Los Peones Negreros: Más se perdió en Cuba

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Tal como prometí, regreso de nuevo al bitacoreo activo, y en la más pura tradición hispánica, reaprovecho los materiales que he estado utilizando en mis quehaceres académicos para contarles una historia de las mías. Es decir, sobre algo que se oculta debajo de las alfombras y que ¡oh, casualidad! es esencial para entender algunas cositas de nada que ocurrieron en este país (Espaaaaña, sí….) no hace tanto; abdicaciones, guerras, ustedes ya saben. Como habrán adivinado por el título y porque sé que tienen estudios, vamos a hablar de un trauma nacional, un drama, un escándalo, una vergüenza…la pérdida de Cuba, el desastre, el acabóse, el inicio de la descomposición nacional y la muerte de miles de gatitos.

La historiografía tradicional que nos tragábamos en el cole y por tanto la versión más extendida sobre el asunto incide mucho en el abuso que los pérfidos estadounidenses cometieron sobre una pobre pequeña potencia de segunda fila, arrebatándole por la fuerza bruta su queridísima colonia aprovechándose de un conflicto interno. Y por ello nos sabemos bien la película pero sólo a partir del incidente del Maine y las operaciones bélicas de 1898. También hace mucho hincapié en toda la histeria literaria de después de la previsible derrota, el pesimismo y el lamento del regeneracionismo, con ese sentido del pathos tan nuestro, que si la “España sin pulso”, que si el trauma de verse sin los últimos restos del Imperio, que si los nacionalismos, que si la fiesta terminó y hay que fregar los platos. Obviamente este análisis es incompleto, sesgado, mitología pura y dura que pasa de puntillas por un buen montón de factores clave sin los cuales es incomprensible todo el proceso. Entre otras cosas porque dejan en no muy buen lugar a unos cuantos prohombres, “patriotas” y padres de la Patria, claro está. Así que vamos a contar en más detalle cómo, quién y qué fue lo que realmente se perdió en Cuba. Y lo vamos a hacer desde una perspectiva algo diferente (no esperen que me extienda sobre Cascorro o Teddy Rooselvet disfrazado de boy scout), otorgándole todo el peso que se merece en esta historia a un grupo crucial para comprender no sólo este turbio asunto, sino los convulsos acontecimientos de la política peninsular; el poderoso lobby negrero. Que por supuesto ha permanecido históricamente en el anonimato y eso no lo podemos consentir, ¿a que no? Pues venga, al lío.

Cádiz, 1812. En plena Guerra de la Independencia contra las tropas napoleónicas, los liberales españoles, ante el vacío de poder dejado por Fernando VII, se constituyen en Cortes y proclaman una Constitución; es el principio del fin del Antiguo Régimen. En el texto de la Pepa, se define España como la “reunión de los españoles de ambos hemisferios”, lo que insinuaba algún tipo de cambio de estatus de los habitantes del Imperio colonial hispano. Sin embargo, años más tarde, en la Constitución liberal de 1837 y ya independizada la mayor parte de las colonias, la cuestión se aplazaba sine die y si eso ya lo iremos viendo, tú. ¿Y este olvido político deliberado a qué obedece? Pues al cochino interés económico, cómo no.

Durante la época de la independencia americana, la isla de Cuba se mantuvo bajo dominio español, dado que era básicamente una enorme base de operaciones militares sometida a un férreo control: estaba comandada por un Capitán General nombrado desde la Península, que reunía en su persona todos los poderes de un auténtico virrey. Por otro lado, era un gran negocio; su economía estaba orientada a la producción de tabaco y azúcar, procesado en los complejos llamados “ingenios”, que hacían amplio uso de la mano de obra esclava. De hecho, éstos sumaban una cuarta parte de la población de Cuba, prueba viviente de que la importación de negros era también una apetitosa fuente de ingresos. Tráfico que por otra parte era ilegal desde principios de siglo, pequeño detalle que no impedía a una oligarquía peninsular que iba desde negreros/banqueros (valga la redundancia…) como Julián Zulueta hasta la propia familia real amasar enormes fortunas al amparo de esta ausencia de estatus político. Vamos, que la peli esta de “Libertad” no era tan torticera como pudiera parecer aunque equivocara completamente el incidente en el que se basa, que no es poco.

Así que hasta mediados de siglo más o menos, Cuba era un vacío legal que tenía a todo el mundo contento. Es decir, todo el mundo de los que importan, claro está: los terratenientes criollos con sus plantaciones y sus esclavos, y los empresarios y clases medias peninsulares llevándoselo crudo con el transporte de negros, sus aranceles hiperproteccionistas y la exportación de azúcar. En definitiva, no se movía ni una leve brisilla en el Caribe español. Esta prosperidad cerrada a cal y canto era observada muy atentamente por la enorme y emergente república vecina, cuyos sucesivos intentos de comprar Cuba deberían haber puesto en guardia a las autoridades españolas de cara al futuro. Pero por el momento, el balance de potencias permitía graciosamente a España mantener la soberanía: Gran Bretaña y Francia no querían una Cuba estadounidense, ni los norteamericanos una isla británica.

Este equilibrio interesado sobre los lomos de los mismos de siempre se iba a romper hacia mediados de siglo. El primer paso fue la liberalización del comercio que los regímenes liberales europeos patrocinaron, abriéndose la exportación a otros países. Pero el mercado europeo optará por el azúcar de remolacha y dejará de comprar en Cuba, con lo que los EEUU se convierten en el principal cliente de los productores cubanos (en 1890 compraban más del 90% del azúcar isleño). Además, era una nación que toleraba la esclavitud, con lo que algunos criollos empezaron a acariciar la idea de la anexión con EEUU buscando mayor autonomía, menores impuestos y sus negros a buen recaudo. Todo este sueño incongruente de una extraña república liberal esclavista se irá a la porra cuando el Sur pierda la guerra de Secesión en 1865. A partir de aquí, algunos criollos poderosos optaron por la vía reformista (dado que España el asunto de los esclavos no lo tocaba) para mejorar sus condiciones económicas. El rechazo del régimen de Isabel II la Fresquita a conceder cualquier tipo de autonomía a los propietarios cubanos arrojó a unos cuantos a las filas independentistas, formadas por las clases medias y campesinos que no disponían de grandes haciendas, ni esclavos, ni derechos políticos, claro.

Ingenio cubano del siglo XIX. Metes negritos y sale azúcar. Y ron.

La Revolución democrática de Septiembre de 1868 en España (conocida como “la Gloriosa”) que echó a patadas a la reina del país, parecía que iba a traer por fin un estatus legal de provincia española a la isla, con la concesión de derechos civiles, abolición de la esclavitud y autonomía política, todo ello prometido por los revolucionarios. Sin embargo, a esas alturas pocos cubanos creían en las promesas de la administración española, que les había negado todo eso durante décadas. Como será una constante durante todo este artículo, los vientos de reforma llegan tarde: el 9 de octubre, Manuel Céspedes, un hacendado criollo, proclama la independencia cubana desde su ingenio de La Demajagua y se alza en armas contra las autoridades metropolitanas en nombre de todos los que estaban hasta las narices de pagar y callar, en lo que se conoce como el Grito de Yara. Y lo que es más preocupante, promete la emancipación de los esclavos que se le sumen. El primer independentismo cubano estará por tanto formado por dos sectores sociales: los negros y mulatos en busca de su liberación, y los campesinos y pequeños propietarios criollos pidiendo derechos.

Las guerrillas insurgentes comenzaron una feroz guerra de saqueos, sabotajes y emboscadas. El Capitán General Lersundi contaba con tan sólo 7.000 hombres en la isla, que empleó a fondo para ahogar en sangre la revuelta, pero como tan simpático militar era bastante conservador y por tanto poco afecto al nuevo gobierno progresista de Sagasta y Prim, pidió rápidamente el relevo de sus funciones. Mientras tanto, la rebelión crecía y los independentistas controlaban ya las provincias Oriental y Camagüey. Pero como las desgracias nunca vienen solas, la tostada cae por el lado de la mantequilla y en cuanto tiendes la ropa se pone a llover, esta guerra estalla justo en el peor momento posible para el flamante gobierno de la Península, que verá como el asunto cubano le explota en la cara. Y ahora les advierto que viene un rollete sobre el ejército español muy necesario para entender cómo se organiza la respuesta a los rebeldes.

Una de las reivindicaciones principales de las clases populares que se sumaron con entusiasmo a la Gloriosa, y por tanto, uno de los puntos fuertes del programa reformista de Prim era la promesa de la supresión de las odiadas “quintas”. Se trataba de levas obligatorias de reclutas que el Estado sancionaba cuando necesitaba tropas; se emitía un decreto que fijaba el número de “quintos” que cada Diputación Provincial debía suministrar. Hasta aquí todo normal, pero como España y yo somos así, existía la posibilidad legal de redención pagando unas 1.500 pesetas, con lo cual el cupo lo cubrían siempre las clases bajas (sin recursos para escaquearse) que veían cómo arbitrariamente sus hombres eran apartados de trabajo y familia para ir al frente. Después de décadas de guerras carlistas e intervenciones en Marruecos, Cochinchina o México, la población estaba muy cansada ya del carísimo tributo de sangre que pagaba a cambio de nada y las diputaciones hacían todo lo posible por buscar dinero con que eximir a sus chicos del combate. Así que con el inicio de las hostilidades, Prim tuvo que ciscarse en su promesa y decretar una “quinta” de 25.000 hombres para Cuba, lo que provocó que las mujeres madrileñas salieran a la calle a protestar amargamente. Por otro lado, ya supondrán el nivel de motivación, eficacia y entrenamiento de esta clase de tropas, dirigidas por unos oficiales de clases altas que…bueno, digamos que no eran precisamente la crême de la crême de los ejércitos europeos.

En estas circunstancias, las familias burguesas con intereses en Cuba y los negocios negreros, decidieron ponerse manos a la obra y buscarse la vida por su cuenta para acabar con la rebelión. Frontalmente opuestos a cualquier modificación del status quo, desde el Banco de la Habana movieron sus abundantes capitales y gente como Güell, Antonio López o Colomé por parte de la burguesía catalana, o negreros como Sotolongo, Pulido y otros nombres que irán saliendo, formaron el “partido español” y se dedicaron a reclutar los llamados “Voluntarios del Orden” por 16 reales cada uno (más del doble de lo que cobraba un peón albañil en España). Estos batallones de grato recuerdo en toda la isla se dedicaron a combatir a los independentistas, incendiar y saquear sus casas y haciendas y a cometer todo tipo de tropelías contra los civiles “sospechosos”.

Prim se encontraba en una difícil situación, puesto que veía con claridad que la solución pasaba por una mayor autonomía, otorgar la ciudadanía española y abolir la esclavitud, términos que negociaba con los EEUU, siempre interesados en la evolución de los asuntos cubanos y siempre presionando al gobierno español. Así llegó a la isla el general Dulce, que con tan empalagoso y poco marcial nombre ya habrán deducido que traía la misión de negociar con los sublevados y pacificar la isla. Esto no lo podía consentir de ninguna manera el “partido español” de los negreros, así que se dedicó a sabotear los esfuerzos de Dulce por pactar con Céspedes (los Voluntarios llegaron a asesinar al general Arango, enviado a entrevistarse con el líder independentista). Dulce vio enseguida que nadie estaba dispuesto a una solución intermedia y excusándose en que la guerra estaba prácticamente finiquitada, salió de Cuba echando pestes de los salvajes “voluntarios españoles” que “ensuciaban la bandera” patria. Pero en realidad el problema estaba lejos de resolverse, porque el gobierno se encontraba en una curiosa paradoja. Por una parte, deseaba aplicar en Cuba la Constitución de 1869 y darle el estatus de provincia (lo que implicaba el fin de la esclavitud), pero por la otra se veía atado de pies y manos ante los intereses del lobby negrero, que a fin de cuentas estaba pagando la guerra.

En este contexto, los ministros demócratas responsables de la cartera de Ultramar, Manuel Becerra primero y Segismundo Moret después, intentaron sacar adelante un proyecto de ley abolicionista, que se presentó al Congreso en 1870. La ley Moret preveía la libertad de vientres (los hijos de esclavo nacían libres), así como un impuesto especial a la esclavitud, la liberación de los ancianos, de los esclavos del Estado o de aquellos que ayudaran a las tropas españolas. Era una ley escalonada, con mucho jabón para no perder apoyos de aquellos que en definitiva estaban financiando la lucha. Aun así la oposición fue firme, destacando especialmente en su labor obstruccionista en el Parlamento los diputados Cánovas del Castillo y Romero Robledo.

Grupo de peligrosos desestabilizadores de la nación

Mientras todo este jaleo tenía lugar en el Congreso, los del “partido español” seguían haciendo negocietes no muy limpios aprovechándose del conflicto: Manuel Calvo, copropietario de la naviera “Antonio López y Compañía” continuaba con el transporte de negros. Firma que además tenía la concesión exclusiva del traslado de tropas españolas a la isla; ingreso por partida doble para el Marqués de Comillas. Manuel Girona, director del Banco de Barcelona, recaudaba fondos para contratar “voluntarios españolistas” y con la otra mano hacía préstamos a la Diputación barcelonesa para pagar la redención de los quintos de la ciudad. Estos eran el bando de los “patriotas”. Pero esto no es lo peor; en su huida hacia adelante, no se detendrán ante nada.

En diciembre de 1870 tuvo lugar el asesinato de Prim, que si bien durante algún tiempo se creyó que había sido obra de los republicanos federales, hoy en día se piensa que corrió a cargo del duque de Montpensier, candidato al trono que ocuparía Amadeo de Saboya y que podría ocultar intereses cubanos detrás, aunque sólo sea por la curiosa coincidencia de que nada más diñarla el militar catalán, el nuevo ministro de Ultramar, Ayala, paralizó la ley Moret. Pero con el apoyo del recién estrenado monarca los gobiernos no cejaron en su propósito reformista; en 1872, el gabinete de Ruiz Zorrilla insistió en presentar al Congreso una ley de abolición de la esclavitud.

Aquí los negreros sacaron las uñas y las carteras, afilaron sus colmillos y echaron espumarajos por la boca: por todo el país se fundaron los llamados “Círculos Hispano-Ultramarinos” (Barcelona por los Güell, Madrid por el marqués de Manzanedo, Valencia, Sevilla, Jerez, etc, etc..) , asociaciones de empresarios de todo tipo con intereses en Cuba. Negreros, banqueros y todos los que vendían sus productos en la isla amparados por el proteccionismo salvaje al comercio peninsular formaron una red de presión política nunca vista hasta la fecha. Con una ferocidad y una contumacia sin límite, se dedicaron a difundir la idea de que abolir la esclavitud era “antipatriótico”, desatando una oleada de histeria vociferante a través de los periódicos que controlaban. La campaña contra el Gobierno arreció; la medida era una locura, el hundimiento económico de la nación, la traición a la Patria y la fractura de España. Los “Círculos” y la posterior “Liga Nacional” de productores exigía dimisiones y mano dura con un gobierno que llevaba a España al desastre, los diputados conservadores trabajaban duro en las Cortes… ¿Que les suena de algo? Pues ahora no caigo, oiga. El caso es que este brutal acoso al ejecutivo se cobró sus frutos; en un momento en que había que lidiar también con un alzamiento carlista y el descontento de los federales republicanos, el rey se vino abajo ante la presión negrera y abdicó, huyendo de este país de pesadilla.

Ni que decir tiene que esta actitud mezquina, codiciosa y cortoplacista no hacía más que complicar la situación en el Caribe, puesto que la administración española estaba completamente desacreditada a ojos de los cubanos y lo que es peor, de la opinión pública internacional. Los independentistas se apoyarán en EEUU, y Céspedes y Máximo Gómez contaban por entonces con 30.000 hombres bien organizados. Pero esto les daba igual a los “peones negreros”, que iban a la suya: que nada cambiara. En 1874 estaban íntimamente conectados con los sectores políticos que conspiraron para derribar a la Iª República, de tal manera que los alfonsinos, los militares y los negreros eran las tres caras de una misma moneda. La pieza que amalgamaba todo esto era el papá de la Restauración Monárquica, Antonio Cánovas del Castillo, prohombre patrio glosado hasta la náusea, y que si bien dio estabilidad política al país, estaba muy implicado en el simpático lobby cubano; emparentado con los Sotolongo, su hermano José era director del Banco Español de Cuba y su cuñada Mercedes Tejada O’Farrill procedía de una ilustre familia negrera. Su colega político Romero Robledo estaba casado con la hija del mencionado Zulueta. Pringado hasta las cejas estaba el hombre.

Así que aunque había sido ministro de Ultramar y conocía a la perfección el problema cubano, Cánovas optó por favorecer a sus amiguetes con más inmovilismo, adornado eso sí con alguna que otra reforma. Con unos 100.000 soldados ya en la isla, el general Martínez-Campos llegó en 1876 para terminar la guerra, cosa que logró tras negociar con los rebeldes la Paz de Zanjón dos años después. Para ello tuvo que hacer imprescindibles concesiones reformistas; por esta paz España se comprometía a otorgar a Cuba un estatus similar al de Puerto Rico, abolir la esclavitud, implantar la libertad de prensa, ayuntamientos, autorizar la formación de partidos políticos e incorporar diputados cubanos al Parlamento. Pero cuando Martínez-Campos defendió en el Congreso lo que había firmado en Zanjón, los antiabolicionistas hicieron lo de siempre y el general quedó con el culo al aire sin poder cumplir lo pactado. Para colmo, las autoridades españolas interpretaron el acuerdo de forma muy estricta y los diputados cubanos eran casi siempre de la Unión Constitucional, que adivinen a quién representaba.

Tras el amago de la Guerra Chiquita (1879-80), el independentismo se retiró a sus cuarteles de invierno y se dedicó a organizarse políticamente. La economía de los cubanos dependía totalmente de las exportaciones a EEUU, por lo que para ellos el librecambismo era esencial. Pero los peninsulares vivían de las importaciones privilegiadas, así que la administración española tifaba por el proteccionismo sin complejos. Más divisiones y más malestar local. En 1892 José Martí fundó el Partido Revolucionario Cubano, cuyo objetivo era tan evidente que me ahorro el comentario. El movimiento contaba con una amplísima base social y como ya han visto, con un largo historial de atributos masculinos inflados hasta el extremo. Que llevo más de medio artículo y aún estamos con los antecedentes, así que imagínense…De hecho la secesión era un proceso imparable, más habida cuenta de la torpe e interesada visión de Cánovas sobre el asunto: Cuba era innegociablemente suelo español y por ello una cuestión de orden interno y no un problema internacional, ficción que mantenía a pesar de las continuas injerencias estadounidenses. No aceptaría presión o mediación alguna de otras potencias y se negaba a negociar con los rebeldes cualquier tipo de acuerdo autonomista. Así las cosas, en 1895 volvió a estallar la guerra, en plena minoría de edad de Alfonso XIII. Cánovas optó por la solución “hondonadas de yoyah”; la idea era pacificar la isla y una vez que dejaran quietas las armas, se hablaría de algo con los revolucionarios. Vamos, la cantinela de siempre que además nunca se cumplía. Los cubanos estaban cansados ya de escuchar cantos de sirena que se quedaban en nada.

El general Valeriano Weyler a su llegada a Cuba

Al general Martínez-Campos le tocó dirigir las operaciones, y cruzó toda la isla con sus tropas, por entonces la abrumadora cifra de 300.000 soldados desmoralizados, mal armados y en muchos casos enfermos. Pero los cubanos obtenían suministros y voluntarios de los EEUU, estaban mejor preparados, altamente motivados y jugaban en casa; contraatacaron la retaguardia española con emboscadas que rápidamente se ocultaban en la manigua. Martínez-Campos se dio cuenta pronto de que no podría ganar la guerra sin tomar medidas drásticas contra los civiles simpatizantes y dimitió. Cánovas decidió mandar entonces a un tipo hoy muy popular en Cuba, un general pequeñajo y bigotón con muy malas pulgas; Valeriano Weyler. Este pedazo de animal reagrupó a las tropas españolas y tuvo la feliz idea de dividir la isla abriendo trochas transversales de norte a sur y dotándolas de redes de torretas y blocaos que impedían el tránsito de la población. Los cubanos debían “reconcentrarse” en las áreas designadas a tal efecto. Sí, como suena, el visionario de Valeriano tiene el dudoso honor de inaugurar la infausta moda de los campos de concentración que tanto éxito tendrá en el futuro siglo XX. Pero aun así, la guerra continuaba.

Obviamente la opinión pública internacional, y sobre todo EEUU no se quedó quieta mirando. En el contexto de un agresivo imperialismo por parte de todas las potencias, con España sin un triste aliado debido a su “autismo” en política exterior y con el comercio del azúcar colgando de un hilo, el gobierno del presidente McKinley pasó de presionar terriblemente a España para que acabara con la guerra y restableciera el orden (otorgando a los cubanos la autonomía) a decidir la intervención en la isla de una santa vez. Con un fuerte apoyo de la opinión pública y una campaña de prensa que se hacía eco de los atropellos de Weyler (los reales y los inventados), los intereses económicos prevalecieron; los norteamericanos no podían permitirse más destrucciones en la isla, la paralización del comercio del azúcar y las pérdidas que conllevaba la incertidumbre en Wall Street, en vista de que España era inoperante para resolver el temita ella sola. A pesar de lo que diga la historiografía tradicional, en España nadie se hacía ilusiones sobre el desenlace. Sólo había dos finales posibles para impedir la entrada a saco de los USA en el conflicto y perder la isla; o se ganaba YA a guantazos (Cánovas), o se concedía YA la autonomía (Sagasta). Cánovas le puso la decisión a la regente María Cristina encima de la mesa y ésta optó por la primera opción. Pero en verano de 1897 el líder conservador se tomó unas vacaciones en el balneario de Santa Águeda. Eternas, puesto que fue asesinado por un anarquista italiano, aunque de nuevo se sospecha de intereses cubanos. A Sagasta le tocó lidiar el marrón de la previsible crisis final y consumación del archifamoso Desastre.

La concesión de autonomía llegaba, otra vez, muy tarde. Las presiones de EEUU eran demasiado fuertes ya, con la vista puesta en una ocupación; en Febrero de 1898 el Maine cumplía su “misión” estallando en el puerto de La Habana y ya había casus belli en marcha. En contra de lo que se suele leer, todos los partidos políticos españoles eran perfectamente conscientes de que era imposible resistir a los norteamericanos y estaban deseando una rápida derrota lo más indolora posible. Tenían muchísimo miedo de que entregar la isla sin lucha desairase a los militares, así que perderla manu militari ante una superpotencia era una salida honrosa que no pondría al régimen de la Restauración en riesgo de caída. Pero había que guardar bien las apariencias; era una cuestión de prestigio, y ya saben que en estas tonterías se pone hasta el último hombre y la última peseta. Los empresarios que tan furiosamente habían defendido no conceder ni el más pequeño cambio se dedicaron a colocar sus bienes lo mejor posible ante el previsible cambio político. La prensa y la Iglesia desataron una furibunda campaña patriotera tras la declaración de guerra de Abril del 98, pero la respuesta popular no fue tan entusiasta. Al contrario, el españolito de a pie estaba hasta el moño de la guerra cubana, de ver a sus familiares morir o volver con enfermedades crónicas y del tremendo coste económico que soportaban; la derrota de Cavite en Filipinas o la de Santiago de Cuba fueron recibidas con indiferencia por el pueblo. Tras una heroica e inútil resistencia de los famélicos campesinos con uniforme que España tenía en la isla, por los acuerdos de París España reconocía a Cuba como Estado independiente, vendía a EEUU las islas Filipinas por 20 millones de dólares y las islas Palaos, Carolinas y Marianas a Alemania por 25 millones de pesetas. Así se liquidaban los restos del menguado imperio colonial español.

Tras el último acto de este drama que en definitiva padecieron en sus carnes las clases bajas españolas y cubanas, se abrió un lúgubre y desmesurado debate sobre el Desastre. Muchos políticos, intelectuales y escritores (Unamuno, Baroja, Valle-Inclán, Joaquín Costa, y un largo etcétera) hicieron gala de un pesimismo sin límites y se dedicaron a hablar y no parar en términos un tanto histéricos de la degeneración de España, y de la necesidad de modernizarla, sanearla y ponerla bonita y reluciente. De toda esta literatura algunos incluso han sacado la absurda idea de que aquí empezó la descomposición de España como concetu.

En el fondo la realidad no era tan fúnebre como pueda parecer: a fin de cuentas el sistema político de la Restauración sobrevivió intacto, e incluso se le dio un impulso con las reformas regeneracionistas. La crisis había comenzado mucho antes, a mediados de los 80 y no tenía mucho que ver con Cuba, sino con el difícil encaje que tenían las fuerzas políticas emergentes como el obrerismo, los partidos que funcionaban al margen del sistema de turnos o los nacionalismos periféricos. De hecho, el colapso final no tuvo lugar hasta más de 20 años después de perder las colonias. Como ven, Cuba no fue arrebatada por los estadounidenses, sino por la mezquindad, la avaricia y el cerrilismo de un grupo de sinvergüenzas que tenían en la isla su particular gallina de los huevos de oro, y la torpeza e incapacidad de los gobiernos españoles para dar salida a las aspiraciones de unos súbditos que tampoco pedían más de lo que se disfrutaba en España o terminar con el penoso tráfico de seres humanos. ¿Los empresarios del lobby negrero? Pues después de liarla parda, de forzar una abdicación, de estar detrás de nada menos que cuatro conflictos y posiblemente un par de magnicidios, cerraron el negocio de la trata y siguieron con sus otras actividades empresariales como si nada. A otra cosa mariposa. Mención de honor “concrete-face” para la burguesía catalana, que tras la guerra decidió que Madrid no había hecho suficiente para defender sus intereses y se arrojó en brazos del catalanismo de la Lliga Regionalista. Nada nuevo bajo el sol.

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