Working class heroes: Las huelgas que trajo Franco

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En estos azarosos tiempos donde bancos privados tratan de recuperar sus ruinosas inversiones  en deuda privada convirtiéndola en pública por la vía de meter mano al bolsillo de la res idem (es decir, el suyo y el mío), resulta bastante chocante comprobar las diferentes respuestas de las clases trabajadoras europeas ante la avalancha de recortes sociales destinados a pagar las alcabalas a su Majestad Emilio I de la casa de los Botín. Abrumados los currantes bajo una pila de reiterativas peticiones de flexibilidad y moderación salarial, las sucesivas reformas laborales van podando el arbustito de los derechos del trabajador hasta dejarlo en un triste bonsái, mientras el dinero se transforma en aire caliente elevándose más y más hacia las capas más altas. Ante semejante panorama no es extraño que la protesta y la conflictividad social se hayan extendido por la Europa de los 435 cual Belén Esteban por parrilla de Tele 5.

Sin embargo, hay una curiosa excepción cultural. Me refiero, obviamente, a este Conglomerado Ibérico de Pueblos Cabreados No Portugueses, también conocido como España. La preocupante falta de músculo del movimiento 15-M, al parecer indeciso a la hora de pasar a protestas de más calado y contundencia, la descorazonadora conversión final al perroflautismo asambleario y la incapacidad aparente que demuestran los estudiantes y jóvenes parados para atraerse a las masas “obreras” (entiéndase obreros de cuello blanco, a estas alturas de la película los del mono azul quedan pocos) reducen su impacto social a poco más que una pataleta. Más de uno se preguntará, si traspasa el velo de la opacidad informativa y contempla las movilizaciones en otras latitudes, por las causas de esta flojera de las clases populares españolas, cuya respuesta no va más allá de permanecer sentadas esperando que las mesnadas del sheriff de Nottingham no reparen en ellas y pasen de largo sin llevarse el ganado o las hijas.

Como suele pasar, para ello se acude raudo y veloz a la historia, en este caso reciente, en busca de explicaciones y con lo primero que se tropieza cualquiera es con el socorridísimo franquismo. Ya está, claro, es lógico, lo encontré; tantos años de represión y dictadura convirtieron a los españoles en una especie de zombis que agachan la cabeza y se tragan todo lo que caiga desde arriba. Ciertamente la época de Franco introdujo en la vida social hispana un importante grado de aceptación pasiva como herramienta de supervivencia.  ¿Fin del artículo?  No canten victoria tan pronto…si así fueron las cosas de verdad, ¿de dónde vinieron todos esos derechos laborales que ahora nos recortan sin pudor alguno? ¿El Estado del Bienestar en España de dónde salió? Algunos liberales de toda la vida podrían argumentar que el Generalísimo, en su infinita bondad, reparó en las desventuras de los pobres y por propia iniciativa se dedicó a instaurar seguros de desempleo, pagas extras, vacaciones y todo lo demás. Obviamente esto es un ejercicio de teletubbismo sólo comprensible en aquellos que continúan pensando en el franquismo como ese lugar feliz de arcoíris rojigualdos y unicornios azul marino con bigotito. Como ya sabemos en esta bitácora, los altruistas en la historia se cuentan con los dedos de un muñón, y menos si el presunto altruista ha pasado por algunos cientos de miles de cadáveres para auparse a lo más alto.

Para encontrar por tanto la respuesta a este enigma, nos veremos obligados a adentrarnos en una jungla, una auténtica caja negra de la historiografía hispana, ese bloque granítico de unos cuarenta años de duración, el Mito de mitos, al fin en esta página; la dictadura de Franco. La percepción que se tiene en la calle de esta época oscila entre unos cuantos tópicos o lugares comunes, pero compartiendo una característica común: la apariencia de inmutabilidad. Para unos cuantos nostálgicos suponen cuatro décadas ininterrumpidas de orden, estabilidad y ausencia de paro o criminalidad donde no ocurrió nada que se saliera de lo que Dios y la Patria mandan. Para otros muchos, existe un evidente bloqueo psicológico ante la simple contemplación del franquismo y eluden patológicamente un periodo negro de noche sin fin; las dictaduras no tienen muchas simpatías, comprensiblemente. Así, lo que se conoce generalmente de la dictadura es lo mal que se pasó en la posguerra y derechitos desde ahí  ya se muere Franco y vienen Juan Carlos I y Suárez a salvarnos del Caos y las Tinieblas, todos nos damos la mano en amor y compañía y el mundo entero nos admira. Para los más…bueno, directamente esos no tienen ni pajolera idea de lo que ocurrió cuando sus padres o abuelos aún tenían pelo. Resultado; el agujero negro de desconocimiento de una etapa tan decisiva y cambiante de nuestra historia es de dimensiones intergalácticas. Para acabar de arreglarlo suele ocurrir que cuando alguien se aproxima lo hace desde una perspectiva muy politizada de antemano. Y esto no puede ser, así que vamos al lío, para qué tengo yo una bitácora si no.

Les advierto que paradójicamente y pese a lo que pueda parecer no voy a entrar demasiado en política, sólo lo estrictamente necesario, porque cae bastante lejos de la intención del artículo, y en cuanto entremos en harina verán porqué.  Legiones de tertulianos nos han transmitido, mientras devoran bandejas repletas de canapés y se adulan unos a otros, la distorsionada imagen tardofranquista de los estudiantes universitarios (casualmente ellos mismos) corriendo delante de los grises como Únicos y Oficiales Representantes de la Oposición al anterior régimen, los héroes de la lucha contra la Lucecita de El Pardo. Hay que tener mucho cuidado con esta distorsión autoglorificadora; las protestas estudiantiles existieron, desde luego, desde finales de los 50 y cobraron mucha importancia en los estertores del franquismo, pero se trata de una oposición puramente política y minoritaria. Sí, amiguitos, la población universitaria en aquellos años no era como ahora, donde todo el mundo puede frecuentar el bar del campus; se trataba de los vástagos de gente por lo general acomodada y mayoritariamente afecta al régimen. La oposición estudiantil proviene de las mismas entrañas del franquismo: tras las algaradas de 1957 ilustres apellidos de victoriosas familias patearon las cárceles peninsulares buscando a sus nenes, impasible el ademán.

Sin embargo, existió una oposición constante, firme, espontánea, valiente y aunque de carácter mucho menos político, a la postre bastante más efectiva. Esta oposición ha permanecido durmiendo el sueño de los justos durante años, insuficientemente tratada, desconocida para el común de los mortales, condenada al anonimato y al ostracismo puesto que no está plagada de prohombres destacados ni de importantes nombres. Esta oposición consiguió plantar las semillas del Estado del bienestar en España a costa de mucha sangre, sudor, hostias como panes y aquello de lo que nos gusta tanto pensar que es el producto interior bruto indígena; miles de pares de cojones. Con ustedes una breve historia de la conflictividad laboral durante la dictadura. Que no fue en absoluto testimonial ni pequeña, de hecho no sé si sorprende más la magnitud del fenómeno (durante unos cuantos años fue la más alta de Europa) o la habilidad de las autoridades de entonces y las de después en camuflar esta realidad pasando por encima de ella con un grácil saltito. Pero empecemos por el principio.

Un clásico de la novela de terror, hoy en día descatalogado

Acto I: Represión y autarquía.

Prácticamente desde el inicio del Alzamiento, los militares sublevados tenían muy claro cuál iba a ser uno de sus objetivos principales: “erradicar” de España la “enfermedad marxista”. Desde luego, al menos hasta 1947 se emplearon a fondo para conseguirlo; a la represión de retaguardia llevada a cabo por las entusiastas milicias falangistas y carlistas le siguió un metódico terrorismo de Estado de la mano de los Tribunales Militares, que con la Causa General en la mano no daban abasto para crujir a tanto rojo real o imaginario. Las cárceles españolas, con capacidad para 20.000 reclusos, alojaban una cifra imposible de conocer con exactitud pero que oscila entre 200 y 400 mil presos políticos. Los ejecutados se cifran entre 100 y 150 mil en el periodo 1936-1947 según a quién se lea, y los exiliados superaban el medio millón, aunque una buena parte acabó volviendo. La represión no se termina ahí, sino que incluyó una amplia depuración de funcionarios públicos, sobre todo en la enseñanza y la judicatura (que fueron sustituidos por curas y excombatientes, respectivamente) pero que también llegó a capas más modestas, como los servicios municipales. Así que cualquiera que les venga con el cuento de que es heredero de la izquierda derrotada en 1939 seguramente les estará mintiendo o exagera para legitimarse. Hay que decirlo muy alto, claro y contundente para que no haya lugar a dudas: la magnitud de la represión franquista en los primeros tiempos desarticuló a la oposición política desde el centro hasta la extrema izquierda y la redujo a un estado de lamentable impotencia del que ya no salió.

Lógicamente este programa “depurador” incluía los cuadros de mando de algunas empresas, que fueron también purgados y se procedió, cómo no, a la represión y encuadramiento de la fuerza de trabajo, sospechosa de izquierdismo. Los principios que rigieron la economía española estaban indisimuladamente calcados del corpus doctrinal fascista italiano; los militares vencedores, que no tenían ni zorra idea de economía, impusieron el ideal mussoliniano de la autarquía y la autosuficiencia en un país que se moría de hambre casi literalmente. Otro de los pilares ideológicos del fascismo era la negación de la lucha de clases y de la existencia de conflictos sociales. La aproximación a este ideario se alcanzaba a base de hostias a los obreros por parte del Estado, que intervenía las relaciones de trabajo. Y aquí hay que hablar de cómo organizaba la fuerza productiva el nuevo régimen, o lo que es lo mismo, del curioso caso de Falange y el nacionalsindicalismo.

Así a lo bruto, se podría decir que el inicialmente minúsculo partido fascista fundado por Primo de Rivera Jr. había jugado un importantísimo papel como tonto útil durante y después de la guerra, falleciendo de éxito al convertirse en el Partido Único, una vez fusionado con los otros ilusos aliados del franquismo; los carlistas. El Frankenstein este bautizado como FET-JONS pronto se encontró ante la realidad de que, pese a su apariencia de poder omnímodo y pilar básico del franquismo, era marginado en muchos ámbitos por los militares, que para eso habían ganado ellos la guerra y se habían enseñoreado del país. Así que el papel de Falange se vio reducido a aspectos concretos de la sociedad española, entre los que se encontraba la regulación laboral.

El Fuero del Trabajo de 1938, fusilado (ejem…) de la Carta di Lavoro fascista, imponía una “organización corporativa” del trabajo, es decir, por ramas de la producción, prohibía las huelgas, que eran delito juzgado por tribunales militares y consagraba el papel del Estado como una especie de “Empresario Supremo”. Los empresarios eran los “jefes” (entiéndase en el sentido fascista de la palabra, como Duce o Führer) de la empresa y respondían frente al Estado de cualquier alboroto o protesta que sus currantes protagonizaran. De esta manera se forjó no sólo una relación asalariado-empresario de explotación sino también de subordinación neo-feudal, puesto que debían mostrarse leales y subordinados al patrón en todo momento; lo contrario te podía costar la cárcel y la marginación social.

Siguiendo esta filosofía de que una vez disueltos a guantazos y vigilados los obreros, los conflictos laborales no existen, los sindicatos de clase desaparecieron y se obligó a todos los trabajadores a encuadrarse en lo que se conoce como Sindicato Vertical (u OSE, Organización Sindical Española). El encargado de poner en pie este peculiar edificio fue Gerardo Salvador Merino, que aparte de ser uno de los escasos palentinos que pululan por la Historia de España era bastante nazi el hombre. De hecho, lo suficiente como para que albergara planes para convertir el Sindicato en una fuerza autónoma y poderosa, lo que provocó que el pragmático generalito gallego se deshiciera de él y encargara la tarea al más manejable Arrese. Con ello, la teoría nacionalsindicalista se fue a la pragmática porra: el sindicato no estaba unificado (lo que viene siendo juntar patronos con obreros en la misma organización) más que en teoría, puesto que el asalariado era un monigote en manos de la patronal, ni era totalmente vertical, ni mucho menos dirigía la actividad económica. Eso quedó para el Estado, que para controlar de verdad el mondongo creó las Magistraturas de Trabajo, mientras que el sindicalismo falangista se convirtió en una organización burocrática dedicada a vigilar a los respondones y a formar cuadros para el régimen.

Con estos presupuestos se imaginarán que la vida del obrero español era tirando un poquito a lúgubre; la negociación colectiva desapareció sustituida por un paternalismo otorgado desde las alturas, traducido en un embrión de Seguridad Social, unas obras benéficas como leyes de Accidentes de Trabajo, famélicos subsidios familiares, seguros de Vejez y otras rudimentarias migajas de caridad. Esta completa ausencia de mecanismos legales para conseguir mejoras sociales coincidió con la etapa más oscura de la economía nacional; el primer franquismo y su estúpida utopía autárquica llevaron a España varias décadas hacia el atraso. Resulta francamente inexplicable de forma racional que las cartillas de racionamiento, procedimiento de emergencia en periodos de desastre y anarquía, durasen la friolera de 13 años desde el final de la guerra si no es por la incapacidad de los responsables del asunto económico.

Recordeu, nois, la violensia es una cosa muy fea. Barcelona, 1951.

Dadas todas estas circunstancias, desmantelados los antiguos sindicatos y en plena represión, el malestar obrero por las pésimas condiciones de vida se limitó a una resistencia pasiva; abundan los informes sobre indolencia, desobediencia, fraude y “sabotaje”. Pero en 1947 dado el aislamiento internacional de la España franquista y las malas perspectivas de supervivencia del régimen, las redes clandestinas de UGT, PSUC y CNT organizaron una huelga abierta en Cataluña y el País Vasco, casi las únicas zonas industriales del país. Sin embargo fue el canto del dichoso cisne de las frases hechas: el fracaso de las maniobras de la minúscula oposición política monárquica o socialista en el exilio, el aflojamiento de la presión exterior, el afianzamiento de la dictadura y el declinar de la guerrilla comunista acabaron de finiquitar la acción directa de los escasos supervivientes.

Lo que no cambiaba era la autarquía, que en 1951 amenazaba con hundir definitivamente la economía nacional. Es aquí cuando una inesperada tormenta se desatará en los morros de los dirigentes franquistas. Barcelona, el País Vasco, Madrid, Pamplona estallarán espontáneamente en una protesta sin contenido político, puesto que estaban motivadas por el insoportable tamaño de los genitales que provocaba la miseria endémica española. Los protagonistas van a ser sustancialmente diferentes a los de la época republicana; el recién creado para-sindicalismo católico (las Hermandades Obreras de Acción Católica y la Juventud Obrera Católica) y la nueva política de algunos sindicalistas llamada “entrismo”, que consistía en infiltrarse en los cuadros del Sindicato como Enlace para desde ahí dar salida a reivindicaciones laborales.

Pero dejémonos de teoría y vayamos al meollo. A finales de 1950 el Consejo de Ministros decretó una brutal subida del transporte público barcelonés, más hiriente si cabe por el hecho de que una idéntica subida para Madrid había quedado congelada. Como todo el que conozca a algún catalán sabe bien, esta es la afrenta más grave que se les puede hacer: en marzo del 51 tuvo lugar un boicot masivo al tranvía, seguida por una huelga general convocada por los propios enlaces sindicales. Ni que decir tiene que la policía política se puso las botas en una actuación que sería la marca de la casa; politizar los conflictos y militarizar la represión de las huelgas. Cosa que a la larga será contraproducente para el franquismo porque conducía inevitablemente a la recíproca politización obrera, pero de eso ya hablaremos. Para el 24 y 25 de Abril la protesta se había extendido al País Vasco y Navarra, donde se sucedieron tres huelgas generales en Vizcaya, Vitoria y Pamplona. En Mayo le tocó el boicot tranviario a Madrid en señal de descontento por el alto coste de la vida. Todo esto en tiempos en los que twitter no existía y los Mossos de Felip Puig eran niñas del colegio de La Salle comparadas con el aparato represor franquista. Y como es lógico, nadie creía que manchar una chaqueta era un acto de violencia extrema digna de Al Qaeda.  A pesar de las detenciones y las hostias recibidas, el precio del tranvía volvió a ser el que era, pero lo más importante no era eso; no sólo había hecho acto de presencia una forma completamente nueva y apolítica de resistencia al franquismo, con sus tácticas y su organización diferente, sino que Franco tuvo que remodelar el gobierno y largar al ministro del ramo. La primera piedra para desmontar el disparate de la autarquía estaba puesta.

El siguiente asalto tuvo lugar en 1956-57, justo después de la primera algarada de estudiantes que siguió a la polémica entre las familias católica y falangista de la intelectualidad del régimen. El objetivo seguía siendo la simple mejora de unas condiciones patéticas, sobre todo salariales, la organización mayoritariamente espontánea y ciudadana, los grupos clásicos como UGT o CNT, algunos falangistas o las HOAC pillados a contrapié y corriendo a salir en la foto y la geografía la que será habitual todos estos años: Cataluña, el País Vasco, Madrid y la cuenca minera asturiana. La mayoría eran obreros procedentes del campo, sin relación apenas con la tradición de la guerra civil y cuyas reivindicaciones eran de tipo práctico. Para conseguirlas, usaban profusamente la huelga y la formación de comisiones ad-hoc que después se disolvían. El aperitivo fue la huelga de Euskalduna del 53, pero en el 56-58 la agitación subió de tono muchos enteros y el rosario de conflictos obreros, principalmente metalúrgicos y mineros, se sucedió (SEAT, ENASA, Batlló, Hispano-Olivetti).  El Gobierno respondió de nuevo politizándolas, lo que tenía su lógica puesto que por un lado ponían en entredicho las bases nacionalsindicalistas y corporativas del Estado y su presunta armonía entre capital y trabajo, y por el otro alteraban el orden público, esencia del régimen. Otra vez bajo el aparente triunfo represivo el franquismo se batía en retirada; en 1958 se promulgó la Ley de Convenios Colectivos, que legalizaba la negociación laboral dejándola en manos de la OSE. Además, la reforma económica estaba en marcha, auspiciada por expertos internacionales e impuesta a Franco, que aceptó a regañadientes (“Haga usted lo que le dé la gana”, le espetó a su ministro de Hacienda) en vista de la cochina realidad que los obreros le mostraban. El Plan de Estabilización de 1959 mató el sueño económico fascista y puso a España en el camino del desarrollo que la Europa seria ya disfrutaba.

Huelga sesentera en Cornellà City. Y pensar que yo he currado a 500 metros…

Acto II: Desarrollismo o muerte

Bueno, pues nada, en pleno despegue económico pensarán ustedes que la agitación de los currelas remitiría, ¿verdad? Nada más lejos de la realidad. El reajuste económico que siguió a la estabilización trajo muchas apreturas a la población, pero la mejora posterior fue todavía más sangrante, ya que si bien los trabajadores eran muy conscientes de que se estaba produciendo el cambio, aunque sólo fuera por la abundante propaganda, no les llegaba nada a ellos. Y no en vano “¿Qué hay de lo mío?” es el lema nacional, al punto de que en esta bitácora creemos firmemente que debería formar parte de una futura letra del himno. Por si fuera poco, en los años 60 habían cristalizado, al calorcito de los enfrentamientos de los 50, las nuevas formas de actuación obrera. La fórmula mágica consistía en la infiltración y utilización de la OSE (enlaces sindicales y jurados de empresa) como forma legal de lucha, la huelga como ilegal y la formación de fugaces comisiones obreras para negociar puntos concretos, impulsadas por jóvenes obreros católicos y comunistas. Sí, como ya habrán adivinado este es el origen de la hoy omnipresente CC.OO. Mientras tanto UGT y CNT languidecían por su negativa a usar el “entrismo” como arma.

La fiesta en estos años comenzó en primavera de 1962 con la gran huelga de la minería asturiana, de dos meses de duración y más de 60.000 participantes que terminó con 350 detenidos, 200 despidos, 126 deportaciones y un número indeterminado de “acariciados” por la policía. Se sumaron de nuevo Barcelona y el País Vasco para contabilizar unos 400.000 huelguistas de nada que reclamaban su parte del pastel del meteórico (y podría decirse que “involuntario” desde el punto de vista del poder) desarrollo económico. Arreciaban las reivindicaciones de mejoría de nivel de vida, recogidas en los informes policiales, y los actos de indisciplina. Únanle a esto que eran los años de negociación de convenios colectivos, proceso especialmente frustrante si tenemos en cuenta que la parte social la representaba la OSE, o lo que es lo mismo, el Estado franquista. Que firmaba con la patronal a espaldas de los obreros (vamos, prácticamente consigo misma), por lo que éstos se veían obligados a lidiar tanto a patronal como a “representantes”, no siempre por los escasos cauces legales. Sin derechos de huelga, organización o asociación, los trabajadores se encontraban con la triple presión de una inflexibilidad empresarial que podía sancionar legalmente “indisciplinas”, una organización sindical oficial que velaba por la “normalidad laboral” y un poder ejecutivo que veía todo esto como un problema de orden público y a la mínima lanzaba a los grises a la carga.

No sorprende que a partir de 1966 la conflictividad obrera vaya en imparable aumento hasta su apoteosis  setentera, puesto que la única vía para salir de aquello era la militancia y el konflikto de klase. Canalizado sobre todo a través de las CC. OO., que aprovecharon bien un resbalón aperturista del responsable de la OSE, José Solís. En las elecciones sindicales de aquel mismo año, ensayaron un asalto en toda línea destinado a ocupar cuantos más cargos sindicales mejor. Solís se asustó terriblemente ante el crecimiento de la organización y en el 67 fue ilegalizada por el Tribunal Supremo que la tildó de “filial del Partido Comunista”, descripción que como hemos visto se queda bastante corta ya que estaba llena de católicos, socialistas e independientes. La persecución sólo sirvió para acrecentar la red de solidaridad alrededor de esta curiosa organización pseudo-sindical de tipo sociopolítico. Hasta los 70 el bicho creció y creció, apareciendo nuevos fichajes en otros sectores de actividad (textil, banca, sanidad, enseñanza) y otras zonas geográficas  (El Ferrol, Valencia, Valladolid, Sevilla, Vigo) que se unieron a las de siempre, que me niego a volver a enumerar; mi cansinismo tiene un límite. Todo este desarrollo del activismo militante y el enorme crecimiento de la reivindicación laboral es el verdadero responsable de la elevación del poder adquisitivo de los trabajadores españoles y de las sucesivas mejoras en las condiciones laborales. Con mucho esfuerzo se estaba arrancando a un Estado dictatorial, que no dudaba en emplear la violencia indiscriminada para reprimir los “desórdenes”, todo un andamiaje de protección social y derechos laborales. No sólo eso, sino que el círculo vicioso del “tú me politizas, yo me politizo” facilitó que el centro del antifranquismo real pasara a ubicarse en las clases trabajadoras. Procesos cuya apoteosis tendrá lugar al final de la dictadura y su esclerosis un poco más allá … sí, paradójicamente. Veámoslo.

La minúscula oposición al franquismo en 1971. Manifestación en la SEAT

Acto III: Tardofranquismo y Modélica Transición

Los setenta trajeron un recrudecimiento de la represión, impotente el régimen para buscar cualquier otra solución al marrón laboral que tenía entre manos. Empezaron a aparecer los muertos, en Granada (70), Barcelona (70,73) o Ferrol (71) y las consiguientes condenas internacionales. También apareció una sorpresita en forma de brutal crisis económica en 1973, que afectó a una economía como la española que crecía desaforadamente sobre bases más bien flojuchas. Las horas perdidas en huelgas superaban los 10 millones anuales por estas fechas y por una vez España lideró algún ranking en esto de la cosa reivindicativa. Estudiantes y asociaciones vecinales se unían a la fiesta; el franquismo se venía abajo en el terreno económico, social y laboral, así que poniéndonos en plan marisabidillo marxistoide, a la superestructura política le quedaban tres días.

Igual que a la momia andante del Caudillo, que palmó el 20-N de 1975 dejándolo todo atado y bien atado como se nos recuerda cada poco desde diferentes altavoces. Frase tan ambigua que sirve para explicar cualquier cosa. En el incierto camino que se seguiría después, esta paciente obra de organización obrera iniciada prácticamente de la nada y con su tributo de sangre a cuestas, ocupaba el centro del escenario de la movilización social. La politización subió muchos enteros y había motivos para pensar que la cosa iría en aumento (en 1976 la huelga general de Vitoria acabó con 6 muertos a manos de la policía y la Guardia Civil), pero hete aquí que la Modélica Transición se basó en un rápido movimiento de las elites salientes, que pactaron con los líderes políticos surgidos de la oposición, elites entrantes escogidas por los primeros (la importancia del PSOE en 1974, cuando fue elegido secretario general el camarada Isidoro, era bastante relativa, por poner un ejemplo), lo que propagó una sensación de desencanto cuya puntilla fue el abrazo del oso que se dio Carrillo, cabeza visible del PCE, con la Monarquía. Esperable, puesto que el tipo regresaba corriendo del exilio después de haber vivido como un pachá en la URSS o Rumanía mientras los nuevos comunistas ya hemos visto cómo se rompían los cuernos contra las porras de los grises. En 1976 se pactó el desmantelamiento de la OSE, que con el tiempo ha sido sustituida por dos organizaciones, UGT y CC.OO. que recuerdan sospechosamente a la misma canción pero esta vez a dúo (sé que soy malo pero…¿no les llama la atención que sus dirigentes siempre aparezcan juntitos?). Los “garantes” de la paz social, a los que tanto gusta presumir de ser los menos conflictivos de Europa, pareciera que estén cumpliendo el viejo sueño de la OSE.

Así que la politización sobrevivió, pues hoy quién más o quien menos ve lo de sindicarse y la lucha por los derechos laborales como algo de sucios marxistas corruptos e impropio de gentes de bien, desprovista totalmente de contenido dado el papel conciliador de los dos godzillas sindicales preocupados de no molestar seriamente mientras hacen el paripé para justificar su subvencionada existencia. La actitud de estos sindicatos neo-verticales no hace sino prolongar el desencanto mencionado, lo que unido a la filosofía de la aceptación pasiva nos lleva al lamentable panorama actual. Y de esta manera por la vía del conformismo y el fatalismo se está dilapidando el Estado del Bienestar que nuestros padres pelearon en condiciones muy desfavorables. Mucho más desfavorables que las que hoy afronta el desganado 15-M. ¿Que le parece un final muy triste? Y qué culpa tendré yo, si nací en el 72.

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