquel tiempo España era una potencia de tercera fila, que mantenía algunas colonias ultramarinas como quien guarda las joyas de la abuela y varias plazas fuertes en la costa africana. Esto le daba cierta ilusión de potencia europea a pesar de su manifiesta debilidad económica, debidamente ignorada por los dirigentes del país a la hora de pisar charcos. Y es que había que correr un poco para llegar a la fiesta del reparto africano con un vestido presentable; las grandes potencias ya se daban codazos por coger el mejor sitio, y además estaba la cuestión (o pretexto, llámenlo como quieran) de controlar el otro lado del Estrecho mientras Gran Bretaña dominara Gibraltar. Aprovechando un incidente armado, el general O’Donnell declaró la guerra al sultanato de Marruecos en 1859 mientras se esgrimía aquello tan manido de llevar la civilización a los salvajes habitantes de la zona. La apelación al patriotismo surtió efecto, y entre el entusiasmo popular, un ejército de voluntarios vascos y catalanes (sí, sé que suena muy marciano visto desde hoy, pero es verdad, qué quieren que les diga) dirigidos por el general Prim, apalizó al moro y le arrebató Tetuán, las Chafarinas y Sidi Ifni.

La continuidad de esta política conquistadora dio sus frutos y en la Conferencia de Berlín de 1884, donde se repartió África en lotes y sin tapujos, quedó delimitada la Gloria Imperial española. Que ciertamente era de marca El Hacendado, con un triste lebensraum potencial confinado al minúsculo territorio de Guinea Ecuatorial, la franja entre el cabo Bojador y el cabo Blanco y algunos territorios en el norte de Marruecos, para los que se debería poner de acuerdo con Francia. Magro botín, pero lo importante, que era guardar las apariencias, se había conseguido. Mientras los prebostes nacionales se felicitaban y vendían prestigio de ocasión, la aventura colonial sembraba unas peligrosas semillas. Los encargados de iluminar a tiros a los atrasados lugareños eran por lo general campesinos u obreros analfabetos, enjutos y mal alimentados, que por si no tuvieran suficientes desgracias en la Península, se dejaban la vida en aquel pedregal a cambio de nada; en el estado en el que se encontraba el país, prolongar este sufrimiento añadido de los humildes traería problemas a la larga. Obviamente hubo quien se aprovechaba de la situación, ya que al mismo tiempo, florecían compañías ferroviarias y empresas explotadoras de los escasos recursos de la zona, por lo que algunos, los burgueses de siempre, hicieron negocietes. Por no hablar de los grandes beneficiados, los oficiales del Ejército, a los que el Gobierno tenía cierto interés en tener entretenidos en África, ya que así no se pronunciaban a golpe de sable.

Aguerridos soldados españoles defendiendo el vergel saharaui

Nos plantamos pues en 1909 donde tendrá lugar la segunda parte del drama. Según quedó arregladito en Berlín, en 1904 España firmó con Francia un pacto por el que el Rif pasaba a ser protectorado español, ambición refrendada en la conferencia internacional de Algeciras de 1906. Con estos movimientos, el monarca español, Alfonso XIII, buscaba resarcirse de la pérdida de Cuba y Filipinas y contentar a los militares metiéndose en un jardín de incalculables consecuencias. Porque la situación sociopolítica no era ni de lejos la misma que 50 años antes, ni tampoco estaba precisamente para fiestas, y los primeros desastres ante las guerrillas rifeñas (el Barranco del Lobo) auguraban nubarrones en el horizonte. Sobre todo por parte de la oposición antimonárquica, socialista, anarquista y demás –istas propias del populacho, cuya realidad la clase dirigente obviaba muy peligrosamente, fingiendo que no existían.

Su malestar acumulado durante generaciones, unido a la toma de conciencia de clase que conllevó la entrada en la escena política de la gran masa de los menos favorecidos, le estallará al Borbón en las narices durante la Semana Trágica de 1909, cuando los reclutas de leva obligatoria se rebelen sangrientamente en Barcelona contra el gobierno. Por si fuera poco, la campaña fue un desastre; la rebelión rifeña se generalizó, y las derrotas sucesivas estuvieron a punto de provocar hasta la pérdida de Melilla. Viendo cómo el hundimiento de su poco fiable vecino colonial podía arrastrarles, los franceses reaccionaron rápidamente, restablecieron la situación y cedieron en 1912 el llamado “protectorado español” y a ver qué me hacéis esta vez que no se os puede dejar solos. Pero otra cosa distinta era la ocupación militar efectiva del protectorado; los rifeños seguían ahí atrincherados en el interior y los combates, esta vez contra la guerrilla de Abd el Krim, se recrudecieron. El ejército español, desmotivado, mal equipado y peor dirigido, sufrirá mucho en una zona agreste y rocosa careciendo de apoyo logístico y jugando en campo contrario; el desastre se consumará en Annual en 1921, donde 13.000 soldados de reemplazo españoles serán masacrados por una fuerza cuatro veces inferior. La crisis política posterior conducirá a la fundación de la Legión, la Dictadura de Primo de Rivera con la connivencia del rey, superado en todos los frentes, y una reacción militar contundente (con el apoyo de Francia, claro está) en el muy publicitado desembarco de Alhucemas y las operaciones posteriores.

En resumen, los sueños imperialistas españoles redundaron en beneficio de algún empresario y de los altos rangos del Ejército, que tenían todo un teatro de operaciones siempre abierto donde conseguir con limitado riesgo ascensos meteóricos, pensiones y prestigio; filón que no se daba en el resto de Europa, si además tenemos en cuenta que España se mantuvo neutral durante la Gran Guerra. A cambio de esto, provocaron una tremenda inestabilidad política y social en la Península, una minucia, vaya. No es sorprendente que en 1931 el rey comprobara en sus propias carnes que nadie le respaldaba y pillara la indirecta largándose del país. Con  la cartera llena, eso sí.

En lo que se refiere a los asuntos estrictamente coloniales, como ya se imaginarán, toda esta política de ocupación militar, con su explotación y represión, que incluyó novedosos experimentos sobre bombardeo aéreo de poblaciones civiles, nos granjeó la amistad eterna de rifeños y marroquíes. Que apenas se podían creer la oportunidad de venganza que les puso en bandeja el general Franco, cuando llevó a cabo su original experimento de 1936; ocupar la metrópoli con tropas coloniales librando una guerra colonial, caso único en la historia de Europa. Las historias sobre la ferocidad del moro que contaban los veteranos de las guerras africanas se vieron así confirmadas durante la Guerra Civil y contribuyeron aún más, como una profecía autocumplida, a aumentar el temor y el odio al vecino magrebí entre la población española. La conocida espiral del odio.

Y una vez puestas las bases de la legendaria fraternidad hispanomarroquí, vamos al meollo del Sahara. En 1934 se había comenzado a ocupar tímidamente esta zona desde algunos enclaves costeros (como Villa Cisneros). Los militares españoles fundaron El Aaiún a partir de un puesto froterizo y se expandieron por el territorio, con la intención de enlazar las separadas provincias de Saguia El Harma y Río del Oro. En 1958 España controlaba de forma efectiva la totalidad del Sahara Occidental; un territorio desierto y bastante improductivo, habitado por los saharauis, una tribu de unos 70.000 pastores nómadas que hablaban una variante del árabe (hassanía) y que como ya supondrán, a nadie le habían importado un pimiento durante siglos, lo que les había permitido seguir con sus tradiciones ancestrales, sus camellos y sus cositas. En otras palabras, el gobierno franquista administraba un erial constituido nada menos que en provincia.

Tras la independencia obtenida en 1956, el rey Hassan II tenía un sueño; un Marruecos Grande y No Muy Libre. Sus aspiraciones expansionistas pasaban, y aún pasan, por arrojar a los españoles totalmente de África; Ceuta, Melilla e incluso las Canarias. Y por supuesto, la zona del Sahara. Este plan de dominación de andar por casa chocaba también con las otras dos “potencias” (por llamarlas de alguna manera) de la zona; Mauritania y Argelia. Si bien la primera tenía también reclamaciones territoriales sobre el Sahara español, aunque fuera por proximidad, y desde luego tan válidas (o dudosas, lo que prefieran) como las marroquíes, se trataba de un rival demasiado pobre y débil. La segunda irrumpió con fuerza más tarde, después de independizarse de Francia, pero no adelantemos acontecimientos aún.

En 1958 Marruecos empezó a presionar fuerte a España, aunque bajo manga, y en el Ifni tuvo lugar una guerra sucia entre irregulares marroquíes y saharauis y unidades de legionarios y paracaidistas españoles. Guerra que fue completamente censurada y silenciada por las autoridades franquistas, hasta tal punto de que es casi desconocida por la opinión pública de este país, y cuya prolongación en forma de escaramuzas se cobró alrededor de 1.000 bajas anónimas, esa figura tan socorrida en la historia de España.

Señoras saharauis que se manifiestan furiosamente

A mediados de los años 60 ya se hablaba pues de descolonización, algo nada sorprendente dados los escasos beneficios que aquel trozo de desierto rentaba a la metrópoli. Nadie sabía exactamente qué planes tenía el gobierno de Franco, un sector más tradicional se aferraba a las patrioteras cuestiones de prestigio y no le daba la gana de ceder el montón de dunas (representado por la postura de Carrero Blanco) y el otro propugnaba una pragmática retirada (Castiella), teniendo en cuenta que la zona no había dado ni mucho menos los problemas que tenía sin ir más lejos Portugal, sumida en 15 años de costosa guerra colonial. Francia había abandonado recientemente el avispero argelino, y los tres “buitres” de la región, Marruecos, Mauritania y Argelia, se sentaron a esperar a ver cuándo y cómo soltaba la carroña el raquítico león español para lanzarse sobre ella.

Pero hete aquí que la cosa se va a complicar mucho a partir de 1968, cuando se ponga en funcionamiento la explotación de los importantes yacimientos de fosfatos en la zona (descubiertos en 1947, un nuevo ejemplo de la proverbial velocidad patria para los negocios) a través de la compañía de Fosfatos de Bukraa, los saharauis vayan cambiando su modo de vida tradicional y El Aaiún crezca y crezca. Y a la par que el interés económico despertó, también lo hizo el nacionalismo saharaui, patrocinado sobre todo por Argelia y de la mano de la “clase media” local (funcionarios de la administración y tropas indígenas, por supuesto). Cuando parecía que Marruecos y Mauritania habían llegado a un acuerdo, el nuevo régimen revolucinario argelino se había metido por el medio. En 1969, tras años de presiones, se le había entregado Ifni a Marruecos, pero el objetivo de éstos era el Sahara al completo. Viendo cómo amenazaba tormenta, España jugó la carta de la convocatoria del tan traído y llevado referéndum de autodeterminación, con el beneplácito de la ONU, para salir de allí con la cabeza más o menos alta. Entonces comenzaron los conflictos y aparecieron grupos armados, reprimidos por la policía española.

En 1973 empezó a actuar el Frente Popular para la Liberación de Saguía El Hamra y Río de Oro, más conocido por el Frente Polisario. Que era un grupo terrorista cuyo leit motiv era la independencia de España, por lo que se dedicó desde su flamante y nuevecita base acondicionada por Argelia en Tinduf a atacar objetivos en manos de los españoles. Dado que luchaba contra el Régimen, que además de dictatorial era imperialista y facha, se ganaron inmediatamente las simpatías de la izquierda, que empezaba a salir de las alcantarillas de la clandestinidad. No me digan que no tiene cierta gracia que hoy en día se tenga a los saharauis como una especie de aliados tradicionales de los españoles, o que despierten tanta simpatía popular los chicos del Polisario dados sus antecedentes, cual ETA setentera. También es bastante irónico que los propios saharauis apelen a la protección de la ex metrópoli de la que querían liberarse, pero los acontecimientos son tozudos y estas pobres gentes sufren el conocido efecto “salir de Guatemala para meterse en Guatepeor”.

La inestabilidad política en España por aquel entonces era tirando a alta, con el tirano agonizando y había problemas mucho más urgentes que atender que la suerte de aquellos hombres del desierto, así que la administración española trató de desembarazarse rapidito del marrón celebrando el dichoso referéndum y largarse. Pero Marruecos apeló a La Haya alegando que el Sahara no era un estado antes de aparecer por allí los europeos y bloqueó el movimiento. Así que rápidamente España y el Polisario se hicieron amiguitos, se cambiaron los prisioneros y se dieron besitos, aunque demasiado tarde; Hassan vio la oportunidad de la enfermedad del Caudillo y ante la parálisis del descabezado ejecutivo español, metió a 10.000 marroquíes desarmados en camiones y los envió derechitos al Sahara. La ONU hizo la vista gorda; los países africanos apoyaron a Marruecos, Occidente (es decir, EEUU y provincias) aceptó pulpo, dado que les interesaba hacer negocio con aquellos y el bloque soviético se lavó las manos.

La única solución que encontró España al ridículo fue negociar corriendo con Marruecos; los Tratados de Madrid de 1975, por los que se pactó una administración conjunta con los dos tenores africanos. La rapacidad alauí cayó con dureza sobre los saharauis en cuanto entendieron que el Pacto de Madrid les dejaba las manos libres para hacer lo que les saliera de la punta de la chilaba; política de hechos consumados que se había mostrado muy efectiva durante la Marcha Verde. Total, Mauritania no pintaba nada y España no se iba a meter en un berenjenal. ¿El referéndum? Bien, gracias. Con este cierre chapucero acabó el periplo colonial español.

A partir de entonces el Polisario reverdeció, esta vez contra los nuevos ocupantes y siempre con el apoyo argelino, país interesado en jorobar a Marruecos. El resultado de la continua política marroquí de inmersión-repoblación (puesto que cada marroquí empadronado en el Sahara es un voto por si se celebra la consulta) y  de represión a destajo ha conducido finalmente a los sucesos recientes de El Aaiún, dado que los saharaius están empezando a darse cuenta de que nadie tiene interés real en concederles un Estado. Incidentes que por lo demás encajan a la perfección con la estrategia marroquí de tensar la cuerdecita con España todo lo posible (como los recientes disturbios de Melilla) y que me digan algo si se atreven, teniendo la seguridad de que EEUU no abrirá la boca y de que España se dejará un poquito. Por todo ello, los saharauis invocan ahora sin rubor alguno la ayuda de la antigua metrópoli, esgrimiendo lógicamente el asuntillo pendiente del referéndum, cuya residencia en el limbo desde hace la friolera de 35 años ha impedido que se complete formalmente la descolonización (para la ONU es zona pendiente de ello aún).

¿Cuál es la posición de España en todo este jaleo? Pues muy difícil, gracias al mencionado cierre en falso. Marruecos es el típico vecino ruidoso y molesto con el que interesa fingir cordialidad, ya que hay negocios petrolíferos de por medio y a quien menos le favorece una escalada en la zona es a España. Por ello la suerte de los saharauis se le daría una higa al gobierno español y se sentiría aliviado si el follón se liquidara si no fuera porque son una baza cómoda a jugar para usarla contra Rabat en su propio terreno y porque su causa tiene cierto calado popular. La gente de la calle, sobre todo de ideología izquierdista, a pesar del pasado terrorista contra los españoles, los ve como un pueblo oprimido por el régimen marroquí (que lo son, por otra parte). Sin olvidar que la celebración de una consulta sobre autodeterminación podría agitar las aguas independentistas en la Península. Ni contigo ni sin ti. Por eso protesta pero poquito; en el fondo dejar que el movimiento saharaui fuera lentamente asfixiado por Mohamed VI sería maquiavélicamente interesante ya que acabaría con algunos dolores de cabeza, por un lado, pero por el otro supone desprenderse de un grano en el culo marroquí y ponerle de golpe en la otra orilla de las Canarias. Como ven, se trata de apoyar sin que lo parezca demasiado y mostrar firmeza sin que se note mucho. Tengan en cuenta además que desde que Repsol extrae petróleo en Marruecos, poco levantará la voz el ejecutivo.

Y por eso asistimos al bochornoso espectáculo del que no sabe qué decir porque meterá la pata diga lo que diga. Mientras tanto, 80.000 personas tiradas en el medio del desierto, agredidas por un estado miembro de la ONU; cosa que está muy fea, pero hasta ahora nadie en la comunidad internacional ha respirado. Y su estatus, ahí en las nubes, aunque todo apunta a que serán integrados a no mucho tardar en Marruecos, que tiene todas las bazas ganadoras. Para que vean qué es lo que realmente importa; en este pantanoso episodio nadie es inocente, aunque unos tienen más en el debe que otros, empezando por el expansionista y dictatorial gobierno marroquí, cuya agresión es intolerable, pasando por la hipócrita actitud española, atrapada por inconfesables intereses económicos y geoestratégicos y finalizando en los propios resistentes saharauis, con algún que otro pasado terrorista y cuya lealtad hispanófila es de ocasión, hábilmente explotado el sentimiento de culpabilidad postcolonial y las filias de sectores de la izquierda española que prefieren obviar el nada democrático islamismo subyacente en la ideología del Polisario. ¿Los buenos de esta historia? Mmmm…tendrán que esperar a otra.

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