Fazañas Bélicas (VI): Fundación e Imperio

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A lo mejor ya ni se acuerdan, y no se lo reprocho porque lo mío ya adquiere tintes de abandono y dejadez alarmantes, pero habíamos dejado a la República Romana pegando el estirón, un estirón tremendo. Y como les ocurre a todos los adolescentes, sufriendo los correspondientes dolores de articulaciones. Las famosas reformas de Mario que comentamos en la anterior entrega están íntimamente relacionadas con los cambios político-sociales que conducirán finalmente al Imperio, y que vamos a describir en esta entrega. También veremos el contraste entre éste y la República y finalmente en qué quedó el Bajo Imperio. ¿Qué por qué, si esto es una serie de recios, marciales y viriles muchachos dándose guantazos? Pues muy sencillo, porque la política romana, cual si de españoles del siglo XIX se tratara, va a girar principalmente alrededor de su ejército, así que me resulta muy complicado separar ambas cuestiones, ustedes me perdonarán, porque tampoco sé cómo va a salir la explicación.

En la época en que Mario deja a la Legión que no la conoce ni la madre que la parió, existían dos facciones políticas diferenciadas, los optimates y los populares. No se trataba de un edición vetusta de derechas e izquierdas, que me los veo venir, so listillos, ni tampoco de una lucha de clases al estilo marxista, puesto que como corresponde a una sociedad tan oligárquica y clasista, todos eran de buena posición. Los optimates eran un grupo de senadores de origen patricio, es decir, provenientes de las familias más antiguas de Roma, por lo que creían que era su destino regir la ciudad-República por los siglos de los siglos aunque tal origen familiar se remontara a actividades tan ilustres como la cría de cerdos (Porcios) o el cultivo de habas (Fabios). Su riqueza se basaba en la posesión de la tierra desde siempre (de hecho para ser senador era imprescindible que tu única fuente de ingresos fuera agrícola), miraban al resto por encima del hombro y negándose en redondo a introducir la más mínima reforma, defendían con uñas y dientes las antiguas tradiciones, sociales y políticas, puesto que en ellas residían sus privilegios. Que, obviamente, y como aquí ya nos sabemos el truco, ellos denominaban “libertades”, inherentes al sistema republicano, las cuales el pesado de Cicerón glosó hasta la náusea, haciendo parecer lo que no es hasta el día de hoy.

En otras palabras, luchaban por mantener un anacronismo procedente de los tiempos en que Roma era una ciudad-estado del Lazio, bajo su mando, claro. Pero resulta que la pequeña República llevaba como dos siglos de agresivo imperialismo patrocinado por el Senado, y ahora era un imperio de enorme extensión, que estos tipos se empeñaban en dirigir como si nada hubiera cambiado. Evidentemente, esto era una ficción que en el fondo ni ellos mismos se creían, puesto que eran los primeros beneficiados del inmenso caudal de dinero, esclavos y obras de arte que las legiones “requisaban” por todo el Mediterráneo, yendo derechito a sus bolsillos. Es decir, que mientras se les llenaba la boca de virtudes tradicionales y libertades políticas romanas, los senadores optimates estaban cambiando la faz socioeconómica de Roma monopolizando los botines de guerra y comprando a mansalva tierras abandonadas por sus difuntos campesinos de “clase media” y creando enormes latifundios repletos de esclavos. Pero ahora seguiremos con esto.

En la otra esquina estaban los populares, cuyo héroe de acción era precisamente Cayo Mario. Sus filas se nutrían de homines novi, es decir, hombres nuevos hechos a sí mismos, comerciantes, militares, abogados y también de patricios venidos a menos, como Él. Los populares, desde los tiempos de los Graco, veían más o menos clara la transformación de Roma en un imperio transnacional, y por tanto la necesidad de reformas políticas de gran calado, como la concesión de ciudadanía (y por tanto, derecho al voto) a los aliados itálicos, acabar con el antiguo sistema anual de magistrados, asentar la administración romana en provincias, y un largo etcétera. Estos peligrosos progres solían llevarse todos los palos (literalmente incluso) y eran despreciados y temidos a partes iguales por los optimates. ¿Y para qué todo este rollo? Pues para introducir el periodo de las abundantes guerras civiles, que parecen nuevos en esta página.

Como el casi único interés de los senadores patricios en las provincias conquistadas era exprimirlas económicamente, la presencia romana en ellas se limitaba por un lado a los recaudadores de impuestos (los odiados publicani) y otros explotadores por el estilo, y por el otro, las temibles legiones. La administración provincial republicana era inexistente, porque además ya me dirán lo que podía hacer un cargo elegido anualmente en una provincia salvo tomar posesión, extorsionar todo lo que pudiera usando el ejército como matón de turno, hacerse con un buen grupo clientelar y volver a toda prisa a Roma a seguir su carrera política al finalizar su mandato. Esta política costaba muchas rebeliones, muchas vidas, desmoralización en las legiones y bastante desinterés por la suerte de aquellos territorios. Pero lo que es más importante, la deserción de los políticos romanos en esto de controlar de forma efectiva un imperio, dejará el vacío de poder en manos precisamente de los militares.

Sí, amigos, es la época de los generales. Mario utilizó todo tipo de estratagemas para hacerse reelegir cónsul siete veces, puesto que esa continuidad en el mando era la única forma de dirigir unas campañas contra los enemigos de Roma con probabilidades de éxito. Pero el Senado, aunque no quisiera reconocerlo, también se ponía en manos de militares de éxito, como Sila. Les ahorro el largo y conocido relato de la Guerra Social, la posterior guerra civil de Mario contra el propio Sila, la huida y rebelión del popular Sertorio a Hispania y nos vamos derechitos a Pompeyo Magno y el Divino Julio. Para entonces ya había que estar muy agarrado al poder o ser un poco tonto para no darse cuenta del futuro del SPQR y de la importancia que tenía en política comandar legiones, disponer de un cargo en provincias (el triunvirato se otorgaba cargos de cinco años ya), ganarse la confianza de las tropas, asentar los veteranos en provincias y gozar la oportunidad de una buena guerra. Quien lo vio claro fue, como no podía ser de otra forma, Él, que se buscó un pretexto para iniciar una guerra ilegal primero contra los helvecios, y después es que no pudo pararse el hombre, hasta conquistar toda la Galia. Julio César, sobrino político de Mario, era el mascarón de proa de los populares y además brillante en todo lo que hacía; general, político, abogado, escritor. Un peligro con patas, vaya. Cuando el Senado le acorraló, dispuesto a desbaratar la carrera de este peligroso reformista, la única salida que vio fue una nueva guerra civil, esta vez contra Pompeyo. Como todo el mundo sabe, César fue vilmente asesinado, pero el proceso de cambio que había iniciado era ya imparable: el ciclo de enfrentamientos terminó con el duelo final entre cesarianos, cuando su heredero político Octavio Augusto acabó con el primo Marco Antonio y su novia norteafricana, instaurando el régimen imperial y cerrando la sangrienta agonía de la República.

Y en un plis le montamos esta coqueta empalizada, señora…

Así que, como pueden ver, la República en realidad representaba la ineficiencia y la corrupción, el afán desmedido de rapiña, el imperialismo y la guerra de conquista, mientras que el Imperio encarnó finalmente una era de relativa tranquilidad y paz tras las fronteras romanas. Justo al revés de lo que la propaganda senatorial ha legado al mundo y que ustedes pueden contemplar en todo su esplendor en Star Wars, para que vean lo efectiva que ha llegado a ser. Paradojas de la historia, pero es que da mucha rabia dejar de ser la vedette en política, ustedes comprenderán que muchos senadores de rancio abolengo lo llevaran bastante mal.

Y ahora ya sí, una vez hecha la interminable introducción política, entramos en harina castrense. En todo este convulso y apasionante periodo, el protagonista principal será ni más ni menos que el aguerrido legionario romano. En las guerras expansivas republicanas, la mortalidad entre las clases medias había sido tan grande, que Mario tomó la revolucionaria decisión de reclutar al “censo por cabezas”, los que no tenían nada. Con lo que estos humildes entraron en la escena política, aunque fuera de forma indirecta, formando el corazón de las nuevas unidades militares y desplazando sus lealtades desde el Estado al general que las comandaba. Pero además se convirtieron en agentes activos de la definitiva romanización de las provincias; su recompensa tras el retiro era la promesa de tierras de cultivo en propiedad. No en Italia, por supuesto, donde las grandes fortunas patricias han acaparado las pequeñas propiedades de los difuntos campesinos, que ahora labran miles de esclavos. Pero ahí fuera hay un imperio por colonizar; absolutamente todos los generales en liza, incluidos los del bando senatorial (Pompeyo sobre todo), tratarán de premiar a sus veteranos asentándolos en tierras provinciales, con los efectos de todos conocidos.

Y absolutamente todos adoptan y perfeccionan el modelo mariano, que será puesto a prueba no sólo contra los bárbaros galos o germanos, sino contra el enemigo más duro y mejor entrenado de la época: otros romanos. El resultado será la profesionalización del ejército, que ya no es el clásico de campesinos propietarios, sino de voluntarios que escogen la vía militar como carrera profesional para prosperar socialmente. Pero es que además el soldado romano no es tampoco ya un ciudadano que sale a combatir y terminada la campaña vuelve a sus quehaceres habituales; los legionarios de César son además consumados especialistas en tareas de ingeniería. Su entrenamiento no se limita a aprender a matar de forma muy eficiente, también construyen enormes campamentos (castra) de madera o incluso piedra donde pasar el invierno, puentes como el que usó el Divino para cruzar el Rin, calzadas que permiten desplazar las unidades a toda prisa y un largo etcétera de obras pública. Además soportan largas marchas a pie, saben recoger cosechas, forrajear…En definitiva, de este periodo tan sangriento saldrá una afilada y eficiente máquina de matar. El disciplinado legionario romano se convierte en una temible herramienta de combate, ocupación y colonización para el que el ejército es su hogar. Una auténtica mula. Una picadora de carne. Un machote. Bajito y moreno, sí, pero un machote.

Si no se lo acaban de creer, y con todas las precauciones debidas ante la evidente megalomanía y amplias dotes propagandísticas de Él, pueden asomarse a los Comentarios sobre la Guerra de las Galias, que son muy entretenidos e ilustrativos. Con un contingente de unos 50.000 pequeñajos malcarados, el Divino Julio invirtió tan sólo 9 años (recuerden que no se solía pelear en invierno) en someter un extenso territorio poblado por varios millones de galos, que además de sacar una cabeza al legionario romano estándar, eran bastante belicosos. No sólo eso, aún tuvo tiempo de poner el pie en Britania, molestar a los belgas y pasar al otro lado del Rin a enseñar a los germanos (aún más grandes que los galos) quién mandaba allí. Como me digan que no les suena de nada, que no saben lo que es un scorpio o un onager, o que no conocen nombres como Alesia, les echo de la bitácora inmediatamente. Esta absoluta hazaña militar, se mire por donde se mire y se desee cuestionar la sinceridad de César lo que se desee, le servirá a nuestro héroe para financiar la guerra civil (que por supuesto ganará) y su posterior programa político reformista, que dado el grave problema de salud que padeció tras los Idus de Marzo, culminará su hijo adoptivo. A ver si se creen que Franco era el único que lo dejaba todo atado y bien atado.

Augusto, que era muy aplicado él, legará no sólo un Imperio pacificado, sino el ejército más poderoso y mejor preparado del mundo en aquel momento. Cuya disposición estratégica sufrirá importantes cambios, dado que la época de las grandes guerras de conquista finaliza con él y toca pasar a la defensiva. Entendida esta a la romana manera, claro; es decir, una defensa bastante agresiva. La principal preocupación de Augusto, y de todos los emperadores posteriores hasta Marco Aurelio por lo menos era tener bien sujetos a los germanos lo más al Este posible, y a los partos arsácidas (después persas sasánidas) lejitos de Asia Menor. Para ello, el Princeps tomó de forma efectiva o redujo al clientelado romano aquellos territorios que consideró estratégicamente importantes y que no controlaba directamente: En la región occidental del Imperio, ocupó la franja entre el Rin y el Danubio (Retia, Nórico, Panonia, Dalmacia y Tracia), la Germania transrenana hasta el Elba, zona de disputa y de frecuentes raciones de yoyah, como el conocido desastre de Teutoburgo, y en la región oriental se encargó de apuntalar la frontera con los partos, asegurando Egipto, Siria, Judea, Panfilia y otras regiones vasallas de nombres igual de espantosos, como la Capadocia. Para redondear la obra, libró las Guerras Cántabras sometiendo a los peludos norteños de Iberia y redujo Mauritania a la obediencia, el servilismo y el peloteo.

Germano entradito en carnes disfrazado de comitatense

Todas estas anexiones, aparte de dar muchísimo trabajo a las legiones, sirvieron para poner en práctica el concepto de “defensa avanzada”; es en ellas donde va a estacionarse a partir de entonces la inmensa mayoría del ejército romano. La obra se completa con una red de puestos avanzados y guarniciones más allá de la frontera. La intención es responder de forma rápida y efectiva a cualquier amenaza de invasión, neutralizándola antes de que penetre en territorio romano, movilizando las tropas del limes y saliendo a dar una somanta de palos antes de que la cosa vaya a más. Esta será la tónica bélica a partir de ese momento, salvo en casos puntuales como la campaña ofensiva de la Dacia (Trajano) o la de Britania (Cla-Cla-Claudio), o insurrecciones provinciales como la de los judíos. Es la era de la Pax Romana.

La composición del ejército siguió siendo de voluntarios, prefiriéndose calidad a cantidad, y los mandos se reclutaban entre los miembros de la aristocracia de-toda-la-vida-de-Júpiter. Fundamentalmente existían dos clases de tropas: las legiones, unidades de infantería pesada formadas por ciudadanos romanos, y los auxilia, que pasaron de contrato eventual a fijo y que como su nombre indica, subsanaban las limitaciones legionarias en cuanto a potencia de fuego a distancia o disponibilidad caballería. Aunque sus mandos eran romanos, se trataba de provinciales con sus exóticas costumbres militares a cuestas, que terminado el periodo de servicio alcanzaban la ciudadanía. Por último, Augusto creó para su protección personal y como reserva itálica tropas de elite conocidas como Guardia Pretoriana. Es en esta época donde el equipo del legionario se va a parecer al de las pelis y los tebeos de Astérix, ataviados con el casco gálico, la loriga segmentata, y armados de pilum, gladium, y ese divertido escudo cuadrado ideal para esa típica demostración de folklore militar romano conocida como testudo.

Todo este dispositivo defensivo ideado por los Julio-Claudios que ríase usted del 5-4-1 de Javi Clemente, funcionó muy bien durante prácticamente dos siglos, a pesar de algunos defectos bastante evidentes: en primer lugar, si una incursión bárbara lograba traspasar el limes, tenemos un problemilla grave, dado el ridículo número de destacamentos disponible en el interior del Imperio. Por otro lado, cuando había que movilizar tropas lejanas, dada la enorme extensión de las fronteras, además de la lentitud que se pueden imaginar, se producían multitud de pequeños dramas, ya que los soldados, que a lo mejor llevaban en el mismo lugar 10 años o más, tenían ya sus familias (“clandestinas”, ya que oficialmente no podían casarse hasta que se licenciaran) y su vida montada. Desmantelar un campamento y marchar a la guerra significaba habitualmente no regresar nunca, así que las deserciones no eran precisamente raras.

Sin embargo, el colapso del sistema va a ir asociado – cómo no – a una larga y profunda crisis. No, a esta no, a la del Alto Imperio, las subprimes no existían aún. El meollo del concetu del fondo del asunto, aunque lo haya repetido cientos de veces en esta bitácora, hay que decirlo más: el “Estado del bienestar” romano imperial era demasiado caro de mantener. El “Roman Way of Life” se basaba en dos pilares fundamentales; la administración a través de una amplia red de ciudades con sus acueductos, teatros, anfiteatros, termas y todas esas impresionantes obras públicas, y un gran ejército permanente, profesional, bien equipado y mejor entrenado. Ambas cosas no podían sostenerse indefinidamente contando tan sólo con la economía agraria de la época; si había sido posible ponerlas en pie era debido a la gran cantidad de recursos obtenidos en la terrorífica cantidad de conquistas romanas. Al “reconvertir” la industria de guerra y pasar a la defensiva, el negocio pasó a ser deficitario. Muchos gastos y pocos beneficios. Así que hubo que apretarse el cinturón bien apretado, y eso lo van a pagar sobre todo las clases trabajadoras. Qué sorpresa, ¿eh?

Pero además todo este pasar apreturas se va a juntar con unas cuantas lagunas del sistema político imperial, la más grave de las cuales es la ausencia de un reglamento para la sucesión del César de turno. En estas circunstancias, ese ejército que es el orgullo de Roma se puede convertir en un arma de doble filo. Ya conocen el método pretoriano de cargarse un emperador y sustituirlo por el que tengan más a mano, pero es que además en el año de los cuatro emperadores (68 d.C.) tenemos un ejemplo práctico del poder político de los generales con mando legionario: los soldados, fieles a su líder, lo proclaman Imperator y marchan sobre Roma a imponer su criterio. Es para evitar estas aventuras por lo que los césares empezarán a desplazar a los aristócratas de los puestos de mando militar y sustituirlos por caballeros (equites), que tenían dinero pero no tanta influencia política en Roma, convirtiéndolos por tanto en oficiales de carrera. Pero en el siglo III d.C. el camino hacia la sociedad del Bajo Imperio es irremediable y estas medidas no impidieron las proclamaciones unilaterales. Tras un siglo completo de anarquía militar (resultado de la mezcla de incapacidad política y crisis social), con una nómina de emperadores asesinados y usurpaciones más larga que la cola del INEM, es el esfuerzo de tipos como Galieno, Diocleciano o Constantino el que evita un rápido hundimiento, tratando de adaptarse como pueden a las nuevas condiciones.

Las transformaciones económicas y sociales van a afectar también al ejército en todos sus niveles; los campesinos y colonos libres son ahora muy necesarios para trabajar y pagar impuestos, así que las legiones se irán nutriendo de impopulares levas o cada vez más, de voluntarios bárbaros, con sus propias tácticas de combate. Por otra parte, el recorte presupuestario y la limitada capacidad “industrial” van a notarse mucho en el equipamiento de las tropas: algunas innovaciones son simplemente adaptaciones de material más barato, como el abandono de la loriga segmentata (de placas) o la harmata (de malla) a favor de la scamata (de escamas), que en cambio ofrecía una protección tipo El Hacendado. El pilum desapareció sustituido por la lancea, más ligera y de menor penetración, pero a cambio tenía mayor alcance y costaba menos. Se adopta un casco más simple, práctico y sencillo de fabricar en serie, el spangenhelm, y un largo etcétera de abaratamiento que hará que las legiones sean prácticamente indistinguibles de los auxilia. Como resultado, la infantería pesada será menos pesada y tenderá a agruparse más juntita, semejando una especie de falange, para defenderse de la cada vez más frecuente caballería.

¡¡Qué pasa, familia, con cuatro plaquitas nos hemos hecho un casco rico rico y barato!!

En cuanto a la defensa del Imperio, los problemas crecen, no sólo por la peor calidad del equipo y el gradual abandono de las viejas buenas tácticas legionarias, sino por la cada vez mayor presión de los bárbaros en un momento de crisis institucional. Para optimizar recursos y dada la peligrosidad creciente de los melenudos vecinos de siempre, los emperadores del siglo IV d.C. reorganizarán la disposición militar. Asistimos a un boom de las fortificaciones, acompañado de una reducción del tamaño de las legiones (pasando de 5000 a unos 1200 efectivos cada una), más adecuado para repartirlas mejor por el limes y meterlas en castra más pequeños, aunque se cree que el tamaño global del ejército era similar a la época de Augusto, entre 300.000 y 450.000 hombres. La teoría tradicional nos habla de dos tipos de tropas; los limitanei, que custodiaban las fronteras y eran reclutas locales supuestamente peor entrenados, al mando de duces (de ahí el palabro aristocrático famoso) y los comitatenses o tropas de elite, fundamentalmente de caballería y al mando lógicamente de un comes (el otro palabro), que serían la reserva móvil dispuesta a desplazarse allá donde se produjera un incendio. Este dispositivo se bautizó como “defensa en profundidad”, pero hoy en día se cuestiona esta explicación. El problema principal es que hay muy poca documentación al respecto, pero el hecho de que los comitatenses tuvieran sus bases en lugares tan alejados de la frontera como Rávena, los inutiliza como reserva móvil (bueno, a lo mejor de esa que llega tarde siempre sí) y hace pensar más bien en un papel de protección del emperador frente a la lista de usurpadores. Por otro lado, los limitanei no tenían como función detener las invasiones saliendo a campo abierto, sino más bien mantener la paz, suprimir desórdenes locales y ante una incursión bárbara, refugiarse en lugares fortificados a la espera de refuerzos o del momento propicio para tender emboscadas.

Con todo, el principal problema del ejército romano tardío era, aparte de la menor disponibilidad de hombres y dinero, la incapacidad política y la debilidad de la autoridad central; en otras palabras, el descabezamiento de un mando con cara y ojos. Salvo en momentos puntuales como durante la Tetrarquía o el periodo de Constantino, con césares de fuerte personalidad, políticas definidas y apoyos estables y suficientes, las continuas guerras civiles y disputas por el poder se cargaron la efectividad del barbarizado ejército, cada vez más similar al de sus enemigos. Algunas brillantes victorias como la de Aecio contra los hunos en los Campos Cataláunicos (451), al frente de un ejército romano-visigodo, y los ímprobos esfuerzos del germano Stilicón (magíster militum de 388 a 408) por defender el Imperio, desmienten la supuesta inferioridad militar romana. Pero la descomposición del Estado es imparable y asistimos también a episodios lamentables en cuanto a capacidades estratégicas, como la batalla de Adrianópolis (378) donde los visigodos se crujen al ejército romano de Oriente. La propia evolución de las invasiones en la Península Ibérica es una demostración de la deficiente dirección de los emperadores, que no tienen más remedio que subcontratar a los visigodos para que limpien Hispania de vándalos y otra gentuza. Con todo, si repasan la confusa historia del siglo V d.C. se darán cuenta del tremendo derroche de tropas en querellas civiles o desastres bochornosos como el del emperador Mayoriano frente a Cartagena, (461) malgastando preciosos e irreemplazables recursos.

Y así, por culpa de la economía, la industria y esas aburridas cosas de marxistas, al Imperio Romano, que disponía del más mejor ejército que vieran los siglos, se le cayó la superestructura al suelo. ¿Toda? En absoluto; si se fijan, no he hablado más que de la parte occidental, la más pobre. El Imperio romano de Oriente, plagado de espléndidas ciudades, más rico y más poblado, sí tendrá los recursos necesarios para hacer funcionar el modelo de estado romano, al menos durante 1.000 años más, que se dice pronto (no, a nadie se le ocurrió un plan de rescate financiero). Pero las aventuras de los futuros bizantinos ya las trataremos en el próximo episodio, donde contrastaremos cómo se daban leches los francos, los bizantinos, los musulmanes y otras gentecillas en el confuso periodo que unos llaman Antigüedad Tardía, otros Alta Edad Media y ahora mismo no tengo ni idea de cómo tratarlo.

Fazañas Bélicas (VI): Fundación e Imperio, 5.0 out of 5 based on 6 ratings