Historia Económica de España (II): El mercantilismo va a llegar

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Proseguimos nuestro particular recorrido por la cosa económica de esta sufrida confederación de tribus hispanas unidas tan sólo por el gusto por tocar el bolsillo ajeno y el odio al francés; en esta ocasión vamos a ver cómo nos sentó el Despotismo Ilustrado, o más genéricamente la Ilustración toda ella (ya les adelanto que no demasiado bien si tenemos en cuenta que además la trajeron los franceses en la punta de la bayoneta) y si realmente cambió en algo la mentalidad y la faz económica e industrial del país. Y si me da tiempo y no me enrollo demasiado, hasta hablaremos de la particular Revolución Industrial española, hecha a medias y con todos los particularismos que ya conocen a rastras, y del franquismo, esa etapa crucial en el hundimiento de toda esperanza de ver nacer cualquier cosa semejante a una economía saludable, moderna y sostenible a medio plazo, como estamos comprobando en nuestras propias carnes. Todas estas etapas sucesivas servirán para acrecentar nuestra leyenda y nos otorgarán a cada españolito un +3 en apuñalar por la espalda o vaciar bolsas, como cualquiera que haya jugado a AD&D sabe. Hablando más en serio, lo que se intentará una y otra vez (a pesar de los empeños de algunas cabezas pensantes) será imponer el exitoso modelo hispano de gestión empresarial, basado en dos pilares fundamentales e indiscutibles que si no te doy una hostia que te avío: el monopolio y el hiperproteccionismo comercial. Vamos a verlo todo esto, aunque les vuelvo a advertir de que  sin tener ni idea de economía todavía.

Ya vimos la herencia que había dejado la época de los Austrias que ríase usted de la tan traída y llevada de ZP: con una gran masa de campesinos empobrecidos, la plata que como vimos fluía hacia el extranjero dejando un reguero de inflación desbocada, y la población castellana desapareciendo como por arte de magia; de ser la región más poblada de la Península pasó hacia el siglo XVII a convertirse en el erial que todos conocemos, entre lo que se tragó Madrid y los que se quedaron por esos campos de batalla europeos. Casi el único agente que podía invertir en industria y economía era el gran monopolista del negocio americano, el Estado Habsburgo, ya que tenía un interés estratégico en ello mientras que la nobleza sólo mostraba interés en vivir de rentas. Un Estado que por otra parte resultaba financieramente insostenible, dado el ritmo de gasto y el infernal sistema de fiscalidad español; uno de los pocos que trataron de imponer cierta racionalidad en la maraña de impuestos, prebendas y excepciones fue el denostado Conde-duque de Olivares, que además de fracasar en el proyecto de que todo el mundo apoquinase, se convirtió precisamente por ello en el malo oficial de la historia del periodo. Obviamente, no lo hizo por el bienestar de la población o la distribución más equitativa de la riqueza, sino para obtener más recursos que derrochar pegando yoyah por Europa en nombre de los Habsburgo. Ya saben, lo de las acciones correctas por motivos equivocados y todo eso.

Pero vamos al lío, que me disperso. En 1702 arriban los Borbones desde Francia con una hoja de ruta para intervenir la economía española (como ven, no es algo que hayan inventado ayer los alemanes), asimilándola a la francesa en la medida de lo posible como se pueden ustedes imaginar. No es que empezaran muy bien, dado que al penoso panorama socio-económico no le ayudó demasiado la cruel guerra civil que siguió, pero quien quiera hacer tortillas ha de mojarse el culo, así que les tocó pelearse primero con media Europa. Como ya sabemos el resultado de la guerra, vamos a centrarnos en lo que la administración borbónica tenía planeado para un país arruinado, atrasado, con su economía subdesarrollada y secuestrada por una reducida elite, pero con un enorme imperio colonial (en el fondo lo que les interesaba).

La teoría económica en boga en la corte de Luis XIV, primer repartidor mundial de galletas en aquellos momentos y por tanto nación que partía la pana y aspirante a dominar el mundo muahahahaha, era el novedoso concepto del mercantilismo, en su formulación colbertiana, de Colbert, el secretario de asuntos económicos del rey Sol. Esta teoría suponía que la fortaleza de una nación y su estatus entre todas las demás provenía de una industria fuerte (es decir, que fabricara un montón de cosas) cuyos productos se pudieran colocar por cualquier mercado del mundo para ganar más pasta en pro de la grandeza patria. Por supuesto, esta agresiva política comercial no sólo era tal, sino que debía ir acompañada de los barcos, cañones y fusiles nacionales. Para poner en pie esta industria manufacturera fuerte se necesitaba esencialmente una acumulación de cash, que provendría de los negocios comerciales ultramarinos y de la recaudación de impuestos, y un proteccionismo salvaje, que provenía de los cañoncitos antes mencionados. Aunque hoy en día pueda parecer obvia, redundante y simple, en realidad no era nada de eso: hacia finales del XVII el mundo se había hecho pequeño, Francia e Inglaterra se disputaban no sólo territorios coloniales, sino también el primer puesto en la carrera por forzar al Imperio español a comprar sus productos legalmente, y su desarrollo económico y comercial iban parejos a esta competitividad. Ambos países disponían de algo que los imperios ibéricos no habían disfrutado en su momento de esplendor: una economía nacional sólida y productiva (tengan en cuenta siempre que hablamos de la época que hablamos), y unos medios técnicos superiores a los del siglo anterior. Colbert formulaba una teoría donde se integraban ideas pre-imperialistas con la realidad económica de un comercio mundial; eran los primeros balbuceos del lenguaje de las superpotencias, en su vertiente comercial… y armada.

Precisamente una de las consecuencias más dramáticas del penoso estado de la industria y la producción española es que poca cosa podía colocarse en el mercado colonial, lo que si lo unimos al hecho de que el régimen de monopolio imponía comprar sólo producto español, los niveles de contrabando (y por tanto de dinero que salía fuera del “circuito” comercial) eran dramáticos, el país más beneficiados por el comercio colonial “real” era Francia. El comercio oficial se articulaba por el rígido sistema de dos flotas anuales con sus correspondientes ferias, que si bien era la forma más racional de proteger y asegurar el flujo mercantil, se exponía al fraude en todos sus eslabones: los comerciantes tenían que pagar la avería, un impuesto en concepto de gastos de defensa proporcional al producto declarado, por lo que los galeones iban cargados hasta los topes de mercancía ilegal. Además, al tener que desembarcar obligatoriamente en Sevilla,  la corrupción aduanera llegaba a límites estratosféricos. La Corona se limitaba a cobrar una multa y hacer la vista gorda, como verán nada nuevo bajo el sol ibérico.

Las administraciones borbónicas intentaron remediar esto aplicando el colbertismo para mejorar y hacer más eficientes las transacciones comerciales con América, con los parámetros habituales del reformismo ilustrado: reorganización administrativa, mayor eficiencia estatal, y la visión del Imperio colonial como receptor de productos de la metrópoli. Pero si bien es cierto que rindió sus frutos económicos, a la larga fue el detonante del proceso de independencia americano. En efecto, lo que mantenía la lealtad de los criollos a España era, paradójicamente, la ineficiencia y la corrupción. Sí, amiguitos, en realidad no es tan raro como pudiera parecer; impedidos teóricamente para ejercer ningún cargo que no fueran los cabildos de las ciudades, los criollos adinerados basaban su influencia política en otros organismos (Audiencias, por ejemplo) en su capacidad para trapichear con los funcionarios de la Corona, generalmente peninsulares, a los que compraban títulos, cargos y excepciones; aproximadamente el 45% de los “oidores” eran criollos antes de la llegada de Felipe V al poder, quedándose después en un triste 20%. Así que mientras la metrópoli se dejara comprar, estaban razonablemente satisfechos con el “dominio” español. Cuando se redujo su influencia en el gobierno colonial y se les sustituyó por gachupines llegados de España, se enfadaron, lógicamente. El mangante local no quería que viniera el mangante peninsular a echar mano de los negocios.

“Y si no quieren, les apuntas con el cañón y verás tú si compran”. Colbert

No sólo eso; un elemento del que gustaban mucho los europeos eran las famosas “Compañías”, organizaciones de capital privado y concesión estatal, que se creaban para controlar tal o cual comercio, a tortas si hacía falta. Este recurso lo habían empleado abundantemente holandeses, franceses e ingleses y generalmente aparecía cuando uno tenía ciertos problemillas para imponer el “comercio libre” a otros más poderosos mientras protege el suyo. Los Borbones crearon unas cuantas, la más famosa de las cuales, de muy grato recuerdo en Venezuela, fue la “Compañía Guipuzcoana”, que además de practicar el corso contra los cada vez más agresivos ingleses, imponía lo que se debía producir y a qué precio debía comprarse o venderse. Se podrán imaginar que los súbditos del virreinato se ponían a dar saltos de alegría cuando les obligaban a vender el cacao a precios de risa, o directamente a destruir parte de la producción, o a comprar cosas que no necesitaban. Este tipo de políticas comerciales, que solían acabar con un amistoso intercambio de opiniones fusil o machete en mano, las impulsó en la América española el ministro José de Gálvez, secretario de Yndias, que combinó a la perfección la mala follá hispánica con los principios mercantilistas llevados al extremo. De resultas de ello, la prometedora industria textil peruana desapareció cuando se ordenó destruir sus telares, los mineros del Potosí se rebelaban cada vez que se les obligaba a adquirir tonterías como clavos u otros artículos peninsulares aleatorios y en general, las autoridades españolas se cavaron su propia fosa a cambio de pan para hoy. Pero como se imaginarán, a fin de cuentas las Compañías rindieron buenos dividendos, unos cuantos sacaron gran partido de este ultraproteccionismo; sobre todo la Casa Real, que veía en las colonias únicamente una gran vaca que exprimir a corto plazo. Otro elemento que ayudó a “liberalizar” el comercio con América fue curiosamente la creciente presión británica: una cosa es asustar con tus impresionantes galeones a grupos de piratas, y otra vérselas con una armada inglesa cada vez más cachas. Desde que Campomanes se llevó a Cádiz la Casa de la Contratación en 1717, se fueron sucediendo medidas como la apertura del comercio americano a unos 15 puertos peninsulares, o la autorización de los “navíos de registro”, que en cristiano quiere decir que se permitía a barcos sueltos comerciar fuera del régimen de flotas para tratar de burlar los bloqueos británicos.

Así que aunque el comercio colonial tuviera toda la pinta de ir a colapsar más pronto que tarde (como finalmente sucedió hacia 1796), esta política de exprimir y “liberalizar” ejerciendo un proteccionismo brutal condujo a un aumento de los ingresos que llegaban a España. Lo cual, si lo unimos a que después de Utrecht y de que la Farnesio se estuviera quieta de una santa vez con la herencia de sus niños, se aligeraron mucho las obligaciones dinásticas en Europa, tenemos el capital necesario para poner en marcha una economía como el Trono y el Altar mandan. Como verán, el drama de la economía hispana no era ese, como se suele creer, dado que en cierto momento de nuestra historia sí se dispuso de liquidez suficiente para hacer cositas.

¿Entonces cuál es, tío listo? Ahora vamos, que hemos dejado la Península de lado para ocuparnos de la explotación y latrocinio al otro lado del Atlántico, y esto no puede ser.  El meollo del concetu para que España nunca pusiera las bases de una economía sólida era básicamente la inexistencia de un mercado interior. Consecuencia directa de la esquizofrénica, injusta, opresiva e indignante distribución de la tierra por estos lares: el fracaso de España en los asuntos de los dineros son los tres siglos que nos pasamos sin una muy necesaria reforma agraria. Todas las economías pujantes de la época industrial empezaron por reestructurar la propiedad de la tierra, permitiendo crear una masa campesina que pudiera vivir algo más allá de la pura subsistencia, prosperar y comprar productos (por ejemplo, los enclosures ingleses), lo cual es indispensable para la aparición del capitalismo, la burguesía y todo lo demás. Nosotros no, porque somos así de chulos.

En el siglo XVIII, más del 60% de la tierra española estaba en manos de la nobleza, que cobraba las rentas correspondientes, o de la Iglesia, que las convertía en bienes de “manos muertas”, puesto que ni siquiera se podían vender. Y además en Castilla estaba la privilegiadísima Mesta, que podía pastar sus ganados por donde le saliera del pijo, y que como eran esencialmente los mismos de antes, ya se cuidaban de que no fuera en sus terrenos. Las tres cuartas partes del campesinado eran arrendatarios o jornaleros, empeorando el panorama de Norte a Sur. Las parcelas en el Norte eran más pequeñas, lo cual a priori permite un mejor reparto, pero tampoco es así del todo: en Galicia eran “micro” parcelas de 1-3 hectáreas que además estaban sub-sub-subarrendadas, por lo que pasaban más hambre que Carpanta. Los casos vasco y catalán los trataremos más tarde, cuando expliquemos porqué despegará allí precisamente el pre-capitalismo. Hacia el sur, crecía el tamaño de las propiedades, hasta los grandes latifundios de la aristocracia terrateniente, que empleaba jornaleros a cascoporro. El problema añadido era el régimen señorial; el terrateniente, en muchas ocasiones absentista, cobraba la renta al campesino y además hacía recaer sobre él toda la asfixiante presión fiscal. Además era juez y parte, ya que administraba justicia. Para acabar de joderla, aparece Malthus en forma de crecimiento demográfico, así que los señores se permitieron subir las rentas por arrendamiento y hacer más breves los contratos. Únanlo al control del precio del trigo y tendrán una inmensa masa de gente que vive literalmente en la miseria. Y como todos hemos aprendido en esta crisis que nos estamos zampando, quien nada tiene, nada gasta.

Algunos intelectuales, defensores de las ideas de libertad y progreso que implicaba la Ilustración, se dieron cuenta de los problemas que lastraban el desarrollo económico: Campomanes, Jovellanos u Olavide clamaron contra esta situación y propusieron con toda su buena voluntad la receta ilustrada para arreglar los males del país. A la sazón, una reforma agraria con un mejor reparto de la tierra, la liberalización de los precios del trigo y la eliminación de los regímenes señoriales, que suponían una mochila llena de piedras a la espalda del progreso incluso en zonas fértiles como Valencia o Murcia. Era un asunto crucial, dado que todo lo demás se sostiene sobre la buena salud del campo. Y lo cierto es que lo intentaron, pero la cosa salió más bien mustia y chuchurría, entre otras cosas porque había una enormidad de intereses creados que provenían del medievo y su éxito montañés, como ya contamos en el episodio anterior, muy difíciles de desmontar. Con lo que las medidas adoptadas finalmente se quedaron en una cosita que no molestara demasiado, como pidiendo perdón. También es verdad que se habría necesitado una reforma estructural profunda, lo cual en la historia de España es más raro de ver que un unicornio azul en el parque de El Retiro o un contrato de trabajo fijo en pleno siglo XXI. Eso y que habría atacado las mismas bases del tinglado, por lo que la Corona, que estaba en la cúspide del timo piramidal, no es que en realidad tuviera muchas ganas de pegarse tiros en el pie.

I+D tecnológico catalán del siglo XVIII

Así que los señoríos se limitaron, de forma que no se podían adquirir nuevos, pero la monarquía sólo recuperó los que desaparecieran. Vamos, tres o cuatro. Con la Iglesia se metió Carlos III, el primer comecuras hispano (¡sí, amiguitos, un siglo antes de la aparición de los rojillos!), aunque sólo pudo meter mano a los jesuitas. Las tierras que se quisieron repartir entre los campesinos pobres fueron las de los concejos (y así no se molestaba a nadie importante), pero en un error que será recurrente en España, nadie pensó en que un jornalero no disponía de la inversión necesaria para convertir el terreno en rentable y fértil, con lo que acababan vendiéndolas a los de siempre. ¿El crédito? Hasta 1782 no se creó el Banco de San Carlos, que además estaba orientado a pagar la deuda externa y sanear las cuentas reales. La liberalización del trigo acabó beneficiando al productor por encima del consumidor, pero claro… ¿quién era el “productor” al final de la cadena? El señor, que sacó tajada de la inmediata subida de precios imponiendo condiciones al campesino, por lo que hubo que volver al proteccionismo para impedir el colapso. Más interesantes y rentables fueron los experimentos de Olavide en Andalucía asentando colonos extranjeros en terrenos sin explotar, pero estas colonias nuevas se encontraron con el otro problema secular que impedía convertir España en un mercado articulado y rentable; el horroroso estado de las infraestructuras de transporte, escándalo de cualquier extranjero que se diera una vuelta por aquí. De esta manera, el país no disponía ni de una demanda con cara y ojos, ni una integración de mercados, ni nada que se pareciera: se trataba de un conjunto disperso de recursos mal explotados cuyos beneficios se dedicaban a menesteres improductivos (compra de propiedades, títulos o bienes de lujo) por parte de las elites en un océano de campesinos miserables.

Se imaginarán que poner en pie una industria a partir de esto es una tarea poco menos que utópica, y tendrán toda la razón del mundo. Ya dijimos que en esta época las principales industrias eran la textil y después estaban las que resultaban estratégicas para el Estado: construcción de barcos, minería y metalurgia (que incluye la fabricación de armas, por supuesto). La actividad artesanal en las ciudades estaba regulada por los gremios, otro grupo secular con sus intereses creados que no tenía la más mínima intención de transformarse y expandirse y al que los ilustrados tuvieron que enfrentarse, puesto que no iban más allá de satisfacer las necesidades de la población urbana y disfrutar de sus privilegios gremiales. ¿Cuál fue la política de los Borbones en el asunto industrial? Pues por una parte, la Corona se aseguraba el control de todas las áreas cruciales, así que era el monopolista último en lo que se refería a todo lo que no fuera textiles: en el estanco de tabacos, la industria naval, armamentística, al igual que en el comercio americano, era el Estado quien daba las directrices,  y la iniciativa privada en el fondo trabajaba para él.

Por la otra, y cogiendo de nuevo el manual del colbertismo, era una cuestión política y de prestigio para los Borbones el poner en pie industrias nacionales que dieran forma al edificio reformista: con los ingresos que gracias a la gestión de Patiño, Ensenada o Floridablanca llegaban a las arcas de la monarquía, no sólo se construyeron flotas o se gastaron en extravagancias regias, sino que se crearon reales fábricas como la de Santa Bárbara de tapices, la de San Fernando de paños, la del Buen Retiro de porcelanas, o la de Guadalajara de textiles. La mayoría empleaban a reputados técnicos extranjeros y no reparaban en medios, pero acababan siendo ruinosos negocios debido a los problemas estructurales de siempre: no sólo fabricaban productos de lujo para la nobleza, que generalmente prefería las importaciones, y por tanto no tenía mercado interior ni exterior, sino que la mala gestión, la corrupción y los elevados costes daban al garete con ellas. Por si fuera poco, en vez de animar al sector privado, lo asfixiaba (uno no puede competir con el monopolio de la Corona). Los intentos de poner en pie modernas fábricas con capital privado para la industria textil o metalúrgica se iban a la porra en cuanto había una crisis de subsistencia y solía ser el Estado quien se acababa haciendo cargo.  Baste como ejemplo del desbarajuste las peripecias del pobre Antonio Raimundo Ibáñez. Se trataba de un ilustrado comerciante gallego que tuvo la peregrina idea de montar varias industrias privadas, sobre todo la de manufacturas del metal en Sargadelos, cuyo producto vendía a la Corona. Su éxito empresarial le valió la condena de la nobleza y la Iglesia local, que animó a los campesinos a asaltar y destruir las propiedades del “judío” Ibáñez, cosa que ocurrió hacia 1809. Esta es básicamente la triste historia de cualquier individuo que optara por montar una empresa al margen de la tutela del Estado, pasarlas canutas.

Así que el sistema que acabó teniendo cierto predicamento fue el del “putting out”; pequeños talleres urbanos que encargaban parte de la producción a los campesinos de la zona, y después recogían las manufacturas, atendiendo a la ocasional demanda local. Nada muy espectacular, pero esta modesta industria dio lugar a una modesta burguesía. De esta manera, la baja nobleza hidalga irá perdiendo influencia frente a esta minoritaria clase adinerada, que como veremos, se repartirá el cotarro en el próximo siglo dándose besitos con la alta nobleza y adquiriendo así la secular costumbre de acaparar cargos, prebendas y sistemas políticos y desde ahí robar todo lo robable.

Por todo esto, a pesar de un evidente progreso económico, porque ciertamente se venía prácticamente desde la nada, las ideas ilustradas y la reforma borbónica dejaron un balance mediocre, no sólo por la mala situación de partida, sino porque la aplicación de ideas como la liberalización sin previamente crear una demanda interior suficiente no sólo estuvieron a punto de hundir la economía, sino que dieron alas a los defensores a ultranza del proteccionismo. Estamos así a punto de entrar en la rampa de lanzamiento de la Revolución Industrial y seguimos sin tener el asunto agrario solucionado, con un reparto injusto del suelo, un grupo de elites rentistas que viven a costa de acaparar la riqueza nacional para sus cosillas y una administración con claros signos de corrupción rampante dada su política monopolística y protectora. Y además, con unas bases profundamente desiguales, y ahora sí, vamos a hablar de vascos y catalanes y el origen su mítica y presunta “superioridad” en el terreno económico.

Navío de la Guipuzcoana en plena labor comercial

Al ser España un grupo de cortijos con diversos privilegios repartidos y otorgados por la elite montañesa a sí mismos vía la medición de su capacidad de dar estopa, nos encontramos diferentes microcosmos en función de coyunturas, propietarios, cartas y constituciones, fueros, aduanas interiores o familias aristocráticas. De este reparto, las regiones mejor preparadas para lo que vendrá (nuestra simpática, desigual y choricera industrialización) serán precisamente Cataluña y las provincias vascas, pero por motivos muy distintos entre sí, vamos a verlo.

Los catalanes son el caso más parecido a un pre-capitalismo de manual protestante. ¿Su secreto? No es que no existiera una nobleza terrateniente, sino que ésta perdió la guerra civil contra el rey y sus “aliados” los pageses de remensa (1472), cediendo parte de sus usos señoriales por la sentencia arbitral del rey Fernando el Católico (1486). Además, tuvieron siempre la competencia de la mercantil y revoltosa ciudad de Barcelona, cuyos habitantes más prósperos compraban tierras en los alrededores. Si ustedes juntan todo esto y le suman las constituciones tradicionales que impedían al rey freír a impuestos al personal, tendrán que los nobles catalanes no podían imponer unas rentas excesivas a sus campesinos. Por lo que estos tenían cierta capacidad adquisitiva a su disposición, así que podían comprar ropita, o diversificar: las viñas se convirtieron en un buen negocio, que experimentó un crecimiento notable cuando se liberalizó el mercado americano. Hacia mediados del XVIII, y con la guerra de Sucesión superada, los catalanes exportaban por ahí su producto estrella: el aguardiente. Sí, como lo oyen. El otro negocio fue obviamente el textil, pero con una variante. Los mercaderes catalanes compraban algodón en rama y lo transformaban vendiendo sus paños de algodón, por lo que invirtieron el déficit tradicional que resulta de vender materia prima y comprar manufacturada. Todo hay que decirlo; este florecimiento económico fue posible gracias al proteccionismo del gobierno español. En cuanto había algún síntoma o se tomaban medidas para liberalizar el comercio de tejidos o prendas de algodón inglés o francés, los catalanes ponían el grito en el cielo y la decisión se tiraba atrás. De resultas de ello, Cataluña contaba con casi las únicas condiciones favorables para la industrialización, a pesar de que en la guerra de Independencia los franceses se empeñaran con saña en destruirla. Y esto sin fueros.

El otro caso, el vasco, es completamente diferente: sus privilegios forales fueron mantenidos por los Borbones, por lo que mantenían aduanas interiores bastante rentables, al tiempo que los impuestos decididos por el rey y el Consejo de Castilla no llegaban en toda su crudeza. Esto permitió cierta prosperidad a la que contribuía el hecho de disponer de un puerto estratégico como Bilbao para el negocio de la exportación de lana (donde recordemos que estaba muy comprometida nobleza y casa real) y mineral de hierro. Con esta protección y este dinero, fue aquí donde surgieron muchas de las industrias navales y armamentísticas que la Corona mimaba con esmero. Pronto apareció una modesta industria metalúrgica, embrión de lo que vendrá después, y se hicieron algunas de las grandes fortunas norteñas que cristalizarán durante el siglo XIX. En el resto de España predominaba sobre todo el campo y/o la miseria, salvo Madrid, villa y corte ávida consumidora de productos de lujo y cierta dispersa actividad en núcleos urbanos importantes.

Como ven, las bases de la desigual y desintegrada economía hispana ya estaban puestas antes de la caída del Antiguo Régimen. Y con la tontería, he llegado al final del artículo y no me ha cabido la industrialización ni el siglo XX. Se van a tener que tragar otra entrega, hala. Se siente.

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