El Movimiento Cantonal: #acampadacartagena1873

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A menos que hayan dedicado los últimos seis meses a la meditación en el silencioso retiro de un convento perdido en la meseta castellana, o lo que viene a ser equivalente en un plano cognitivo, a recuperarse de la resaca de cinco raves seguidas en el desierto de Los Monegros, les supongo enterados hasta el último y agotador detalle del famosísimo movimiento 15-M y las titubeantes andanzas de la plataforma Democracia Real Ya. Se ha analizado y diseccionado el fenómeno hasta la saciedad desde todas las tribunas de prensa imaginables; para resaltar los defectos y la presunta peligrosidad social por parte de los medios más generalistas y para glosar las virtudes del sistema asambleario por parte de redes sociales afines, prensa “alternativa” o bitácoras personales. Pero hay un denominador común a todos estos artículos y opiniones esparcidas en millones de bits, la unánime sensación de estupefacción por la impactante novedad de un movimiento tan original. Más sorprendente aún parece el hecho de que haya tenido lugar en España, país que no destaca precisamente por su capacidad de movilización popular.

Y el caso es que ni una cosa ni la otra son ciertas. Es muy llamativo que entre todos estos análisis más o menos sesudos nadie haya dedicado unas tristes líneas a bucear en la historia para encontrar los antecedentes del 15-M en la tradición juntera, típicamente española (bueno, igual si lo han hecho, pero comprenderán que uno no se lo puede leer todo…). No se queda ahí el asunto, puesto que lo sucedido estos últimos meses mantiene unos inquietantes paralelismos con uno de los episodios peor conocidos y más maltratados de la Historia de España, el levantamiento cantonal de 1873.  La información que la mayoría de los españoles recibe de este estallido revolucionario lo presenta como una especie de revuelta separatista, derivada del caos en el que el país estaba sumido debido a la inacción y la flojera de la I República, que como cualquier indígena hispano de orden sabe, es un tipo de gobierno que trae pánico, destrucción y anarquía en cuanto se proclama. Ya se pueden imaginar que todo esto también es una enorme mentira, así que vamos a hacer en esta entrega un salto mortal doble con tirabuzón hacia atrás: por una parte trataremos de hablar del papel de las juntas y su expresión máxima durante la revolución cantonal para que vean el parecido asombroso con el 15-M, y por otra veremos cómo ha pasado a la historia “oficial” el tema y así se pueden hacer una idea de lo que se dirá de los indignados en unos cuantos años. Como esto no es una ciencia exacta y la historia no se repite (menos mal…), luego no me vengan con cuchufletas si no acierto, para una vez que me voy a mojar.

Madrid, 1808. Después del lamentable espectáculo de abdicaciones y conspiraciones a tres bandas ofrecido por Carlos IV, su hijo Fernando VII y el favorito Godoy (tres tontos manipulados a conveniencia por el Emperador Napoleón), las cabezas coronadas parten hacia Bayona para representarlo allí, dejando el país a cargo de una Junta de Gobierno como simulacro de autoridad y llenito de soldados franceses, que eran la autoridad efectiva. Dicha Junta estaba compuesta por infantes de segunda fila, grandes de España y otros aristócratas cuyo único criterio era mantener su culo a resguardo, lo que implicaba no molestar a Murat y su ejército de “citoyens”. Así que al estallar la revuelta antigabacha, el vacío de poder era abismal, por lo que era lógico que alguien se instituyera en algo parecido a un gobierno provisional. Ese alguien fueron las instituciones “menores”; ayuntamientos y gobernaciones provinciales se erigieron en Juntas Locales, que pronto formaron una Junta Suprema Central para coordinar la actuación política en cuanto al esfuerzo de guerra y también sobre la construcción de una estructura de gobierno. Los protagonistas de este movimiento autónomo eran en su mayoría gente de clase acomodada y buena formación; nobleza menor, clérigos, juristas o intelectuales como Jovellanos. Su mayor obra la conocemos todos, la Constitución de Cádiz, piedra angular del liberalismo español y punto de partida del mundo contemporáneo por estas tierras, pero no el único documento que salió de allí. En Cádiz se abordaron unas cuantas cuestiones bastante espinosas que salieron a debate público ante la ausencia del monarca absoluto y que marcarán la agenda política peninsular hasta prácticamente mediados del siglo XX. Incluso el que era la Madre de Todos los Temas, el reparto de la riqueza nacional, o dicho de otra manera, la posesión de la tierra: el 6 de Agosto de 1811 se promulgaba la Ley de Señoríos, que liquidaba el régimen señorial. A partir de entonces los señores post-feudales ya no tenían jurisdicción sobre sus territorios (judicial e impositiva sobre todo), se abolían multitud de prestaciones personales y reales que mantenían a la gran mayoría de españoles en la servidumbre, aunque eso sí, se les respetaba la posesión íntegra de las tierras y el usufructo de sus beneficios acreditando previamente el título de compra correspondiente.

¿Para qué todo este rollo si íbamos a hablar de Juntas, de Cartagena y del 15-M? Pues porque es necesario para entender el nudo y el desenlace, así que paciencia y a sufrir un poquito, que como en las películas de misterio, al final se resuelve todo. Al acabar la guerra, Fernando VII volvió a España muy receloso de lo que había ocurrido mientras estaba peleándose con su señor padre, y no en vano, porque después de ganarla solitos (bueno, va, con ayuda de los anglo-portugueses) el prestigio de los liberales y sus Juntas estaba por las nubes. Pero en cuanto entrevió cierto apoyo por parte de diputados gaditanos más conservadores y de los absolutistas de toda la vida, abominó de la “Pepa”, desató una campaña de persecución y trató de restablecer el Antiguo Régimen.

El cantón de Barcelona, esta vez sí, en acción.

Con unas cuantas ejecuciones y encarcelamientos terminó el primer estreno juntero español. Sin embargo, el fenómeno reaparecería cual Guadiana durante el pronunciamiento del General Riego en 1820 contra el tirano absolutista. Al tiempo que su ejército de la Isla recorría Andalucía y Castilla en busca de apoyos, las Juntas de ciudadanos que cuentan para algo (a la plebe aún le faltaba para participar en saraos) se fueron sumando espontáneamente al pronunciamento, dándole calado y soporte social. Riego triunfó principalmente porque el proceso iniciado por los liberales era muy difícil de cortar de raíz por la vía de la represión; había demasiada gente comprometida con el derrocamiento del Antiguo Régimen y las ideas de soberanía nacional y libertad individual, política, económica y jurídica. Por primera vez se combinaron las dos formas típicamente españolas de intervenir en política, el pronunciamiento y las Juntas, para dar paso al Trienio Liberal. Se trató de dar un viraje progresista al país y meterlo en el mundo contemporáneo, pero aunque Fernando VII tuvo que jurar la Constitución de 1812, obviamente lo hizo obligado y dedicó todo su tiempo a conspirar y tratar de dividir al gobierno. Por su parte los liberales se dividieron entre los veteranos de Cádiz y la generación más joven y por tanto con menos miedo a romper tradiciones, barreras e ir un poco más allá; los “exaltados” como los llamaban preferían las asambleas y juntas, las reuniones en clubs políticos y la prensa como medio de debatir ideas. Pero aquí intervendrá la geoestrategia: en Europa se estilaba el Trono y el Altar tras la victoria de los autócratas sobre Napoleón, así que la Santa Alianza intervino a favor de Fernandito el Deseado y con la invasión francesa de los Cien Mil Hijos de San Luis se acabó el segundo experimento liberal. Dos a cero para el absolutismo.

Y ahora sí que voy a despachar más o menos deprisita unos cincuenta años de complicada historia de España porque quiero llegar rápido a la revolución popular de 1868 conocida como La Gloriosa, porque además de que entrar en detalle es un verdadero jaleo (a partir de 1833 hay unos 53 gobiernos diferentes), las formas de gobierno y los acontecimientos políticos se van a parecer bastante. Fernando VII volvió a imponer el absolutismo, esta vez con verdadera saña, persiguió liberales, ajustició a Riego y a Torrijos y disolvió la Milicia Nacional, cuerpo al margen del ejército cuyo origen se remontaba a los ciudadanos en armas frente a los franceses y que volverá a reaparecer siempre del lado de las facciones más progresistas del liberalismo. Para resumir, a partir de la muerte del rey en 1833 la reina madre se arrimará a los liberales más moderados, no porque fuera muy liberal ella, sino porque eran los únicos en quienes podía apoyarse después del alzamiento del pretendiente carlista y hermano del difunto, el todavía más bruto que él don Carlos María Isidro.

España entrará en una dinámica política donde van a predominar casi siempre los moderados partidarios de un liberalismo bastante conservador, de reformas lentas (algunas de ellas puramente cosméticas) y de espíritu tradicional. Así que lo de arreglar las desigualdades y hablar del reparto de la tierra queda aplazado a un día que tengamos tiempo y eso. Los Borbones, facultados por las sucesivas constituciones conservadoras para hacer y deshacer gobiernos, mostrarán además una gran predilección por el “partido moderado” (lo pongo entre comillas porque son más bien facciones que no partidos en el sentido actual del término): éstos gobernarán desde 1833 hasta 1868 casi ininterrumpidamente con la excepción de 1836-37, de la Regencia de Espartero (1840-43) y el bienio progresista (1854-56).  ¿Cómo funcionaba la política española por aquella época? El gobierno de la nación lo controlaban los moderados, apoyados en la regente, por lo que la legislación y las decisiones ejecutivas estaban en sus manos, dado que no existía realmente oposición; al partido que no formaba gobierno se le concedían unos cuantos diputados en plan simbólico y arreando. ¿Y en este escenario el “partido progresista” cómo se las apañaba, se preguntarán ustedes? Pues como buenamente podía, apoyado en sus bases habituales; las elites locales, es decir, los ayuntamientos, las milicias ciudadanas que se formaban y se disolvían recursivamente y algunos sectores del Ejército (combatientes en la guerra de Independencia los más veteranos, en las carlistas los más jóvenes), por entonces con importante presencia de masones y liberales exaltados.

Esta marginación de un sector de los que cuentan en política sólo podía traer disgustos, y esa es la causa de la proliferación de pronunciamientos y la tendencia al uso de la sublevación armada para introducir cambios político-sociales. Cuando la regente María Cristina trató de promulgar una ley de Ayuntamientos muy lesiva para los liberales progresistas se encontró enfrente a Espartero, las milicias y las juntas. Abdicó de la Regencia en 1840 y le cedió al general el mando. Sin embargo cada movimiento de los progresistas se encuentra con fuerzas de signo opuesto muy importantes interesadas en que las cosas no cambien apenas (la casa real, la aristocracia y unas cuantas fortunas más), así como la presión desde sus propias filas para que de una santa vez se hagan cambios radicales, sobre todo en torno a la cuestión de la propiedad de la tierra (no es casual que las desamortizaciones se produzcan con ejecutivos de corte progresista como Mendizábal en 1837 y Madoz en 1855). Añádanle el carácter bastante imperativo de Espartero, que logró enemistarse con los suyos, y en 1843 tenemos a Isabel II en el trono con nuevo gobierno moderado. Esta caprichosa no dudaba en disolver gobiernos por razones peregrinas y llamar recurrentemente al ciclotímico general Narváez, que tan pronto ordenaba unos fusilamientos o deportaba revoltosos a las Marianas, como le daba un ataque depresivo y abandonaba “la cochina política”. En este ambiente tan equilibrado y de consenso tuvo lugar la balbuceante y asimétrica industrialización española, por lo que se pueden figurarse los niveles de corrupción económica y política que alcanzó la cosa. Como nadie se preocupaba de las clases bajas, mientras algunos golfos como el polaco Sartorius trepaban al rango de marqués y se forraban con concesiones a sus amiguetes de negocios como el ferrocarril, el atraso y las sequías mataban de hambre a amplios sectores campesinos.

Anda, que entre els uns i els altres, me tenéis contento, bandarras…

Y aquí ya les prometo que estamos a las puertas ya del cantonalismo…en 1868 y ante el intolerable clima de degeneración y corruptela política, tuvo lugar un nuevo pronunciamiento militar por parte de espadones progresistas de todas clases (y algunos moderados) como Prim o Serrano que estalló, cómo no, en Cádiz. La sublevación militar fue acompañada de una verdadera revolución civil; los tiempos habían cambiado y cada vez más ciudadanos de las clases populares demandaban reformas, muchas de ellas pendientes desde 1812, y que se pusiera fin a aquel simulacro de parlamentarismo que ocultaba un gobierno despótico. Pero han pasado más de 50 años desde la “Pepa” y las mentalidades han cambiado; ahora entran en escena ideologías y partidos en alza, que surgidos al margen de las instituciones oficiales y lógicamente inexistentes para el sistema político, se han nutrido de una significativa base social a golpe de ateneos, debates, periódicos, etc. Son los partidos republicanos, los unitarios de Castelar y los federales de Pi y Margall, los demócratas y los radicales los protagonistas principales de la reaparición de las Milicias populares y las Juntas locales, cuyo apoyo dará finalmente la victoria a los generales alzados. España vivía una auténtica revolución democrática, y el ambiente en la calle era de euforia por alcanzar por fin las ansiadas reformas, y ver el final de las sangrantes desigualdades sociales y económicas entre españoles.

Pero el Sexenio democrático deparaba una amarga sorpresa a republicanos y demócratas que tanto habían contribuido al éxito de la revolución y la expulsión de la odiada reina Isabel. Sagasta, Serrano y Prim decretaron la disolución de las Juntas y las Milicias revolucionarias, quitaron el poder a los ayuntamientos y en unas elecciones por sufragio “universal” masculino para mayores de 25 años, el partido progresista y los unionistas de Serrano salieron triunfadores de los comicios donde participaron hasta los carlistas. Esta mayoría derivó en la Constitución de 1869 y en la búsqueda de un nuevo rey que acatara mejor los principios parlamentarios, figura que ocupará el pobre Amadeo de Saboya, que si lo llega a saber no viene. Este giro más moderado de los triunfadores no es tan extraño si pensamos en que por estas fechas pocas cosas habían cambiado en las alturas: todo el sistema socioeconómico estaba en manos de una elite aristocrática y empresarial muy poderosa y bastante conservadora, que toleraba los gobiernos siempre que no fueran muy lejos y les tocaran lo suyo. Si consideraban que se atentaba contra sus prebendas, bienes y privilegios, podían tirar de sus vastos recursos para hacer caer el gobierno. Así las cosas, no se podía avanzar demasiado en la legislación más progresista; las leyes desmortizadoras de 1855 estaban aún sin ejecutarse en muchos sitios, había un encarnizado debate alrededor de las colonias y una futura emancipación de los esclavos, muchos antiguos señores feudales seguían cobrando impuestos de origen medieval, y la posesión de la tierra era para unos pocos, que principalmente en el sur obligaban a los campesinos a jornales ilegales y otros abusos flagrantes. Como vimos al tratar el feo asunto cubano, el lobby negrero, de la manita de la banca, intrigó lo suyo para hundir la monarquía de Amadeo I y sus intentos de modernización; no está ni mucho menos claro que a Prim lo asesinaran los republicanos o los anarquistas y el acoso brutal al gobierno de Ruiz Zorrilla por parte del Círculo Ultramarino de empresarios y aristócratas consiguió la abdicación del rey. Para colmo, en 1872 esos curiosos y perseverantes psicópatas ultramontanos conocidos como carlistas volvían a tomar las armas contra lo que les parecía un gobierno anti-como-dios-y-la-tradición-manda.

Así que en 1873, sin rey y sin rumbo, la chapuza de la clase política hispana optó por la única solución que quedaba tras haber fallado todos lo demás sistemas que la gente “de orden” había intentado: la República. Por 258 votos contra 32 se proclamó por primera vez una república en España, siendo su presidente el ilustre catalán Estanislao Figueras, con el no menos catalán e ilustre Pi i Margall como ministro de la Gobernación (lo que hoy conocemos como Interior) y hombre fuerte del nuevo régimen. La República nacía con dos amenazas no tan en la sombra desde lugares diametralmente opuestos. En la esquina derecha, ese compacto grupo de clases propietarias capitaneadas por los esclavistas, que desde el primer momento conspiraron para destruir su programa político y social, llegando incluso a prestar grandes sumas al pretendiente carlista para comprar armamento y poner un gran ejército en pie. Entre ellos estaban los Zulueta, el marqués de Manzanedo, y Cánovas o Serrano, conocidos de esta página. En la esquina izquierda también tenemos un problema, Houston. Los sectores que habían puesto todas sus esperanzas en la república eran muy diversos;  campesinos y jornaleros siempre al borde de la miseria esperaban que por fin se resolvieran sus impedimentos para acceder a la tierra, los obreros que empezaban a sentir la presión del capitalismo desregulado laissez faire de la época, los intelectuales que ansiaban sociedades mejores y los pequeños propietarios que esperaban mejores tiempos con leyes más justas. Todos tenían intereses muy diversos y todos estaban bastante hartos de esperar en vano injusticias sin resolver desde 1812. Por último, tenía que contar con la desconfianza internacional, teniendo tan recientes los hechos de la Comuna de París todo el mundo (salvo EEUU y Suiza) esperó acontecimientos antes de reconocer al nuevo gobierno español. No, no me he equivocado de República, sigo hablando de la primera.

La comisión negociadora del Gobierno central entrando en Cartagena

Nada más proclamarse, se dispararon los acontecimientos; reaparecieron juntas revolucionarias, se abolieron las odiosas quintas de reclutas y otros impuestos, etc. Los campesinos de Montilla, hartos de la opresión caciquil  se lanzaron a ocupar tierras, asaltaron la casa del alcalde, quemaron archivos y mataron algunos funcionarios públicos. La prensa conservadora puso estos hechos como ejemplo de caos y desorden republicano, pero la verdad es que cosas así venían ocurriendo desde tiempos de Isabel II y tenían más que ver con la explosiva situación social heredada que con el tipo de gobierno. Este hecho era palmario para los republicanos y en general para todo aquel que no estuviera metido en la red de intereses materiales de las clases altas (a las que les daba exactamente igual la desigualdad y de hecho no veían ningún tipo de peligro o inconveniente en ello) por lo que el gobierno Pi i Margall optó por la vía del necesario reformismo para aplacar estos ánimos y algunos otros (como el intento del incipiente nacionalismo catalán de empezar el federalismo proclamándose como Estado). Las primeras medidas instituían una milicia llamada Voluntarios de la República que debía coexistir con el Ejército, cada vez más virado al conservadurismo, abolición de quintas o matrículas de mar (que era lo mismo que aquellas pero para la Armada) y de títulos aristocráticos y otras varias tendentes a la igualdad. Ante estos derroteros, los monárquicos y los adinerados evadieron sus capitales y se fueron a Biarritz a conspirar abiertamente; una intentona de Serrano fue brillante y rápidamente abortada por Pi. En este complicado contexto, y dado que los enemigos de la reforma estaba bastante claro quiénes eran, Pi trató de sacar adelante un magnífico proyecto constitucional que no llegó a ver la luz; en el verano de 1873 se redactó un texto constituyente absolutamente democrático, de amplio calado social y muy avanzado para su época, que pueden consultar aquí ustedes mismos. Sin embargo, llegaba demasiado tarde.

No sólo se trataba de que los carlistas arreciaran en sus ataques, siendo jaleados por los conservadores, sino que en Andalucía empezaron los motines sociales graves: en Sevilla se organizó un comité de Seguridad Pública, con un internacionalista (que es como se llamaba entonces a los primeros socialistas), Mingorance, al frente . Éste proclamó el cantón sevillano el 30 de Junio y procedió a tomar medidas tan atrevidas como reducir la jornada a 8 horas diarias, los alquileres un 50% y repartir tierra sin cultivar entre los campesinos. La intervención militar acabó con el intento…por el momento. El gobierno se veía superado y trató de suspender las garantías constitucionales, lo que provocó el abandono de la Cámara por parte de los republicanos federales llamados “intransigentes”. Ya no había marcha atrás para las aspiraciones populares; el periodista Roque Barcia, director de “Justicia Federal” constituyó un Comité de Salvación Pública y animó y coordinó el levantamiento federal. A partir del 10 de Julio, por toda Andalucía, Valencia, Murcia y zonas de Castilla surgieron multitud de cantones como expresión espontánea de un malestar que abarcaba a amplias capas de población. España era un hervidero de juntas y comités populares; Jaén, Murcia, Sevilla, Salamanca, Ávila, Valencia…Para más inri, el 7 de Julio tuvo lugar en Alcoy un violento alzamiento obrero que empezó como una huelga demandando mejor salario y terminó con el asesinato del alcalde y varios funcionarios y la intervención de al menos 6.000 soldados para reducirlo (un Engels asustadísimo por el posible impacto que tuviera sobre el socialismo internacional después de lo de París condenó esta mini-Comuna).

Cartagena se convirtió en la plaza fuerte de este movimiento fulgurante por diversas razones; se trataba de una base naval con grandes fortificaciones, obviamente con un importante número de barcos de guerra, y estaba abarrotada de marinos a la espera de que se les liberase de la matrícula de mar. Hasta allí llegaron dos diputados intransigentes de Madrid y proclamaron cantón el 12 de Julio, después el general Contreras a organizar la defensa y posteriormente se le sumó el cantón de Murcia. El empleo de los buques para incautar provisiones les valió la calificación de piratas por el gobierno, estrenándose la marina alemana, ansiosa de intervenir en la política europea, con el hundimiento de un par de fragatas. La república tomó ante estos hechos un derrotero conservador, se arrojó en brazos de los militares (muchos de ellos alfonsinos) y reprimió duramente el cantonalismo. Pavía irrumpió en Andalucía y tomó Sevilla (300 muertos), Martínez Campos desbarató el cantón valenciano y finalmente López Domínguez consiguió rendir Cartagena nada menos que en enero de 1874. A partir de ahí, una durísima represión y el estigma histórico que se ha ido repitiendo de boca en boca hasta acabar en los libros escolares; se suele creer que los cantonalistas eran separatistas peligrosos, se ridiculiza la intentona y se suele poner como ejemplo del “desbarajuste” republicano. Incluso autores reputados como Carr se permiten tildar a algunos de sus líderes como “hombres de pocas luces”, o hablar de Barcia como un simple resentido por no haber podido medrar. Pero sin duda está repitiendo la propaganda conservadora posterior; no seré yo quien ponga la mano en el fuego por la inteligencia de un representante de la raza humana, pero no creo que fuera menor que el promedio de la clase dirigente…si acaso se le puede achacar a alguno una lógica falta de formación. ¿A que les suena esta técnica de desprestigio de fechas más recientes?

El teniente coronel Tej…estoooo, el General Pavía entrando en las Cortes a decir la suya

Pero detrás de esta imagen de revolución folklórica y despreciable, ¿qué hay en realidad? ¿Cuál era el contenido del programa cantonal? Sin duda era un movimiento desordenado que nacía de la desesperación de muchos, y en él se mezclaron por primera vez, aunque en minoría, activistas internacionalistas (serían los “comandos antisistema entrenados en la guerrilla urbana” de entonces, por ponerlo en los histéricos términos de los dirigentes de CiU) y clases populares, aunque el espíritu era más de tipo humanista que socialista. Sin embargo si echamos un vistazo directamente a sus reivindicaciones, publicadas sobre todo en “El Cantón Murciano”, vemos que se constituían en Gobierno Provisional de la Federación Española (a la porra el separatismo) y pedían reformas urgentes que consistían en (agárrense que el paralelismo es tremendo): supresión de privilegios, rentas forales y feudales vigentes en multitud de pueblos de toda España, enumeradas en todo detalle, que se pagaban a señores aristócratas (algunos de ellos insignes conspiradores, como el duque de Sesto), replantear completamente la forma en que se habían abolido los señoríos dejando las tierras íntegras para el latifundista, abolición del registro de la propiedad y sustitución por uno municipal y gratuito, eliminación del “absurdo derecho de hipoteca” (ejem…), y otorgar a todo español el derecho a pedir los títulos de propiedad para averiguar el valor de tierras vendidas por reyes o señores feudales, las fincas sin cultivar en 5 años pasarían a propiedad municipal…Se trataba en suma de reorganizar la riqueza nacional, es decir, la propiedad de la tierra, eliminando el dañino efecto de usurpaciones señoriales, desamortizaciones favorables a los ricos y títulos de propiedad dudosos.

Pero había más aún. Se ponían límites a los sueldos públicos y rentas pasivas, supresión de coches concedidos a los funcionarios, gastos imprevistos y secretos del Gobierno. Impuestos proporcionales y sobre el capital, creación de bancos agrícolas y de comercio para fomentar  la industria y la aparición de “familias laboriosas y honradas”, matando la usura y creando una sociedad más justa que viviera de su trabajo y no de rentas. Además, pedían un Estado federal, unos basándose en nacionalidades culturales (catalanes sobre todo) y otros sobre la base provincial, nada extraño teniendo en cuenta el rollo que les he soltado con las juntas y los ayuntamientos. Y ahora júrenme por el niñito Jesús que no les suena de nada todo esto.

La república, después de cargarse esta insurrección de perroflautas bigotudos, cayó a manos de la reacción conservadora en dos golpes de Estado sucesivos, el de Pavía y el del incombustible Serrano. La sustituyó la monarquía de Alfonso XII y el régimen de la Restauración que vino bajo el brazo de Cánovas, amigo, socio y familiar de “empresarios cubanos”. Régimen que si bien se suele destacar que dio estabilidad política a España, lo hizo cerrando en falso el episodio cantonal y republicano, tendiendo una red caciquil por la cual el propietario local se convertía también en detentador del poder político. Cánovas pensaba que no existía masa crítica política en España, y en lugar de crearla optó por montar un sistema político fraudulento al servicio de las clases dirigentes. Todo el mundo ignoró el importante detalle que distinguía la sublevación cantonal: por primera vez las clases bajas, los obreros, los campesinos, expresaban su malestar por su miserable existencia. Así, cuando tras 30 años de estabilidad corrupta el régimen se vino abajo, reaparecieron los mismos problemas de siempre, y el primer cuarto del siglo XX vivió la crisis más profunda de la historia contemporánea española; 1917 bien pudo ser el año del estallido de una guerra civil en un periodo quizá más violento que 1934. Crisis que se reprodujo por aquellas fechas y que dio lugar al Alzamiento de todos conocido. El problema agrario no se resolvió propiamente hasta los años 60, de manos de los procesos de desarrollo económico que el franquismo ni podía ni sabía controlar.

Como pueden ver, los antecedentes remotos de este tipo de movimientos tienen un sorprendente parecido con el 15-M, (web 2.0 aparte y salvando las distancias), y como también pueden ver, han pasado a la historia bastante vapuleados ellos, así que me temo que si no cambia mucho el panorama y tras la aparición del fatídico General Verano, si las cosas no se aprietan más y vemos protestas mucho menos amables, este capítulo se cerrará como un episodio folklórico más adornado de las mentirijillas de rigor. Eso sí, a alguno le servirá para ligar con la técnica “sí, nena, es cierto, yo estuve allí, puedes tocarme”.

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