Historia Económica de España (III): Ciclotimia o muerte

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Una de las consecuencias de aporrear teclados con cierta regularidad es que uno acaba dominando el oficio de escribano, lo cual me ha permitido estructurar grácilmente esta serie en una trilogía que va de menos a más (bochorno, se entiende), dejando lo mejor para el final, no como hace Lucas con las suyas. Habíamos dejado al heterogéneo y atrasado reino de España a puntito de traspasar el umbral del Antiguo Régimen, que como todos ustedes se figuran, se va a hacer a la española. Es decir, de forma muy extraña, como sin querer, y también con muy mala leche, unos cuantos repartos de ídem y dejando profundas heridas en la conciencia colectiva de los iberos. Como de la tragicomedia protagonizada por Fernando VII ya hablaremos largo y tendido en la serie correspondiente (¿cómo que no saben cuál es?), aludiremos a ella sólo tangencialmente, porque aquí hablamos de lo que importa, los asuntos de la pela.

Empecemos por el sainete del final del reinado de Carlos IV y la Guerra de Independencia, que no pudo hacer más daño a la economía española. El bailecito que se marcó Godoy aliándose en rápida sucesión con Francia, Inglaterra y después nuevamente con Francia no trajo nada bueno en lo que respecta a los ingresos del Imperio americano: los ingleses aprovecharon muy bien los breves años de alianza con su tradicional enemigo para estudiar sus defensas y preparar lo que vendría. Al estallar el nuevo enfrentamiento con España en 1796, lo primero que hizo la Royal Navy fue cortar completamente las comunicaciones entre la metrópoli y el Imperio. En ese momento la economía española perdió para siempre el comercio colonial con las consecuencias que se pueden imaginar. Este aislamiento, que sólo podía llevar a la independencia americana, se complementó con la invasión francesa y la posterior intervención inglesa en la que ellos llaman la Peninsular War: los dos bandos se empeñaron con saña en el saqueo y destrucción de los recursos hispanos. Por una parte, los soldados-ciudadanos del emperador bajito vivían sobre el terreno y tenían carta blanca para robar lo que pudieran, y por la otra los británicos debieron disfrutar como gorrinos en un charco de barro “liberando” las tierras de su enemigo secular.

Así que cuando Fernando VII tuvo la ocurrencia de pasar por encima de los liberales de la Pepa y reinstaurar el absolutismo, reinaba sobre un país arruinado completamente. La economía hispana debía reinventarse y estructurarse enterita de nuevo para resultar viable sin el aporte de las colonias, partiendo además de una Hacienda en la quiebra más absoluta. ¿Qué creen que hizo el Deseado? Pues sí, negarse a reconocer la realidad y disponerse a la locura de tratar de recuperar el Imperio americano a bofetada limpia sin un duro en el bolsillo. No es de extrañar que los liberales se le subieran a las barbas a tan inteligente, sabio y centrado monarca. Tras la intervención del Trono y el Altar europeo para restaurar a semejante individuo en el trono absolutista, le tocó arreglar el desaguisado al pobre y absolutamente desconocido ministro de Hacienda, López Ballesteros. Misión que a pesar de sus esfuerzos era imposible: lo más urgente era arreglar el problema de la Deuda (que coleará durante mucho tiempo, como veremos), producto de los préstamos que por aquella época se negociaban alegremente en Londres, y para ello había que obtener ingresos suficientes en un país con una estructura fiscal tradicional y absolutista. En otras palabras, un país donde ni la nobleza ni el clero pagan impuestos. Sí, como ahora.

La gestión de Ballesteros impidió el colapso pero obviamente no pudo hacer mucho más pues el problema era estructural. A Fernando VII le dio por hacerle un favor a todos muriéndose en 1833 y dejando paso de una vez a la Modernidad. De aquella manera, puesto que dejó la semilla de la división interna bien puesta: los liberales se aproximaron a la regente y a la mini-reina en una alianza de conveniencia para mantener el poder frente a la amenaza del hermano de Fernando, el aún más rancio Carlos María Isidro, el Pretendiente. Sí, amiguitos, ¡¡¡hablamos del carlismo!!!

Este simpático movimiento ruralista, foralista, tradicionalista, absolutista y cualquier –ista que comporte una buena dosis de caspa típicamente ibérica (porque en Portugal también existió, conocido como miguelismo), no sólo suponía una amenaza apostólica y retrógrada al nuevo régimen liberal, sino que sus continuos alzamientos desde 1833 hasta 1876 – cuando sea finalmente “reconvertido” – se convertirán en una carga económica y social que lastrará decisivamente el ya de por sí marchito desarrollo de la industrialización española. De hecho, uno de los enemigos declarados de tan reaccionario movimiento era la modernidad; si los carlistas que asediaban Bilbao portaban sacos listos para saquear “la Gomorra liberal”, los patronos catalanes se veían obligados a armar a sus obreros para defenderse de los asaltos carlistas a sus fábricas. No es de extrañar por ello que la rebelión integrista tuviera lugar en las zonas que constituían por entonces los pilares básicos de la economía nacional: Cataluña, las provincias vascas y las zonas cerealistas de Castilla. El ataque del carlismo sobre estas zonas hacía urgente una resolución de la guerra por la vía rápida, pero como todo buen jugador de Civilization sabe, para ello se necesita lo que técnicamente se conoce por una pasta gansa. De aquí vinieron las famosas desamortizaciones de Mendizábal y Madoz, y sus no menos famosos créditos que no hicieron más que engordar la Deuda, ya que sus previsiones de ganar en 6 meses quedaron en el rincón de la Historia, acompañadas hoy por la triunfal trayectoria de Terra y otras grandes predicciones de los más ilustres adivinos nacionales. Y cerrado el círculo de miserias, aprovecho que he hilado estupendamente el párrafo para pasar a hablar de nuevo de asuntos de la pela, pero no se preocupen que el carlismo y sus productos derivados en forma de nacionalismo conservador – si me perdonan la redundancia – tendrán su artículo propio.

Brainstorming de la intelectualidad carlista

Brainstorming de la intelectualidad carlista

Kramer contra Kramer

Durante el siglo XIX, especialmente en su primera mitad, estas tres zonas geográficas sostendrán la economía española como una especie de patchwork: por aquel entonces se pensaba que el espectacular crecimiento del cultivo de cereal en Castilla podría convertirla poco menos que en el nuevo granero de Europa (ya saben, los pisos nunca bajan, estos prontos eufóricos que se tienen de vez en cuando), pero claro, si después el precio se hinchaba por obra y gracia de algunas aduanas interiores y de los costes del transporte terrestre…resulta que era más barato comprarlo en el extranjero. Pero, con el proteccionismo hemos topado, así que toca hacer una paradinha para contar el Gran Dilema de la industrialización española, que está relacionado con las dos zonas restantes. No pongan esa cara, es completamente necesario, porque aunque pueda parecer algo bastante tonto a primera vista, es el origen de numerosas complicaciones posteriores que siguiendo la escuela hispana de resolución de conflictos van a acabar haciéndose una barroca montaña hasta el día de hoy.

Dada la curiosa configuración socioeconómica de España comentada, existían principalmente dos tendencias opuestas en la materia: una era la favorita de los liberales del sector progresista – en líneas generales -. En la esquina izquierda, con todos ustedes, el librecambismo. Sus partidarios eran grosso modo herederos de los doceañistas y los exaltados de los años 20, más proclives al liberalismo de tipo británico (y por ello, inclinados a llevarse bien con la Gran Bretaña en política exterior), al reformismo y a tirar los aranceles a la basura para favorecer con ello el comercio de exportación e importación. Pensaban que esta política supondría una entrada de inversión extranjera, el saneamiento de la Hacienda pública, estímulo a la actividad industrial, una bajada de precios que haría más asequible la compra de artículos al españolito medio y el florecimiento de bellos paraísos con unicornios rosas por toda la Península. ¿Quiénes eran esta gente en concreto? Pues principalmente todos los empresarios que tenían intereses en una bajada de los costes de exportación, es decir, hablamos sobre todo de las producciones agrícolas andaluzas, que se destinaban a la venta en el exterior, o los propietarios vascos, que protegidos en el interior por sus fueros y sus aduanas, al pensar en una relajación de las exteriores ponían los ojos en blanco. La mayoría de ellos residían en Madrid o pasaban mucho tiempo allí, acumulaban poder militar (muchos procedían del ejército) y político y eran, no hay que olvidarlo, grandes consumidores, pues tenían alto poder adquisitivo. Vamos, que ya tenemos una facción de poder hecha y derecha. La estrella del equipo fue el famosísimo general Baldomero Espartero hasta mediados del XIX.

En el otro rincón del ring estaba el mencionado proteccionismo. Su filosofía creo que está bastante clara pero como me gusta hacerles sufrir, la pongo por escrito; la economía hispana no podía competir con la inglesa o francesa, así que era necesario proteger la industria nacional colocando aranceles prohibitivos a las importaciones que pudieran hacer la competencia al producto interior y por el otro lado privilegiar la colocación de ciertos productos en determinados mercados y no nos vamos a tocar lo que no suena. En otras palabras, estoy hablando de los cerealistas castellanos y especialmente de Cataluña y su mercado cautivo, las islas de Cuba y Puerto Rico. Esta era la política favorita de los moderados – aunque como ya apuntaba antes, no es una regla de tres –, los propietarios cerealistas del Norte y en especial de la clase dirigente catalana.

¿Quién tenía razón? Pues todos y ninguno. En otras palabras, dado lo desigual de la economía nacional, casi cualquier movimiento perjudicaba a alguien: una política librecambista provocaba una entrada de textil inglés a cascoporro, que por supuesto el súbdito de a pie compraba, ya que era más barato que el catalán, por lo que las elites catalanas ponían el grito en el cielo, y entonces había que dar marcha atrás. Los empresarios catalanes defendieron con uñas y dientes el proteccionismo que les permitía vender más caro, especialmente en Cuba, su paraíso dorado; si hacía falta no tenían empacho en sostener que Cataluña era muy próspera e iba como un tiro y a la vez estaba a punto de hundirse por culpa del librecambismo. Sí, exactamente igual que su jefe cuando va usted a pedirle un aumento el año que la empresa tiene beneficios.

El caso es que tampoco les faltaban motivos de peso: por un lado todos los estados han practicado el proteccionismo por diversos motivos y era lógico pensar que exponer una industria comparativamente débil como la catalana a las fauces de ingleses o franceses en libre mercado la perjudicaría (teniendo en cuenta además que era una de las industrias españolas con mayores visos de ser viable), pero por otra parte una cosa es tomarse un Red Bull para aguantar despierto una noche y otra atizarse cuatro diarios: proteger o subvencionar indefinidamente una industria, como cualquier lector latinoamericano bien sabe, no hace que sea más competitiva ni que los precios bajen sino todo lo contrario. Los catalanes apostaban por fomentar la industria nacional (no sólo la local), protegiéndola, aunque no pudieron conseguir que fuese competitiva, por lo que la protección se volvía crónica en un clásico círculo vicioso. Pero los exportadores de materias primas necesitaban el librecambio como el comer, y los consumidores con posibles, que casualmente eran la mayoría de la clase política, ni les cuento. Pero los librecambistas se empeñaban por su parte en eliminar recurrentemente aranceles, pero lo hacían “a la brava” sin tener en cuenta el penoso estado del mercado interior, por lo que cada vez que tomaban una medida de este estilo acababa todo en una inflación tremebunda y crisis de subsistencia.  Así, como si de un bipolar se tratara, la política a adoptar iba cambiando según la coyuntura y los vaivenes sociopolíticos, por lo que la coherencia no fue la nota más destacada en la economía española del XIX.

La Lotería Nacional, maestra del humor

La Lotería Nacional, maestra del humor

Quizá la herencia más grave de este complejo problema radique en que es, esencialmente, los cimientos donde se colocará el konflikto con los nacionalismos periféricos; muchas de las disputas de entonces son bastante curiosas de estudiar, porque recuerdan a la cantinela de hoy pero sin banderitas ni lenguas, lo cual se hace enormemente extraño para un español contemporáneo. De hecho, muchos de los “agravios” que hoy pasan por ser una cuestión nacionalista (y que se esgrimen sin pudor desde tal óptica) son en realidad económicos, como el famoso lamento del general Prim porque no se les atiende como merecen. Para muestra un botón: las polémicas alrededor de Espartero presentado como maligno opresor español bombardeador de Barcelona. En 1840 el general se encontraba en Barcelona junto con la regente, que pretendía sacar adelante una ley de Ayuntamientos especialmente lesiva para los progresistas. Espartero la forzó a dimitir y abandonar el país, apoyándose en las milicias y los liberales y republicanos barceloneses, que se rebelaron en su apoyo, aclamándolo. Pero en cuanto adoptó la medida de firmar un acuerdo librecambista con Inglaterra, le plantaron las barricadas de nuevo. La barbaridad de bombardear la ciudad no respondió por tanto a motivos “nacionalistas”, sino a esta “pequeña” diferencia de criterio alrededor del tema de los dineros. El punto culminante donde se fusionarán los proteccionistas adinerados y los promotores de cultura catalana para digi-evolucionar al nacionalismo moderno tendrá lugar, como ya contamos en otro lado, cuando se pierda Cuba.

Sin embargo, a pesar de esta dirección económica aquejada de Parkinson, no todo estaba perdido y las piezas se podrían componer: las condiciones necesarias para industrializar el país eran básicamente las mismas de siempre. Es decir, unas pequeñas reformas estructurales de nada: la agraria, pendiente desde ni se sabe, una mejor integración de los mercados, la reducción del nivel de burricie de la población, elevación del nivel adquisitivo y la mejora urgente de las pésimas infraestructuras nacionales. Desafortunadamente, para todo ello era imprescindible contar con un abundante capital inversor, justo lo que en España escaseaba. Aunque había algunas grandes fortunas, ninguna alcanzaba para sufragar los gastos de poner en pie industrias tan costosas como las siderúrgicas pesadas o las mineras a la escala de otros países de Europa. Y mucho menos para tender una red de ferrocarriles decente. Sin embargo, la necesidad existía; el siguiente paso implicaba transformar la industria ligera catalana en una pesada, y convertir la siderurgia vasca de andar por casa en algo con músculos para salir por ahí a marcar paquete. Así que la solución adoptada consistió, como cualquier lector latinoamericano hace tres párrafos que se imagina, en abrir la mano al capital extranjero. Lo que de por sí no tiene por qué ser una mala elección, pero como el mismo lector latinoamericano de antes también sabe, tiene más trampas ocultas que una película de Fu-Manchú, vamos a ello, que llevo medio artículo y aún estamos en el XIX.

La culpa fue del cha-cha-cha

Durante la segunda parte del siglo, con los gobiernos de los espadones (Narváez, O’Donnell o Serrano), la economía crece y se intentan algunas de aquellas reformas, pero básicamente las que no lesionen intereses acomodados o supongan una amenaza para las clases dirigentes.  En otras palabras, que seguirá sin tocarse el edificio sociopolítico, apoyado en un inmenso sistema corrupto que aseguraba que muy pocos acaparaban el poder. No, no me he trasladado a la actualidad, pero con un ejemplo verán perfectamente lo que quiero decir con todo el rollo anterior y entenderán de dónde venimos.

Las inversiones extranjeras en España fueron principalmente dos: las inglesas en las explotaciones mineras, como Riotinto, y las francesas en el ferrocarril. Que eran dos caras de la misma moneda, ya que sin el trenecito correspondiente no era nada rentable explotar las vetas. Como los británicos exigían un interés asegurado, la explotación del tendido ferroviario se llenó de técnicos gabachos con sus estrictas reglamentaciones. El proceso estuvo lleno de aciertos – algunos de ellos pírricos, como el ancho de vía elegido, que si bien era técnicamente mejor, tenía el inconveniente de ser diferente al de Restouropa -, y errores, como las previsiones de costes, y por tanto de rentabilidad, la especulación alrededor de las acciones de las grandes compañías francesas y claro está, el método de concesiones.

La gestión española de las licencias de explotación corrieron a cargo de un inefable personaje que concentra todo lo que les estoy contando: Luis Sartorius, aka el Conde de San Luis, a la sazón Presidente del Consejo de Ministros en 1853. Este sevillano de origen polaco tuvo una carrera meteórica tutelada por el general Narváez: de pedir limosna por las calles de Sevilla, a pesar de su falta de formación se aupó gracias a su talento, rapidez mental y habilidad para el chanchulleo hasta el cargo de Ministro de la Gobernación con 31 añitos. Su misión consistía en amañar las elecciones usando el método de corromper a los caciques locales, premiando a los afectos y persiguiendo a los desafectos que no se dejaran sobornar. Acumuló un dineral tremendo con esta compra-venta de favores, que le permitió comprarse un título nobiliario y todo, y puso las manos en la Ley de Ferrocarriles, que tenía más agujeros que el casco del Prestige a la hora de establecer los oscuros criterios que hacían al concesionario merecedor de subvenciones gubernamentales. Cuando las protestas arreciaron, trató de modificar la Ley pero sin que se tocaran las concesiones ya hechas, lo que obviamente no contentó a nadie.

Al final, este inmenso caso de corrupción, fenómeno frecuente cuando asocias la entrada masiva de capital extranjero con la avaricia de la reducida clase política que toma las decisiones en materia (me comunican que el lector latinoamericano de antes se ha aburrido ya) estalló cual burbuja inmobiliaria: todo este escándalo hizo caer al gobierno de Bravo Murillo y cuando Luisito trató de disolver las Cortes y gobernar por decreto, la cosa derivó en la Revolución de 1854 (preludio de la Gloriosa de 1868) y acabó salpicando a ilustres implicados como el propio Narváez o la reina Isabel II de Borbón – qué cosas, ¿eh? -. A pesar la inestabilidad política del periodo siguiente, con diversos ensayos que tantos dolores de cabeza ha traído a los pobres escolares españoles de generaciones posteriores, durante el periodo de la Restauración (en el cual no se movió una mosca por obra y gracia de Cánovas y su instauración de un régimen caciquil basado en un pacífico fraude político donde todos los que pintaban algo metían la cuchara) se notó la mejoría económica y se vivió cierto desarrollo. Digo cierto porque como viene siendo una constante desde la entrega anterior, los resultados fueron de un crecimiento mediocre, sin conseguirse ninguno de los grandes objetivos que ya hemos repetido hasta la náusea: a pesar de los esfuerzos en el tendido de ferrocarril, la industria minera, incluso la educación con la vigencia de la ley Moyano de 1857, todo se quedó a medias. Intereses creados, privilegios irrenunciables, cortoplacismo, ausencia de una dirección clara, falta de preparación de muchos cuadros dirigentes y la resistencia a acometer reformas estructurales de calado sociopolítico limitaron mucho el desarrollo industrial español. Además del destino de los beneficios ingresados por el Estado, por descontado, que se invirtieron en aventuras dudosas como las guerras de “prestigio” en Marruecos e Indochina, o del “cobrador del frac” como la que se marcó Prim por México para solucionar asuntillos de su bolsillo personal.

El desarrollismo en su esplendor. Con ustedes, Nou Barris

El desarrollismo en su esplendor. Con ustedes, Nou Barris

Reformando que es gerundio

En el primer tercio del siglo XX, desde la crisis del sistema canovista a la proclamación de la Segunda República, se puede seguir este crecimiento irregular: los esfuerzos realizados se veían malogrados por las crisis políticas recurrentes, producto del alejamiento de las clases altas de la realidad del país, especialmente a lo que se conoce como “la cuestión social”, o dicho más vulgarmente “qué pasa con los obreros y campesinos”. Las masas populares se organizaron o emigraron al extranjero, dada su situación de marginación y miseria en pleno desarrollo económico: arreciaron las huelgas revolucionarias, manifestaciones, tiroteos, asesinatos políticos, represión armada, asaltos e intentos de golpe de Estado por parte del Ejército, y un largo etcétera del que uno acaba sorprendiéndose de que estallara tan tarde la Guerra Civil, la verdad. La medida del fracaso en poner en pie la industria española la dio la neutralidad durante la I Guerra Mundial; si bien el país se benefició de la misma, las exportaciones a los países beligerantes fueron materias primas, productos agrícolas y  manufacturas pequeñas, como textiles o armas ligeras. Se pudo cancelar la deuda externa y modernizar algunas industrias, pero en el interior del país escasearon los bienes de consumo, se desató la correspondiente inflación y se montó un pifostio que se conoce como la Crisis de 1917.

En 1932, la Segunda República se enfrentaba pues a un enorme desafío: invertir la tendencia a hacerlo todo tarde, a medias y mal, y acometer por fin las reformas sociales pendientes desde hacía siglos que facilitaran un desarrollo sostenido, poniendo a España a la altura de otras potencias europeas. Demasiado para una joven y becaria democracia en los tiempos revueltos que sucedieron a la Gran Depresión. Al tratarse España de una economía rezagada y no haberse visto envuelta en la infernal espiral de endeudamiento de guerra con los EEUU, el efecto del gran crack del 29 no fue tan dramático por estos lares, pero afectó a la disponibilidad de crédito. Y éste era necesario para los planes republicanos de hacer las reformas lo más rápido posible. Objetivo loable pero algo suicida; los intereses seculares seguían existiendo (a muchos ya una democracia parlamentaria de por sí les parecía excesivamente novedoso para su cuerpo serrano), el atraso estaba ahí pesando como una losa sobre la disponibilidad de recursos, y lo más importante, la cuestión social era ya amenazadoramente inaplazable.

No me extenderé en los daños causados por una nueva guerra, esta vez civil y a gran escala, porque es muy cansino y repetitivo y además el drama se prolongó más allá de las hostilidades propiamente dichas. Por diversas causas que tienen que ver entre otras con la ignorancia, la estupidez, la cortedad de miras, el cerrilismo, la ideología y el ansia de revancha, los militares sublevados optaron por el modelo económico de la autarquía, copiado del ideario fascista italiano. Al parecer el hecho de enseñorearse de un país arruinado, necesitado de todo tipo de artículos de importación, que únicamente exportaba productos del campo, y un triste etc. no jugó ningún papel en la decisión. Pasando por encima de cualquier dato empírico, España habría de ser autosuficiente porque yo lo digo, y Dios proveerá. Se fundó el INI para encauzar el disparate, desde donde los falangistas soltaban subsidios a lo que a ellos les parecía (por ejemplo, en los primeros 40 se invirtió en industrias de material bélico por si se entraba en guerra) y patada a seguir.

Esta brillante dirección económica propició que a mediados de los años 50, cuando el resto de Europa estaba recuperándose del desastre metida en pleno “milagro”, España seguía exportando la cosecha de naranjas y ya. Hagan la cuenta de las décadas de retroceso que supuso este periodo para la economía nacional. La amenaza del subdesarrollo era muy real además en un periodo de expansión demográfica, así que los economistas de otras “familias” franquistas como la católica del Opus y diversos expertos extranjeros (ya que los estadounidenses habían comprado unas bases en España con un crédito de 3.000 kilodólares y había que cuidar la inversión) presionaron a Franco para que variara el rumbo de su política económica. El resultado fue el famoso Plan de Estabilización de 1959, que abría el país a la importación extranjera, favorecía las exportaciones, ingreso en organismos financieros internacionales, fijación de tipos de cambio, facilitación del crédito y otras medidas librecambistas. El efecto a la larga fue positivo, aunque a la corta provocó lo de siempre: la producción se resintió, la capacidad adquisitiva sufrió y el paro y la inflación aumentaron. Sintomatología producto de exponer una economía rudimentaria a los mercados internacionales.

Sin embargo, esta vez la coyuntura soplaba a favor en varios frentes. La reforma agraria se solucionó “prácticamente sola” de forma imprevista mediante la emigración masiva de la población rural, en paro o subexplotada, a las ciudades para buscar empleo en el sector industrial o de servicios (con el detalle de que la propiedad de la tierra quedó finalmente sin tocar, claro). Y por otra parte, el excedente de mano de obra coincidió felizmente con la tremenda demanda en los países de Europa Occidental. De una población activa de alrededor de 12-13 millones de personas, se calcula que emigraron unos 2 millones (la mitad “ilegalmente”), nada menos que un 16%. No, no había paro en el franquismo, qué va, qué va. Cambiando unos millones de parados de nada por ingresos contantes y sonantes de lo que enviaban a casa, la economía nacional cobró impulso finalmente hacia mediados de los 60, gracias también a, como todos ustedes saben, esa industria que nos vino caída del cielo, el turismo. El “desarrollismo” español se basó en estos pilares para tratar de parecerse a Europa, aunque como es de esperar de una dictadura, y más de una española, la burocracia y el control ejercido por el Estado a la hora de dirigir la actividad económica fue bastante asfixiante.

Así que entramos en otro ciclo, y van nosécuántos ya, de intentos de poner en pie industrias poco competitivas, dirigidos por el Estado a través de subvenciones del INI y etcétera, con resultados como siempre desiguales. Las empresas “estratégicas” siguieron en manos del gobierno franquista…y al final se nos juntó la crisis política y la económica de los 70, de un impacto brutal (aunque al menos entramos en lo que se conoce como el mundo desarrollado) y de la cual salimos a mediados de los 80 en plan chulo, gastando como locos durante los 90. Como este periodo ya lo conocen ustedes y además se termina el artículo no me detendré en explicar la crisis inmobiliaria, porque en el fondo no me gusta verlos sufrir. Además, lo que trataba de contar son las causas de que tengamos un tejido industrial y una economía de mini-servicios más bien desigual y flojucha, que en cuanto se constipa una mariposa en Wall Street estamos todos mirando por los contenedores. Y de eso ya han tenido para hartarse.

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