La Guerra de Flandes (II): El ocaso de los Felipes

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Si se acuerdan todavía – que es bastante posible que no, con la de tiempo que ha pasado desde la última vez que publiqué algo -, habíamos dejado a Alejandro Farnesio caminito (español) de Flandes con su flamante cargo de Gobernador de los Países Bajos bajo el brazo. El hombre no sólo estaba dotado de la capacidad de mando y la inteligencia necesaria para desfacer el entuerto norteño, que tantos dolores de cabeza le daba al Imperio, sino que más sorprendente aún, tuvo la fortuna de contar con los hombres y el presupuesto necesario para ello. El obstáculo principal que la joven promesa de la cantera encontró en su labor de poner orden en tan remotas posesiones regias fue el mismo que el de cualquier currito asalariado español de hoy en día: su jefe. Que, al igual que unos cuantos de dichos curritos, era familiar suyo. En última instancia fue el tío Felipe II el que hundió los esfuerzos de nuestro héroe.

En efecto, el estreno no pudo ser más prometedor. Farnesio llegó a las provincias que habían formado la Unión de Arrás y procedió a negociar con ellas un tratado (en una demostración de originalidad sin límites, se dio en llamar el Tratado de Arrás) por el cual se comprometía a pagar las tropas y retirarlas de las provincias leales a cambio de la vuelta a la obediencia. Era una jugada muy hábil, porque la presencia de un ejército no era garantía de paz y prosperidad precisamente en aquella época, sobre todo uno tan propenso a amotinarse y cobrar la soldada por su cuenta como el de Felipe. ¿A dónde llevó las tropas el general Farnesio? Pues qué pregunta, a las provincias que seguían en rebelión. Con este sencillo expediente de sentido común, solucionó un problema que llevaba años enquistado. Además, explotó muy bien las divisiones entre la nobleza local adoptando una política coherente; fue muy magnánimo con los que se le mostraron fieles (como Egmont Jr., hijo del conde ejecutado por Felipe II) e inflexible con los que se le opusieron (Hornes Jr, el hijo del otro ejecutado, acabó igual que papá por pasarse a las filas de Orange), pero nunca castigó con carácter retroactivo. Las elites locales sabían a qué atenerse en sus relaciones con la autoridad real, y con esa garantía de seguridad, se apartaron de los rebeldes revolucionarios, en los que no tenían demasiada confianza en que les mantuvieran los privilegios adquiridos (que en el fondo es por lo que las elites se mueven). Farnesio empleó el viejo truco que se llevaba utilizando en España desde los Católicos para apaciguar nobles; cambiarles poder político por económico. Además aún existía una mayoría católica en el sur de las provincias, en Amberes y en otros muchos lugares.

En última instancia estaba el poder militar, porque la autoridad respaldada con una buena ración de tortas, luce más contundente. Los rebeldes se coaligaron en la Unión de Utrecht y fueron recibiendo una castaña tras otra en Flandes y Brabante; Ypres, Brujas, Gante, Bruselas y finalmente Amberes cayeron en manos de los españoles. El límite del éxito de Farnesio se estableció allá donde sus tropas no pudieron seguir más adelante, en la infranqueable línea de canales y grandes ríos controlados por la flota holandesa, que resguardaban Holanda, Zelanda y Utrecht. Parecía que con un aporte adicional de dinero y material bélico la situación podría cerrarse definitivamente a favor de los Habsburgo, pero en este punto va a complicarse la política exterior española hasta límites insospechados y las decisiones del Rey Prudente van a echar por tierra el esfuerzo de Alejandro. Rebobinemos la cinta, porque precisamente vamos a hablar de flotas y barquitos.

Desde que se comprobó que el Imperio americano no sólo no eran cuatro islas medio rentables, sino que resultó una auténtica bonoloto, muchas naciones europeas pusieron los ojos en blanco y se aprestaron a discutirle a España su monopolio. La justificación ideológica se basaba en que se había usado el derecho de conquista, que en definitiva no era más que imponerse por la espada, y por tanto, ellos podían hacer lo mismo. Lo que querían lo sabemos todos. Pero la realidad es muy cochina y se suele imponer; la mayoría de ellas tenía menos pegada que Pocoyó con anginas, así que su capacidad para hacerle una guerra colonial a España y arrebatarle esas tierras por la fuerza era muy escasa, sobre todo cuando tras los primeros ataques serios, la Monarquía filipina reforzó sus hasta entonces inexistentes defensas americanas. Así que optaron por un tipo de guerra no declarada, extraoficial y de tipo comercial (piratería, vamos) contra intereses españoles. La consumada especialista en este tipo de guerra fría era Isabel de Inglaterra, una especie de Saddam Hussein con tetas para los españoles, que no se cortaba en promover acciones de piratería y cosas por el estilo, mientras juraba y perjuraba que era incapaz de controlar la “iniciativa privada” de sus súbditos. A éstos se les unían los hugonotes franceses desde sus bases en Le Havre, que dada su condición de protestantes estaban (estos sí) fuera del alcance del monarca francés, y desde la revuelta, los “mendigos del mar” holandeses. Entre todos tenían la vital línea de comunicaciones entre España y los Países Bajos hecha unos zorros; un problema mucho más grave que las correrías inglesas por América. ¿Cuál fue la política adoptada por la Monarquía frente a esta amenaza atlántica? En un primer momento, Felipe optó por la vía diplomática ignorando los lamentos de sus mercaderes; no quería enfrentarse directamente con Inglaterra porque temía debilitarla lo suficiente para que la crujieran en una pinza francoescocesa encarnada en María Estuardo. Pero la escalada inglesa fue en aumento, y a la incautación en 1569 del dinero de un préstamo genovés que iba a Flandes, se unieron las expediciones de Drake y Hawkins. Se había perdido un tiempo precioso, y cada día era más evidente la relación entre la defensa del Imperio y los Países Bajos. Pero en 1580 la situación geoestratégica española había dado un vuelco; Portugal formaba ahora parte de la Corona, y Lisboa se convirtió en la base de operaciones navales hispana, el Mediterráneo estaba pacificado tras Lepanto y las cabezas pensantes españolas ya tenían claro que el Imperio se jugaba en la batalla del Atlántico. ¿Por qué explico todo este rollo? Pues aparte de para marearles, porque es en este punto, ante la imposibilidad de andar jugando al gato y al ratón por toda América, cuando Felipe y sus consejeros decidieron golpear a los piratas en el corazón mismo de su base; Inglaterra. Así nació la idea de la Felicísima Armada, la más grande operación defensiva de todos los tiempos. Que tendría además la virtud de amargarle a Farnesio la existencia, veámoslo.

No voy a extenderme demasiado en los vaivenes del plan de ataque, porque además seguramente lo haga más adelante en otro artículo a propósito, pero Felipe II intentó hacer una cosa muy complicada, coordinar un movimiento desde dos lugares tan alejados como Lisboa y Flandes, en pleno siglo XVI. El rey, después de escuchar a unos y otros, tiró por el camino del medio después de marear a todo el mundo: la flota zarparía de Lisboa con unos 25.000 hombres y llegaría a costas holandesas, donde recogería a los temibles 30.000 soldados de Farnesio, escoltándolos por el Canal hasta desembarcar en la isla.

¡Español! El Imperio te necesita. Y a tu vellón, tu hacienda y tus hijos…

Su leal Gobernador le advirtió de los riesgos de la operación, y los requisitos básicos para que tuviera éxito, uno de los cuales consistía en derrotar primero a los rebeldes holandeses. Pero en ese punto el rey tenía otras prioridades: Farnesio debía apañarse con las tropas que tenía para capturar un puerto de aguas profundas, (que los españoles no tenían, pequeño defecto que podía hundirlo todo en la miseria y que por supuesto figuraba como “tarea pendiente”), además teniendo en cuenta que en 1587 se le desviaron subsidios para la flota. Esto es España, sí. Así que nuestro hombre dedicó ímprobos esfuerzos a preparar barcazas de transporte, capturar Sluys, puerto que le permitía mover las barcas por dentro de los canales sin salir a mar abierto, pero el que necesitaba, Flesinga, quedó fuera de su alcance.

Cuando por fin la Armada se puso en marcha tras unos lentíiiisimos preparativos, allá por 1588, ocurrió lo que tenía que ocurrir si optas por la metodología “si eso ya lo iremos viendo más adelante”: cuando Medina Sidonia, que no sabía nada de lo del puerto (ya que al rey se le olvidó comentarle el detalle), llegó con su flota frente a las costas de los Países Bajos, se encontró con que no podía acercarse para recoger los disminuidos Tercios de Flandes. Éstos estaban inmovilizados en tierra, ya que salir en las barcazas a mar abierto sin escolta les dejaba completamente indefensos frente a los rápidos filibotes holandeses, de pequeño calado. Mientras ambos oficiales discutían este problema, la aparición de la flota inglesa acabó con la discusión, forzando al pobre Medina Sidonia a zarpar de nuevo. Así que el balance del fracaso final también afectó a la guerra en Flandes, que quedó paralizada con un ejército reducido, sin los recursos necesarios, y con la reputación de su general tocada. En realidad, Farnesio había sido muy franco y honesto y había mostrado independencia de criterio, pero eran cualidades que Felipe no apreciaba demasiado; le llovieron un torrente de críticas de sus enemigos políticos y su imagen quedó dañada, cuando en definitiva había tomado las mejores opciones dadas las circunstancias. Además la metedura de pata era responsabilidad del Prudente, pero a ver quién le tose al big boss.

Pero aquí no acaban las desgracias en el frente neerlandés. En 1589 en Francia se había recrudecido la guerra civil entre hugonotes y católicos tras el asesinato de Enrique III: los primeros se agruparon en torno a la candidatura de Enrique de Navarra, y los segundos formaban una liga encabezada por los Guisa. Hasta entonces Felipe se había limitado a financiar a éstos, pero decidido a impedir que el navarro se hiciera con el trono, se metió en un charco que no debió haber pisado nunca, yendo demasiado lejos en su implicación. Vamos, que metió la pata hasta el cuezo; si bien era estratégicamente correcto evitar un rey protestante en Francia, Felipe tenía ambiciones que iban un poco más allá, colocar a su hija Isabel en el trono. ¿Adivinan quién pagó la fiesta, no? Efectivamente, el monarca etiquetó el conflicto de los Países Bajos como “defensivo” y pasó a emplear abiertamente tropas en Francia, en concreto los Tercios de Farnesio. Que imploró, protestó y se quejó todo lo que pudo, tratando de que el rey viera el riesgo de meterse en una nueva guerra sin cerrar la anterior, pero no hubo manera. En 1590 las tropas españolas entraron en Francia y lograron levantar el asedio protestante de París. Al regresar de la excursión, Farnesio se encontró con una ofensiva de los rebeldes, dirigidos por Mauricio de Nassau, que le golpearon bien duro, ocupando Nimega. En estas estaba cuando recibió una nueva orden de partir para Francia, cosa que finalmente hizo en 1591, a pesar de que era perfectamente consciente de que todo el frente del norte estaba en peligro de perderse por la irracionalidad del rey. Que por su parte, y en su estilo desconfiado habitual, ya había perdido la confianza en Farnesio, al que había decidido destituir mientras le aseguraba lo contrario. Afortunadamente Alejandro no llegó a sufrir tal humillación a cambio de sus excelentes servicios, puesto que murió en Arrás en 1592  mientras preparaba una tercera expedición al país vecino.

Así que la torpe política exterior de Felipe, en guerra con nada menos que tres potencias distintas, sin poder ganar ninguna, provocó que estas se aliaran; asistimos a un esfuerzo de guerra imponente pero baldío por el que mientras España irónicamente obtendrá el puerto que necesitaba (Calais), se verá impedida de utilizarlo debido a la falta de recursos (bancarrota de 1596). Desde ese mismo año el nuevo hombre fuerte en los Países Bajos era el archiduque Alberto de Austria, que a pesar de lo que indica su nombre se había educado en España, y que al igual que Farnesio era realista, inteligente y con criterio propio. Lo primero que hizo fue entablar negociaciones de paz con Francia pasando de lo que el rey decía; ni Felipe era tan tonto como para no ver las consecuencias de su política y en 1598 se firmó la paz de Vervins, lo que supuso un alivio para las arcas españolas. Antes de diñarla, el rey dejó al menos asegurado el gobierno de los Países Bajos, casando a Alberto con su hija Isabel, pasando a ser soberanos de un Flandes semiindependiente, que revertiría a la corona española si no tenían descendencia, y al mando de un ejército hispanobelga. Pero seguía en guerra con las Provincias Unidas e Inglaterra, cosa que trató de remediar el archiduque propiciando por iniciativa propia una nueva paz, esta vez con Inglaterra, firmada en 1604. De nueva quedaban frente a frente españoles y holandeses.

Sin embargo, durante el reinado de Felipe III el escenario había cambiado bastante. En primer lugar, y desde la unificación hispanoportuguesa, los lusos se habían convertido en “objetivo legítimo” de la piratería holandesa, que a falta de recursos para meterle mano a las defensas españolas en América, había encontrado su agosto en el Imperio portugués del Índico. Por otra parte, la situación geoestratégica y financiera de España era mucho más delicada que antes, ya que dependía de demasiados factores externos para poder llevar adelante sus planes bélicos sin dificultades: el funcionamiento del Camino español dependía ahora del beneplácito francés y las operaciones militares de la remesa de plata americana del año, como si de una cosecha de vino se tratara. Pero como el rey estaba decidido a continuar la guerra hasta conseguir una buena posición para negociar algo (lógicamente deseaba obtener algunos resultados después de la brutal inversión realizada), asistimos a unos años de tiras y aflojas donde a resultados magníficos como la captura de Ostende en 1604 a manos del nuevo supersoldado, el brillante general Spínola, le suceden nuevos motines de los Tercios (1606) y suspensiones de pagos (1607) que desbaratan cualquier campaña militar. En vista de lo que parecía un interminable intercambio de mamporros, el pragmático Alberto llegó a acordar un alto el fuego con los rebeldes en 1607 que condujo a la firma en 1609 de la Tregua de Amberes, conocida también por la de los Doce Años. Por este tratado, España reconocía la soberanía holandesa mientras durase éste, mientras que no conseguía ver asegurados los derechos de los católicos de las Provincias Unidas. A fin de cuentas era una derrota política, militar e ideológica; Castilla había sufrido una auténtica herida narcisista, dejándose el Imperio buena parte de su prestigio enterrado en Flandes. Pero mucho más grave que el prestigio era la irreemplazable cantidad de dinero y hombres que yacía también en aquellos campos; comenzaba a agudizarse el declive y despoblamiento de Castilla, sacrificada por intereses dinásticos. Esto llevó a los castellanos a empezar a pensar que a lo mejor debían también arrimar el hombro otros reinos hispanos, pero esto ya es otra historia que no contaremos aquí. Por último, supongo que habrán caído en la cuenta de la cantidad de hombres extraordinariamente capaces que arruinaron sus carreras en aquellas húmedas y lejanas tierras; la política de obstinación e inflexibilidad había complicado un conflicto menor hasta límites insospechados, lección que no aprendió el presidente Johnson unos cientos de años después. Pero por el momento y a pesar de todos aquellos inconvenientes, la tregua parecía el primer paso hacia una pacificación estable. Pero sólo lo parecía.

Menos mal que las tenía usted, estaba ya desesperado.

Y ahora viene un tocho explicativo sobre la Guerra de los Treinta Años y la política exterior española de Olivares y Felipe IV. Efectivamente, para las fechas en las que expiró la tregua y España y Holanda volvieron a untarse los morros oficialmente, han pasado muchas cosas, entre las cuales la más grande es una guerra europea a gran escala, supuestamente de religión, que había comenzado en 1618 y en la que, cómo no, la Monarquía Habsburgo se encontraba implicada. Se ha escrito mucho, especialmente desde el norte de Europa, sobre el catolicismo agresivo y el imperialismo español, motivos por los cuales se atribuye la intervención de España en la guerra, pero un análisis menos partidista desmonta esta versión: el imperialismo implica reclamaciones y apetencias territoriales de las que la corona española carecía. Sus objetivos se limitaban, como no se cansaban de repetir, a defender los territorios europeos patrimoniales de sus monarcas. El problema principal reside en que dichos territorios se situaban en Italia y los Países Bajos, un pelín retirados de la Península, por lo que mantener el dispositivo de defensa y las comunicaciones con estas naciones lesionaban los intereses de otras potencias europeas (como Francia). Así que una vez estallado el terremoto checo en 1618, el juego de alianzas (en este caso con los Habsburgo de Austria, cuyos intereses estaban más bien poco alineados con la parentela española) y la defensa de los Países Bajos arrastraron inevitablemente a España a la guerra. La rebelión de Bohemia, el Palatinado y un montón de protestantes más amenazó con interrumpir el Camino español, por lo que en 1620 España prestó ayuda monetaria y militar a los católicos austríacos y maniobró para ocupar el Bajo Palatinado y el paso de la Valtelina; a menos de un año vista de la expiración de la Tregua era vital controlar la vía de Milán hasta Flandes. Por otro lado era también imperativo mantener Flandes en contacto con territorios aliados católicos. Pero claro, por esta vía se acabó interviniendo en Alemania, rompiendo con Inglaterra, guerreando en Italia y finalmente con Francia. Casi nada.

Sí, ya estamos pringados otra vez hasta las cejas, y para colmo, menos de un mes antes de llegar al final de la tregua, el rey va y se muere y le sucede un hijo aún más indolente, Felipe IV, que al menos tendrá la decencia de dejar el mando al controvertido Olivares, mucho más capaz que él. ¿Y de los holandeses qué, dirán ustedes? ¿Por qué reiniciar las hostilidades? ¿No se saltan aquí las motivaciones defensivas y se trata en el fondo de ocupar un territorio? Pues no, o no del todo. Aunque todo el mundo medianamente realista sabía que las Provincias Unidas eran un estado soberano, éstas no habían perdido el tiempo durante los años de “paz”, y trataban de minar la posición española en Flandes. Además, se habían dedicado a atacar las colonias imperiales, especialmente las portuguesas, con mucho ahínco; en Holanda existía una poderosa facción partidaria de la guerra, dirigida por Mauricio de Nassau (apoyado por los más fanáticos calvinistas), que se había estado lucrando con estas guerras sucias “comerciales” y que deseaba proseguir con el saqueo a mayor escala. Por su parte, aunque en España seguía doliendo 1609 y existían partidarios de la revancha, se estuvo debatiendo hasta casi el último momento qué hacer. La recomendación de los archiduques gobernadores y de Spínola era convertir la tregua en definitiva ya que con lo que había en la caja y ya en plena guerra, no se podía ganar la que venía. Pero por una parte los holandeses no fueron demasiado receptivos a las distintas opciones pacíficas, y por la otra la guerra subterránea estaba ahí para quien quisiera verla. Así que como dos no se pegan si uno no quiere, y ambos lo deseaban, se reanudaron las hostilidades.

Esta fase de la guerra la voy a tratar más deprisita porque aunque abarque desde 1621 a 1648, nada menos que 27 años, está muy mezclada y supeditada a los infortunios de la Guerra de los Treinta Años, que terminó con el papel de España como potencia preponderante dejándola casi completamente arruinada. Así que si se habla de cosas que en principio parece que no tengan relación con el konflikto, no se sorprendan. Hasta 1626, y dado que las remesas americanas habían sido excelentes desde 1624, España empezó muy fuerte: en una espectacular operación se echó a los holandeses de Bahía, donde se habían colado penetrando en territorio brasileño, los corsarios holandeses habían sufrido duras derrotas frente a las defensas españolas (como las de Puerto Rico) y en Europa se logró capturar Breda, cuya rendición reportó a España un cuadro famosísimo y poco más. Olivares había planificado correctamente la guerra con los herejes calvinistas, enfocándola desde un plano económico y se había formado una flotilla que operaba desde Dunkerke para joderles un poquito el tráfico comercial.

E de aquesta manera acabaran las malhadadas guerras de Flandes…

Aunque demasiado tarde, porque en cuanto el grifo de la plata americana flojeaba, se constipaba toda la maquinaria bélica. En los años siguientes las desgracias se acumularon; Inglaterra había entrado en guerra en 1625 (haciendo el ridículo frente a Cádiz, por cierto), en 1628 el holandés Peter Heyn capturó en Matanzas a toda la flota de Nueva España en otro episodio de torpeza sin límites, esta vez por parte española. La búsqueda de aliados en el Báltico para conseguir un bloqueo eficiente a los holandeses acabó en fracaso (que puso de relieve la poca utilidad de las alianzas Habsburgo) para Olivares, ya que sólo consiguió alarmar a Suecia, que entró en guerra del lado protestante y para remate, el valido de Felipe IV se metió en una carísima guerrita dinástica en Mantua que involucró a Francia en el ajo. Cuando un ejército francés amenazaba Milán, Spínola tuvo que trasladarse allá, muriendo en 1630. Sin embargo, aún en pleno desastre financiero y militar, con Olivares y su equipo tratando desesperadamente de exprimir una vuelta de tuerca más a los exhaustos y raquíticos campesinos castellanos, fue posible contener a Inglaterra (paz en 1630) y Francia (paz en 1631) y de mano del cardenal-infante Fernando se consiguió entrar de nuevo en el Bajo Palatinado y arrearle un guantazo impresionante a Suecia (que hasta entonces estaba desequilibrando la guerra a favor de los herejes) en la batalla de Nördlingen. Este éxito se podría haber explotado si el vacilante Emperador alemán se hubiera comprometido en la defensa de los Países Bajos y por fin la colaboración entre aliados, a la que tantos esfuerzos había dedicado España, hubiera cristalizado en algo concreto.

Pero no lo hizo, y en 1635 la Francia del cardenal Richelieu intervino esta vez del todo, y lo hizo irrumpiendo en los Países Bajos. El bruto del cardenal-infante logró rechazarlos y avanzar hacia París pero desde España no había recursos para abrir un segundo frente en los Pirineos. En 1637 simplemente no había un maravedí más que estrujar, y el esfuerzo de guerra de Olivares colapsó. En la década de los 40 se produjo una brutal crisis, expresada en las rebeliones catalana y portuguesa, producto una de los intentos de Olivares de implicar a todos en los tremendos gastos de guerra y la otra de una sedición aprovechando la debilidad española, y desde ahí todo se convirtió en una agónica carrera por firmar la paz con todo el mundo tratando de perder lo menos posible. En 1639 el almirante Oquendo perdió toda su flota frente a los holandeses en el desastre de la batalla de las Dunas y en 1643, el gobernador de los Países Bajos, el portugués Francisco Melo, ni siquiera pudo desplegar una caballería decente en Rocroi porque los caballos eran muy caros. Aprovechando que los demás tampoco andaban muy finos tras 30 años de conflictos bélicos, y sabiendo que España estaba como loca por dejar de recibir hostias, se negoció una paz con los holandeses en Münster en octubre de 1648. Por esta paz, España reconoció finalmente a las Provincias Unidas como estado soberano e independiente, admitió su derecho a conquistar territorio colonial portugués (aún teóricamente súbditos de la Monarquía), no consiguió que tolerasen el catolicismo en sus reinos ni la apertura comercial del Escalda. Eso sí, mantuvo sus posesiones en el sur de los Países Bajos; es decir, el mismo resultado que en 1609. Sin embargo, estaba tan debilitada que era incapaz de defenderlos; tan sólo 20 años después los perdía fácilmente a manos de Luis XIV Lou-Lou C’est Moi. Para conseguir este buen montón de nada, el Imperio se había arruinado por el camino, Castilla estaba en estado lamentable y aún quedaban 10 largos años de tortazos con los franceses.

Y de esta triste manera acaba el relato de la guerra de Flandes, en la que España sepultó sus ingresos, sus hombres, su poder y su prestigio. ¿Seguro? Bueno, nos queda el epílogo. Final del Mundial 2010. Minuto 116 de partido, el sargento mayor don Andrés de Iniesta y Luján recibe un pase de don Francisco Fábregas y Soler, batiendo al portero calvinista Stekelenburg de una semivolea imparable. Campeonato del Mundo para España y el conde-duque se sonríe desde el infierno. No me digan que a la postre no valió la pena.

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