Demokratía y Guerra Fría (II): La unidad de los demócratas

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Decíamos ayer…sí, no me he muerto ni me he fugado al Brasil con los cuantiosos ingresos que Google Ads me reporta, aunque no crean que no me ha pasado por la cabeza, pero después me acordé de mi numeroso público y me bajé de la escalerilla del avión en el último instante. Y además, que nos dejamos la historieta en lo más interesante y me duele en el alma dejarme un rollazo a medias. Si se acuerdan, Cimón volvió de Esparta con sus hoplitas todo despechado después de que sus amigos espartanos le dijeran que preferían una relación a distancia y que se fuera por donde había venido…sólo para encontrar que en Atenas, Efialtes y Pericles habían aprovechado su ausencia para reforzar las atribuciones de los organismos favoritos de la facción democrática. Los ánimos en Atenas andaban revueltos y la respuesta de los lacedemonios no gustó mucho; como sabemos porque hemos leído la primera parte (¿a que sí?), después de presentarse en casa con el culo al aire, Cimón fue condenado al ostracismo. De esta manera, la torpeza espartana demostró de nuevo no tener límites, porque la influencia en Atenas de los partidarios de llevarse bien con los geyperman peloponesios se redujo al nivel del salario mínimo hispánico.

Esto obviamente dejó las manos libres a los demócratas para “rediseñar” la política exterior ateniense sin deberle nada a los boinófilos del sur, por lo que se dedicaron a reforzar su Imperio, con la flota en una mano y la lanza en la otra. Atenas no podía renunciar al pingüe negocio de la Liga de Delos, puesto que los ingresos que obtenían son directamente responsables de lo que exageradamente se conoce como “El Siglo de Pericles”, momento cumbre de la cultura, las artes y todo eso en lo que se gasta la pasta cuando sale por las orejas. Hay que decir, eso sí, que al menos tuvieron la deferencia de prescindir de parques temáticos desiertos y megalómanas obras de Calatrava y erigir obras de las que aún pueden verse. Pero no sólo se empleaba el dinero para eso; lógicamente se invertía en barcos, caballos y soldaditos, y también en una creación del propio Pericles, la subvención. También conocida como óbolo.

¿Para qué este invento del demoño? Básicamente porque como dijimos ya hace tiempo, para ejercer la politeia hay que ser un ocioso con mucho tiempo libre, y dicho perfil suele coincidir con el aristocrático. Las bases de la democracia, los marinos, se encontraban lejos de Atenas, persiguiendo al persa y metiendo aliados en cintura por el Egeo. Los hoplitas también tenían la cosa difícil para acudir a las asambleas, puesto que los que no guerreaban se dedicaban a sus tierras, y en general, para quien debía buscarse la vida currando era complicado pasarse por allá. Así que si bien la desarticulación (temporal) de la facción aristocrática acabó con la compra de voluntades que Cimón practicaba, la democrática tenía problemas para ejercer el poder desde una asamblea casi vacía compuesta por los más pudientes. En realidad el óbolo no era mucho dinero, ni la mitad de un salario diario normal; pero poco es mejor que nada, así que los tribunales y las sesiones de la ekklesía comenzaron a llenarse de gente menesterosa que iba allí a cobrar, y si se tercia, a venderse. Así que una medida que en principio parecía una buena idea, destinada a que el pueblo pudiera tener algo de independencia política, acabó a la larga convirtiéndose en una fuente de problemas. Cosa que al pobre Pericles le va a pasar bastante a menudo, pero eso ya lo iremos viendo.

Sea como fuere, finiquitada la práctica del evergetismo y por tanto el control de los ricachos sobre el demos a golpe de talonario, éste volvió a tomar las riendas del Estado, de la manita del gran Pericles. Que era un señor paradójico, puesto que se trataba de un líder democrático de origen y talante aristocrático; este raruno equilibrio contribuye también a la no menos paradójica situación de que los ciudadanos atenienses y su democracia se vuelvan bastante “aristocráticos” en sus decisiones. Y como si de clientes de Media Markt se tratara, ellos no eran tontos, así que dichas decisiones estaban sobre todo  encaminadas a mantener, ampliar y fortalecer el sistema que les permitía gobernarse: el Imperialismo. Vamos a patearnos la política exterior de Wash…de Atenas.

Se basó ésta en dos líneas principales de actuación; una consistió en mangonear en el área alrededor del Ática, lo que incluía Grecia Central y las ciudades de la costa norte del Peloponeso, importándoles un pito lo que Esparta pensara del asunto. Esto era un juego bastante peligroso, puesto que si bien los atenienses se limitaron a tocar la huevada de algunos miembros de la Liga del Peloponeso (que como buenos griegos, peleaban entre ellos), afectaba indirectamente a Esparta, riesgo que al parecer les importaba tres pepinos. Así, Atenas se alió con Tesalia (ex partidaria del persa en las Guerras Médicas) y Argos, en virtud de sus malas relaciones con Esparta, y también consiguió atraerse a Mégara, que como tenía un contencioso con Corinto, no vio mayor problema en pasarse a la Liga de Delos. Por fin Atenas podía rendir cuentas pendientes con  potencias marítimas vecinas como Egina, Corinto y sus amiguitos.

Ciudades todas ellas que veían con mucha alarma la enorme expansión ateniense, que amenazaba con estrangularlas y someterlas, y ahí entroncamos con la segunda línea; la guerra con Persia como excusa para incorporar ciudades a la Liga de Delos, ergo a la cuenta de resultados. Después de la hostia tremenda que se llevaron en Eurimedonte los persas a manos de Cimón (antes de que lo largaran), la marcha de las operaciones iba cuesta abajo, y cada vez más los atenienses estaban más ocupados en instalar clerucos por ahí y en favorecer al partido del demos de las ciudades de la Liga que en otros asuntos. Esta exportación de la democracia en realidad era sólo aparente, puesto que si bien los atenienses en política interna no se metían, el demos de cada ciudad aliada en política exterior ni pinchaba ni cortaba, así que se trataba de una democracia bastante poco soberana que ya sé que les recuerda a algo, ya.

Mapamundi de Grecia para que no se me pierdan con tanto nombre

Todo esto, además de suponer una escalada de tensión que acabará muy mal, como el gran Tucídides en su coñazo magna obra no se cansa de repetir, exigirá a Atenas un esfuerzo muy grande, y como ya sabían las viejas castellanas en su día, “quien mucho abarca, poco aprieta”. Para resumir, la triple alianza Atenas-Argos-Mégara empezó a darse piñazos con Corinto & Associates, lo que preocupó lo suficiente a los lacedemonios como para sacar a sus soldaditos a pasear por Grecia central. Además, por entonces Atenas se había metido en Egipto a chinchar al persa; demasiados frentes abiertos, así que Pericles echó marcha atrás. En democrático consenso con la facción aristocrática y aprovechando que el ostracismo de Cimón caducaba, consiguió que el forrado ateniense negociara con sus amiguitos espartanos una tregua para acto seguido ir a hacer lo que más le gustaba; correr detrás de los persas cual toro sanferminero en pos de un grupo de australianos borrachos. Pero hete aquí que en Chipre Cimón palmó (tanto va el cántaro… ya, ya me dejo de refranes) y muerto el mayor partidario de la guerra, no quedó otro remedio que firmar la paz (de Calias, en 449 a. C.), muy necesaria para ambos bandos.

Sin embargo, este armisticio dejó a Atenas en un compromiso; una vez finiquitado el objetivo para el que se creó la Liga, los aliados comenzaron a pensar que iba siendo hora de disolver el club de los paganos. Cosa que a los atenienses ni se les pasaba por la cabeza, ya que los subsidios les permitían mantener 20.000 bocas de ciudadanos aproximadamente. Así que hizo justo lo contrario, reforzar el control sobre la Liga, animar amistosamente a punta de lanza a entrar a nuevos “amigos”, reprimir las rebeliones contra esta hegemonía (Eubea, el incidente de Samos, Bizancio) y buscarse nuevos conflictos que la justificaran. Y entonces, vuelta la burra al trigo: Esparta se enfada, se da un paseo por Beocia (mírenme el mapa…), se enseñan todos los dientes, se va salvando la situación como se puede, etc. Pero en el fondo, dado que ni Esparta ni Atenas modificaban sus políticas esenciales, todos sabían que el equilibrio no se podía mantener siempre y que al final se iba a liar parda. Uno de estos listos era por supuesto Pericles, que ya había creado un fondo de reserva de 1.000 talentos de oro y tenía un plan bélico diseñado para cuando estallara lo que al final estalló en 431; la Guerra Mundial Griega, la famosa Guerra del Peloponeso (nótese cuán grácilmente me he saltado la mitad del periodo, vean si cuido de ustedes).

El primer movimiento que Pericles previó fue el de siempre de los espartanos, dada su legendaria flexibilidad táctica: aprovechando que tenían los hoplitas mah-xungoh-d-toa-Grecia-sabeh? los pusieron de nuevo en Grecia Central con el objetivo de arrasar el Ática. Para prevenirlo, el ateniense había diseñado un plan defensivo que consistía en meter a todos los campesinos y el ganado que cupiera dentro de la polis, a esperar que los laconios se aburrieran de quemar campos mientras la poderosa flota ateniense venía al rescate. Parecía una buena idea, sí…si no fuera porque hacinar a tanta gente de higiene discutible suele traer complicaciones en forma de enfermedades. En cuanto se declaró la peste (un tercio de la población murió) y como siempre cuando las cosas se tuercen, la Asamblea popular culpó a Pericles y le destituyó del cargo de stratego, en un arrebato de desesperación. Como obviamente esto no solucionó nada de nada, y Pericles era con mucho lo mejor que tenían, le volvieron a elegir en otro arrebato emocional. Pero el Gran Hombre contrajo la enfermedad, y después de ver morir a sus hijos, palmó personalmente en 429 a.C.

Mal momento para pasar a la posteridad, puesto que no sólo Atenas estaba en graves aprietos, sino que las vedettes políticas que le sucedieron eran como para agarrarse bien los calzones; los herederos demócratas eran Nicias, un señor tranquilo y temeroso, muy (demasiado) partidario de dar la mano blandito, y Cleón, el “curtidor”, un tipo más bien rudo y vulgar, partidario de la guerra (sobre todo si iban otros) y al cual le encantaba la demagogia. De hecho, su advenimiento supuso la época dorada de una figura producto de esta última, del sistema político y de la enorme afición por los pleitos típicamente ateniense: el sicofante, profesional de la denuncia interpuesta a cambio de dinero. Para que se hagan una idea, en 428 a Mitilene de Lesbos le dio por hacer lo que venía siendo ya habitual; sublevarse para salirse de la Liga, y la propuesta de Cleón consistió en cargárselos a todos para dejarse de leches y demostrar que ya que el Imperio era una tiranía y que no lo iban a soltar, se fueran grabando el mensaje a fuego. Cuando ya habían despachado las naves para allá, la propuesta se echó atrás y hubo que enviar otra a avisar del cambio de planes.
Si esto les parece preocupante, lo que hay al otro lado del espectro es directamente para echarse a temblar. Con ustedes, el inclasificable, irrepetible, el maestro de chaqueteros, ego en acción, culo inquieto, cizañero mayor y cabroncete con pintas… el gran Alcibíades. Se trataba de un jovencísimo aristócrata, que aprendió de Pericles a combinar porte aristocrático y colaboración con la democracia. Pero a diferencia de aquel, Alcibíades era un amoral al que le encantaba pisar todos los charcos que se le ponían delante (llegó a meterse en la cama de Sócrates para comprobar si podía corromperlo…ya, cosas de griegos, yo qué quieren que les diga); en realidad podría decirse que la facción que lideraba era la de Alcibíades.

El muchacho empezó fuerte, urdiendo una alianza con Argos, Mantinea y Élide, destinada a fastidiar en el propio Peloponeso por el conocido y fiable método de la puñalada trapera.  Argos no tardó en pegarle a su vecino Epidauro y nuestro Alci se las apañó para convencer a sus aliados de atacar a los pobres arcadios, aliados de Esparta pero que se mantenían quietecitos. La trama acabó en fracaso porque los machoman espartanos derrotaron a Alcibíades en Mantinea, con la previsible consecuencia de que Argos  perdió ya la cuenta de las veces que había cambiado de bando y la estrategia ateniense en la zona quedó comprometida. Pero esto no desanimó a Alcibíades de seguir intrigando, como tendremos ocasión de contar ahora mismito con el episodio de la expedición a Sicilia. Sí, sé que me estoy saltando cosas de la guerra del Peloponeso, pero como esto sería un ladrillo aún más ilegible y no viene al caso, si quieren saber más se me leen a Tucídides, no me sean nenazas. Hay cosas peores en este mundo. O eso dicen.

Y ahí vamos a poner unos bloques de templos adosaos…

Después de varias idas y venidas que incluyen la conversión por parte de Atenas de la pobre ciudad de Melos en terreno urbanizable por no haber hecho nada, la democracia puso sus ojos en un nuevo escenario, exótico y lejano: Sicilia. Aprovechando (no se lo van a creer) un conflicto entre ciudades griegas, Egesta y Siracusa, a los atenienses se les ofreció la posibilidad de intervenir allá. Habitualmente se achaca a la mala cabeza del populacho la decisión arriesgada de enviar la expedición, pero yo iría un poquito más allá; me da toda la impresión de que el demos de Atenas sabía perfectamente qué se traía entre manos, y tenía muy claro que su hegemonía (y por tanto, su independencia política) estaba ligada a la expansión imperialista. Con todos los frentes comprometidos, Sicilia parecía una opción de abrir “nuevos mercados” con los que obtener riquezas y ganar a los aldeanos cuarteleros de abajo. Así que se votó a favor del cuento de la lechera: Nicias, Alcibíades y otro señor intrascendente encabezarían un ejército que iría a atacar Siracusa.

Sin embargo, en las vísperas de la partida ocurrió lo que los historiadores pudorosos denominan “la mutilación de los Hermes”, que ya puestos a usar eufemismos podrían haber optado por llamarla “el cambio de sexo instantáneo de los Hermes”, y se habría entendido mejor. Las estatuas de este dios estaban por toda la ciudad, las clases populares eran muy devotas suyas, era protector de caminos y comunicaciones…en fin, los atenienses se desayunaron con un sacrilegio en toda línea, y dado que los antiguos eran más supersticiosos todavía que hoy en día, enseguida se tomó como un mal presagio. Los rumores empezaron a extenderse por la ciudad, y pronto cundió el temor a una conspiración antidemocrática cuyos caminos llevaban derechitos… a Alcibíades. Del que quién más o quién menos sospechaba que acataba la democracia sólo por conveniencia. En vista del follón, y para evitar un juicio y un retraso, la expedición partió corriendo para Italia. Aventura que acabará en un desastre absoluto a la larga y que pesará mucho en la derrota final ateniense, pero vamos a lo que nos ocupa: una vez allá, la nave oficial del Estado se presentó en Siracusa para recoger a Alcibíades y llevarlo a procesar a Atenas, momento en que nuestro antihéroe aprovechó para fugarse a Esparta. Una vez allá hizo unas polémicas declaraciones en las que culpaba a Atenas de la guerra, animaba al resto de polis a unirse contra ella y afirmaba que él había colaborado con la democracia por obligación, pero que no le parecía la mejor forma de gobierno. Aunque los placeres de la vida espartana no eran suficientes para un alma inquieta como la de Alci, y pronto se largó de allá muerto de asco…pero antes volvamos a Atenas que están pasando cosas importantes.

La guerra iba tan mal después de lo de Sicilia, que en 413 los atenienses decidieron nombrar una comisión de diez expertos (probouloi) para que examinaran la situación y buscara soluciones. Esto, que de entrada parece inocuo, es el principio de la reacción aristocrática. Alcibíades, al año siguiente, reapareció en zona persa y se llegó hasta Samos, donde estaba fondeada la flota ateniense (y por lo tanto, la esencia de la democracia) para iniciar conversaciones secretas con ellos. El muchacho ofrecía la ayuda monetaria del Rey de Reyes si le ayudaban a volver a Atenas y cambiar la constitución. Los marinos no eran idiotas y pronto llegaron a la conclusión de que Alcibíades los quería usar para obviar una condenilla a muerte de nada que pesaba sobre él y retornar en plan triunfador enrolado en el otro bando. Pero poderoso caballero; los marineros no cobraban regularmente, y aunque partidarios de la democracia, se tragaron el sapo a regañadientes por el cochino y vil metal.

El plan estaba en marcha: una vez obtenido el beneplácito de la marina, los aristócratas mandaron a Pisandro a la capital para preparar el ambiente. Éste habló ante la asamblea, proponiendo un cambio constitucional para “gobernarse mejor”, reducir el número de candidatos a las magistraturas y limitar la soberanía de la asamblea. Pisandro insistió bastante en el argumento  del oro persa, necesario para ganar la guerra y obtuvo permiso para negociar con el ex-enemigo de toda la vida. Pero este hombre era también una especie de agente doble y tenía la inconfesable misión de agitar el ambiente en Atenas. Intrigó con la ayuda de los círculos aristocráticos, que difundieron la necesidad de recortes y más recortes para salir de la crisis: para ganar la guerra era imprescindible cambiar la constitución, reducir los salarios  eliminar los óbolos y limitar el número de los que podían participar en política, concretamente unos 5.000 hoplitas. Estos argumentos se acompañaron de algunos asesinatos políticos de la facción democrática y el sustrato del golpe estaba puesto.

Pero el éxito de toda esta trama dependía de las conversaciones con el persa; cuando el sátrapa Tisafernes se subió a la parra con sus demandas, todo el tinglado se vino abajo. Sólo cabía la huida hacia adelante. Pisandro volvió a Atenas y propuso sumar 20 tipos a los 10 anteriores para formar una comisión. Una vez se salió con la suya, esta gente convocó la Asamblea y les hizo votar la suspensión de un derecho constitucional clave; la paranomon graphé, por la que cualquier ciudadano podía acusar legalmente a quien propusiera un proyecto de ley inconstitucional. Supongo que ya se habrán figurado por dónde va la cosa, ya que una vez aprobada por la intimidada asamblea, el golpe de Estado era completamente legal. Se impuso un Consejo de 400 que decidiría los 5.000 con derecho a participar en política y con la flota bien lejos, aquí paz y después gloria.

A los marinos en Samos esto les sentó como una patada cuando se enteraron y aquí Alcibíades y sus amigos tuvieron que recurrir a todas sus dotes diplomáticas para aplacarlos. Bueno, en realidad Alcibíades quiso atraerse el apoyo democrático para retornar a Atenas (otra vez) y se convirtió en portavoz de la marina, pidiendo quitar a los 400 y dejarlos en la boulé de siempre. Como comprenderán, esta diversidad de intereses, cual si de españoles decidiendo algo se tratara, provocó confusión en las filas aristocráticas, y Atenas asiste a un rosario de idas y venidas, proclamas, sublevaciones de hoplitas, de marineros, intentos de negociar con Esparta… en definitiva, un caos horroroso del cual paso de dar detalles. Para acortar, en todo este embrollo los 5.000 hoplitas se impusieron, liquidaron el consejo de los aristócratas y lideraron la “transición” a la democracia de nuevo;  el golpe antidemocrático se había superado, lo que indica la fuerza con que había arraigado esta opción política en los atenienses.

No es que me cambie de chaqueta, es que me caen todos bien.

Pero como la alegría no suele durar mucho en la casa del pobre, la guerra continuaba y presentaba un aspecto francamente preocupante: sin embargo, el incombustible Alcibíades, inmune al parecer a los efectos de tanto cambio de bando, lideraba las operaciones atenienses en el nuevo escenario bélico, los Estrechos, por donde pasaba el aprovisionamiento de grano de la polis.  Que en principio parecían propicias, con varios éxitos esperanzadores que forzaron a Esparta a pedir un armisticio y que permitieron a nuestro intrigante favorito por fin entrar en su casa de forma triunfal (407). Pero ah, los dioses son crueles y la batalla naval de las Arginusas provocó una crisis política: Atenas venció, pero una tormenta impidió recoger los cadáveres de los caídos. Los griegos se tomaban muy en serio esto de enterrar sus muertos en casa (véase la loca de Antígona) y si me lo juntan con tensiones políticas, obtenemos un juicio sumarísimo con ejecución de los strategos al mando. El desastre se completó con la estrepitosa derrota de Egospótamos, producto de la ineptitud ateniense, a pesar de las advertencias de Alcibíades.

Y ahí sí que se terminó la guerra, y como en Star Wars, el Imperio se derrumbó de golpe. Bloqueada por tierra y mar, Atenas se rinde y los espartanos aparecen por el horizonte para supervisar la instauración de un nuevo régimen. En realidad, a los muchachotes de unicej les importa bastante poco lo que hagan los atenienses mientras estén callados y no molesten su hegemonía, pero los más radicales de los oligarcas locales aprovechan (escudados en la protección espartana) para elegir lo que se llamó el gobierno de los Treinta Tiranos, que acapararon los cargos políticos y confeccionaron una lista de sólo 3.000 personas con derechos políticos. Pero la democracia era muy resistente y se necesitaba algo más que eso para destruirla del todo; los exiliados de Atenas, comandados por Trasíbulo, resistieron contra viento y marea todo lo que les echaron encima y a base de encabezonarse consiguieron derrocar el gobierno oligárquico. La intervención de Esparta sólo sirvió para exiliar a los partidarios de la aristocracia en Eleusis, que se convirtió en municipio aparte, hasta que en 401 fue invadido-absorbido de nuevo por Atenas, se ejecutó a los altos cargos y se invitó al resto a una reconciliación y amnistía general. Igualico que la Transición española, sí.

La democracia sobrevivirá pues en Atenas, a pesar de todos estos vaivenes, aunque con todos sus defectos, como cualquier otro régimen político (muy especialmente su vulnerabilidad a la demagogia…) y sus excesos, como la lamentable condena y ejecución de Sócrates. Inscrita en la histeria política post-conflicto, dado que el filósofo era amigo de ilustres antidemócratas como Alcibíades (de nuevo él) o Critias, uno de los tiranos, y era bastante heterodoxo en sus creencias. También tendrá la democracia radical representantes destacados y bastante recalcitrantes como Demóstenes, pero paradójicamente acabará sometiéndose por el mismo mecanismo por el que Atenas, en los tiempos de la Liga de Delos, sometía a sus aliados: viendo impedida su libertad de acción en política exterior. Así, después de sacudirse el dominio espartano a base de la tradicional combinación de alianzas y traiciones típicamente helenas, durante el periodo en que Tebas predomina, Atenas intentará equilibrar la balanza política aliándose con ella y de paso fundar una segunda Liga Ático-Délica, pero sin las connotaciones tiránicas de la anterior. Solución chapuza y salchichera que no servirá ni para refundar el Imperio ni para congraciarse con nadie, y mucho menos para pagar los gastos de la Liga y el ejército de Atenas, que se alquilará como mercenario por estas fechas (siglo IV a. C.).

Pero los buenos tiempos han pasado y ahora es Tebas quien corta el bacalao. Fugazmente, porque el ocaso definitivo viene a manos de los macedonios del rey Filipo, empeñado en dar ejemplo al resto de Grecia sometiendo a sus principales sopranos. El rey tuerto la emprenderá con Atenas una y otra vez hasta conseguir doblegarla (dado que era la ciudad con mayor prestigio entre los griegos) y de esta manera la democracia ateniense se verá supeditada a lo que digan otros. Eso sí, le fue mucho mejor que a Tebas, que fue vilmente arrasada por Filipo y su hijo Alex. Y no es que la cosa carezca de interés, porque la figura del demagogo y orador Demóstenes, enemigo acérrimo de Macedonia, es bastante destacada, pero como la época de esplendor que se resume en el rollo que acabo de meterles, no hay otra.

El declive de Atenas es imparable, hasta la llegada de los prácticos y oligárquicos romanos, que se adueñan de la provincia y la llenan de acueductos, pretores, legionarios y recaudadores de impuestos. Eso sí, el concepto de democracia perdurará, y a través de la neblina de la Edad Media y Moderna (porrocientos siglos, año más o año menos), rebrotará en la conciencia de los europeos hasta reeditarla vía el cachondeo que  tenemos ahora. Que bien mirado, tampoco se diferencia mucho del original, ¿no?

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