Demokratía y Guerra Fría (I): Y en el principio fue Atenas

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No creo que les descubra nada nuevo si les comento que anda últimamente bastante protestona y revolucionada la población de las capas más modestas del mundo “occidentalizado”. Se manifiestan en contra de su actual sistema socioeconómico, al que acusan, con bastante fundamento, de dejar el sistema político hecho unos zorros, apartándolos de los centros de decisión, depositando sus derechos ciudadanos en la papelera de reciclaje y reservándoles el papel de súbditos exprimibles, en un inédito viraje del capitalismo hacia un nuevo orden feudal 2.0. La reclamación principal, aparte de que por favor no nos roben más la cosecha, se centra en recuperar el papel de la plebe en la cosa pública; en otras palabras más literales, una “democracia real”.

Lo cierto es que es gratificante ver lo arraigado que está el concepto de democracia en la mentalidad popular, aunque uno tenga ciertas sospechas de que sea sólo de boquilla, o una adaptación libre de la novela. De hecho es una palabreja que continuamente aparece por todas partes en boca de cualquiera, ya sean medios de comunicación o conversaciones de barra de bar y que, junto con “libertad”, debe ser una de las dos excusas más manidas para cometer todo tipo de tropelías. Estoy seguro de que les vienen unos cuantos ejemplos a la cabeza. Pero no nos dispersemos; lo que al parecer se está reclamando es una variedad de democracia más “directa”, con una supervisión más cercana por parte de la ciudadanía. Un tipo de gobierno que como nos contaron en el colegio y sabemos todos nació hace mucho, mucho tiempo en la Grecia clásica, concreta e irónicamente en una de las ciudades que hoy es escenario principal de su lucha por la supervivencia frente a los embates de una oligarquía adinerada cada día más insolente y desvergonzada; la antiguamente bella Atenas.

Así que me estaba yo preguntando si no les apetecería rebobinar unos 2.500 años la cinta para retornar al lugar de los hechos y ver qué se conocía entonces por democracia, en qué consistía y qué ocurrió realmente con ella, pues aparte de constatar que es el más mejor de los gobiernos posibles y del recuerdo de la época dorada de Pericles, poco más nos decían sobre el asunto. Bueno, y si no les apetece me da igual, yo sí pienso darme una vuelta por esa polis a la que tanto debemos y que tan mal lo está pasando.

Allá por el siglo VI antes de Jesusito, Atenas, como cualquier otra polis arcaica que se precie, estaba dirigida por un tirano con un nombre de dudoso gusto, Pisístrato.  Esto no significa que el hombre se paseara de uniforme y se divirtiera enviando gente a prisión mientras se reía malignamente; originalmente un tirano se refiere a un miembro de la oligarquía de la ciudad, un aristócrata que gracias a apoyos y maniobras políticas se erigía con el poder, que ejercía personalmente, por supuesto. Este tipo de gobierno en un principio no se veía como algo necesariamente malo, de hecho era el típico de las pequeñas ciudades-estado griegas de entonces, que se componían de una capital con su templo, su ágora y su gimnasio, por un lado, y del campo circundante por el otro, con sus campesinos en sus chozas y su ganado. La polis las gobiernan un reducido grupo formado por los ciudadanos más pudientes, que además son los que salen a partirse la cara por ella. Lógico, puesto que son los únicos que se pueden costear el armamento.

Pero hete aquí que las ciudades se organizan, prosperan y crecen. También el comercio, la economía y la población. La sociedad se vuelve más compleja, aparecen nuevas facciones políticas más amplias y la aristocracia se divide en bandos. Más ciudadanos propietarios implica más personas pidiendo acceso a la política, y el sistema de tiranías obviamente no les satisface. Ni tampoco a algunos de los ilustres, que deben disputar e intrigar continuamente para ocupar los cargos. ¿Todo este rollo qué quiere decir? Pues que en las ciudades más pujantes, como Atenas, la tiranía “pasa de moda”, ya no sirve. Es tiempo de crisis internas, o como lo llamaba Tucídides, de “stasis”, una especie de bloqueo de fuerzas enfrentadas. A leches, por supuesto. A la muerte de Pisístrato hay unas cuantas de estas luchas por el poder (con sus imprescindibles asesinatos) que me voy a ahorrar para ir derechito al final: hacia el 514 la tiranía está bastante desacreditada y sin embargo nos quedan dos candidatos a la gloria, de los que se alzará triunfante un personaje de sugerente nombre, Clístenes. Este aristócrata de la controvertida familia de los Alcmeónidas, habitual en todos los follones políticos atenienses, va a sentar las bases de la posterior democracia popular. Aupado al poder por la vía tradicional, parirá una “reforma electoral” que ríanse ustedes de las de la Modélica Transición española.  A ver cómo lo explico…

Y según la audiencia, debe abandonar la Akademia…

Los atenienses, como buenos indoeuropeos, se dividían en tribus por cuestiones de parentela, clanes y todas esas cosas. Las tribus además servían como una especie de unidad política tradicional, y hacían de centro de reclutamiento, colegio electoral y asamblea de tipo social. Pues bien, Clístenes dividió el Ática en tres trozos (la ciudad, la costa y el interior) y cada uno lo dividió a su vez en 10 según la distribución de aldeas con entidad administrativa (los demos, origen de nuestra palabreja) y la voluntad emanada de su escroto. Después procedió a inventarse 10 tribus nuevas cogiendo un cachito del campo, un cachito de la ciudad y uno del interior para cada una de ellas, les puso nombre y un lacito, y a correr. ¿Para qué este manejo? Los expertos con pajarita y gafas de culo de vaso todavía discuten los motivos de lo que hizo Clístenes, porque en realidad nadie lo sabe, pero se pueden adivinar algunas intenciones detrás. Por un lado, esta reordenación lo dejaba todo atado y bien atado; el poder político de los partidarios de la tiranía quedaba repartido y por tanto diluido. Por el otro, todas las tribus tenían una patita puesta en el centro del meollo; Atenas, y por tanto desde ahí se podía controlar y participar en la política. Nada se cocinaba fuera de la ciudad.

Si me han seguido hasta aquí, que es probable que no, puede que a lo mejor se pregunten la utilidad de este “rediseño creativo” del mapa electoral. Pues qué pregunta, para elegir al nuevo gobierno. Agárrense que va la explicación de cómo se organizaba el mondongo político. Les prometo que no dolerá, es sólo un pinchacito y ya. En la antigua tiranía, en Atenas mandaban 9 magistrados o arcontes, elegidos por la asamblea de tribus antiguas entre los que importaban algo. Su labor estaba supervisada por un grupo de ex altos cargos que decidían además sobre cualquier cosa: justicia, política interior y exterior, legislación, etc. Esta banda de vejetes estirados se reunían en la colina de Ares y por eso se llamaba el tribunal del Areópago.  Como ven, todo queda en casa y las clases más altas lo controlan todo.

Ahora la cosa cambia bastante y el demos hace su entrada triunfal en política. Al aristocrático Areópago se le deja en paños menores y conservará únicamente el poder judicial y la “auditoría” de los magistrados. Los otros asuntos pasan al Consejo de los 500, o mucho más bonito en griego, la boulé. Cada flamante comunidad autón…estooo, tribu elige cada año entre sus varones mayores de edad a 50 representantes para la boulé. Obviamente, como es un jaleo juntar a 500 tipos cada pocos días para tratar asuntos, sobre todo tipos que se dedican a otras cosas, se establecía una “comisión permanente” rotatoria de 50, así que cada tribu se encargaba del Consejo una parte del año (este consejo redux se llamaba pritanía). ¿Y a qué se dedicaban exactamente? Pues a preparar los temas que se iban a tratar en el epicentro del sistema, el lugar donde se ventilaba todo, el corazón de la demokratía…la asamblea popular. En griego, la ekklesía.

La asamblea ahora tomaba en última instancia las decisiones; política exterior e interior, si se iba a la guerra, votaba las leyes…siempre siguiendo el “orden del día” preparado por el Consejo. Aquí se elegían los cargos de magistrado y los strategos del ejército de entre los propuestos por cada tribu. El sistema se completaba con toda una serie de medidas para impedir pillar el sillón y enquistarse en el poder, incluido el sorteo o la imposibilidad de presentarse más de dos veces a la pritanía. Pero la joya de la corona de Clístenes, el arma definitiva anti-tiranos para el mantenimiento del equilibrio político y la paz social era el famoso ostracismo. Una vez al año el demos ateniense podía votar si se expulsaba a alguien de la ciudad o no, siempre que acudieran más de 6.000, que debía ser, siguiendo la metodología ojimétrica, algo más de la mitad de la asamblea popular. El nombre se grababa en un trozo de teja (ostrakón) y el que obtenía mayor número de votos debía exiliarse. Este procedimiento va a dar grandes ratos de diversión en el futuro, como veremos.

Esto puede parecer una democracia, y en el fondo lo era, aunque en una fase bastante embrionaria y bastorra ella. Porque aún nos falta un cacho de trozo de trecho para llegar a la auténtica democracia radikal popular, entre otras cosillas porque como buenos indoeuropeos (otra vez), los atenienses se clasificaban y ordenaban por clases sociales en función del algoritmo “tanto tienes, tanto vales”. Había un par de grupos que se quedaban marginados en esta idílica e innovadora felicidad política: los thetes, los que trabajaban alquilando sus servicios para otro, vamos, los asalariados, no podían acceder a los cargos aunque participaran en la asamblea. Lo que dejaba al 50% de los varones adultos atenienses fuera de la cosa pública. Pero no se vayan todavía, aún hay más; los hektemoroi, aquellos que tenían deudas que pagar con parte de la cosecha, los “hipotecados”, esos ni podían ir a la asamblea siquiera. ¿Las mujeres? No me haga reír, hombre, this is Hellas.

Mira qué cara se le ha quedado a la criaturica…

Aún así era un invento revolucionario sin igual en toda Grecia, producto entre otras cosas de la riqueza y la importancia que iba adquiriendo Atenas en el mundo griego. Y ahora que ya hemos explicado cómo se gobernaban los habitantes del Ática,  pasaremos a ver a la joven democracia en acción, porque se avecinan muchas curvas y unas cuantas pruebas de fuego para el sistema, que lo dejarán bastante cambiado. Ahora bien, para que luego no digan que soy un palizas, muchos de los acontecimientos que van a ir apareciendo ya los comenté cuando tratamos el caso de los madelmanes cejijuntos del Peloponeso, por lo que no me repetiré de nuevo y eso que se ahorran.

La primera y decisiva patata caliente que cae en campo ateniense es nada menos que la primera expedición persa. Tras pedirles la tierra y el agua y que los mandaran a freír espárragos, nuestros amiguitos orientales desembarcaron en Maratón, el único sitio llano que encontraron. Claro, que también se encontraron a un montón de hoplitas atenienses al mando del noble Milcíades, con el resultado de todos conocido. La rotunda victoria dio mucho prestigio a la recién estrenada democracia y salvó el primer punto para el equipo griego, pero pese a lo que pudiera parecer, en vez de convertirse en un factor de unidad, dividió las opiniones y complicó mucho la política de la polis, como si de españoles se tratara. Pero, ¿para qué estoy yo si no es para simplificar? A grandes y groseros rasgos, Maratón dio lugar a dos bandos principales; uno era el “aristocrático”, en el que militaban algunas de las mayores fortunas de la ciudad y que encabezaba entre otros el propio Milcíades, representaba a la fuerza de hoplitas, propietarios de la tierra, la forma tradicional de hacer la guerra. Así que no hace falta que insista en el prestigio que tenían después de la batalla y lo convencidos que estaban de que esa era la manera correcta de hacer las cosas. No sólo eso, sino que Milcíades era dueño y señor del Quersoneso y por tanto tenía el riñón forrado, hasta el punto de que alguno lo acusaba de haber ejercido la tiranía por allá.

La otra facción había visto motivos de inquietud tras el primer asalto: no en vano los persas habían movido su flota como Pedro por su casa. No era de recibo que a una ciudad costera como Atenas le chorrearan así en su cara; el arma definitiva debía ser una flota como Zeus manda y un puerto nuevecito (El Pireo), conjuntamente con una serie de fortificaciones que debían ir desde la Acrópolis hasta allí, lo que se conocería como  “Los Muros Largos”. La figura más destacada de esta “corriente de opinión” era el visionario de Temístocles, y no se trataba de un oportunismo a causa de la guerra. En realidad el auténtico motivo para proponer estas medidas era un enemigo mucho más modesto pero que llevaba pintándoles la cara a los atenienses desde ni se sabe, la polis de Egina. Los modestos eginetas disponían de una respetable flota y hostilizaban a los áticos dónde y cuando querían desde hacía años, impidiéndoles dominar las aguas egeas, así que Temístocles y sus partidarios en realidad estaban mirando más allá de la cuestión persa y planeaban una futura expansión ateniense, que debía ser, sí o sí, marítima. El problema es que construir una flota era algo carísimo, y una muralla ni les cuento, y la pasta gansa estaba en el otro lado. Además también estaba el problemilla persa en la agenda: más o menos todo el mundo esperaba la próxima iniciativa de Oriente, así que las opiniones oscilaban entre los que rechazaban un hipotético dominio del Rey de Reyes y los que pensaban que a lo mejor no era para tanto.

Las primeras bofetadas en la arena política correrán a cargo del dúo mencionado. Tras su gran victoria, Milcíades se animó a perseguir a los persas (lo cual ya indica que la facción aristocrática tampoco le hacía ascos a eso de expandirse) y trató de liberar las islas Cícladas, llevándose una derrota en Paros que además le dejó malherido. Temístocles y sus partidarios estrenaron aquí el ostracismo, acusando al derrotado de “decepcionar al pueblo ateniense” y le condenaron al exilio y a pagar un multazo que no se llegó  a cobrar, pues Milcíades se murió antes. El invento de la teja no sólo se emplea ya para alejar personajes peligrosos, sino como modo de “regular” el efecto del exceso de fama y prestigio de individuos concretos en la democracia.

No se sabe mucho de los acontecimientos de los años posteriores en la ciudad, pero el baile de figuras condenadas al ostracismo y la indecisa política exterior ateniense, que daba un pasito-palante-María y un pasito-patrás en sus relaciones con los persas nos hace suponer, porque somos muy espabilados, que no se aburrieron precisamente. A Temístocles le saldrá un rival en la figura de Arístides, con fama de justo, virtuoso, incorruptible y repelente niño Vicente, si bien ambos coincidían en política exterior. Pero hay dos  hechos que van a decantar la balanza definitivamente del lado “naval”: el primero, el descubrimiento accidental de un montón de plata en las minas de Laurión, con lo que el asunto del dinero quedaba resuelto. El segundo, que Drag Queen Jerjes optó por invadir Grecia y jugar la revancha. Los partidarios de dar la mano blandito al persa tuvieron que largarse o quedarse calladitos, y el proyecto de Temístocles salió adelante. En un plazo razonablemente corto de tiempo y justo para estrenar en la guerra, Atenas puso 200 trirremes en el agua. Que no funcionaban solas, por cierto; hubo que reclutar a los thetes para que sirvieran como remeros en la marina, lo cual a la larga tuvo la previsible contrapartida política, como nuestro Hombre ya preveía y esperaba, no en vano contaba con su apoyo social.

La democracia puesta en marcha

Como todos sabemos, Atenas y Esparta se coaligaron para rechazar la invasión y el “muro de madera” flotante que erigió Temístocles sirvió para poner a la población ateniense a salvo del ataque persa, acabar con su flota en la espectacular victoria de Salamina, salvar a Grecia y en última instancia, al mundo occidental como lo conocemos. Después por tierra, en Micala y Platea, los espartanos remataron la faena. Es el triunfo en las Guerras Médicas el que va a transformar decisivamente a Atenas en una democracia “completa” y en muchas cosas más. Vamos a tratarlas, si me salgo del apuro porque es complejo.

En estos momentos Atenas y Esparta son un remedo primitivo de los EEUU y la URSS de finales de la Guerra Mundial; son aliados contra el mismo enemigo y tienen el conflicto de cara, y aparentemente son amiguitas, sí. Pero se están jugando muchas papeletas para malos rollos futuros. Sus sistemas políticos son la noche y el día y ambas están destinadas a jugar papel de superpotencia. La diferencia es que Esparta no tiene ningunas ganas de rular el Egeo, por lo que esto implica en cuanto a crecer y transformarse, mientras que Atenas no sólo lo mira con ojitos, sino que su metamorfosis ya ha comenzado. Cosa que a los lacedemonios tampoco es que les haga mucha gracia. Aunque hay buen rollo oficial entre ambos, quien vio venir el futuro con claridad fue, cómo no, Temístocles.

En cuanto las operaciones bélicas se alejaron de la Grecia continental, los espartanos propusieron, así muy sutilmente ellos, que estaría genial que se desmontaran todas las fortificaciones y murallas de las polis, con la excusa de que muchas ciudades aliadas del persa se habían tenido que tomar por asalto. Se imaginarán las risas en Atenas, que había sido saqueada por el enemigo y que en aquel mismo momento se encontraba enfrascada en poner sus muros en pie, objetivo en el que estaban pensando realmente los laconios. Temístocles se sirvió de una estrategia, plantándose en Esparta a entretenerlos  con una patraña mientras mujeres y niños acababan las obras corriendo (479 a. C.). Para cuando los espartanos se asomaron por Atenas, la muralla se había completado a una velocidad que ni las cuadrillas del Pocero. Esto no les hizo demasiada gracia a los chicos sureños de la boina, que tomaron buena nota de la matrícula del ateniense.

Para acabar de liarla, el “Alto Mando Aliado” despachó la flota ateniense bajo mando espartano a pegar yoyah por ahí y tuvo lugar el feo asunto de Pausanias. Una vez destituido el laconio y puesto al mando un ateniense, el “Telón de Bronce” iba a caer entre las polis. Esparta se desmarcó del asunto mientras que Atenas aceptó encantada de la vida ponerse al mando y para ello Arístides fundó una coalición, la Liga de Delos (477 a. C.). Habría que decir Delos-que-pagan, porque en esencia Atenas ponía los barcos, soldaditos y caballos y los demás aflojaban la cartera. Esta subcontratación de la cosa bélica traería consecuencias inimaginables. Pero de momento quedémonos con que los espartanos no olvidan, así que se las apañaron para acusar a Temístocles de estar implicado en la subversión de Pausanias. ¿Que qué tiene esto que ver con la democracia? No se me impacienten, que vamos a ver cómo repercute en Atenas…

Como decíamos antes, la flota ha vencido, y ya no son los propietarios agrícolas y sus lanzas los que defienden Atenas en solitario. La marina no sólo es el orgullo de la polis, sino su futuro. Es absolutamente necesaria para continuar las operaciones, mantener la Liga (y el cobro del phoros correspondiente) y arrojar al persa del resto de Grecia, así que los modestos van a querer ver su poder político aumentado e irrumpir a saco en la fiesta de la democracia. La facción “democrática” va a salir muy reforzada de la guerra y los acontecimientos posteriores, adquiriendo un tono claramente antiespartano y pro-expansionista, como su líder. De hecho, una de las primeras medidas que tomará el demos es quitarse de en medio a la figura oligárquica del momento, Arístides, votando su ostracismo.

Pero paradójicamente, la facción aristocrática también va a reforzarse. Los hoplitas se han batido como machotes y el Areópago, reducto aristocrático, ha adquirido mucho prestigio tras dirigir la evacuación de la ciudad en momentos de grave peligro. Además cuenta ahora con una joven promesa, el hijo de Milcíades, Cimón, que además ha heredado la inmensa fortuna de papi. Para colmo, muchos de sus cabecillas son strategos del ejército que tan brillantemente conduce la guerra contra Persia; el propio Cimón es puesto al mando de la expedición de la Liga para correr a gorrazos al persa hasta su tierra.  Sin embargo, esta facción es partidaria de la amistad con Esparta, “home of the hoplites” y polis oligárquica por antonomasia. La lucha política, pues, se va a recrudecer y como ustedes son muy listos  se barruntarán que tendrá como objetivo al Hombre que ahora ostenta el título de “más popular de Atenas”, el Hombre en el cénit de su carrera, Temístocles, que se ha puesto además un poco chulito y al que los espartanos y sus amigos difaman. En 472 es condenado al ostracismo en una votación de la que se han encontrado abundantes ostrakón prefabricadas con su nombre ya impreso. Ya ven que hemos cambiado mucho.

Mientras tanto, la Liga de Delos se consolida a la vez que el fantasma del peligro persa se aleja. Cimón se hincha a repartir leches de tal modo que los aliados empiezan a plantearse que a lo mejor no hace falta ya la pseudo-OTAN esta. Sin embargo, a los atenienses les va muy bien esto de cobrar sus servicios militares por adelantado, y ese dinerito está haciendo mucho bien en Atenas, porque entre otras cosas servirá para sufragar la adquisición de muchos esclavos y la presencia en las asambleas de los más modestos. Pero no nos adelantemos; el Imperialismo ateniense empieza aquí. La organización de la Liga ya tiene mala pinta y no responde que digamos al modelo democrático: se reúnen dos órganos por separado, el de los atenienses y el del resto, así que ya se pueden imaginar qué clase de igualdad garantiza eso si el voto de Atenas vale por el de todos los demás juntos. Cuando se huelen que la Liga es un instrumento al servicio de la polis ática, algunas ciudades tratan de salirse. Pero la Liga de Delos es una especie de antecedente de instituciones futuras como la Iglesia Católica, el Círculo de Lectores o Movistar; es muy fácil entrar, pero salir es harina de otro costal. Naxos en 470 y Tasos en 465 tratan de borrarse del club y son correspondientemente hostiados por los atenienses, que mandan colonos (clerucos) a todas partes y se aseguran por encima de todo el cobro de sus servicios. ¿El persa? Bien, gracias.

Así están las cosas ahí fuera, pero… ¿qué ocurre en Atenas mientras tanto, una vez expulsado Temístocles? Pues el partido aristocrático, con Cimón a la cabeza, tratará de mantener a raya a los demócratas con un recurso que seguro que les parece muy actual; el evergetismo. ¿Qué es esto? Pues sencillamente que Cimón gastará parte de su dinero en abrir sus huertos, sus terrenos y su bolsillo para regalar al personal comida y sustento. Obviamente, nada es gratis en este mundo; una vez que pasas a ser mantenido de Fulano, te conviertes en su clientela, y como si de un precursor del camello moderno se tratara, si quieres seguir chupando del bote, en la ekklesía votarás lo que yo te diga. Como ven, no hemos inventado el pesebrismo. Así es como Cimón cree manejar el sistema político, pero un oportuno resbalón dará alas a sus enemigos políticos. En 462 a. C., Esparta sufre un tremendo terremoto, como ya sabemos, y pide ayuda ante la rebelión de sus montones de hilotas. Cimón, que es muy proespartano él, convence a la asamblea de que le deje ir con 4.000 hoplitas.

Aparte de que los lacedemonios lo envían rápido a hacer gárgaras, porque no quieren saber nada de los atenienses y sus peligrosísimas innovaciones políticas, en su ausencia los cabecillas demócratas, Efialtes y el gran Pericles, han reformado la constitución de Atenas, sin referéndum ni nada. El Areópago es despojado de sus poderes auditores, que pasan a la boulé y la Asamblea del demos y se queda en lo justo para ver casos penales; los thetes ven su poder incrementado. Cimón, aparte de quedarse a cuadros al volver, tiene que lidiar, con… adivinen. Un bonito ostracismo que le dejará fuera de combate en 462 a. C.

Y aquí hemos llegado al clímax del episodio de hoy. ¿Qué ocurrirá con la cada vez más popular democracia? ¿Qué pasará cuando acabe chocando con la otra superpotencia griega? ¿Hasta dónde llegará el Imperialih.mo ateniense y qué relación tiene con el gobierno de todo el pueblo? Esto lo veremos ya en el próximo episodio. Y sí, habrá guerra, ansiosos.

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