Historia Económica de España (I): El gremio de los ladrones

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Les supongo a todos ustedes tan aterrorizados como yo ante la que está cayendo en este país desde que me retiré a estudiar antiguos códices y hacerme un hombre de provecho, que ya toca, con cuarenta castañas a cuestas. Me imagino que comparten esa mezcla de justa indignación y (por qué no decirlo) morbosa fascinación que provoca el espectáculo de corrupción en proporciones bíblicas al que asistimos; no importa dónde miremos ni qué tapa se levante, invariablemente brota un robo escandaloso al erario público o a las buchacas de los súbditos locales. Uno se siente empujado a sentir en sus carnes el tópico en todo su esplendor, y se hace la pregunta de rigor. ¿Será verdad que somos un país de chorizos pata negra sin remedio? La respuesta parece clara contemplando a Urdangarín pasear tan campante por ahí, siendo recibido por prebostes de toda clase, pero en ese caso, ¿por qué? ¿Estamos los hispanos inclinados naturalmente hacia el amor por los bienes ajenos, o es una exageración de los enemigos de la Patria, es decir, todo el extranjero más los pérfidos nacionalistas periféricos? ¿Lo llevamos en los genes o en todos los sitios se roba igual y lo-que-pasa-es-que-la-seño-nos-tiene-manía? ¿Son sólo “ellos”, las elites dirigentes, o es una costumbre generalizada? En cualquier caso, da que pensar que en un continente de ladrones, los españoles tengamos fama de ello y brillemos con luz propia en el imaginario colectivo.

Bueno, pues como ya habrán supuesto, la respuesta está en la historia, propuesta novedosa en esta página, pero a estas alturas de la película no sé qué esperan. O mejor dicho, la historia y otras disciplinas auxiliares útiles, como la sociología, la antropología o hasta la psicología. Antiguamente, cuando los señores positivistas alemanes con bigote prusiano pisaban la Historia, se hablaba de “razas” o pueblos para identificarlos con naciones, y cada una tenía sus virtudes y defectos, todos “naturales”. En este universo paralelo, los morenitos del sur destacaban por su aversión al trabajo y su afición a las múltiples formas de hurto, todo ello atributos “raciales”. Pero hoy en día, gracias a los avances de la ciencia, quién más o quién menos que no sea asesor de la Merkel sabe que esto no es así. La mayor parte de lo que se considera como “natural” no es más que una construcción social, producto de un buen montón de creencias, usos, costumbres y valores aceptados socialmente de forma consciente o inconsciente, y a esto algunos le llaman “ambiente”, o bien la norma social. ¿Entonces no hay genes del latrocinio? Pues la respuesta canónica es que no se sabe. Un psicólogo evolucionista diría que robar es adaptativo, en la medida que asegura la supervivencia, y que por tanto, los fans del gen egoísta dirían que sí, que es genético, y que sólo el inmenso poder coercitivo que la sociedad ha desarrollado impide que nos andemos quitando las cosas a cada paso. Pero a veces algunos genes sólo se expresan en ambientes favorables (por lo que el vapuleado Lamarck tampoco andaba tan errado como se piensa), y entonces llegamos a donde quería yo. ¿Qué es el ambiente sino el cúmulo de todo lo que ha pasado antes pesando lo suyo sobre lo que está pasando ahora? Vamos a ver qué es lo que nos ha convertido en el centro mundial del I+D occidental en aflojarle la cartera al prójimo, a través de un alucinante viaje (ejem…) por las vicisitudes del trasunto económico hispano. Grosso modo, porque yo de economía ni papa, ya les advierto.

Cordillera cantábrica, 29 a. C. Los romanos llevan ya sus buenos dos siglos pisando la península ibérica con paso firme, trayendo consigo toda su cultura, que incluye por supuesto variadas formas de cohecho, corrupción y enriquecimiento ilícito que una civilización que se precie domina. Todos estos usos políticos, sociales y económicos se implantarán en Hispania con fuerza, pero es importante señalar que van a formar el sustrato donde arraigarán otros usos, los de los verdaderos cerebros grises del desarrollo económico futuro hasta nuestros días. ¿Quiénes? Pues aquellos a los que en este preciso instante el César, Augusto, Princeps e Imperator Octaviano se dispone a borrar del mapa usando todo el poder de sus legiones. Los montañeses. ¿Y por qué tanto odio, se preguntarán? Pues por ladrones, naturalmente. O eso decían los romanos.

La causa probable del conflicto sería el dominio de los recursos minerales del norte de Hispania, pero la excusa aducida por los romanos eran las continuas y persistentes incursiones de los montañeses al llano a llevarse todo lo que encontraban. Cosa nada improbable tampoco, habida cuenta de la demografía de la región, que nos habla de casi medio millón de personas entre astures y cántabros (todo ello estimado, claro); mucha población para los recursos disponibles y las formas de explotación conocidas. En realidad, lo que nos interesa es rastrear los orígenes de una conducta secular que compartirán absolutamente todos los montañeses hispanos, al menos desde entonces y hasta que finalmente se alcen con el control de la Península entera: la rapiña.

Como es bien sabido, los romanos establecieron desde el final de las guerras cántabras un dominio no demasiado denso sobre la zona (y por tanto, menos costoso), reorganizando el territorio administrativamente como les pareció, con el objetivo de mantener bien sujetas las minas leonesas y medio romanizados a los indígenas, que en la época del Bajo Imperio fueron consecuentemente cristianizados. Pero con la crisis y desintegración del Estado romano y los cambios económicos, las revueltas de esclavos (la bagaudia), la fragmentación en poderes locales, el abandono de las ciudades y la muerte de 100.000 gatitos,  la situación a la arribada de los germanos a Hispania es más o menos la misma; vascones, astures, cántabros, ex esclavos huidos, poblaciones olvidadas de las montañas, y etcétera, volverán a hacer su agosto en incursiones a los valles del Duero y el Ebro en su tradicional economía que complementaba el escaso rendimiento agrícola y ganadero de sus queridos montes. Así que ahí tenemos a Leovigildo haciendo lo mismo que Augusto unos 600 años después en sus campañas contra los vascones. De nuevo un poder centralizado trata de mantener a raya a los saqueadores norteños.

Experto hispano en economía bajando de la montaña

Experto hispano en economía bajando de la montaña

Pero el gran salto cualitativo se va a producir después, tras la caída del teocrático reino de Toledo en manos musulmanas, en eso que se ha dado en llamar Reconquista. Ya hay una extensa y estupendísima serie monográfica publicada sobre el asunto (el autor se disculpa por el ataque de narcisismo), pero no está de más remarcar que en contra de lo que siempre se ha enseñado y aún cree mucha gente, el nacimiento y crecimiento de los reinos cristianos, y por lo tanto, el embrión de lo que saldrá después de ahí, es obra de nuestros queridos montañeses. En primer lugar, gracias a la romanización tardía, la cristianización y todos los rollos socioeconómicos que me salto porque no quiero torturarles mucho, la población montañesa será sometida por la emergente nobleza local, que los apretará de lo lindo. Ya saben, la crisis, los recortes… Huyendo de estos señores protofeudales y sus bandas armadas, campesinos y ganaderos harán las maletas y bajarán a establecerse en el llano, donde serán correspondientemente perseguidos por sus señores, que cual si de banqueros modernos se tratara en pos del cobro de la hipoteca, llegarán y se quedarán con el piso territorio y los ocupantes. Es el inicio del reino astur-leonés, el principio del proceso por el cual serán finalmente los peludos montañeses quienes se conviertan en el poder central, y desde entonces nunca más suelten las riendas del cotarro.  Los hispanogodos después conocidos como catalanes, ocupando la plana de Vic, los vascones, fundando el futuro reino de Castilla, los astures y su brillante patraña neovisigótica, los navarros y aragoneses, estrellándose una y otra vez contra la zona más poblada del valle del Ebro… todos pondrán las bases de las estructuras políticas medievales y por supuesto se harán con el control de todos los recursos a su alcance, manejados por las elites nobiliarias montañesas.

Los pobladores de estos nuevos reinos con vistas al valle eran mayoritariamente pastores (lógicamente), con una agricultura de supervivencia, dada la poca productividad del terreno por aquel entonces. Por ello, la principal actividad que les permitía complementar sus ingresos y que también les daba la posibilidad de ascender socialmente (cosa nada sencilla en los tiempos medievales), era la guerra, por supuesto. En un principio, no de conquista, puesto que carecían de los recursos necesarios, sino de… ya le van pillando el truco al mecanismo, ¿no? Sí, de saqueo. Así es como se forja la aristocracia montañesa, y la nobleza guerrera, los “fijos dalgo”; no es precisamente casual que en el siglo XVII prácticamente toda la población de las regiones montañesas desde Galicia a Vizcaya fueran hidalgos, con los privilegios que ello comportaba.  La elite del país bajó del monte.

A partir de la crisis de Al Andalus, los reinos cristianos pasan primero a explotar económicamente a las taifas, con sus ya tradicionales incursiones; las milicias ciudadanas planifican las razzias anuales contra las ricas ciudades musulmanas y se llevan hasta la cubertería del cumpleaños de Mohamed, además de emplear profusamente el conocido método empresarial del “paga o te pego”. Y después, cuando ya cuentan con todo lo necesario (soldados y dinero), se lanzarán a principios del XIII a la conquista definitiva de las zonas más fértiles de la Península. Las huertas de Valencia y Murcia, las vegas del Guadalquivir, toda una economía agraria completita y en funcionamiento desde tiempos de los romanos a merced de la nobleza “montañesa”. Es así como a mediados del siglo XIII los norteños controlan prácticamente toda la Península salvo Granada, en la práctica vasallo de Castilla. Para que se hagan una composición de lugar de esto que estoy contando, sólo tienen que repasar la formación del ejército cristiano en la famosa batalla de las Navas de Tolosa: el grueso de las tropas las formaban las milicias concejiles de unas veinte ciudades castellanas, al mando de un ilustre norteño, el señor de Vizcaya, Diego López de Haro. Las tropas aragonesas estaban compuestas por los archifamosos almogávares, montañeses especializados en incursiones de larga duración, cuyo tour por el Imperio bizantino les granjeó las simpatías de todos los bandos en liza, dada su habilidad no sólo para abrir cabezas sino para arramblar con todo lo que pillaban. Toda una sociedad de señores y vasallos orientados hacia el botín de guerra.

Como corresponde a una sociedad medieval, es la Iglesia y la nobleza la que maneja el cotarro, habiéndole cogido el gusto a esto de acaparar tierras, cobrar pechos y otros impuestos a los campesinos y reforzar su jurisdicción sobre los territorios, lo que se conoce como el régimen señorial. Los negocios más lucrativos son acaparados por la alta nobleza, como la ganadería castellana, que gestiona la todopoderosa Mesta, y para el beneficio de la cual se legisla abusivamente o se crean puertos como Bilbao para la exportación de la lana por orden del rey. Los nobles norteños responden a la crisis bajomedieval con una feroz guerra sin cuartel por el control de hombres, cultivos y ganados durante el brutal siglo XIV; son habituales las guerras de facciones por la sucesión de tal o cual rey, familias nobles que se hunden, otras que emergen…es la época de la gran crisis, una que ríase usted de la prima de riesgo. Dado que ya no quedan tierras a las que echar el guante, cada uno trata de arrebatarle al vecino un trozo; el tremendo gasto que el estatus de noble conlleva y el poco rendimiento de la agricultura se combinan para caer sobre las cabezas de los campesinos. Es en este siglo donde tiene lugar la extensión peninsular de la Guerra de los Cien Años, que aupará a Enrique de Trastámara al poder en Castilla; las mercedes enriqueñas, o para entendernos, los pagos prometidos a la nobleza por su ayuda en la guerra aumentarán infinitamente el poder de éstos en el reino. Aragón tratará desesperadamente de expandirse, pero primero tendrá que ceder Murcia a Castilla, vecino demasiado poderoso para hacerle frente por las armas, y después se volcará en el mar Mediterráneo: la nobleza aragonesa queda así “encerrada”, y la catalana topará con el “problema” de la mercantil ciudad de Barcelona, con la que mantendrá un prolongado conflicto de intereses.

Principal fuente de riqueza castellana durante siglos. No va con segundas. Bueno, sí.

Así que llegamos a la época de los Reyes Católicos, interesante periodo en el que por toda Europa comienza a resentirse el poder nobiliario, o al menos ceder terreno ante la formación de los “Estados modernos”, monarquías con poder suficiente como para sentar las bases de una estructura política post-medieval. Y aquí sí vamos a ser una “excepción cultural”, no sólo debido a de dónde veníamos, sino también a dónde vamos. Dos circunstancias van a confluir para echar gasolina al fuego de la socioeconomía protoespañola: el Imperio, y la colonización americana, por supuesto. Pero vayamos por partes.

Ysabel y Fernando trataron de manejar el enorme marrón de una de las noblezas más poderosas e independientes del continente por la vía de integrarlos políticamente y hacer una especie de “quita de deuda”, rebajando las mercedes pendientes a algo más realista y cobrable. El esfuerzo de organización de un estado más centralizado, con funcionarios capaces al servicio de la Corona y unos nobles controlados, fue inmenso y exitoso en campos como la reforma religiosa, pero quedó en el debe de los Católicos el tema económico, al que no prestaron demasiada atención. Cosa tampoco muy extraña, dado que la Corona era uno de los principales beneficiarios del comercio de la lana, actividad donde ya vamos dando muestras de cortoplacismo y amor por la plusvalía rápida: una de las tres “industrias” básicas medievales, de donde saldrán las economías precapitalistas del mercantilismo, es la textil (las otras dos son la minería y la construcción naval) y teniendo a mano la materia prima, a largo plazo era mucho más rentable fomentar la creación de telares como los segovianos y vender el producto manufacturado en Amberes, peeeero…es más rápido vender directamente la lana en Amberes y dejar que sean los ingleses y los flamencos los que después vendan sus caras y apreciadas piezas a los nobles peninsulares, hechas con la materia prima castellana. Como ven, un negocio bastante tonto pero que daba dinero a corto. Otra cuestión que hizo mucho daño a la economía del reino de Aragón, de clara vocación mercantil y en plena crisis, fue la decisión de mantener las aduanas interiores entre los reinos, por lo que ajo y agua tocan, pero Corona y nobleza cobran portazgos y otros impuestos aduaneros.

Con estos mimbres, en un periodo de unos 30 años van a pasar un montón de cosas que trastocarán la evolución política y por supuesto económica de la Monarquía Hispánica. En primer lugar, la política de alianzas matrimoniales que termina con Carlos I en el trono, tendrá como consecuencia el enfrentamiento con Francia, cuyo primer escenario serán las guerras italianas. Y es aquí donde toda Europa descubrirá a las tropas españolas y su particular idiosincrasia, como Paulo Giovio o Machiavello se encargarán de recordar, aunque hay que tener en cuenta su posición más bien poco amable con los hispanos. El momento cumbre será el Saco de Roma de 1527 por las tropas imperiales, si bien estaban compuestas a pachas por alemanes y españoles, en fraternal hermanamiento a la hora de saquear. A partir de 1568, nuevas praderas desvalijables se abrirán para los soldados españoles con el estallido de la revuelta de Flandes: todos conocemos la tremenda capacidad militar de los Tercios, sólo igualada por su eficacia, preparación y meticulosidad a la hora de organizar los motines y vivir sobre el terreno de lo robado a los lugareños.

Por otro lado, las aspiraciones imperiales de Carlos y los múltiples compromisos dinásticos derivados de la inmensa herencia recibida van a orientar la economía española, aunque más propiamente la castellana, a la ansiosa y eterna búsqueda de liquidez contante y sonante, lo que se va a cargar las pocas esperanzas de consolidar una economía robusta: en 1521, cuando estalla la revuelta comunera, la aristocracia urbana rebelde se alza en armas por un conflicto en el fondo económico, dado que si ya la Mesta y el comercio de la lana se está cargando la poca industria castellana, las exigencias monetarias del futuro Emperador amenazan con ruina. Que llegará, lenta e inexorablemente, pero prolongada durante dos siglos más gracias al maná que viene del otro lado del mar, vámonos para allá un ratito y después volvemos, que a ver cómo les explico esto.

Supongo que ya se estarán imaginando lo que les voy a contar sobre la conquista americana, pero lo cierto es que no voy a incidir mucho en el asunto; es fácil deducir lo que unos miles de muchachos barbudos muy aguerridos y con sus arraigadas costumbres montañesas a cuestas hicieron al adentrarse en terreno inexplorado y encontrar significativas muestras de riqueza. Pero como ya tratamos en otra parte, a pesar de las tremendas historias a medio camino entre la crueldad, el ansia de oro y la hazaña, en realidad la mayoría lo que buscaba era vivir de otros sin dar un palo al agua; el sueño español de vivir de las rentas. Pero lo que va a tener un peso muy grande en nuestra aburrida historieta económica, vino después de esta nueva exhibición de rapacidad al otro lado del Atlántico. En efecto, fue el descubrimiento y la explotación intensiva de las inmensas reservas de plata, las del Potosí en Perú y las de Zacatecas, lo que impactará de forma perdurable en la sociedad hispana. De hecho, durante el siglo XVI la colonización consistió prácticamente en todo lo relacionado con sacar plata como locos y traérsela a la Península, que el Emperador (y sobre todo su hijo Felipe) necesitaba adelantar plata  a sus acreedores urgentemente antes de meterse en más guerras, declarar más bancarrotas, etc., etc.

1527: Las tropas imperiales asaltan Roma. Lo siento, no he podido resistirme.

Desde el inicio de la conquista y alrededor de la sistemática explotación colonial se instituyó todo un sistema de gestión que se basaba en el que hasta la fecha sigue siendo el máximo ideal de cualquier emprendedor español (perdonen que me ría) que se precie: el monopolio. No es que en el extranjero se estilara otra cosa diferente por aquella época, sino que no hemos cambiado nada con los tiempos. El caso es que la creación de la Casa de Contratación, la decisión de fijar un solo puerto como destino final de las flotas de Galeones en Sevilla (y así convertir el comercio americano en más controlable y fiscalizable), y la organización de la llamada Carrera de Yndias constituyó el establecimiento de un gigantesco monopolio comercial defendido con uñas, dientes y un esfuerzo bélico brutal. Sevilla, donde tenían residencias y propiedades algunas de las casas más nobles del país, se convirtió en un emporio del contrabando, la especulación, el préstamo, la letra de cambio y la compra-venta, que enriqueció a quienes la Corona concedió los permisos oportunos. Aunque dada la ausencia de músculo de la clase mercantil castellana, las concesiones y los lugares preferentes los ocuparon los banqueros de los monarcas, generalmente genoveses, flamencos, los Fugger alemanes…y este reparto del monopolio indiano, negocio nominalmente castellano, es la causa de que los súbditos de la Corona de Aragón, concretamente los catalanes, cuando se dieron cuenta de que el Mediterráneo no daba para más y quisieron entrar en la tajada, se encontraron con toda clase de impedimentos por parte de poderosos intereses creados: lo más que consiguieron fue establecerse en Sevilla como intermediarios. De esta forma empezó a desembarcar un río de plata, parte de forma legal y parte de contrabando. Sin embargo, el país no se enriqueció precisamente; cuanta más plata llegaba, más pobres eran los castellanos.

Aunque los conocimientos de economía de la época no podían explicar este fenómeno, no pasó desapercibido para algunos. El aluvión de plata, metal en el que toda Europa acuñaba sus monedas, tuvo el lógico efecto inflacionista y los precios aumentaron mucho, más en España que en el resto del continente. Sin embargo, este dinero se destinaba a pagar préstamos, intereses de la deuda (los juros emitidos por los Austrias) contraída por las numerosísimas campañas de los Habsburgo, o bien se quedaba en manos de particulares, que como son muy listos ustedes ya se figuran que son las elites de siempre; la nobleza sobre todo. De hecho, la plata era el único producto de exportación español con buena salida, y por tanto, difícil de ver para las clases inferiores. De esta manera, la gran masa de población campesina lo único que consiguió con la bonoloto americana fue empobrecerse más y más. Sobre todo teniendo en cuenta que el estatus de noble eximía de pagar impuestos, así que el grueso de la recaudación caía sobre los más desfavorecidos, importes que solían ser mayores que las remesas anuales de plata de América. Sí, más o menos como ahora, estarán pensando.

Y así, como todos estamos comprobando en nuestras carnes hoy en día, si los precios suben imparables y se ganas lo mismo, uno no puede comprar nada de nada. Ni tan siquiera prendas de vestir que no sean de manufactura burda y casera. Por lo tanto, era prácticamente imposible asentar una industria textil, ya que no había demanda interior; los que podían comprar eran muy ricos, y se vestían y vivían como correspondía a su rango, comprando los productos de importación, de mejor calidad. Al no haber mercado para ella ni por arriba ni por abajo, los telares castellanos desaparecieron: un reparto tan desequilibrado de la riqueza sólo podía traer disgustos, y no, no me he vuelto a ir al presente. En cuanto la capital de los Reynos se fijó en Madrid, la voracidad de la Corte empezó a funcionar como una especie de agujero negro económico: los pingües beneficios del comercio americano se quedaban en ilustres bolsillos y se empleaban mayoritariamente en gastos suntuarios. En la España de los Austrias no se reinvertía, el ideal de cualquiera con aspiraciones sociales era simple y llanamente vivir de rentas, así que lo que se buscaba ennobleciéndose era precisamente eso, cobrar del momio y punto. El ideal social de la nobleza excluía por descontado cualquier trabajo manual, proscrito hasta el siglo XVIII y considerado por lo tanto como indigno. De este modo, la inyección brutal de capital sirvió básicamente para destruir cualquier posibilidad de un mercado interior sólido; ni hablemos de crear una clase mercantil o artesanal amplia, base de lo que conocemos por burguesía, y por tanto, de disponer de una industria decente a las puertas ya del mercantilismo dieciochesco.

Los esfuerzos económicos iban encaminados hacia sectores estratégicos que permitieran mantener el monopolio americano lejos de las ávidas manos de los otros ladro…digo, países europeos, o en román paladino, la construcción naval, porque al no contar España con un ejército “interior” (todos los Tercios servían fuera del país), ni siquiera había una industria militar local destacable. En definitiva, tanta plata tuvo el efecto de prolongar la agonía castellana, que se resintió de la sangría de hombres y dinero en pro de los intereses de una familia. El reino se despobló, el que pudo huyó de la miseria del campo para mendigar en la capital y aquí el que vivía con holgura lo hacía cobrando rentas o si le daba por el comercio, por la vía del “compro por 10 y vendo por 20” tan querida por los banqueros y otros usureros patrios. El reflejo de esta mentalidad lo tienen en todas esas novelas picarescas de caballeros arruinados y ladronzuelos espabilados con las que les torturaban en el colegio y que sin embargo pasada la treintena se leen muy agradablemente. La movilidad social consistía en conseguirse un título de hidalgo, que ya te eximía de tener que trabajar, por lo que muchos esfuerzos se dirigían a colocarse, vía expediente de limpieza de sangre, en el funcionariado de las secretarías, universidades, o cualquiera de los monopolios que la Corona regentaba.

Así que los Habsburgo, quemando leña a toda máquina, empezaron a fijarse en sus otros reinos más modestos, por lo que empezaron los líos; en realidad esto es lo que subyace en los mil millones de “agravios centralistas” y en los conflictos con los catalanes, u otros métodos “pan para hoy” de recaudación, como la venta masiva de títulos de nobleza a uno y otro lado del Imperio: aunque entraron cantidades apreciables en el tesoro de la Corona con este procedimiento, cada nuevo noble era un exento más del pago de impuestos, por lo que a la larga se estaban reduciendo los ingresos del Estado. Así que a la muerte de Carlos II, la Monarquía se preparaba para una durísima guerra de Sucesión hecha un desastre: las ciudades grandes, sobre todo la Villa y Corte, llenas de “vagos”, las elites cobrando rentas de sus propiedades, juros y derechos señoriales (por lo que no veían ningún motivo para invertir en mejorar la productividad de las tierras, por ejemplo, con lo que el terreno agrícola nacional estaba subexplotado) y un montón de hidalgos que no trabajaban en nada aspirando a pillar un cargo que conllevara sus ingresos. El panorama industrial era para llorar; salvo las inversiones en la defensa americana y las flotas, cada vez menores a medida que los ingresos de la Corona se venían abajo, todo lo demás o se importaba (las clases pudientes) o se subsistía con andrajos (el común de los mortales). Castilla se había debilitado alarmantemente, y exhausta, no podía llevar la carga del Imperio. Aragón era demasiado insignificante económicamente hablando…el balance no puede ser más desolador para cuando lleguen los Borbones. Pero eso será en el próximo capítulo, “El mercantilismo va a llegaaaar”.

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