El Rincón de Herr Dr. Goebbels: Apocalipsis Zombi

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Willkommen, meine lieben Freunde! Abrimos con este artículo una nueva sección en esta bitácora, cuya temática a lo mejor les choca un poco porque no está destinada principalmente  a narrar episodios históricos. Pero antes de arrojarme kilos de ciberverduras, organizar una concentración de lectores indignados y largarse a otros pagos a buscar batallas y glorias imperiales, triht.te eh de pedir, les imploro con lagrimones en los ojos que le den una oportunidad a la criatura. En realidad tampoco nos vamos a alejar demasiado del objetivo fundacional del engendro este, porque seguiremos hablando de la formación y desarrollo de mitos variados, pero en este rinconcito del entrañable Doktor nos sentaremos en sus germanas rodillas y nos ocuparemos más de temas relacionados con la sociología, la psicología, las teorías absurdas y la adorable propaganda, para que vean lo relacionada que está la Historia con asuntos más prácticos y actuales. Bueno, y también para que se den cuenta de que soy un Hombre del Renacimiento, que no tengo pudor en pisar cualquier charco y además, porque tenía el artículo en mente y no sabía dónde colgarlo. Ya saben, aplicando el teorema Siffredi-Jameson, mi página es mía y etcétera, etcétera.

De todo esto tiene la culpa el hecho casual de que hace unos días hallábame yo vagando por los mares de la prensa electrónica y tropecé con este artículo de El País sobre la fiebre zombi, donde a medio camino entre lo sesudo y lo frívolo se trata de encontrar el motivo de tan furioso interés en el mundillo no-muerto. Como además se da la puñetera casualidad de que a mí, como a tantos otros, me encantan las historias de muertos vivientes, tengo cierta querencia por lo macabro y no puedo estarme quieto sin opinar, el resultado es lo que están leyendo ahora mismo. El análisis que se hace en el citado diario y en algún otro medio más sobre la típica historia de zombis como metáfora de la actual crisis (económica, social y de valores) no está mal pensado y de hecho tiene su coherencia interna, pero como demostraré porque soy así de chulo, a mi nada humilde entender es erróneo. Entre otras cosas porque ignora todo el recorrido y el contexto histórico acumulado en la formación del “mito zombi”. Pero para empezar vamos a desmentir eso de que derive de la Crisis y por una vez vamos a hacerlo con números en la mano.

Sí, porque después de un intenso trabajo de investigación científica y cuantificación, consistente en consultar un par de webs (esta y esta otra) donde se facilitan listas de películas de zombis por año, se descarta la premisa principal del artículo. Puesto que parece claro que el despegue de este furor no-muerto no obedece a la galopante crisis del capitalismo global, sino a algo que viene de un poquito más atrás en el tiempo, si bien es cierto que parece alcanzar su cénit ahora. Concretamente, arranca a partir del 2002, año 1 después de Las Torres Gemelas. En el periodo 2002-2011 se producen como 4 veces más pelis de zombis por año que en la década anterior. Qué sorpresón, ¿verdad? Justo tras el archifamoso atentado vuelven a la vida nuestros simpáticos consumidores de carne humana al por mayor, como respondiendo a la llamada de su reciente fichaje y nuevo compañero Osama Bin Laden. Me argumentarán que no deja de ser cine (o literatura) sobre catástrofes y es lógico que se retome tras la Madre de las Ídem, que estas cosas en tiempos de zozobra venden mucho. Y tendrán razón, porque desde luego influye lo suyo en el inconsciente colectivo, también a la hora de elaborar cultura de consumo. Pero llama la atención la progresión geométrica y la persistencia año tras año, que ya ha llovido una década desde entonces, oiga. Lo cual me lleva, guiado por mi mente paranoica y mi ego pedante exacerbado, a suponer que hay algún otro mar de fondo en esta moda. ¿Cuál? Pues he llegado a la conclusión (agárrense que vienen curvas) de que el arquetipo de película de zombis es ni más ni menos que la más perfecta y sutil arma de propaganda anticomunista jamás creada por la Nueva Derecha estadounidense.

Evidentemente no estoy afirmando que un señor desde la Casa Blanca coja un teléfono y encargue cuarto y mitad de propaganda para este año, ni que los directores sean agentes al servicio de la CIA que planifican hasta el más mínimo detalle de sus obras. Se trata más bien de algo menos burdo, de ideas enraizadas en el acervo cultural de los norteamericanos (y me ciño a ellos por razones obvias; no sólo la mayor parte de las producciones son de allá, sino que sirven como modelo para el resto, parodias incluidas), que son compartidas de forma más o menos consciente por buena parte de su sociedad, patrones familiares y reconocibles que se revisitan y se transforman, si acaso adaptándolas al “gusto” de los tiempos. Y en este caso se está usando un producto muy perfeccionado y bien engrasado para transmitir algunas ideas claves del neoliberalismo contemporáneo. Pero vamos a verlo paso a paso, colocándonos en una doble casilla de salida: el final de la II Guerra Mundial y el principio de una peli de zombis cualquiera.

Maestro de la propaganda. Incluso se hizo pasar por ario el tío.

1946. Después de la mayor masacre de la Historia, la Humanidad se encontraba lógicamente en estado de shock. También la que se dedica a cualquiera de las Artes, antiguas o modernas; como dijo la escritora Nathalie Sarraute, “¿Qué historia inventada podría rivalizar con las narraciones de los campos de concentración o de la batalla de Stalingrado?”. No creo que haga falta irse al ejemplo del Japón y su (aún más) traumada cultura de posguerra. La tragedia fue tan grande que aún permanece fresca (y lo que te rondaré, morena) en la memoria colectiva de la población mundial; como resultado de ello, aparecieron nuevos géneros literarios donde se incorporaban imaginarias catástrofes a escala planetaria. Que se mezclaban a su vez con utopías y sociedades ficticias; es sobre todo en la nueva ciencia-ficción donde se planteaban cuestiones que giraban no sólo alrededor de la capacidad humana para destruir a gran escala sino también del análisis de los totalitarismos y las sociedades industriales dirigidas. Y aquí entroncamos con el otro fenómeno de la posguerra: el estallido de la Guerra Fría. El nuevo enemigo, totalitario, amenazador, enigmático, se erguía sobre el horizonte de Occidente. La URSS, con su alargada sombra comunista, militarista e industrial iba a recordar desgracias pasadas y anunciar las futuras, ya en una época nuclear. Esta visión del mundo tendrá su correspondiente reflejo en el Arte, que como todos sabemos, también es propaganda. Novelas y películas de todo tipo de desastres reflejan esta doble herencia; extraterrestres invasores, mundos postnucleares, horrores diversos y por supuesto, nuestros muertos-muy-vivos.

No es casualidad que el arquetipo de una película de zombis comience con el héroe que se despierta en la habitación de un hospital, completamente solo e ignorante de lo que ha ocurrido. Este inicio es un tributo al auténtico pionero del género, John Wyndham, que en 1951 escribió “The Day of the Tryfids”, primera novela de zombis en la que paradójicamente no salía ni uno. El relato comenzaba precisamente así, y se trata de una curiosa mezcla de géneros hoy separados; una catástrofe de tipo nuclear se juntaba con una amenazadora especie de plantas que caminan solas y atacan a los humanos. Sin duda uno de los hechos más llamativos sobre el género zombi es precisamente el que acabamos de apuntar; el monstruo, el protagonista principal de la historia, está como injertado desde su originaria concepción como esclavo resucitado en un tipo de narración completamente distinto, desplazando a las plantas de Wyndham. El modelo de zombi que nos ocupa ya no obedece a un amo humano; en realidad se mueve en un hábitat radicalmente diferente al de su homólogo antillano. El pobre bicho ha sido trasplantado a un escenario dispuesto por otro tipo de ideas y mentalidades muy diferentes, cuyas primeras piedras coloca el ilustre escritor británico. Hay que reconocer que da más miedo que un geranio con patas de 2 metros de alto, pero la cuestión principal es que el producto final se parece bien poco a su leyenda inspiradora del vudú caribeño.

Pero no nos alejemos mucho del desarrollo de la historia; más pronto que tarde, en cuanto asoma el morro fuera del hospital o del lugar donde permanecía aislado y ajeno, nuestro machote se da cuenta de que algo no va bien. Sin saber cómo la plaga ha brotado súbitamente y en un abrir y cerrar de ojos los zombis dominan la situación. Este es un requisito imprescindible; nada de un inicio gradual, conocido, insidioso. La sensación que se debe transmitir es que el orden social se subvierte de golpe. Exactamente la misma que tuvieron los burgueses que contemplaban pasmados a los obreros parisinos de la Comuna en 1871, o a las masas de campesinos y soldados rusos de 1917 asaltando los centros de poder y destruyendo el mundo tal-como-Dios-lo-quiso, aparentemente salidos de la nada. Para estos ciudadanos acomodados, el espectáculo de aquellas masas harapientas, malolientes, en muchos casos de aspecto francamente insalubre, dientes ennegrecidos, y todos los etcéteras pringosos que quieran, atacando violentamente a los suyos y a sus propiedades, les debieron producir el mismo efecto que…sí, exacto, esos. Al fin y al cabo, hasta el momento en que se rebelan, estas muchedumbres era como si no existieran; las clases altas simplemente las ignoraban. Y por ello su alzamiento parece un fenómeno tan repentino.

Creo que no es muy complicado darse cuenta del paralelismo con las hordas comunistas y seguir este hilo metafórico; todos sabemos que los zombis son especialmente peligrosos cuando aparecen en grupos grandes, masas de “manifestantes” violentos ansiosos de sangre, ávidos de despedazar la individualidad de los personajes humanos, destruyéndola o lo que es aún peor; convirtiéndolos en uno de ellos, un monstruo gris, indiferenciable del resto, una bestia primitiva que sacrifica su identidad, su personalidad única y preciada en el altar de la colectividad. Justo, justito el campo de batalla ideológico del liberalismo conservador desde mucho antes de que los discípulos de Marx recorrieran Europa como un fantasma.

Este concepto de las masas como una fuerza arrolladora en su ciega brutalidad, una pira donde se diluye lo que nos diferencia del resto para formar una imparable fuente de barbarie proviene de los tiempos de la Revolución Francesa; el igualitarismo exhibiendo músculo es la auténtica amenaza para la civilización europea, con sus magníficos valores tradicionales. Uno de los primeros sabihondos que postularon esta chorrada fue Gustave LeBon en su libro “La Psicología de las masas” (1896), que sin duda asustadísimo de lo que vio sirviendo como jefe de ambulancias durante la Comuna, se dedicó a plagiar otras obras anteriores sobre lo mismo.  Sus teorías fueron recogidas entre otros por un ilustre pensador español (se hace extraño leer estas dos palabras juntas, ¿eh?) más bien tirando a fachilla conservador y al que se elogia hasta el infinito y más allá generalmente sin haberse leído ni una línea de su obra, simplemente porque era eso, español, prestigioso y “de orden”. Hablo de Ortega y Gasset y su “Rebelión de las masas”, escrita en 1930 y cuya temática podemos resumir brevemente: las clases bajas son estúpidas y necesitan gente de las elites que les diga lo que tienen que hacer. Y cuando se juntan, sólo saben ponerse violentas y más estúpidas aún. Como ven, todas estas obras fueron escritas en una época especialmente movidita. No voy a extenderme en lo popular que todavía resulta esta escuela de pensamiento, y es que las clases dominantes controlan el aparato de propaganda que es un primor. Esta es la idea que subyace bajo un grupo de amenazadores zombis en pos de los higadillos de nuestros héroes y será uno de los principales caballos de batalla ideológicos en la pugna Capitalismo vs. Comunismo, Occidente vs. Asia, Bien vs. Mal.

Arriiiiiba los pobreees del muuuuuundo, en pieee faméeelica legióooon….

Pero no se detienen aquí las enseñanzas del individualismo liberal al advertirnos de los peligros de colectivizarse y mineralizarse. Como todo fan del género sabe, si los pillas de forma aislada, los roj…los zombis son lentos, estúpidos y fácilmente liquidables por un humano que esté alerta y disponga de contundentes argumentos a mano. Pero, ¡ay!, pobre del que se descuide; un solo momento de relajación y desde cualquier esquina o recoveco insospechado puede surgir uno de estos bichos y cepillárselo de un mordisco. En resumen, no hay que descuidarse, el zombi puede estar acechando en cualquier parte y en cualquier momento; detrás de un mostrador o una esquina, en su casa, en la calle, justo a su espalda. La típica alerta de posguerra contra el enemigo comunista, infiltrado desde Moscú para captar a los buenos norteamericanos. Su vecino, el lechero, su compañero de trabajo, el chico que reparte el periódico…cualquiera de ellos podría ser un “commie”. Esta idea se difundió durante la época conocida como “histeria anticomunista”, allá por los años 50 del siglo XX y que cuenta con algunos de los más bochornosos episodios de manipulación política, con los que supongo que están familiarizados: las persecuciones de Hoover y el mentiroso patológico de McCarthy, al que increíblemente se tomó en serio.

Ahora bien, todo buen amante del cine muerto-viviente sabe que a pesar de algunos antecedentes más fieles al guión original antillano, el verdadero punto de arranque del género zombi se ubica a partir de finales de los 60, con George A. Romero al frente. En vista de la milonga que les he contado hasta ahora, a lo mejor se preguntan si no debería haber empezado antes el fenómeno, ya que de propaganda antisoviética se trata. No necesariamente, amiguitos. Las películas de zombis no son la única arma propagandística, y su auge no vendrá hasta bastante después. Durante los primeros lustros de la Guerra Fría la propaganda cinematográfica se centraba en los “temas del momento”; el riesgo de enfrentamiento militar, las tácticas de espionaje e infiltración, las nuevas armas de destrucción masiva y la carrera espacial como expresión tecnológica de quién la tiene más larga. Así que abundan las películas de espías, de fazañas bélicas y de invasiones extraterrestres, sobre todo.

Entonces, ¿por qué ese despegue? Porque hacia el final de los años 60 se han producido importantes cambios políticos y sociales, cambios que van a afectar a la propia sociedad norteamericana. Tras el “pabernosmatao” de la crisis de los misiles de Cuba, en la que el mundo casi se va a tomar viento (radiactivo), se instaló un cierto ambiente de distensión y coexistencia con la URSS. Los rojillos se dedicaron a producir trigo y acero (y tanques) mientras en los EEUU se producía una fractura social que todavía colea y que en su momento parecía anunciar el hundimiento del capitalismo que reiteradamente profetizaban los soviéticos; la lucha por los derechos civiles de las minorías estadounidenses.

En esta época el consumismo se había impuesto en la sociedad norteamericana, pero iba por barrios. La minoría negra sobre todo, legalmente discriminada hasta extremos vergonzosos (sobre todo en el Sur), la mujer relegada a un papel secundario como ama de casa e incluso los hispanos, comenzaron a tomar conciencia de este hecho y a reclamar la parte que les correspondía de la bonanza económica y social que vivían los USA.  Esta amarga lucha, plagada de muertos, tumultos, terrorismo, manifestaciones, asesinatos políticos (Luther King) y de incidentes violentos (Little Rock) obtuvo por un lado indudables logros y avances sociales en la integración de los discriminados, pero por el otro, la persistencia de las demandas, cada vez mayores, y el cariz rojete y revolucionario que iba tomando el movimiento negro, los grupos estudiantiles o el feminismo, provocó una reacción en sentido contrario por parte de una parte considerable de la población. Entre muchos trabajadores modestos, varones y blancos se fue abriendo la idea de que los negros, los estudiantes, las mujeres, pedían demasiado. Querían cosas que ellos juzgaban que no hacía ninguna falta, que incluso eran peligrosas y socavaban el orden social y los valores tradicionales. Y así tenemos con nosotros la aparición de lo que serán las bases de la Nueva Derecha, destinada a resucitar al (Neo) liberalismo. Esta doble revolución progresista y derechista conduce a una polarización social sin paralelo en la historia de la joven república. Que además verá echar al fuego de la discordia un poderoso combustible alrededor del cual se radicalizarán las posturas: la Guerra de Vietnam.

Es en este cálido clima de hostias para todos en el que surge nuestra criatura tal como la conocemos: en “La Noche de los Muertos Vivientes” en el fondo lo que vemos es gente destrozándose los unos a los otros. Los zombis, los contaminados (¿de algo externo? ¿Ideas extrañas?), devoran alegremente a los humanos vivos en una metáfora de la división social. No es raro que con la salida de Vietnam y la transformación de las demandas de reforma social en algo de tipo más hedonista y personal (el movimiento hippie y el consumo de drogas, por ejemplo) las tensiones cedan y las películas de zombis vuelvan al congelador a mediados de los 70. Pero hete aquí que con la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca, la Nueva Derecha asciende triunfalmente al poder. Vivimos una época de tensión internacional con carrerón armamentístico, de confrontación con los soviéticos y su expansión imperialista (África, Afganistán) y de abundante propaganda no muy elaborada. Bueno, no creo que tenga que explicarles demasiado, ahí tienen Rambos, Rockys, miles de cintas sobre hazañas bélicas y espías…y tímidamente, nuestras queridas historias de devoradores de entrañas repuntan un tanto.

Papá zombi os vigila desde lo alto…

Pero justo cuando ya está bien perfilado y engrasado el formato ideal de nuestro particular instrumento de propaganda, va el comunismo soviético y colapsa rápidamente; la crisis es patente allá por 1986 y en 1991 cautivo y desarmado el Imperio rojo, la Guerra Fría ha terminado. Pero el triunfo del capitalismo encierra unas cuantas trampas ocultas: bajo la apariencia de una década dorada en lo económico, con las políticas típicas del liberalismo (privatizaciones masivas, especulación bursátil, reducciones de impuestos sobre todo para clases altas, desregulación de la actividad económica y globalización corporativa) a todo trapo, se esconde otra realidad menos bonita. La multimillonaria e importantísima industria de armamento no se puede reconvertir de la noche a la mañana, las clases populares empiezan a sufrir merma de su capacidad económica, que fluye hacia arriba y además la sociedad estadounidense se ha quedado sin enemigo exterior al que temer. Los terroristas serbios o de países extranjeros no identificados que aparecen en las pelis no se pueden comparar con aquellos buenos viejos ogros comunistas. Pero la irrupción del islamismo radical, que habría pasado seguramente desapercibida en EEUU si no hubiera sido por la estrecha relación comercial y política que Washington tenía con ciertos círculos árabes extremistas forrados hasta las trancas, herencia de la Guerra Fría, provocó un terremoto de consecuencias aún no bien calculadas. Tras el soso paréntesis demócrata de Bill “Puroloco” Clinton, llega Bush Jr. y sus halcones ultraderechistas, la amplificación de una política internacional más agresiva (iniciada por Clinton, por cierto), y por supuesto más neoliberalismo: el nuevo Malo oficial es el Islam, aunque la alargada sombra del gigante chino (y comunista) se vislumbra en el horizonte. Pero los EEUU han mantenido desde los 70 unas relaciones con China que oscilan entre la cordialidad y el temor a que se despierte, así que se cuidan muy mucho de usarlos como monigote maligno en las películas.

Y entonces llega el 11-S, el cataclismo y el desastre, y se pone en marcha la maquinaria militar, económica y por supuesto propagandística del gobierno estadounidense. Ataques a la línea de flotación de la democracia como son la Patriot Act cuelan en un ambiente de miedo atroz a un difuso enemigo sin rostro definido. De nuevo pesadillas de una masa turbulenta, imágenes de musulmanes manifestándose violentamente contra EEUU, otra vez el mal invisible que está en todas partes. Hay que asustar, asustar y prevenir; no sólo es terrorista cualquiera a quien el dedo de la Casa Blanca señale, sino que también es necesario silenciar cualquier discrepancia. Sobre todo los crecientes movimientos antiglobalización (también anónimos, ubicuos, sin cara definida) y en general el cuestionamiento de la marcha socioeconómica del Imperio, cada vez más onerosa para los de abajo. El peligro de la subversión, de las ideas igualitaristas, del “socialismo” reaparece. La reacción conservadora y ultramontana no se hace esperar: Tea Partys, Bible Belts, creacionismo, maximalización de las posturas y la industria bélica a todo trapo para impartir democracia y libertad a golpe de misil si hace falta. Es entonces y no con el estallido de la crisis financiera en 2007-2008 cuando se pone en marcha el “arsenal de la democracia”. Incluida esa herramienta ideológica, pulida y perfeccionada a través del tiempo, desde el final de la Guerra Mundial hasta hoy, nuestro querido cine de zombis (no hay que olvidar tampoco la eclosión de los videojuegos), que viven su momento de esplendor, incluso desplazando a ese mito de la eterna juventud y la sexualidad equívoca que son las películas de vampiros adolescentes.

Las hordas de monstruos desharrapados resurgen con más fuerza que nunca, arreciando en paralelo a las cada vez más frecuentes protestas multitudinarias en contra del sistema; el peligro “izquierdista” está ahora en el salón de casa, vivito y coleando. Así, no es tan sorprendente el fenómeno del esplendor de historias que recuerdan una y otra vez el peligro del colectivismo, el igualitarismo y todos esos “ismos” que disuelven la sacrosanta identidad individual de cada uno, pilar inamovible de la ideología liberal. Pero no se preocupen, que todas las fábulas tienen su final y su moraleja, y las de zombis no podían ser menos. No hay mal que cien años dure, así que nuestros supervivientes, a los que teníamos algo abandonados, al final consiguen conjurar la amenaza zombi (por el momento, claro, siempre por el momento, porque el enemigo nunca descansa, recuerden). ¿Cómo lo consiguen? Generalmente arrojándose en brazos de todo lo que el Mercado y el Capitalismo provee: batallones completos de patrióticos soldados armados con la tecnología militar más avanzada, o en su defecto gracias a la I+D+i de última generación, ya sean sofisticados compuestos químicos, bacteriológicos o ingeniería genética. Ya lo ven, la industria (armamentística) y la ciencia, marca registrada de los Buenos y máximo exponente de la sociedad occidental.

Y en realidad, siguiendo la obvia metáfora zombi-marxista, todo podría ser mucho más sencillo: sólo habría que dejarlos tres meses tranquilos para que surgieran diversas facciones zombi, cada una depositaria de la auténtica pureza ideológica de la revolución no-muerta, discutiendo entre ellas, fraccionándose a su vez en otras, instaurando un esclerotizado régimen burocrático  y depurándose continuamente hasta quedar inservibles por completo.

El Rincón de Herr Dr. Goebbels: Apocalipsis Zombi, 4.8 out of 5 based on 11 ratings